A menudo me sorprendo, lápiz en mano, contemplando la hoja en blanco como si fuera un abismo. Hay un silencio en ese vacío, un presentimiento de que en cualquier instante puede irrumpir una historia con la fuerza de un rayo. Sin embargo, para mí no se trata de un parto fortuito: he aprendido que detrás de cada relato memorable se cierne una constelación de símbolos, un tejido inconsciente que compartimos sin apenas darnos cuenta. Fue Joseph Campbell quien me mostró las rutas insospechadas del héroe común a todas las culturas, y fue Carl Jung quien me enseñó a descifrar el lenguaje subterráneo de los arquetipos. De su mano comprendí que, al escribir, no sólo estoy fabulando historias mías, sino que participo de un mito universal que reverbera en lo más profundo de quienes me leen.
Mi primer encontronazo con esta idea sucedió hace muchos años, cuando me hallaba sumergido en un proyecto narrativo que no terminaba de cuajar. Sabía que mis personajes ansiaban algo, pero no lograba reconocer la naturaleza exacta de ese anhelo. Hice decenas de borradores, estudié minuciosamente las escenas y, aun así, algo seguía sin fluir. Entonces tomé un respiro y me dediqué a observar, en mis lecturas y en mi propia vida, los patrones que se repetían. Descubrí que existía un impulso subyacente, una fuerza que arrastraba a los personajes fuera de su comodidad y los empujaba a enfrentar lo desconocido. Aquel era, sin duda, el llamado a la aventura del que tanto hablaba Campbell, una suerte de invitación a la metamorfosis. De pronto mis personajes adquirieron un matiz más humano, como si existiera dentro de ellos un detonante casi arquetípico que los conducía a cruzar un umbral incierto, aun sin saber qué habría al otro lado.
A partir de ese momento, sentí que se descorría un velo. Ya no concebía los relatos como simples aventuras autocontenidas; comprendía que en cada uno de ellos latía un mito antiguo, resucitado con nuevos ropajes. Jung insistía en la idea de que en lo más recóndito de nuestra psique habitan figuras arquetípicas que nos interpelan desde tiempos inmemoriales. Se esconden en los sueños, se filtran en las leyendas orales, en la pintura rupestre y en la épica sumeria, y también se acomodan en los guiones de películas que vemos sin apenas pensar en su trasfondo mítico. Me pregunté, entonces, cómo trasladar esa conciencia a mi propio quehacer literario, de qué manera aprovechar ese sustrato simbólico que todos compartimos para cincelar personajes y mundos creíbles. Hallé la respuesta en mi propia experiencia de lector, al darme cuenta de que siempre me habían conmovido los relatos donde el héroe, sea quien sea, debe descender a sus propias tinieblas y confrontar no sólo bestias externas, sino también la sombra que le susurra al oído que no es lo bastante digno.
Aquello me llevó a replantear mis historias: entendí que toda odisea humana, por cotidiana que parezca, entraña un viaje iniciático. La partida ya no era un mero recurso para poner en marcha la trama, sino el momento decisivo en el que el personaje abandona su mundo conocido y, con él, sus certezas. Me agradaba reflejarlo en pequeñas señales, quizá en un susurro que sólo el protagonista percibe, un presentimiento que se convierte en obsesión y lo obliga a dar el primer paso. De igual modo, comencé a prestar atención a los aliados que acudían en su ayuda. Representados a veces en la figura de un mentor, a veces en la de un animal simbólico, o incluso de un objeto aparentemente trivial, estos elementos terminaban encarnando la voz del inconsciente colectivo, esa que nos empuja a trascender la pasividad y a abrazar el desafío que se ha presentado ante nosotros.
En una de mis novelas —jamás publicada, por cierto, pues la guardo como un experimento personal— le otorgué un rol central a un anciano relojero que habitaba en un pueblo costero. A primera vista, su papel parecía ornamental: se dedicaba a dar cuerda a los relojes de la comunidad, supervisaba con celo el sonido de las campanas y lucía unas gafas de aumento que le conferían un aire de sabiduría. Sin embargo, al adentrarme en la escritura, me di cuenta de que este personaje encarnaba el arquetipo del sabio protector, el que Campbell describe como crucial para iniciar al héroe en un conocimiento superior. El relojero, sin él saberlo, estaba ahí para recordarle al protagonista el sentido del tiempo, la capacidad de medir los instantes y de reconocer que cada minuto contiene un latido irrepetible. Su presencia repercutía en la conciencia del joven aventurero, lo impulsaba a escuchar la cadencia de su propio reloj interno, ese que marca no sólo las horas del día, sino la urgencia de conquistar aquello que arde en su interior.
Joseph Campbell llamó a este fenómeno “el viaje del héroe”, pero yo prefiero llamarlo la danza ancestral de la humanidad. Me resulta fascinante comprobar cómo, a pesar de las distancias culturales y temporales, la literatura universal nos habla de una búsqueda que trasciende fronteras. Un príncipe hindú, un pastor en tierras andaluzas, una guerrera nórdica o una niña huérfana en plena metrópoli futurista. Todos, en esencia, viven la misma trayectoria interior: ese impulso a salir de su entorno, superar pruebas a menudo dolorosas, transformarse en el proceso y retornar con un don que beneficia a los demás. La gracia de la escritura radica en enmascarar, con detalles únicos y pinceladas irrepetibles, ese latido universal.
Carl Jung también subraya la importancia del “sí-mismo” y la sombra que se alza en cada individuo, reforzando la idea de que el viaje no va sólo de batallas externas, sino de enfrentarse a uno mismo. Integré esta reflexión en mis creaciones, otorgándole a mis protagonistas un enemigo que, de alguna manera, resultaba ser un espejo de sus flaquezas internas. El demonio, el dragón, el villano de turno no era más que una distorsión amplificada de aquellos rasgos que el personaje se negaba a reconocer. De este modo, el duelo final no significaba solamente la victoria sobre un ente maligno, sino la conquista de un aspecto reprimido que, por fin, lograba ser asimilado y transmutado. Cada vez que mis personajes salían airosos, confirmaba que habían logrado un avance que, en la experiencia del lector, se traducía en esperanza o comprensión de sí mismo.
En mis múltiples conversaciones con otros autores, escuché reticencias sobre la idea de apoyarse tanto en los arquetipos. Decían que uno corre el riesgo de repetirse, de incurrir en historias previsibles. Entendí su preocupación, pero intuí que la clave residía en combinar la familiaridad de estos patrones con el ingenio personal que aporta la voz del escritor. No es lo mismo inventar un héroe sin cimientos míticos que redescubrir el mito y revestirlo de una perspectiva nueva, atrevida, incluso contracultural. Ese fue mi siguiente paso: me pregunté cómo transgredir las reglas de este viaje del héroe sin traicionar su esencia. Hallé un camino al invertir géneros, darle la vuelta al mentor, jugar con líneas temporales fragmentadas y situar pruebas que se saltaban el orden lógico del ascenso y el descenso. Pese a todo, el armazón arquetípico permanecía ahí, sonriendo en silencio, sosteniendo la historia sin robarle su singularidad.
En una de mis obras más personales, decidí situar a un héroe rural en medio de una nación distópica, donde el oxígeno se comerciaba en mercados clandestinos y la supervivencia obligaba a entregarse a una rutina impersonal. El héroe en cuestión trabajaba en un molino de viento abandonado, y su sola presencia parecía un anacronismo ridículo. Sin embargo, quise recuperar la figura campbelliana del tesoro que uno debe traer de vuelta a la comunidad: en este caso, el personaje descubría una semilla antigua con la que pretendía reverdecer los yermos desiertos donde la vida se había extinguido. El periplo interior se convertía en un pugilato contra su propia desconfianza, el recelo de la gente, la escasez de recursos y la fuerza invisible de un sistema que prefería el estancamiento. Concluí que no necesitaba reproducir paso a paso la guía de Campbell, pero esa semilla que él cargaba era, metafóricamente, la reliquia sagrada que tantos héroes rescatan de sus viajes, convertida ahora en un germen vegetal. Me satisfizo comprobar que los lectores, aun sin una consciencia explícita del arquetipo, sentían que la historia resonaba en su fuero interno, pues les evocaba el impulso universal de rescatar una chispa de esperanza para revitalizar un mundo marchito.
En otra fase de mi trabajo, me dediqué a estudiar leyendas orientales y occidentales para apreciar la sutileza con que cada tradición, al final, reproduce estos esquemas arquetípicos. Descubrí, por ejemplo, la manera en que los relatos taoístas apelan a la figura del sabio errante que, tras una serie de peripecias, termina dejando a la comunidad un proverbio o un hallazgo trascendental. A veces, ese sabio se manifiesta en un anciano con aspecto descuidado, o en una deidad que adopta apariencia mendicante, pero la esencia es la misma: una transformación que, al compartirse, puede despertar a los demás. En las leyendas celtas, me topé con el motivo del caldero mágico que todo lo regenera; si bien cambia el decorado, al fondo late la misma idea: el héroe trae algo que colma el hambre espiritual de su tierra. Sumergirme en estos relatos me permitió observar que el viaje del héroe no es un simple patrón narrativo, sino un esqueleto vivo que atraviesa la historia humana, adaptándose a las singularidades de cada región y época.
Como escritor, me resulta conmovedor evidenciar la pertinencia de esos símbolos en la actualidad. Quien decide leer una novela de fantasía contemporánea se asombra al descubrir dragones, magos y reyes caídos, sin imaginar que, tras bambalinas, también habita la sabiduría que durante siglos han atesorado las epopeyas clásicas. Del mismo modo, en una novela urbana ambientada en una gran ciudad, pueden repetirse las mismas tensiones arquetípicas: el protagonista que rechaza inicialmente el llamado, el guía solitario que le ofrece un consejo crucial, la prueba que pone a prueba su determinación y, por último, la reconciliación con su verdadera vocación, que implica un sacrificio. Cuando he enseñado talleres de escritura, me ha maravillado ver cómo los participantes, aun sin haber leído a Campbell ni a Jung, incorporan en sus textos estos esquemas, casi como si brotaran de un manantial común del que todos bebemos de manera intuitiva.
La gran lección que obtuve de todo ello es que no hay que temer a la universalidad. Uno de mis temores como narrador era caer en el cliché o en el lugar común, pero pronto comprendí que el arquetipo no equivale al cliché; es, más bien, una puerta de acceso a la profundidad humana. Un cliché desalmado es aquel que se repite sin conciencia ni sustancia, mientras que el arquetipo, trabajado con pasión y verdad, se convierte en un instrumento prodigioso que despierta ecos en quien lo lee. Es como si, al escribir, no sólo estuviera contando la historia de un héroe solitario, sino la de la humanidad entera que pugna por salir de la caverna del miedo y encontrar la luz de la autorealización.
He visto la huella de Jung en infinidad de obras que, a simple vista, no se presentan como espejos de lo inconsciente. El cine de autor, las novelas gráficas, incluso letras de canciones, con frecuencia resuenan con la figura arquetípica del huérfano, del rebelde, de la madre nutricia o del anciano sabio. Lo he notado tanto en la cultura pop como en creaciones más independientes. Y me entusiasma porque me hace sentir que, a través del arte, persistimos en la aventura de conocernos a nosotros mismos. Me fascina sospechar que, aunque vivamos en un panorama tecnológico con realidades virtuales y redes sociales, seguimos anhelando a ese mentor que nos indique una vía para llenar nuestro vacío. O que, cuando nos atrevemos a encarar nuestros demonios internos, al final estamos encarnando el viaje arquetípico de quienes buscan reconciliarse con lo que han negado.
Esa universalidad me ha servido de brújula cuando, por mi cuenta, me sumerjo en la escritura de nuevos relatos. Y la aprovecho no de manera mecánica, sino como una certeza íntima de que mis personajes, en esencia, se engarzan a un linaje milenario de héroes y heroínas. La aventura de cada uno adquiere un peso específico, ya no es un suceso aislado. Por ende, procuro imprimirle un dramatismo sincero, darle un tono de relevancia que impacte a los lectores. Quiero que, al recorrer mis páginas, sientan la fuerza de lo atávico, que en cierto modo se reconozcan en ese individuo que abandona su aldea natal para enfrentarse a gigantes o a la rutina espesa de una ciudad sin alma. Busco transmitir la emoción que yo mismo experimenté la primera vez que identifiqué el sello de lo universal en una historia que, de tan sencilla, parecía insignificante.
He de confesar que, a lo largo de los años, me he vuelto más compasivo con mis personajes. Al reconocer que todos, de una u otra forma, somos héroes que avanzan a trompicones, me es imposible juzgar las flaquezas de mis propias creaciones. Me gusta permitirles equivocarse, caer en la tentación, resistirse al llamado por puro miedo o ignorancia. Entiendo que ese forcejeo interno es justo lo que los hace humanos y, paradójicamente, lo que otorga densidad al viaje arquetípico. Sin la resistencia, el camino sería anodino; sin la sombra, la luz carecería de contraste. Y a la postre, si el héroe no se doblega nunca, el triunfo final se vuelve insípido.
Gracias a esa concepción, he hallado la manera de ofrecer a mis lectores una sensación de trascendencia. Al final de mis novelas, por más distópicas o surrealistas que parezcan, procuro que se vislumbre un aprendizaje que, si bien no es un final feliz en el sentido estricto, sí aporta la idea de que el personaje ha evolucionado, que ya no es la misma persona que salió de casa. Es un modo de recordarle a quien lee que, en la literatura, revivimos los procesos de la psique que a veces, en la vida real, tardamos años en asimilar. Tal vez leer sea un atajo para comprendernos y para cultivar el valor de aventurarnos en lo que ignoramos.
Quien se adentra en la obra de Campbell y Jung sabe que hay un motor compartido que late en las mitologías, los cuentos de hadas y las epopeyas, y ese motor se llama ser humano. Ser humano con todas sus contradicciones y potencialidades. Para mí, escribir consiste en prender el motor, en avivarlo con detalles y atmósferas, en darle un color único a cada viaje para que las resonancias ancestrales no se presenten como doctrina, sino como un canto íntimo que el lector puede reconocer dentro de sí mismo. Al asomarnos a las historias, descubrimos nuestras aspiraciones y nuestros miedos; nos conmovemos con la valentía o la torpeza de un personaje porque sabemos que, en el fondo, somos nosotros los que cargamos con sueños y cicatrices. Y así, a fuerza de espejarnos en héroes ajenos, vamos completando nuestra propia saga interior.
Alguna vez alguien me comentó que mi afán por explorar los arquetipos constituía una fuga de la innovación pura, pero no estoy de acuerdo. Más bien creo que se trata de hundir las raíces de la creación en un humus fértil que viene de la noche de los tiempos. Así como un árbol sigue siendo único aunque pertenezca a la misma especie que muchos otros, cada historia, aunque comparta las líneas arquetípicas, adquiere un follaje irrepetible gracias a la mirada personal del escritor. Y si esa mirada se nutre de la intención de brindar al lector una experiencia de autoconocimiento, mejor todavía. Es un arte antiguo que hoy, en pleno siglo de algoritmos y vértigos informativos, puede regalarnos un ancla para no perdernos en la superficialidad.
Esta certeza me ha llevado a estudiar, además de Campbell y Jung, a otros autores que han seguido esa estela. He encontrado en la psicología profunda, en estudios antropológicos y en manifestaciones esotéricas la confirmación de que el viaje del héroe y los arquetipos son como las arterias ocultas que transportan la sangre de nuestra cultura. Incluso la sabiduría oriental, con relatos que insisten en la necesidad de despertar del sueño, nos remite a la gran gesta interior: aprender a ver la realidad con nuevos ojos y regresar para compartir lo hallado con los demás. Una y otra vez, la senda es la misma y, sin embargo, siempre sorprende descubrir cómo cada uno la recorre a su manera.
Nada me conmueve más que la posibilidad de reunir, en un mismo texto, ese caudal de saberes antiguos con los anhelos contemporáneos de transformación. Me gusta pensar que cada vez que publico una historia, dejo al lector en la puerta del templo donde se libran esas batallas que atañen al corazón humano. Él podrá entrar o no, pero la invitación queda hecha. Y si entra, quizás atisbe algo de sí mismo que hasta entonces estaba dormido. Eso es, al fin y al cabo, el propósito del mito y de la literatura que se empapa de él: sacarnos de la modorra existencial, recordarnos que, aunque el escenario cambie, la odisea es la misma que han emprendido nuestros ancestros.
Al concluir estas líneas, me embarga el agradecimiento hacia quienes, como Campbell y Jung, me abrieron la senda de los arquetipos y del viaje interior. Sin su influjo, quizá habría escrito historias menores, anecdóticas, sin resonancia. Hoy, en cambio, vivo la escritura como un acto sagrado, una forma de danzar con el inconsciente colectivo y de proponer nuevas rutas que, sin contradecir la universalidad, la expandan. A fin de cuentas, cada obra literaria es un intento de reencantar el mundo, de señalar lo prodigioso que se esconde en cada gesto aparentemente banal. Me agrada creer que, mientras persistamos en contar y escuchar historias, seguiremos dejando nuestra firma en ese mosaico gigantesco que nos hace humanos. Porque si algo he aprendido a lo largo de este recorrido es que el verdadero viaje del héroe no termina nunca, sino que se perpetúa en cada lector que decide retomar el testigo y aventurarse a explorar sus propias profundidades. Y para mí, no hay mayor privilegio que asistir a esa metamorfosis.






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