A menudo me descubro en la penumbra de mi habitación, con las cortinas semiabiertas y la noche acechando más allá de los cristales. Me gusta pensar que, en esa fusión de oscuridad y claridad, emergen mis impulsos más auténticos. Imagino voces, pasados arcaicos, anhelos del futuro, y todo confluye en un murmullo que me insta a agarrar un papel y dejar constancia de lo que siento. Sin embargo, en mis inicios, fracasaba al intentar hacerlo de manera convencional. Empezaba a llenar líneas de un discurso lineal y predecible, hasta que comprendía que no era más que un eco cansado de la misma retórica que las voces oficiales han embadurnado sobre nuestros sentidos. Fue esa decepción la que me llevó a pararme en seco y decir: “No, necesito escribir desde otro lugar, uno más cercano a la contracultura, a lo invisible, a lo que nadie se atreve a pronunciar.”
Esa decisión me costó un largo periodo de crisis. En un mundo que exige definiciones concretas y resultados tangibles, ¿cómo explicar mi fascinación por lo simbólico, por la magia que late en rincones olvidados, por las corrientes espirituales que muchos confunden con delirios? Me sentí perdido, como si estuviera traicionando la literatura “respetable”. Pero, de pronto, alguien muy cercano me dijo una frase que me cambió: “El arte verdadero siempre se teje con un hilo de rebelión y un toque de misterio.” Aquellas palabras me abrieron una compuerta interior. Comprendí que la literatura, la de mi estirpe, no debía conformarse con lo que venden los escaparates, sino aspirar a zarandear, a remover. Y ese sacudón no podía surgir de un discurso tímido, sino de una convicción que bebe de la contracultura, de la espiritualidad no domesticada y de la magia que algunos llaman esotérica. Así encontré mi senda. Fue como descubrir un mapa que llevaba años esperándome en un cajón.
Lo primero que hice fue un acto de honestidad brutal: me detuve a reflexionar sobre qué perseguía con la literatura. Y me di cuenta de que mi apuesta es por la metamorfosis. Quiero que mis textos sean una bisagra capaz de abrirle a cada lector una puerta al asombro y la autocrítica. No me bastaba con emocionar o entretener; deseaba inocular un “¿y si?” en la conciencia, ese pellizco que detiene la rutina y hace temblar las certezas. Pensé entonces en la contracultura. Desde tiempos inmemoriales, existe esa pulsión por cuestionar la norma. Lo vi en los poetas malditos, en los surrealistas que se reían de la razón aparente, en los hippies que repudiaban la violencia estructural, en los punks que vomitaban su rabia contra las fachadas del sistema. Cada una de esas corrientes, en su momento, prendió una llama, a veces efímera, a veces duradera, pero siempre enfebrecida por el deseo de romper las cadenas. Me pregunté: “¿En qué se expresa ese impulso hoy?” En mi caso, resplandece cuando me atrevo a narrar las historias desde lo que otros tachan de irracional, cuando otorgo valor literario a lo místico, a la intuición, al viaje interior que no atiende a la lógica imperante. Es mi forma de rebelarme contra la narrativa de lo puramente tangible y lo comercialmente rentable.
Luego llegué a la dimensión de la espiritualidad. Sé que la palabra asusta a ciertos sectores, que piensan en dogmas, religiones institucionalizadas o fanatismos ciegos. Pero la espiritualidad que me inspira no tiene que ver con templos de piedra ni con jerarquías inflexibles. Tiene que ver con esa fuerza invisible que a veces sentimos ante un atardecer, ante la música, ante el nacimiento o la muerte, y que nos hace sospechar que la vida es un tejido con más hilos de los que vemos. Me refiero a la inquietud de buscar un sentido que no sea el dictado por el mercado, a la fascinación por preguntarnos de dónde venimos y a dónde vamos cuando cerramos los ojos. La literatura, si se empapa de esta pregunta radical, se vuelve un faro que trasciende los géneros. No hablo de escribir sermones disfrazados de novela, sino de encarnar en cada personaje y en cada metáfora esa búsqueda interior. Es algo que, al menos en mi experiencia, dota al texto de un latido inexplicable, un temblor que resuena más allá de la trama.
Por otra parte, descubrí una afinidad secreta con el mundo esotérico, con la magia que muchos se niegan a considerar un tema “serio”. Me di cuenta de que, en la historia de la humanidad, las ciencias ocultas han funcionado como metáfora de la emancipación del hombre ante lo que no comprende. La alquimia, por ejemplo, se puede leer como un proceso interno, un viaje por nuestras sombras y debilidades que busca la transmutación en oro espiritual. El tarot se convierte en un mapa de símbolos arquetípicos que, si lo abordamos sin supersticiones ingenuas, puede enseñarnos cómo cada etapa vital es parte de un viaje heroico. Lejos de las caricaturas, la magia es, en el fondo, la intuición de que la realidad es más vasta que las leyes físicas o la razón ilustrada. De que existen hilos invisibles, lazos insólitos entre el yo y la materia, que a veces se vislumbran en los sueños, en ciertas coincidencias, en las imágenes poéticas que brotan de la imaginación. Incluir ese trasfondo esotérico en la literatura que defiendo implica recuperar un asombro ancestral, una fe en la potencia simbólica. Y eso, a mi juicio, produce un efecto transformador que el lector nota sin poder explicarlo del todo.
Así, con todo este cóctel, me atreví a redactar lo que hoy quiero erigir como mi manifiesto literario. Un texto en el que declaro mi apuesta personal: yo concibo la escritura como un conjuro, un acto ritual que busca sacudir conciencias, con la irreverencia de la contracultura, la profundidad de lo espiritual y la llama secreta de lo esotérico. No aspiro a crear un dogma ni a imponer un credo, sino a abrir grietas en la realidad consensuada, para que entre la luz o la sombra que cada lector necesite. Y la mejor forma de plasmar esto es a través de historias que vibren, que no se limiten a repetir esquemas narrativos, sino que introduzcan elementos insólitos: un personaje que habla con una deidad extraña sin caer en lo meramente fantástico, o un escenario donde la vida cotidiana se ve atravesada por atisbos de un mundo invisible.
La contracultura, la espiritualidad y lo esotérico no son, en mi visión, compartimentos estancos, sino corrientes convergentes. Cuando me acerco a un manuscrito, siento que debo canalizar la rabia y la rebeldía contra la uniformidad de pensamiento, pero también la humildad de alguien que sabe que el universo esconde capas múltiples, y que no bastará el intelecto para desentrañarlas. Y además, no puedo ignorar la potencia simbólica que me ofrece la tradición mágica: la posibilidad de describir una escena con tintes rituales y, a través de esa atmósfera, conectar con la psique profunda del lector, sacándolo de su rutina mental. Así, aspiro a que cada palabra sea un puente entre lo visible y lo que no podemos ver pero intuimos. No busco persuadir de certezas metafísicas, sino desplegar un espacio de experiencia, un lugar para la duda fértil.
En un mundo saturado de información, creo que la literatura que va a perdurar es la que se atreve a incomodar, a desafiar los lugares comunes. Quiero que mis libros y mis artículos sean hogueras donde el lector arroje sus prejuicios y se permita, aunque sea por un rato, salir de la mentalidad consumista que todo lo etiqueta y lo digiere sin digerirlo de verdad. Pienso en esos instantes en que uno cierra una novela y queda con la sensación de que el aire huele distinto, o de que, de pronto, el paisaje urbano se tiñe de un matiz inefable. Ese es el objetivo último: provocar esa mutación sensorial y psíquica. Y creo que la contracultura, la espiritualidad y el esoterismo son los tres pilares que hacen posible ese cambio.
Quizá me tachen de iluso, o de excesivamente romántico, pero no me avergüenza defender que la palabra se convierte en un estilete mucho más efectivo cuando procede de la pasión y la genuina creencia en lo que se dice. Si veo la escritura como un conjuro, es porque entiendo que no es una exhibición banal de imaginación, sino un motor de acción interior. Y, si bien me apasiona la ficción, también defiendo la idea de que cualquier texto (sea un ensayo, una reseña o un poema) puede albergar esa chispa si se ejecuta con valentía. Muchas veces, en mis borradores, me encuentro debatiendo si debo rebajar el tono para encajar mejor con los parámetros de corrección literaria, y la respuesta que me nace es un rotundo no. Prefiero la autenticidad arriesgada antes que la aprobación tibia. Si la contracultura me ha enseñado algo, es a no someter la voz a fórmulas de mercado. Si la espiritualidad me ha enseñado algo, es a buscar lo esencial, esa cepa que se esconde bajo la hojarasca. Y si la magia esotérica me ha susurrado algo, es que la realidad admite desbordamientos imposibles en la lógica, pero muy vivos en la emoción y la psique.
Por supuesto, asumo que esta línea de trabajo literario exige un público que se atreva a explorar conmigo. No escribo para todo el mundo, ni es mi anhelo seducir a las masas. Me conformo con apelar a esas mentes inquietas que, hartas de la superficialidad, decidan probar algo distinto, aunque les revuelva un poco por dentro. Sé que ahí fuera hay miles de personas anhelando un estímulo que no sea más de lo mismo, algo que las confronte con su anhelo de trascender la monotonía. Y mi manifiesto es, ante todo, una invitación a que se sumen a esta travesía. Quiero que, al leer mis textos, sientan una vibración que los empuje a cuestionarse qué viven, cómo lo viven y si se han atrevido a rasgar el velo de sus creencias heredadas.
He hablado con diversos amigos escritores que me dicen que mi postura puede parecer demasiado personal, hasta anacrónica, porque el mercado literario actual va por otro derrotero. Respondo que, precisamente, me alienta no coincidir con los trends. Me alivia saber que hay un territorio paralelo para la exploración de lo no ordinario, de lo radical, de lo sagrado, aunque sea un espacio minoritario. Y, sin embargo, intuyo que esa aparente minoría es más amplia de lo que se cree. Porque son muchos los que, en silencio, andan buscando un destello que altere su mapa mental y les devuelva la fe en la capacidad transformadora de la palabra. Conozco a lectores que, casi en secreto, leen a autores insólitos, a poetas heréticos, a místicos de culturas lejanas, y extraen de esas páginas una fuerza que les ayuda a sobrellevar la inercia diaria. A ellos me dirijo. Y a quienes aún no han hecho ese descubrimiento, les extiendo la mano en un pacto implícito: confíen en que, tras la apariencia de locura, se esconde un germen de liberación.
Ahora, llegados a este punto, siento la necesidad de sintetizar mi manifiesto en unas pocas directrices que rigen mi creación literaria. En primer lugar, la contracultura me impulsa a contravenir las estéticas y los discursos predominantes, no para ser caprichosamente polémico, sino para sacudir la parálisis. En segundo lugar, la espiritualidad nutre mis líneas con el recordatorio de que hay un trasfondo misterioso en la existencia, y, por ende, mis historias y ensayos deben respirar con el anhelo de abarcar más que lo evidente. En tercer lugar, lo esotérico me abre la puerta al símbolo, al ritual, a la fusión entre lo concreto y lo invisible, revelándome que la palabra puede ser una vara de médium, un puente que conecte la conciencia del lector con su propia profundidad. Estas tres corrientes, entretejidas, configuran mi modo de entender la literatura: no como un pasatiempo, sino como una experiencia de vida, una aventura interna que nos empuja a cuestionar las reglas del juego.
Alguien podría objetar que hablo de muchos ideales y poca técnica. Pero la técnica, sin un impulso vital, es puro artificio. Prefiero creer que la técnica literaria está al servicio de la intensidad de la visión, no al revés. Cuando me sumerjo en un relato, utilizo todos los recursos que el lenguaje me ofrece, pero siempre con la brújula de mis tres pilares: la rebeldía, la búsqueda de lo sagrado y el amor por el símbolo. Así, incluso en un relato aparentemente costumbrista, puedo colar un aroma de otro mundo, un detalle que delate lo inexplicable, un personaje que se debate entre la conformidad y la revelación. Ese es mi sello, y lo defiendo con orgullo. No me interesa la perfección formal si no vibra con mi espíritu, si no nace de la llama interior.
He querido, con este texto, dejar constancia clara y rotunda de por qué escribo y qué defiendo en esta apuesta artística y vital. Porque, en definitiva, mi literatura no se queda en la página: es una manera de vivir, una perspectiva desde la cual interpreto mis días, mis encuentros, mis sueños nocturnos. Creo, de hecho, que la experiencia literaria se enriquece cuanto más se enmaraña con la experiencia cotidiana, más allá del teclado. Esos momentos en que me siento a observar la lluvia, o me interno en un bosque, o tengo una conversación sincera con alguien que se reconoce inconforme, todo eso alimenta mi pluma. Y cada texto que plasmo busca, de algún modo, expandir esa siembra de inconformismo sagrado en quienes lo leen. Confío, con toda la fuerza de mi convicción, en que la palabra puede ser un germen de cambio, una forma de contradecir la estrechez de miras, de volver permeables las fronteras con lo mágico y de recordarnos que la vida puede ser una danza cargada de sentidos múltiples.
Por eso, cierro este manifiesto reafirmando mi compromiso: continuaré explorando, transgrediendo las expectativas, adentrándome en territorios olvidados o despreciados por la corriente principal, y, en cada historia, en cada ensayo, buscaré esa chispa irreverente que enciende la imaginación y el corazón. Invito a todos, cómplices o escépticos, a dejarse atraer por la contradicción que se oculta en la contracultura, la espiritualidad y el esoterismo. Tal vez, en esa mezcla improbable, encontremos una nueva forma de ver el mundo, una belleza que brota de la contradicción y que transforma nuestra percepción de lo real. Quien se anime a acompañarme en este viaje literario, descubrirá que no hay mapa ni camino predefinido, pero sí una brújula interior: el deseo de romper los límites, de sumergirnos en lo desconocido y de renacer con cada palabra. Este es, en esencia, mi manifiesto: una oda a la libertad creativa, a la osadía de lo sublime, a la llamada íntima de la magia que desvela lo sagrado en lo cotidiano. Y a la convicción de que la literatura puede, si así lo queremos, ser un conjuro que sacude el alma y abre puertas que ya creíamos cerradas. Hoy, me atrevo a seguir ese conjuro, y a invitar a cualquiera que desee unirse al ensalmo. Porque en la rebeldía hay esperanza, en la búsqueda interior hay infinitud y en el símbolo esotérico mora la clave para rescatar la maravilla que se nos ha ido durmiendo. Con la palabra como artífice, confío en que podamos despertar a un horizonte nuevo, uno en que escribir sea, ante todo, un acto de resistencia, de comunión con lo inefable y de amor a la posibilidad de un mundo más vasto que el que nos han contado. Y en ese amanecer, solo quedará la gratitud por haber osado creer en lo imposible.






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