He llegado a sospechar que hay una hoguera latente, casi secreta, ardiendo en el corazón de la literatura: la del erotismo que roza lo sagrado. Uno que no se conforma con la simple exaltación de la carne ni con el sentimentalismo previsible, sino que, al encenderse, anula las barreras y nos entrega de lleno a una experiencia que trasciende el plano corporal para conducirnos a un éxtasis más amplio, rozando incluso lo divino. Tal vez sea un presentimiento heredado, una intuición que me surgió mientras devoraba libros donde el deseo se fundía con la mística sin temer la censura, o quizá sea fruto de mi propia necesidad de descubrir qué hay más allá del goce superficial. En cualquier caso, me parece que explorar esta veta —el erotismo entendido como una puerta a lo trascendente— puede conferir a los textos una fuerza arrolladora, transgresora y, al mismo tiempo, capaz de sanar.

La primera vez que me topé con esta idea, me hallaba revisando algunos pasajes de la tradición tántrica. Admito que me costó asimilar esa noción de que la energía sexual, tan a menudo vista como un impulso mundano, podía ser un atajo hacia lo absoluto. Tenía en mente los estereotipos convencionales: o bien se demoniza la sexualidad, o bien se la rebaja a un entretenimiento. Me sorprendió descubrir corrientes que la concebían como un lienzo donde la conciencia se expandía, una fusión íntima con lo que llaman la esencia divina. Aquello me abrió un panorama nuevo en el que el deseo no era un obstáculo, sino un combustible místico, algo que, cuando se vive con plena presencia, disuelve nuestras fronteras y libera una corriente de energía que roza lo inefable.

De inmediato, pensé en la literatura que yo admiraba, y traté de ubicar cuántas obras abordaban el erotismo bajo esa luz. La mayoría se limitaba a la pasión romántica o a la descripción cruda de cuerpos en fricción, elementos que, aunque seductores, rara vez insinuaban la posibilidad de una epifanía interior. Poco a poco, sin embargo, encontré joyas diseminadas, historias o poemas en los que el contacto físico era también un sacrificio, una rendición de la identidad que abría un portal donde el tiempo se difuminaba. Percibí, con asombro, que en algunos de estos textos el clímax sexual se describía en términos rituales, como si cada roce y cada susurro fueran un paso dentro de un templo. Esa sacralidad trastocaba mi propia noción de lo erótico, enseñándome que, cuando se narra ese ámbito desde una perspectiva espiritual, la escritura logra un brío más profundo, uno que puede transmutar la experiencia del lector.

En mis intentos creativos, quise experimentar con esa dimensión sagrada de la pasión. Al principio me sentía torpe, como si cada frase tropezara en un pudor autoimpuesto. Tenía miedo de traspasar la línea del mal gusto o de caer en la cursilería. Pero esa incomodidad me sirvió de señal para comprender que no estamos acostumbrados a hablar del deseo como un espacio reverencial, y que, por lo tanto, abrir esa puerta literaria exige un cuidado extremo.

Para no pecar de exhibicionismo gratuito, me centré en la atmósfera interior del personaje: describía cómo la respiración se convertía en un puente hacia el silencio, cómo la piel se erizaba no solo por atracción física, sino por el presentimiento de algo más vasto latiendo en el encuentro. Dejaba que mis personajes se sumergieran en un acto tan íntimo que trascendiera las barreras psicológicas, llevándolos a atisbar una forma de plenitud que cuesta poner en palabras. Fue como rescatar el instinto de lo ceremonioso, devolviéndole un carácter sutil que se escapa de la mirada banal o pornográfica. Me di cuenta de que, en ese escenario narrativo, la tensión sexual se mezclaba con la devoción: sentía que estaba narrando un rezo clandestino, una plegaria que pasaba por el cuerpo y derretía la mente.

Me pregunté entonces por qué esta mezcla de erotismo y sacralidad podía resultar tan subversiva. Quizá, reflexioné, porque desbarata nuestra cómoda división entre lo espiritual y lo carnal, dos mundos que hemos aprendido a ver como opuestos. La literatura, cuando los fusiona con conciencia, revela que el deseo tiene un componente divino y que la búsqueda de lo sagrado puede encarnarse en un abrazo. Tal vez sea esta la razón por la que, en ciertas épocas, se ha perseguido y reprimido cualquier insinuación de que el goce y la fe puedan encontrarse en la misma frase. Un escritor que se atreve a contarlo corre el riesgo de ser tachado de blasfemo, o de ser incomprendido, o de ser ridiculizado. Pero, al mismo tiempo, cuando el lector tropieza con esa visión, algo cruje dentro de él: se desdibujan las fronteras y se percibe que la sexualidad es mucho más que un instinto, que puede ser también un anhelo de comunión con lo absoluto.

Recuerdo haber hablado con colegas que se movían en ámbitos esotéricos. Algunos me confirmaban que, en las tradiciones tántricas más puras, la unión erótica era percibida como una danza energética, una alquimia donde se intercambian polaridades y se disuelven identidades. Me fascinó imaginar a dos personas conectadas desde una consciencia plena, sin tabúes ni prisas, descubriendo que el placer no es algo meramente orgásmico, sino la manifestación de un despertar compartido.

Más tarde, intenté trasladar esa idea a uno de mis relatos: mostraba a un par de personajes que, en el borde de su pasión, se daban cuenta de que los latidos de sus corazones coincidían con el pulso del universo, un susurro que anudaba su encuentro a la respiración del cosmos. Por supuesto, no pretendí presentarlo como un panfleto, sino como una vivencia poética. La respuesta de algunos lectores fue sorprendente: decían que habían percibido, al leerlo, una calidez distinta, un sentir que iba más allá de la usual exaltación romántica. Y, aunque no todos entendían el trasfondo espiritual, la mayoría coincidía en que la escena tenía una fuerza inusual, como si respirara por sí misma.

Quizá la clave reside en que este tipo de erotismo sagrado no se detiene en la piel, sino que apunta al alma, o a algo análogo al alma, ese núcleo inconmensurable que cargamos dentro. Y, al hacerlo, nos confronta con nuestros miedos: el miedo a la entrega total, el temor a reconocernos vulnerables y, a la vez, divinos. En mi experiencia creativa, introducir ese matiz sacro en la pasión conlleva una forma de transgresión muy profunda, porque destruye la imagen convencional de un sexo trivializado o meramente lúdico y, a la vez, rompe con la represión que nos ha inculcado la tradición religiosa. Como escritor, siento que al narrar momentos de encuentro carnal impregnados de simbolismo, estoy tejiendo un puente hacia realidades a las que la mente racional no siempre accede. Es ese umbral en el que la palabra se vuelve insuficiente, pero se obstina en capturar un destello de eternidad.

Para ser sincero, reconozco que este erotismo sagrado requiere una maestría especial en la escritura. No basta con describir el frenesí de los cuerpos ni citar referencias místicas al azar. Hace falta generar un tono, una atmósfera, en la que el lector advierta que lo carnal está traspasando el mero apetito. Me funcionó, por ejemplo, jugar con la música interna del texto: oraciones un poco más largas, un ritmo pausado que sugiera el latido compartido, la sincronicidad que se da cuando dos seres entran en la órbita del otro, y no sólo de forma corpórea. También descubrí que, a veces, basta con un detalle aparentemente nimio —el roce de una mano, un suspiro que resuena en un corredor vacío— para evocar la carga espiritual que va emergiendo sin gritarlo a los cuatro vientos. Algo así como un susurro que anuncia que el suelo se ha desvanecido bajo nuestros pies, y que lo que creíamos simple placer puede encender una llama insospechada.

Hay autores que, en su momento, se atrevieron a esbozar esta visión sin llamar demasiado la atención. Pienso, por ejemplo, en algunos pasajes de la poesía sufí, donde el amante y lo divino se confunden de tal forma que no sabemos si se está hablando de una unión corpórea o de un éxtasis místico. Esos versos me inspiraron a ver que, en la literatura, se puede deslizar un erotismo trascendental sin necesidad de proclamarlo: bastan metáforas que evoquen la sed de fundirse con el amado o la amada, y, al mismo tiempo, con un principio cósmico. Me parece una estrategia narrativa muy poderosa. En lugar de dictar la fusión con dios o con el universo, lo insinuamos a través de la vivencia de un personaje que se siente diluido en el otro. Cuando las fronteras del “yo” empiezan a deshacerse por el deseo, nos internamos en el silencio interior, un lugar donde, de pronto, algo habla con voz atemporal.

Si me preguntan por qué considero que este tema es tan relevante, respondería que, en el contexto actual, donde la sobreexposición y la banalización de la sexualidad son moneda corriente, rescatar el valor sagrado de la pasión supone una ruptura saludable. No se trata de moralizar, sino de reivindicar la capacidad del deseo para despertarnos a niveles insospechados. Y, en la literatura, me parece un recurso narrativo exquisito: en lugar de escenas eróticas que solo buscan provocar o escandalizar, podemos componer pasajes que conecten al lector con algo profundo y transformador. Además, me consta que muchos creadores, en su fuero interno, andan buscando una forma de expresar la sexualidad que no caiga ni en la pornografía ni en la cursilería, sino que aspire a evocar el misterio. Cuando lo logran, el resultado es un texto que respira fuego y, a la vez, transmite una calma distinta, como si nos asomáramos a un abismo iluminado.

No negaré que es un terreno inestable. Al fusionar lo sagrado y lo erótico, se corre el riesgo de parecer pretencioso o de confundir al lector que espera un romance típico. Pero, en mi caso, asumo que la literatura contracultural debe atreverse a explorar lo inexplorado, a romper los estereotipos del amor y la sensualidad para mostrar que debajo late una fuerza mítica. Y esa es, en definitiva, la esencia de mi apuesta al escribir. Con cada historia en la que empleo esta perspectiva, siento que doy un paso más hacia la liberación de tabúes, y también hacia una forma de arte que sacude y sana. Porque, si algo he aprendido al recorrer este sendero, es que el erotismo elevado no solo enciende la adrenalina, sino que puede curar heridas internas, reconciliar al individuo con su cuerpo y, al mismo tiempo, abrir horizontes mentales. De modo que, desde mi perspectiva de escritor que coquetea con lo esotérico, la pulsión sexual deviene un sacramento íntimo, una comunión que la pluma debe narrar con la reverencia que se le otorga a un rito esencial.

Para terminar, confesaré que aún ando en busca de las palabras perfectas para describir ese instante en que dos seres se descubren a la vez infinitos y mortales, entregándose al placer y, de paso, rozando un vértigo místico. Cada vez que escribo una escena erótica con tintes espirituales, me debato entre la sobriedad y el arrebato, entre la metáfora y la crudeza. Pero creo que, justo en ese forcejeo, yace la chispa que despierta la pasión literaria. Al final, como artista, me siento obligado a mostrar que, lejos de ser irreconciliables, lo carnal y lo divino se retroalimentan, y que la literatura, al exponer esa unión, se hace portadora de un mensaje revolucionario: la libertad de ser plenos en nuestro deseo, de adorarnos y adorarlo todo en el trance de la piel, sin olvidar que la carne, si se mira con ojos nuevos, no es más que la puerta tras la cual se esconde un cosmos palpitante.

Quien lea mis relatos descubrirá, quizás, que la seducción puede erigirse en camino místico, y que la fe en lo sublime no está reñida con un temblor embriagado de sensaciones. Y si logro transmitir, aunque sea un ápice, esa sabiduría que latía en las doctrinas tántricas y en la poesía de los místicos de antaño, daré por cumplido mi afán de acercar a mis lectores a la extraordinaria —y a la vez muy humana— experiencia de un erotismo que nos empuje a acariciar lo infinito. De ese contacto surge una llama que, a mi modo de ver, purifica y nos hace, de alguna extraña forma, más reales. Y, en la urdimbre de la palabra, esa llama deja una huella incandescente que convierte la simple escena de deseo en un acto de transgresión y renacer. Así, lo profano se alía con lo divino, y la literatura se vuelve ese espacio sagrado donde todo está permitido, siempre y cuando nos atrevamos a nombrarlo con devoción.


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