Todas las mañanas, al despuntar el primer hilo de luz, me siento en mi escritorio con una taza de té humeante, dispuesto a acechar la palabra que no existe todavía. Mi mirada recorre los lomos de libros dispares: unos me prometen la paz fluida del Tao, otros me hablan de estoicos que no cedieron ante el vértigo de la fortuna. También aparecen, con el canto polvoriento, tratados de hermetismo y leyendas celtas. Durante años, he convivido con este tapiz de doctrinas y tradiciones, persiguiendo un anhelo que me sobrepasa: tejer con mis historias un puente inverosímil entre Oriente y Occidente, como si un solo latido uniera el murmullo de un zen tibetano con la lucidez de una premisa aristotélica. Escribir, para mí, no consiste en inventar un mundo desde cero, sino en descubrir la verdad que late tras los velos, haciendo que cada pincelada espiritual —sea oriental o occidental— sople una ventisca de significados en la hoja en blanco.
No siempre supe que estas influencias iban a nutrir mis narraciones de manera tan profunda. Cuando comencé, todo era afán de contar historias de aventuras, pequeñas tramas urbanas, o anécdotas familiares que trataba de dotar de un resplandor literario. Pero en algún recodo del camino, tropecé con un ejemplar del Tao Te Ching. Lo abrí casi con indiferencia, escéptico, sin imaginar que esos aforismos concisos y a la vez poéticos operarían en mi ánimo una transformación tan sutil como irrebatible. Decía Lao Tsé que el hombre sabio fluye como el agua, y yo me descubrí intentando que mis personajes dejaran de aferrarse a la rigidez del argumento para deslizarse con mayor naturalidad a través de los conflictos que imaginaba. Aquel hallazgo sembró en mí una curiosidad obsesiva: si era tan revelador contemplar el mundo con la mirada suave del Tao, qué sucedería si indagara en otras filosofías orientales y las fusionara, sin reparo, con aquello que desde siempre había admirado de la tradición occidental.
Decidí entonces revisitar los escritos de Séneca y Marco Aurelio, a los que sólo había prestado una atención superficial en mis años de estudiante. Casi de inmediato reparé en un paralelismo inesperado: el estoicismo postulaba un sosiego interior que guardaba cierta armonía con el wu wei taoísta (esa noción de no forzar el curso natural). Era como si miles de kilómetros de distancia, miles de años de cultura divergente, y sin embargo algo esencial se repitiera en la condición humana. Tomé notas compulsivamente, fascinándome al advertir cómo la flema analítica de los sabios romanos podía convivir con la vacuidad fértil del zen. Pensé que este milagro de correspondencias tenía que ser plasmado en una historia, o en varias. Así nació uno de mis primeros relatos híbridos: un viajero venido de un imperio occidental, cargando una máxima de Marco Aurelio en su mente, y un anciano taoísta que sonreía con la serenidad de quien sabe que la corriente del río no puede detenerse. El encuentro entre ambos no se basaba en el conflicto, sino en la oportunidad de llevar a cabo un diálogo que abarcara la esencia humana.
El relato en sí resultó a medias onírico, casi como un pergamino perdido. La escena inicial describía un puente de bambú tendido sobre un barranco plateado, iluminado por la bruma matinal. Allí, mi protagonista —un ex legionario romano, renegado de su milicia— se encontraba con el ermitaño chino que meditaba sin aparente razón. Pero en el diálogo, al ahondar en la vida, la muerte y el sentido último del deber, se manifestaban a la vez las pinceladas de las Cartas a Lucilio y los versos crípticos del I Ching. Y, contra todo pronóstico, esa conjunción fluía con coherencia. Aquel fue el primer indicador de que se podía crear, a través de la ficción, un nuevo paisaje cultural que engarzara sin fricciones diferentes linajes de sabiduría.
Sentí una euforia creativa que me impulsó a investigar cómo otras corrientes orientales podían insertarse de forma orgánica en mis tramas. Me acerqué a los principios básicos del budismo y, sobre todo, al énfasis en la impermanencia. Me seducía la idea de personajes atrapados en un deseo febril, luchando por una ambición terrena, que de pronto descubrieran la verdad del cambio eterno y, por consiguiente, se vieran obligados a soltar. Ello contrastaba con la tradición heroica de Occidente, a la que también rendía tributo en mi escritura, esa que exalta la perseverancia en la conquista de un ideal. ¿Podrían convivir esas dos corrientes, la del desapego y la de la gesta obstinada, en un mismo relato? Imaginé la historia de una guerrera que había recorrido mil batallas, movida por la venganza y la gloria. De pronto, en una ciudad costera, se topaba con un monje budista con el cráneo afeitado y el hábito gastado, quien le señalaba que toda victoria era sólo una llamarada efímera. La guerrera, con su espada manchada de sangre y su orgullo tenso, se encontraba ante una revelación incómoda: toda la violencia carecía de solidez cuando se alzaban los vientos del tiempo. De esa fricción surgían reflexiones que iban más allá de la acción bélica. El budismo no pretendía anular la bravura del guerrero occidental, sino recontextualizarla a la luz de la transitoriedad. El resultado fue una historia llena de tensiones interiores, donde la protagonista se veía arrastrada a una encrucijada: persistir en la senda de la conquista externa o volverse hacia la introspección. A mis lectores pareció fascinarles esa dimensión, pues reconocían en la heroína el brío clásico de una épica europea, pero a la vez empatizaban con la sabiduría del monje, que recordaba lo frágil de nuestra existencia.
Poco después, sentí la llamada de combinar enseñanzas occidentales más ocultas, no tan evidentes como la filosofía griega o romana, con los misterios del yoga y la meditación hindú. Me sumergí en el hermetismo, con sus leyes que pretendían unificarse en la tabla esmeralda, y exploré a grandes rasgos el esoterismo cristiano que había arraigado en algunos monasterios medievales. Advertí, otra vez, un gran parecido en la búsqueda de la luz interior, a pesar de que cada tradición utilizara terminología diferente. Hubo un periodo en que mis libretas estaban plagadas de correspondencias simbólicas: el ojo de Horus, la rueda del samsara, el alfa y el omega cristiano, el mudra del dharma. Nunca me había sentido tan excitado ni tan inseguro, porque no sabía cómo trasladar toda esa riqueza a mi literatura sin que pareciera una mezcla caótica. Supe entonces que debía caminar con tiento, salvando el riesgo de abrumar al lector con un torrente de erudición superficial. Entendí que era crucial la coherencia interior de cada historia. Así, en lugar de soltar las alusiones de forma enciclopédica, aposté por encarnarlas en símbolos narrativos.
Me resultó útil reflexionar en torno a objetos cotidianos que, en mis historias, pudieran volverse portales hacia esa sabiduría híbrida. Por ejemplo, diseñé el elemento de un espejo tallado con caracteres arábigos y un mantra sánscrito, un objeto que había pasado por manos de alquimistas del Renacimiento y de monjes budistas en la ruta de la seda. Con él, un personaje de mi novela se veía reflejado y accedía a episodios de la historia universal en los que surgían indicios de esta confluencia de mundos. Era mi manera de manifestar, a través de un recurso ficcional, la conexión profunda que se da entre tradiciones en apariencia inconexas. Y funcionó; el espejo se convirtió en un leitmotiv que no sólo añadía misterio a la trama, sino que, simbólicamente, mostraba la tensión y armonía entre varios pilares espirituales.
Mientras avanzaba en estos experimentos, empecé a notar que, más allá de los escenarios exóticos o de los anacronismos, lo esencial era la transformación interior de mis personajes. Me di cuenta de que lo que unía el yoga hindú y el hermetismo europeo era la idea de ascender por peldaños de conciencia. De una u otra forma, ambos perseguían la perfección moral y espiritual del individuo. Recordé entonces los ejercicios de meditación de los yoguis, y los comparé con la práctica contemplativa de ciertos monasterios cristianos, y pensé que, narrativamente, se podía plasmar como un largo viaje interior, lleno de tentaciones y miedos, que un héroe o heroína tenía que sobrellevar. Este proceso creativo me llevó a incluir capítulos enteros donde el protagonista se recogía en su mente, revisaba sus culpas y anhelos, y se enfrentaba con la sombra que Jung describiría en otros términos. La atmósfera se volvía casi mística, y para mí era un auténtico placer entretejer estas cuestiones con la acción externa de la historia: un fugitivo que, para el ojo inexperto, parecía solo huir de un enemigo físico, pero que, en realidad, buscaba su propia redención psicológica y espiritual. Al final, lo que emergía era un cuadro narrativo en que Oriente y Occidente se daban la mano en cada paso del personaje, porque lo que verdaderamente anhelaba era una libertad que sólo podía nacer de la reconciliación consigo mismo.
Con los años, he ido puliendo estas estrategias narrativas, tratando de no caer en lo meramente didáctico ni en el exceso de solemnidad. Reconozco que a veces me embarga la tentación de explicarlo todo en boca de un maestro budista o de un viejo monje templario, pero he aprendido que la literatura se enriquece más cuando las enseñanzas se intuyen, cuando el lector las descubre casi por ósmosis, a través de la trama. Así, si en un capítulo mi protagonista recita un verso del Tao Te Ching, la historia no lo presenta como un dogma inapelable, sino como un pequeño asomo poético que envuelve el momento. Tal vez, en la siguiente escena, aparezca un recuerdo de la filosofía platónica, en el que otro personaje aboga por la existencia de un mundo ideal más allá de las apariencias. Entretejidos, ambos detalles van moldeando la atmósfera. Los lectores, desde su curiosidad, sienten que hay un hilo conductor que trasciende las barreras culturales y las épocas históricas, y ello les contagia el anhelo de indagar más. Les siembro la semilla; no pretendo convertir mis obras en manuales de sincretismo religioso, sino en umbrales que despierten preguntas.
Confieso que mi aproximación no siempre es lineal. En una de mis novelas fantásticas, me atreví a incluir un capítulo en el que la protagonista, perdida en un bosque cargado de niebla, experimentaba una visión que combinaba elementos de la mitología celta con pasajes que recordaban la danza de Shiva. Era un trance casi chamánico, en el que ella, sin poder poner en palabras lo que ocurría, sentía un tambor y la vibración de la tierra, los rostros de dioses celtas y la silueta múltiple de la deidad danzante de la India. El efecto era deliberadamente confuso, porque quería que el lector, al igual que la protagonista, se sintiera inundado por una polifonía de símbolos. Luego, al salir del trance, ella conservaba un amuleto que integraba patrones celtas y un fragmento de escritura brahmánica, testimonio de ese encuentro insólito entre dos cosmovisiones. Aquella experiencia transformaba a la heroína, impulsándola a replantear su misión en el mundo, y concediendo al relato una atmósfera inusual que muchos lectores me han comentado como uno de los puntos álgidos de la historia.
La crítica, en ocasiones, me recrimina un cierto barroquismo, una obsesión por fusionar culturas que quizá se perciba exagerada. Pero yo persisto, convencido de que el lector contemporáneo no quiere un producto homogéneo y previsible, sino que anhela un chispazo de magia intelectual, algo que lo confronte y lo seduzca simultáneamente. Y no veo una forma más bella de hacerlo que a través de estas uniones improbables, de la danza entre la mente occidental —analítica, estructurada, vehemente— y la intuición oriental, que promueve el silencio interior y la armonía con lo intangible. Para mí, la literatura que defiendo bebe de ambas fuentes y trata de ofrecer una perspectiva renovada sobre la condición humana.
He de admitir que, conforme profundizo en estas corrientes, mi propia vida experimenta una metamorfosis sutil. Ya no veo las disciplinas espirituales como teorías exóticas, sino como caminos reales que puedo emprender. Practico una meditación sencilla, inspirada en el budismo y el yoga, al tiempo que leo con devoción a Pascal o a un teólogo renacentista que diserta sobre la divinidad. Me siento un peregrino de múltiples ríos. Y esa vivencia, por supuesto, se filtra en mi escritura, enriqueciendo los matices de mis personajes, que ya no son meros portavoces de una filosofía, sino seres contradictorios, sedientos de un sentido que les devuelva la plenitud que tanto anhelan.
Quizás, al final de todo, mi empeño en conjuntar estas tradiciones se resuma en la búsqueda de una verdad universal, si es que tal cosa existe. No me interesa una verdad que sea rígida y enclaustrada, sino una verdad que surja de la comunión de voces antagónicas. Creo que la mejor manera de acercarse a ella es a través de la narrativa, porque el lenguaje racional apenas roza la superficie, mientras que el cuento, la leyenda o la novela, con sus potentes recursos imaginativos, pueden adentrarse en zonas que el pensamiento lógico pasa por alto. Muchas veces, mientras trabajo en un capítulo, siento que estoy interpretando un papel de alquimista, combinando disoluciones sagradas y soplos de conocimiento para que, con un poco de fortuna, brote una chispa que encienda el interés del lector y lo arrastre a la reflexión. No siempre lo logro, pero cuando ocurre, intuyo que se ha dado una suerte de milagro literario.
Lo más fascinante de este viaje es que no cesa. Cada libro que consulto, cada conversación que mantengo con un sabio de cualquier tradición, cada pase de artes marciales orientales que veo en una película, me ofrece una nueva pista para seguir tejiendo esta urdimbre insaciable. Me entusiasma imaginar cómo una máxima de Confucio podría aliarse con la ironía de Diógenes, o cómo la Cábala judía resonaría con el budismo tibetano en la fusión de vacuidad y presencia divina. Siento que las historias no tienen límite, que cada nuevo relato es un capítulo más en la gran tentativa humana de juntar las piezas de un mosaico que, por desgracia, la historia ha fragmentado a lo largo de los siglos.
En ocasiones, me planteo qué será de mi obra en el futuro. Soñaría con que se la leyera como una invitación a repensar las fronteras culturales, a comprender que los dogmas y las verdades absolutas se diluyen cuando hablamos en el lenguaje poético de los símbolos. Imaginemos a un lector del siglo venidero que se acerque a mis libros y descubra ese caleidoscopio de referencias, y que, a través de ellas, inicie su propio sendero hacia una visión integradora del mundo. No me importaría si, en lo formal, mi escritura no encaja con los parámetros de moda; lo verdaderamente valioso es la idea de que las historias pueden servir de antorcha para quien se atreva a descender a su propio interior y reconocer allí la confluencia de doctrinas en apariencia dispares.
En mi escritorio, aun hoy, las pilas de libros se mezclan sin una jerarquía evidente: manuales de yoga, catálogos de simbología medieval, diccionarios de mitología nórdica, ediciones anotadas de Séneca y, por supuesto, mis fieles maestros orientales: el Tao Te Ching, el Dhammapada, el Bhagavad Gita. Cada cierto tiempo, me sorprendo hojeándolos casi al azar, y descubriendo un pasaje que, repentinamente, me sugiere una escena para la novela que tengo en marcha. A veces es una simple frase, un giro metafórico que, injertado en mi historia, la ilumina con una luz imprevista. Otras veces me basta una evocación del budismo tibetano para inspirarme una atmósfera de invierno en la que los personajes sufren una revelación. Y me recuerdo a mí mismo, en mis primeros años, reacio a creer que una fusión así era posible. Ahora, en cambio, se me antoja la cosa más natural del mundo: que un escritor del presente beba de todas las fuentes, pues vivimos en una era que, pese a todo su caos, nos ofrece la fortuna de un acceso casi ilimitado a los saberes ancestrales.
Así las cosas, continuaré explorando, jugueteando con la idea de que una leyenda taoísta puede entrelazarse con el embrujo de las hadas celtas, o que la metempsícosis platónica cabe, como un guante, en las corrientes esotéricas del yoga kundalini. Quizás sea un atrevimiento, una locura literaria, pero me enorgullece sentir que, en cada frase que escribo, se filtra un aliento que trasciende mi individualidad. A fin de cuentas, si algo nos enseñan las grandes corrientes espirituales, es que hay una energía o esencia que pulsa en todas las cosas, y que nuestra misión es reconocerla y bailarla a nuestro modo, sin traicionarla con interpretaciones estrechas. En ese sentido, no me cabe duda de que, cuando alguien lee mis páginas y atisba ese halo de convergencia, se establece un pequeño acto de comunión que honra a los sabios de Oriente y Occidente. Y esa comunión, en última instancia, es la razón por la que escribo: encender una chispa en otros, para que se embarquen en su propia expedición interior y se fundan en el diálogo universal que tanto anhelamos. Y, mientras quede tinta en mis manos, me dejaré llevar por el galope de la imaginación y el murmullo de las doctrinas milenarias, confiando en que la literatura siempre ha sido y será el mejor escenario para que todas ellas confluyan en armonía.






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