Confieso que la primera vez que un personaje trickster se apoderó de una de mis historias, sentí una mezcla de fascinación y temor. Me ocurrió en una de esas noches en que las palabras brotan con un influjo casi frenético, como si un actor invisible se dedicara a dictar la trama desde un lugar insospechado. Recuerdo que, al principio, pensé que el nuevo personaje que acababa de irrumpir era un simple bufón o un oportunista sin escrúpulos. Sin embargo, a medida que avanzaba el relato, me di cuenta de que su comportamiento no respondía a ningún plan ni a ninguna lógica moral, sino a un deseo insaciable de derribar las convenciones. Abría puertas imposibles, retorcía los códigos de conducta y susurraba verdades que ninguno de los otros protagonistas se atrevía a nombrar. Aquello me desconcertó hasta el punto de que quise echarlo de la trama, pero su magnetismo resultaba tal que supe que, si lo suprimía, el texto se volvería estéril, mecánico, sin alma.
Fue entonces cuando comprendí que me hallaba frente a la irrupción del trickster, un arquetipo con profundas raíces en innumerables culturas y tradiciones, pero con una resonancia especial en la literatura contemporánea. El trickster, por definición, es un embaucador que deconstruye las normas, un engañabobos que, sin embargo, termina por desnudar la hipocresía del sistema, un forastero que subvierte el orden y, a menudo, se burla de cualquier pretensión de verdad absoluta. En cierto modo, encarna la rebeldía pura, la imaginación desbordada, la risa que derrumba los dogmas. De pronto, me vi obligado a preguntarme cuál podía ser la función de semejante figura en mis historias y, por extensión, en la narrativa actual. ¿Por qué este personaje, que se disfraza de villano y héroe al mismo tiempo, posee tanta fuerza disruptiva en un mundo tan ansioso de seguridades? ¿Por qué, pese a sembrar el caos, a veces es la llave para una forma más honesta de convivencia?
Quizá la respuesta se revele si pienso en mis primeras lecturas de mitologías y relatos folclóricos. Desde la infancia, me obsesionaban aquellos relatos donde un animal astuto, un semidiós o un espíritu bromista jugaba con los humanos y se burlaba de sus leyes. Recordaba que, en algunos relatos indígenas, el coyote hacía de embaucador, retando a los hombres y a los espíritus por igual, mientras que, en las fábulas europeas, el zorro se valía de su ingenio para escaparse de trampas o manipular a otros animales con un ingenio sin escrúpulos. Me atraía la ambigüedad moral de estos personajes, su forma de bailar en la frontera entre la astucia necesaria y la crueldad que no se atrevía a definirse por completo. Con el paso de los años, comprendí que el trickster no es un mero villano ni un mero payaso; encarna la fuerza vital que pone en cuestión todo lo establecido, impidiendo que el mundo se paralice. Como escritor contracultural, hallé en este arquetipo una manera de sacudir los cimientos de mis propios planteamientos narrativos.
No tardé en descubrir que, en la literatura contemporánea, el trickster halla un terreno fértil para su proliferación. Vivimos en una época donde la manipulación del poder adopta rostros cada vez más sofisticados, donde las ideologías, los medios de comunicación y el sistema económico mantienen a menudo una fachada engañosa que perpetúa injusticias. Es natural que, en este escenario, surja la necesidad de un personaje que provoque el colapso de las apariencias, que ridiculice al tirano y, de paso, nos coloque ante nuestra propia complicidad o pasividad. Así, el trickster puede ser el protagonista principal de una novela que destroce los cánones, o puede manifestarse como una fuerza secundaria que, desde las sombras, reconfigura la trama. Lo esencial es que trae consigo la semilla de la sátira y la subversión, contagiando al lector de un asombro incómodo, pero liberador.
No es casualidad que, en muchas de mis historias, el trickster adopte múltiples máscaras. A veces surge como un guía extravagante que introduce a mi protagonista en situaciones límite, para luego abandonarlo justo cuando más requiere ayuda, obligándolo a desarrollar una nueva visión de la realidad. Otras veces encarna un antagonista aparente, con métodos irreverentes que, sin embargo, revelan la hipocresía subyacente de aquellos que se consideran justos. También he experimentado con la posibilidad de que sea la propia narración la que adopte los rasgos de un trickster, trastocando la perspectiva del lector, rompiendo la cronología de la historia o irrumpiendo con un giro inesperado que se burla de su expectativa. En cada uno de esos casos, la finalidad es similar: sacudir, remover la inercia, hacer emerger una verdad más compleja que la que se anunciaba en la superficie.
No obstante, en estos tiempos de inmediatez y complacencia, ¿cómo lograr que el trickster no se convierta en un simple recurso humorístico, en un bufón sin sustancia? Hay que saber dotarlo de propósito, de una especie de ética peculiar que no siga la moral dominante, sino su propia brújula. Me di cuenta de que, para hacerlo convincente, a menudo debía bucear en su pasado o en sus motivaciones: tal vez es un personaje que fue marginado por la sociedad y aprendió a manipular sus reglas como forma de venganza, o quizá es un viajero interdimensional que se ríe de los convencionalismos porque viene de una cultura donde el engaño y la risa son parte de un rito sagrado. Sea como fuere, el trickster cautiva cuando se mueve por un impulso interior que no es mero capricho, sino que expresa una visión del mundo donde la verdad absoluta se pone en entredicho.
En mi trayectoria, he descubierto que, a pesar de ser un embaucador, el trickster puede ejercer una función redentora en la historia. Sí, a primera vista parece que solo quiere sembrar el caos y provocarnos la carcajada, pero en numerosas ocasiones, su presencia actúa como catalizador para que los demás personajes despierten. Cuando todo parece estático y monolítico, la llegada de ese bromista impredecible descoloca el orden, forzando a la trama a replantearse quién ostenta el poder y con qué fines. Es posible que el trickster robe, engañe, manipule, y aun así, al hacerlo, exponga cuán frágiles son las estructuras que creíamos firmes. A veces, incluso un personaje bondadoso termina por revelar sus máscaras, porque el trickster lo ha obligado a confrontar la parte de sí que no admite errores. De algún modo, el arquetipo no solo ridiculiza lo establecido, sino que, en su irreverencia, nos empuja a buscar nuevas formas de autenticidad.
Recuerdo vívidamente el proceso de construcción de un relato en el que el trickster era, a un tiempo, un mentor y un demonio interior para mi protagonista. Cada vez que aparecía, le soltaba una verdad incómoda, luego lo dejaba solo para que se debatiera en su propia contradicción. Al final, el personaje principal no sabía si agradecerle o odiarle, pues sus enseñanzas lo conducían a descubrir que buena parte de su vida se sustentaba en mentiras piadosas. Aquello me llevó a reflexionar sobre el inmenso poder literario que posee el engaño cuando se orquesta con maestría. El trickster no enseña mediante discursos razonados, sino por la vía de la confusión, de la sorpresa que te hace dudar de todo, y en esa duda surge la chispa de la conciencia.
En la realidad, a menudo carecemos de esos seres ingobernables que nos pongan cara a cara con nuestra hipocresía o nos libren de la pasividad con que aceptamos las reglas. Por eso, la literatura puede encarnar ese papel subversivo que nos encienda la alarma de que algo está mal. Hay un poso anarquista en el trickster, porque no se conforma con criticar: actúa, de manera cómica o dramática, pero siempre al margen de las normas. Para mí, como escritor con inquietudes contraculturales, se vuelve una figura emblemática, la encarnación de un anhelo de libertad que no se detiene ante tabúes. Resulta inevitable pensar, por ejemplo, en cómo la sátira y la burla han servido históricamente para derrocar tiranías, desde juglares medievales que ponían en solfa a los reyes hasta caricaturas políticas que desenmascaran la corrupción. Hoy, en el ámbito literario, el trickster recupera y renueva esa tradición. Al caricaturizar el poder y cuestionar sus artificios, obliga a quien lee a plantearse con qué ojos observa la jerarquía y la manipulación.
Es interesante, también, que el arquetipo del trickster no entienda de fronteras geográficas ni cronológicas. Aparece en mitos africanos, en leyendas asiáticas, en folklores amerindios, y salta, con la misma desenvoltura, a novelas del siglo XXI. Su universalidad me hace pensar que encarna una pulsión humana básica, esa que nos hace reír ante lo solemne y explorar posibilidades fuera de lo convencional. Quizá, en una sociedad extremadamente normatizada, lo subversivo no consiste en violentar, sino en burlarse de la solemnidad, en reír ante cualquier dogma que se presente como irrefutable. De esa risa puede nacer la sabiduría. ¿No es el trickster, al fin y al cabo, un espejo en que vemos nuestra ridícula fijación por la rectitud, la eficiencia y la coherencia total?
Querría, sin embargo, añadir un matiz: el trickster no es un salvador mesiánico. A menudo, se mueve por apetitos e intereses mezquinos, y su irreverencia puede acarrear desgracias. Pero incluso en esos escenarios, deja la semilla de un aprendizaje. Un escritor que incorpore un trickster en su novela, tiene la oportunidad de reflejar nuestra tendencia a buscar héroes inmaculados, para luego descubrir que la liberación tal vez surja del caos, no de la pureza. Algunas de mis historias favoritas, al menos de las que he consumido como lecturas, me han sacudido cuando el personaje tramposo, lejos de redimirse, profundizaba en su estrategia de engaño, pero, al hacerlo, extraía la verdad oculta de los demás. Y uno quedaba con la inquietud de si, quizás, ese supuesto malhechor no era más que un espejo que devolvía la luz y la sombra del resto.
Considero que, en la literatura contemporánea, la figura del trickster nos puede ayudar a renovar nuestro sentido crítico y a salvar la narrativa de la complacencia. En un panorama donde muchas novelas se estructuran con formatos predecibles, el trickster introduce lo impredecible. Incluso en géneros como la novela negra o la ciencia ficción, puede servir de revulsivo para romper clichés, transformando el clímax en un terreno movedizo. El lector se ve obligado a cuestionar su fidelidad a ciertos personajes o a replantearse la trama como un juego en el que nada está claro. De ahí que la presencia de este arquetipo sea tan refrescante: no importa lo que creías saber, el trickster te lo desmonta.
Por último, me place subrayar que el trickster, en su travesía literaria, a menudo aproxima al lector a la autenticidad. Por paradójico que resulte, su engaño sistemático y su humor descarnado sirven para desnudar las mentiras colectivas, las imposturas sociales que, de tan arraigadas, se nos hacen invisibles. Por ejemplo, cuando uno escribe una historia donde un embaucador se ríe de los ritos burocráticos, no solo hace reír, sino que pone en evidencia la ridiculez de ciertos protocolos que aceptamos sin protestar. Y, al exponer esa ridiculez, deja espacio para la pregunta: “¿Por qué vivimos así, si todo es tan absurdo?” A veces, esa pregunta es el primer paso hacia una vida más honesta, más congruente con nuestro interior. Por eso, aunque el trickster se burle de nosotros, quizás lo que busca sea sacudirnos hasta la médula para recordarnos que no somos meros engranajes de una maquinaria.
En mi caso, sigo explorando cómo estos personajes, o fuerzas subversivas, pueden nutrir mis historias de un hálito anárquico y, a la vez, transformador. No siempre es fácil sostener su energía en la trama: a veces, corren el riesgo de desestabilizarla hasta el punto de hacerla incomprensible. Pero cuando logro equilibrar la anarquía del trickster con la coherencia interna del relato, ocurre algo mágico: la narración cobra una vida distinta, como si el texto se convirtiera en un animal salvaje que, pese a su ferocidad, guarda un mensaje de renovación. Esa es la chispa que me enamora de la literatura contracultural: la posibilidad de que, en el caos, florezca una verdad que ninguna moral tibia se atreve a enunciar.
Así pues, concluyo con la certeza de que el trickster es más que un simple bufón: es el latido subversivo que, cuando se inscribe en una novela o un cuento, vuelve irreconocible el suelo bajo nuestros pies y nos obliga a reinventar los mapas. Como escritor, comprendo que esta energía disruptiva puede resultar incómoda para quienes gustan de la armonía narrativa, pero, ¿acaso lo hermoso no suele surgir del desequilibrio, de la tensión, de la grieta por la que se filtra lo imprevisto? Así es el trickster, un arqueólogo que desentierra la verdad enterrada bajo la costra de nuestras costumbres. Y yo, por mi parte, me dispongo a seguirlo, con la ilusión de que, en su risa y su mofa, se encierre la semilla de una autenticidad que no se pliega a la falsedad ni al conformismo. Si la literatura puede ser un acto de transformación, entonces es en parte gracias a estos sinvergüenzas prodigiosos que nos recuerdan que nada, absolutamente nada, es tan sólido como pensábamos. Esa es la enseñanza del embaucador, y a mí me basta para querer rendirme a su embrujo y dejar que mis historias se contaminen con su audacia infinita.






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