Hace unos años, en una noche inusualmente silenciosa, desperté con un presentimiento que no sabría nombrar de otro modo que sed de lo invisible. Hasta ese instante, mi inclinación hacia los enigmas del mundo se había limitado a lecturas tímidas, atisbos de tratados polvorientos y curiosidades que no me atrevía a confesar. Pero en aquella madrugada, abrumado por la sombra de un sueño que se desvanecía rápido, decidí que ese impulso no podía seguir relegado a las penumbras. Comprendí que la única forma de saciar esa sed era adentrarme en las ciencias ocultas, no como quien estudia un recetario de viejos conjuros, sino con la intención de integrarlas en mis obras literarias, para que cada frase latiera con la fuerza secreta de un arcano. Desde entonces, mi mesa de trabajo se ha convertido en un altar donde conviven naipes de tarot roídos por el uso, calendarios astrológicos tachonados de anotaciones y un viejo matrás simbólico que me recuerda que la alquimia es, ante todo, un viaje interior con el poder de transfigurar mi escritura.
No pretendo alardear de conocimientos esotéricos; más bien, me apresto a compartir la experiencia íntima de alguien que, explorando pasadizos herméticos, ha ido descubriendo en cada disciplina un filón inagotable de historias. En mis inicios como escritor, imaginaba que para crear universos convincentes bastaba con la observación cotidiana, con volcar las vivencias propias en la página. Sin embargo, pronto sentí que me faltaba una dimensión de profundidad, una suerte de hálito invisible que transfiriese a mis relatos un aura a medio camino entre el escalofrío y la fascinación. Sospeché que la respuesta se escondía tras el velo de lo arcano, y me sumergí en lecturas que empezaron por la alquimia. Me seducía la idea de convertir el viaje del protagonista en una sublimación literal, un proceso análogo al del metal vulgar que deviene oro puro. Sin embargo, para entender de veras ese simbolismo, tuve que enfrascarme en textos crípticos como El Espejo de la Alquimia, atribuido a un anónimo medieval, o escudriñar las pinturas de alquimistas renacentistas que, a golpe de metáfora, describían la disolución y coagulación del alma humana.
Fue en aquel tiempo cuando empecé a escribir un borrador de novela que, si bien jamás publiqué, me sirvió como entrenamiento para moldear personajes inspirados en las fases alquímicas. Mi protagonista no se limitaba a vivir una peripecia exterior, sino que atravesaba el nigredo —esa noche oscura del alma llena de dudas y terrores—, luego el albedo —un despertar que se sentía como un presagio tenue de esperanza—, y finalmente el rubedo, una explosión de plenitud que lo conducía a la consumación de su propósito. Jamás olvidaré la intensidad con que escribía esas escenas, casi poseído por la idea de que cada frase encarnaba un matiz de la transmutación interior. Y, para mi sorpresa, el resultado tenía una resonancia inconfundible: sentía en la trama una energía que antes me evadía, como si la fuerza de los símbolos alquímicos insuflara un soplo vital a cada párrafo.
Poco después, mi curiosidad se volcó hacia la astrología. Confieso que de niño me burlaba de las secciones horoscópicas en los periódicos, ignorando que, bajo la caricatura de las predicciones diarias, se esconde una tradición ancestral que vincula al ser humano con la danza cósmica de los planetas. Empecé a estudiar la carta astral, reparando en el modo en que los antiguos consideraban que cada astro representa una faceta de la psique. Pensé entonces que bien podría servirme de guía para delinear las personalidades de mis personajes. En una serie de relatos cortos, concebí una ciudad imaginaria donde cada barrio estaba regido por un planeta específico: Mercurio influía en un distrito de comerciantes charlatanes y mensajeros errantes, mientras Marte dominaba un sector de guerreros sedientos de honor. Me divertía descubrir, en la literatura antigua, anécdotas que reforzaban la idea de que nuestros mitos planetarios eran, en realidad, un espejo de nuestros conflictos internos. Cuando mis lectores, ansiosos de explicaciones, me preguntaban por mi proceso creativo, yo les decía que, antes de iniciar cada capítulo, echaba un vistazo a las efemérides astrológicas y dejaba que la posición de la Luna o los aspectos tensos entre Saturno y Urano me dictaran el tono de la escena que estaba a punto de redactar. Más allá de la veracidad o no de esas correspondencias, el acto de sintonizar con el simbolismo planetario me proveía de una atmósfera que se infiltraba en el texto con una fuerza sorprendente.
En medio de ese fervor, topé con el tarot. Confieso que me perturbaba la idea de las cartas, quizá porque creía que su uso se limitaba a la predicción de un futuro nebuloso. Sin embargo, al adentrarme en sus arcanos, descubrí que cada lámina era, ante todo, una miniatura de la aventura humana, un compendio de luces y sombras. Me enamoré perdidamente de la figura del Loco, ese caminante que se lanza al precipicio con un atado ligero, sin miedo ni certezas. Sentía que ese naipe representaba, en sí, la esencia del escritor que se interna en un folio en blanco, ignorante de lo que puede hallar, pero impulsado por la osadía. Y así me di cuenta de que el tarot no era solo un sistema de adivinación, sino una galería de arquetipos narrativos. El Mago podía ser un personaje intrigante, dotado de voluntad creadora, mientras que la Sacerdotisa encarnaba el misterio, la intuición vedada. Cuando llegaba a La Torre, me estremecía la tragedia del derrumbe que, aun siendo calamitoso, trae la liberación de lo viejo. Empecé a componer escenas en las que un personaje atravesaba las secuencias del tarot, cada arcano sirviéndole de espejo para explorar un matiz de su destino interior. Fue una tarea no exenta de desafíos, pero cada sesión de escritura se convertía casi en un ritual: barajaba mis cartas, extraía una al azar, y la imagen que emergía me dictaba el simbolismo que, de algún modo, debía traspasar a la trama. Aquello me recordaba a lo que, tiempo atrás, había leído en obras de Arthur Machen y Dion Fortune, quienes poseían una habilidad singular para combinar lo arcano con la narración. Machen, con su prosa envolvente, encubría en lo cotidiano una presencia siniestra y ancestral, mientras que Dion Fortune desplegaba en sus novelas esotéricas la convicción de que nuestro mundo está surcado por fuerzas invisibles que esperan ser reveladas o temidas.
No tardé en comprender que muchos de aquellos autores habían practicado rituales, indagado en sociedades secretas o al menos frecuentado círculos herméticos para dotar sus escritos de un realismo sobrenatural. Decidí que yo, sin llegar a militar en una orden concreta, también podría aproximarme a esos ceremoniales, siempre y cuando mantuviera cierta honestidad respecto a mi objetivo: no ambicionaba la mera ornamentación, sino el rescate de la fuerza simbólica que subyace en toda tradición oculta. Comencé a experimentar con pequeñas ceremonias caseras, ofreciendo incienso, trazando un círculo de velas y convocando al silencio, antes de ponerme a teclear. No se trataba de creer ciegamente en la intervención de seres extradimensionales, sino de predisponer mi mente al misterio, a la ausencia de certezas, para que el texto fluyera en sintonía con lo numinoso. Los resultados fueron, cuando menos, curiosos: me descubrí escribiendo pasajes que luego no reconocía del todo como propios, como si estuvieran dictados por un estrato profundo de mi inconsciente, activado de forma deliberada por ese sencillo ritual. Uno de los capítulos que más agradecimiento me ha proporcionado fue el fruto de una madrugada en la que, tras dejar la vela consumirse por completo, empecé a escribir sin detenerme, en un flujo que se acercaba al trance. A la mañana siguiente, al releerlo, encontré una atmósfera tan densa, tan impregnada de fuerza oculta, que decidí no retocar ni una coma. Ese capítulo se convirtió en el eje central de la novela y muchos lectores me escribieron confesando que, en esa parte, percibían una vibración distinta, como si hubiesen asomado al abismo que yo mismo había palpado.
Con el paso del tiempo, mi exploración se fue ampliando a otras áreas de lo misterioso. Empecé a estudiar grimorios medievales, fascinándome con la simbología de los sellos y las conjuraciones, y hallé inspiración en la manera tan poética en que se invocaba a ciertos espíritus o ángeles. Me intrigaba la idea de que, más allá de la literalidad de tales textos, se escondiera una verdad sobre la psicología humana: cada demonio o entidad correspondía quizá a una pulsión, un temor o un arrebato que necesitaba ser domado, aplacado o comprendido. Eso me llevó a concebir un personaje que, en lugar de enfrentarse con monstruos en mazmorras, se debatía con los nombres secretos de sus propias tentaciones, en un periplo casi onírico donde cada sello de grimorio era la llave a un rincón recóndito del alma. Escribía con la certeza de que, mientras más me adentraba en la iconografía arcana, más próxima sentía la esencia del corazón humano: al fin y al cabo, la mayoría de estas disciplinas ocultistas responden al deseo de comprender qué hay tras la apariencia, y de dominar —o al menos acariciar— las energías que escapan a nuestro control inmediato.
Llegado este punto, no todo fueron aplausos. Recibí de algunos colegas la acusación de que estaba exotizando lo oculto, que mi literatura se volvía demasiado recargada, demasiado esotérica para un lector promedio. Reconozco que, en ocasiones, me dejé llevar por el embeleso de la metáfora simbólica, sacrificando un poco la claridad argumental. Sin embargo, en lugar de dar marcha atrás, decidí pulir mi técnica, moderar las alusiones a lo críptico y tratar de integrar esos elementos con mayor fluidez. Aprendí a dosificarlos, a no saturar cada párrafo con referencias secretistas, sino a dejarlas gotear al ritmo de la narración, para que los descubrimientos resultaran más sutiles y, por ende, más profundos. En esa etapa, me ayudó releer a Dion Fortune, quien, a pesar de haber pertenecido a órdenes esotéricas, sabía salpicar su narrativa con detalle oculto sin forzar la trama ni convertir el texto en un ensayo doctrinal. También estudié la obra de Algernon Blackwood y su exquisita capacidad para imbuir la naturaleza de un aura sobrenatural sin caer en la pedantería del erudito.
Aun con ese afán de equilibrio, continué experimentando. Sentí la necesidad de elaborar pequeñas guías introductorias —jamás publicadas— que me sirvieran de material para mis propias novelas. Por ejemplo, redacté un documento sobre el simbolismo de cada arcano menor del tarot, asimilándolos a la construcción de escenas de tensión o de soledad. En otra ocasión, hice un paralelo entre los astros y las dinámicas de un triángulo amoroso que planeaba utilizar en un relato de corte realista, pues deseaba demostrarme que lo esotérico puede filtrarse en un entorno perfectamente cotidiano. Bastaba con que cada personaje encarnara la energía de un planeta, y que los tránsitos astrológicos coincidieran con los cambios anímicos que, a ojos del lector, se leerían como meros altibajos emocionales. Ese juego me encantó, porque me permitía unir dos facetas aparentemente irreconciliables: la narrativa costumbrista y las corrientes secretas de la astrología.
No faltan quienes se acerquen a mí, intrigados, para preguntarme si de veras creo en todo cuanto escribo, o si únicamente utilizo estos elementos como recursos literarios. A ellos les respondo que mi relación con lo oculto no se basa en una creencia ciega, sino en una confianza intuitiva en el poder transformador del símbolo. No concibo la alquimia como la promesa literal de convertir plomo en oro, sino como un espejo de las metamorfosis que atravesamos cuando escribimos, cuando nos desarmamos en el caos inicial y nos recompone una fuerza que aún ignoramos. Del mismo modo, no me obsesiona saber si la astrología predice el porvenir, pues me basta sentir la resonancia que cada planeta ejerce en mi imaginación. Y el tarot, más que un oráculo en el que depositar mi destino, es un compendio de arquetipos que me ayudan a perfilar las múltiples facetas de mis personajes. Dicho de otro modo, las ciencias ocultas me proporcionan un lenguaje simbólico inagotable que, bien canalizado, añade profundidad, misterio y una suerte de veneración ante la realidad, como si ésta fuera mucho más densa de lo que podemos ver en la superficie.
A menudo, en mis lecturas, me ha gustado rastrear la influencia de lo oculto en escritores que admiro, no siempre de manera evidente. Uno de mis momentos de revelación ocurrió cuando, releyendo a W. B. Yeats, descubrí sus vínculos con sociedades herméticas y entendí cuánto de esa experiencia impregnaba sus poemas. Me sucedió algo similar al revisitar la prosa de Gustav Meyrink, cuya El Golem rezuma un saber arcano que va mucho más allá de la mera recreación fantástica. También me he sentido atraído por las insinuaciones cabalísticas en autores como Jorge Luis Borges, que, sin clasificarse como ocultista, tejía laberintos que podrían interpretarse como diagramas esotéricos donde el tiempo y la identidad se desdoblan sin tregua. Ese hallazgo me confirmó la idea de que la gran literatura no rehúye las disciplinas misteriosas; al contrario, las acoge y las transforma, ofreciendo al lector un atisbo de lo desconocido.
Hace un par de años, quise dar un paso más y me sumergí en la lectura de textos sobre cartomancia histórica, grimorios del Renacimiento, astrología helenística y manuscritos que mezclaban el conocimiento árabe con la magia cristiana. Cuanto más me internaba en ese laberinto, más sentía que, a la postre, todos apuntaban a la misma idea: la realidad no es una masa inerte, sino una trama viva donde cada símbolo tiene el poder de reconfigurar nuestra forma de entender el mundo. Animado por ese convencimiento, me embarqué en la escritura de una saga que pretendía encapsular lo mejor de mis descubrimientos: una urbe de fantasía en la que convivían astrólogos consagrados que leían el firmamento desde torres infinitas, alquimistas enclaustrados que, en sus hornos, cocinaban la psique colectiva, y cartomantes errantes que desplegaban sus tapetes en los callejones para revelar a la gente un secreto que éstos a veces preferirían ignorar. No fue un proceso sencillo: tuve que encontrar el equilibrio entre la trama y la simbología, y me obligué a reescribir capítulos enteros cuando me daba cuenta de que, en mi afán por exhibir el misterio, descuidaba la progresión de los personajes. Pero, una vez concluida, sentí que aquella obra encarnaba mi visión del mundo: que somos huéspedes de fuerzas más vastas, y que, al reconocerlas, podemos hilar historias de una belleza punzante, a medio camino entre el horror a lo desconocido y la dicha de sabernos partícipes de un juego cósmico.
Aquella saga, recibida con reacciones diversas, terminó por definir mi sello literario ante cierta parte del público. Muchos lectores celebraron la integración de lo oculto, afirmando que, gracias a mi mirada, habían descubierto la riqueza simbólica que se esconde tras las prácticas esotéricas. Otros, más escépticos, se quejaron de que mis textos se tornaban laberínticos, demasiado exigentes, como si requirieran un manual de simbología para apreciarlos en su plenitud. Yo agradecí ambas opiniones, porque confirmaban que mi apuesta no dejaba indiferente a nadie. Y en la vida de un escritor, ¿qué mayor bendición hay que la de suscitar pasiones encontradas?
Hoy, miro hacia atrás y me doy cuenta de que mis primeros pasos en la alquimia, el tarot y la astrología me condujeron, inevitablemente, a explorar otros recodos de lo oculto, como la adivinación por runas, la interpretación de sueños al modo de las escuelas herméticas o la atención a la numerología pitagórica. Todo eso, si bien no siempre aparece de manera explícita en mis páginas, sí configuran mi trasfondo mental a la hora de imaginar un personaje o una situación límite. A veces, un mero detalle —un número recurrente, una imagen onírica que el protagonista tiene a mitad de la trama— expresa un mundo de alusiones invisibles que, si el lector es lo bastante curioso, podrá desentrañar. De esa forma, la literatura se convierte en un campo de experimentación mágica, un espacio en el que cada palabra, cada gesto, puede albergar un sentido oculto.
Me gustaría subrayar que no pretendo convencer a nadie de que se inicie en las ciencias ocultas. Mi invitación es a contemplar su riquísimo arsenal de símbolos, su inagotable repertorio de arquetipos, como un manantial para la creación literaria. Porque pienso que, en una época donde la inmediatez y la lógica imperante parecen reinar, rescatar el misterio y hacerle un hueco a lo inexplicable nos permite reconectar con un estrato de la imaginación a menudo relegado. Se trata de evocarnos a nosotros mismos frente a esas formas arcanas, sin el cinismo que dicta que todo lo desconocido es superchería, y dejando que, por un instante, nos embargue el temblor sagrado del asombro. Para mí, ésa es la llama que mantiene viva la vocación de narrar.
A día de hoy, continúo mi periplo con la esperanza de profundizar aún más en este sendero. Acudo a bibliotecas polvorientas en busca de manuscritos extraviados, asisto a charlas de estudiosos que han dedicado su vida a descifrar el simbolismo de catedrales medievales, e intercambio ideas con tarotistas que me enseñan variantes insospechadas de la lectura de los arcanos. No me considero un experto en nada, pero sí un perpetuo aprendiz, y creo que ese talante es el que mi escritura necesita. Cada vez que abro un nuevo proyecto literario, me dispongo a tantear qué combinación de astro, arcano o conjuro podrá insuflar vigor y enigma a las páginas. Y, en ese proceso, me descubro más vivo, más atento a los matices.
En definitiva, podría decirse que el misterio se ha convertido en el latido secreto de mi literatura. He elegido compartir este recorrido con la esperanza de que inspire a otros creadores —o a simples curiosos— a explorar la alquimia, el tarot, la astrología y cuantos sistemas velados nos ofrecen un vistazo a la otra orilla de nuestra razón. Porque si algo he aprendido es que lo oculto no es propiedad de unos pocos iniciados, sino un lenguaje universal que, bien interpretado, puede engrandecer la experiencia humana y perfumarla con el aliento de lo sagrado. Y en la escritura, ese susurro es lo que separa un texto correcto de otro con alma, uno que se atreve a palpitar en sintonía con la noche cósmica y con el rumor incesante de las fuerzas que, aunque invisibles, habitan cada rincón de nuestra psique. Mientras quede un resquicio de tinta en mis venas, buscaré seguir tejiendo historias con los hilos de lo indescifrable, convencido de que esa luz tenue, ese enigma eterno, constituye el verdadero aliento de nuestra existencia literaria y vital.






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