He de confesar que, en mis primeras inmersiones en la literatura, me perseguía un anhelo casi enfermizo por alcanzar estados de percepción que dieran un matiz mágico a lo que escribía. No me bastaba con relatar anécdotas pulcras ni tramas bien construidas: deseaba que las palabras destilaran una inquietud, un soplo que rozara lo sagrado e insinuara que la realidad, tal como la conocemos, es apenas una capa del gran tapiz que encubre el misterio. Con el tiempo, descubrí que muchos creadores, desde civilizaciones remotas hasta nuestros días, habían abrevado de ese impulso: explorar estados visionarios, a veces forjados por la meditación, a veces catalizados por sustancias que se consideraban “sagradas” o “ilícitas” según la época y la cultura. Y de esas travesías interiores, habían surgido obras insólitas, con una cualidad onírica que desafiaba el entendimiento común. Fue como constatar que, más allá de la cordura oficial, existe una línea de tradición literaria alimentada por encuentros con lo inefable, encuentros que impregnan cada página con una especie de aliento de otro mundo.

Recuerdo que mi primer atisbo serio hacia esta senda llegó cuando tropecé con relatos de místicos de la antigüedad, cuyos textos se decían inspirados por trances prolongados. Crecí escuchando que, en muchas tradiciones, el creador se volvía mero instrumento de una fuerza mayor, como si la palabra no naciera de su intelecto, sino de un lugar inexplorado, un ámbito a medio camino entre la cordura y la locura. Al principio me sonaba romántico y hasta ingenuo, pues pensaba que escribir requería disciplina y control, no rendirse a iluminaciones momentáneas. Sin embargo, la curiosidad pudo más que mis prejuicios, y comencé a indagar en crónicas de individuos que habían salido de sí mismos: algunos a través de largos ayunos, otros mediante rituales con plantas que la cultura occidental suele estigmatizar, y no pocos por medio de meditaciones tan hondas que rozaban la catalepsia. ¿El resultado? Textos que, si bien podían parecer caóticos a un ojo educado en la lógica cartesiana, rebosaban un brillo casi espectral, como si hubiesen sido escritos con un alfabeto prestado por los sueños.

Desde ese momento, comprendí la relevancia de lo que llamamos “estados de conciencia alterados” o “estados visionarios”. Porque, si en la vida diaria somos prisioneros de un campo limitado por el ruido de lo inmediato, esas incursiones en la vastedad interior permiten extraer símbolos que no circulan por la vía racional. De pronto, cuando un escritor se adentra en esa frontera, la línea narrativa adquiere un pulso singular, un compás que puede resultar hipnótico. Pienso en cómo, en ciertos pasajes de mis propios manuscritos, me he dejado llevar por un rapto que no sabría denominar: un trance suave pero poderoso donde las frases brotaban sin que mi mente consciente las planificara. Más tarde, al releerlas, me sorprendía encontrar imágenes que me eran familiares y, a la vez, completamente nuevas, como si hubieran emergido desde un abismo que no controlo. Atribuyo ese fenómeno a que, en el fondo, nuestra psique guarda un océano de símbolos primordiales que apenas asoman en la vigilia rutinaria.

Quise ir más allá y descubrir cómo, en la práctica, se traduce esa cualidad onírica en la textura de un texto. Observé la obra de ciertos poetas que, se cuenta, bebían de infusiones peculiares o se internaban en soledades monásticas para desatar la imaginación. Lo primero que noté es que su escritura no se doblega a una progresión lógica; más bien fluye como un riachuelo que serpentea entre rocas insalvables, arrastrando imágenes imposibles de codificar en la linealidad convencional. De ahí su fuerza. El lector se adentra en un universo de luces y sombras que, pese a no seguir las pautas de la realidad objetiva, responde a una coherencia interna más profunda: la coherencia de lo simbólico, donde un ave puede hablar y un árbol puede sangrar, sin que ello resulte absurdo, pues obedece a las reglas de un sueño lúcido. Esa es la chispa que me cautivó: la capacidad de volver creíble un milagro, basándose en la lógica del trance.

Ahora bien, no todo estado visionario deviene literatura. Hace falta cierto temple para traducirlo en palabras, cierta valentía para no temer al ridículo y cierto rigor para no caer en la charla delirante sin dirección. En mi caso, me sirvió mucho la meditación, no solo como técnica de relajación, sino como puerta a un silencio interno en el que surgen, como relámpagos, intuiciones que jamás habría imaginado en mi atropellada rutina. Hay instantes en que, tras media hora de silencio, irrumpen pasajes completos en mi mente, con una claridad deslumbrante. No me siento autor de ellos tanto como receptor. Podría jurar que, en esas experiencias, la delgada línea entre mi consciencia y un manantial colectivo se difumina. El resultado, al llevarlo al papel, es un relato que combina mi estilo personal con la huella de algo que me trasciende. Y esto, por extraño que suene, hace que mis personajes parezcan haber sido dictados por una realidad paralela.

Por otro lado, sé de creadores que han acudido a plantas psicoactivas, ya sea en ceremonias guiadas por alguna tradición ancestral o en exploraciones personales más temerarias. No tengo la menor duda de que ese trance puede catapultar la imaginación hacia regiones insospechadas, pero también me consta que conlleva riesgos, tanto psicológicos como físicos. He escuchado anécdotas de escritores que, bajo los efectos de esas sustancias, han experimentado visiones tan abrumadoras que luego se sintieron incapaces de narrarlas con coherencia. Y, sin embargo, algunos, de forma magistral, han logrado plasmar en sus obras la esencia de ese viaje. He leído manuscritos donde se percibe una metamorfosis radical en la percepción del espacio y del tiempo, una danza de colores y entidades que se escurren entre palabras, forjando escenas irrepetibles. A menudo, esas obras desestabilizan al lector, le hacen perder sus puntos de referencia, pero también le regalan la dicha de explorar un cosmos en el que la materia vibra al ritmo de una conciencia expandida.

No obstante, quiero recalcar que no es estrictamente necesario recurrir a esas vías tan extremas. He comprobado que basta con cultivar cierto estado de receptividad, ya sea a través de la meditación, el sueño lúcido o incluso la ensoñación espontánea, para que la narrativa adquiera un tinte visionario. Yo mismo he experimentado despertares en mitad de la noche, con la certeza de haber soñado una secuencia que, al transcribirla con urgencia, se convertía en la clave para un capítulo que llevaba semanas atascado. Esas irrupciones nocturnas muestran el poder de lo inconsciente, que aprovecha la relajación de los sentidos para imprimirnos historias que, bajo la luz del día, ni siquiera barruntamos. Con el tiempo, perfeccioné cierta práctica: dejar una libreta junto a la cama, y, si despertaba con imágenes intensas, garabatearlas en ese semitrance, antes de que se disiparan. Muchas de mis escenas más vívidas surgieron así, en la penumbra de la madrugada, cuando la mente lógica todavía no retoma el control.

La gran pregunta, por supuesto, es cómo volcar esos estados visionarios en un texto que el lector pueda asimilar sin marearse. La clave, descubrí, yace en establecer un puente gradual entre lo cotidiano y lo mágico, en no soltar de golpe un desvarío, sino en dejar que la historia se fracture poco a poco, revelando su extrañeza. Me gusta comenzar mis relatos o novelas con un entorno reconocible: un pueblo, una ciudad, un personaje sumido en tareas triviales. Pero, a medida que avanza la trama, introduzco elementos que insinúan otra dimensión, señales de que lo real está a punto de ceder. Quizá un destello entre los árboles, una palabra que el protagonista lee pero que se transforma ante sus ojos, el presentimiento de un murmullo que flota en el aire. Sin hacerlo de forma agresiva, voy tiñendo el ambiente con el influjo de aquel trance que, en su momento, viví o imaginé. De ese modo, el lector se sumerge en la transformación casi sin notarlo. Cuando al fin me decido a mostrarle la consecuencia radical de ese estado visionario, se encuentra lo bastante implicado como para no ver la escena como un disparate, sino como una revelación anhelada.

Por otro lado, una de las virtudes de integrar estos estados de conciencia en la narrativa es la explosión de simbolismo que provoca. Lo onírico y lo visionario suelen operar a través de símbolos, arquetipos, metáforas vivientes. Un ave con plumaje tornasolado, una puerta carcomida que conduce a un pasillo sin fin, un reloj que marca horas imposibles… Cada elemento, en un contexto de trance, se carga de múltiples significados, y el lector, si está dispuesto, se deleita buscando interpretaciones. A mí me fascina esa apertura, esa invitación a la relectura. Cuando se escribe desde lo visionario, las escenas no se agotan en su literalidad, pues remiten a un trasfondo que es íntimo y universal a la vez. Recuerdo un pasaje que escribí, donde un personaje bebía de una fuente en medio de la noche y, al hacerlo, sentía que su cuerpo entero se tornaba transparente. Aquella imagen brotó de un sueño que tuve, sin explicación aparente, pero la introduje en el texto y, para mi sorpresa, los lectores le dieron un sinfín de lecturas: renacimiento, purificación, rendición de la identidad, contacto con lo divino. Y eso, para mí, es la riqueza del estado visionario: no dicta una sola verdad, sino que abre un abanico de lecturas.

Otro punto que me parece crucial es la diferencia entre el visionario genuino y el efectista. Es fácil caer en la tentación de añadir escenas extravagantes para impresionar, pero sin auténtica sustancia interna, se percibe como un adorno vacío. El verdadero influjo visionario en la narrativa se nota cuando el escritor ha “bebido” de esa fuente, ya sea en su interior o mediante un trance real, y plasma algo que vibra de veras, que lleva un eco profundo. En ese caso, la extravagancia no es caprichosa, sino la manifestación de una vivencia que no se puede traducir en formas sencillas. De ahí que, a veces, los textos que beben de estados alterados resulten exigentes, no aptos para lectores que quieren historias lineales con un principio, un nudo y un desenlace claro. Pero, a la vez, para quien se atreve a entrar en esas aguas, la experiencia suele ser inolvidable, como si participara de una danza donde cada giro revela un abismo distinto.

He hablado con otros creadores que, sin definirse como “místicos” o “chamanes”, admiten que su proceso de escritura roza lo hipnótico. Se encierran en un estudio, ponen música repetitiva, cierran los ojos y dejan que sus manos escriban casi sin darse cuenta. He leído fragmentos que surgen de ese método y me han parecido de una belleza brutal. El peligro, claro, es confundirse y terminar en un sinsentido carente de dirección. Pero si uno combina la entrega al trance con la posterior revisión lúcida, el resultado puede ser asombroso. Aun con correcciones y pulidos, el texto conserva la impronta del trance, esa cualidad irrepetible que anula la sensación de estar ante un producto manufacturado. Y me parece que, en un mundo donde abunda la literatura hecha con fórmulas y recetas, esa originalidad es oro puro.

Con todo, no quiero idealizar los estados visionarios. Requieren un temple y un contexto: hay quienes, al buscar esa vía, se extravían en laberintos de confusión o ansiedad. No todo trance es benévolo, ni todo suceso onírico está listo para convertirse en una obra maestra. La sabiduría del escritor yace en saber distinguir qué traer de ese más allá y qué dejar allí, o cómo traducirlo sin traicionar la esencia. He leído intentos fallidos, donde la narración se vuelve un revoltijo incomprensible, y uno percibe que el autor no tuvo la distancia suficiente para que su trance se convirtiera en materia literaria. Pero también he visto otros ejemplos, pocos pero brillantes, donde la experiencia interna se transmuta en un poema o una novela que trasciende el lenguaje común, regalándonos una joya irrepetible.

En mi caso, cada vez que abordo la posibilidad de introducir visiones en mis tramas, me pregunto: “¿Para qué?” Si la respuesta es meramente por shock o espectacularidad, prefiero abstenerme. Pero si siento que esa experiencia visionaria encarna un hito para el personaje, un puente simbólico que habla del conflicto central, entonces me lanzo. Y me lanzo sin reservas, dejándome llevar por el torrente de imágenes que me visitan. Luego, con la cabeza más fría, reviso la coherencia interna y la musicalidad de las frases, intentando que el lector experimente, aunque sea una fracción, ese vértigo que yo sentí al concebir la escena. Cuando funciona, se produce algo muy especial: el lector sale del trance literario como si hubiera espiado una dimensión oculta, y tal vez esa inquietud le acompañe más allá de la última página. Para mí, ese es el mayor logro: no solo contar una historia, sino abrir una compuerta en la sensibilidad del lector para que se plantee dónde termina lo real y dónde comienza lo maravilloso.

Con todo lo dicho, me atrevo a concluir que el influjo de los estados visionarios en la narrativa no es un recurso gratuito, sino un camino de exploración creativa que cuestiona nuestra comprensión de lo posible. Se trata de asumir que la literatura puede ser algo más que un espejo de la vida cotidiana: puede ser un portal, un acceso a otros planos de significación. Y, en ese sentido, cada trance, cada ensueño, cada experiencia fuera de lo normal, puede convertirse en la savia que alimenta una prosa o una poesía repletas de fulgor. A fin de cuentas, si la labor del escritor es traducir la condición humana, ¿por qué limitarse a la superficie, a lo que vemos con nuestros ojos abiertos, si la conciencia se expande en tantos niveles que aún no hemos cartografiado? Me emociona pensar en esa infinitud, en esa posibilidad de que cada hoja en blanco se convierta en un viaje, no solo intelectual, sino también psíquico y sensorial.

En lo personal, seguiré adentrándome en esas aguas, con cautela pero sin temor, consciente de que el arte verdadero siempre flirtea con la frontera entre lucidez y delirio. Cada vez que una imagen surgida de un estado visionario se apodera de mis párrafos, siento un escalofrío: es la seña de que la imaginación ha tocado algo que trasciende mi yo cotidiano. Y, en última instancia, supongo que eso es lo que busco como escritor: que la palabra, a su manera, me ponga en contacto con algo más vasto, y que ofrezca al lector la llave para un atisbo de esa inmensidad. Dicen que la literatura nos hace vivir otras vidas. Yo añado que, a veces, esas otras vidas no transcurren en esta realidad, sino en un territorio interior donde los sueños dialogan con lo sagrado y todo puede acontecer con la fuerza de una revelación. Y, si al levantar la mirada después de leer, el lector nota que el entorno ha cambiado de color, sabré que el influjo de lo visionario ha logrado su cometido: desdibujar, al menos por un instante, el cerco de la costumbre y recordarnos que la magia, o la maravilla, siempre han estado al alcance de la mano, esperando a ser despertadas con un leve soplo de audacia.


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