Todo empezó la noche en que un dragón se deslizó por el borde de mi escritorio. No era una aparición física –ningún reptil escamoso derribó la lámpara–, sino la irrupción súbita de una imagen incendiaria que me atravesó los párpados e instaló en mi mente la certidumbre de que las criaturas legendarias jamás estuvieron muertas. Aquel destello, tan vívido como una quemadura, me obligó a cerrar el manuscrito que corregía y a preguntarme por qué, demonios, la literatura contemporánea sigue tratando a los monstruos como figurantes pintorescos y no como las potencias arquetípicas que realmente son. Desde entonces, escribo con un bestiario imaginario revoloteándome alrededor: dragones que repican en los huesos cuando la rabia me desborda, quimeras que personifican mis contradicciones más vergonzosas, fénix que arden en cada página que rehúso publicar y luego resurgen, tozudos, convertidos en párrafos más lúcidos. De esa convivencia involuntaria surgió este artículo: una invitación a destripar la piel simbólica de las criaturas fantásticas y a descubrir el latido que comparten con nuestra propia psicología.

Comencemos con el dragón, ese coloso que la tradición europea dibuja como guardián de tesoros y la oriental honra como deidad fluvial y celeste. Si he aprendido algo es que el dragón nunca protege oro externo: acecha sobre cofres que esconden la energía bruta de nuestras pasiones reprimidas. Cuando un personaje mío sueña con un dragón, sé que he tocado la veta del deseo feroz que la sociedad le prohíbe manifestar. El héroe arquetípico no mata al dragón para robarle el botín; lo enfrenta para reconocer que también él está hecho de fuego y escamas, que la ira, la lujuria o el hambre de poder no son enemigas si se integran como combustible creativo. Dejo, pues, que mis dragones ardan; permiten ver cuánto miedo inspiran los instintos cuando no han sido domesticados. A veces escribo diálogos en los que el propio dragón susurra al protagonista: “La jaula eres tú”, y basta esa línea para que el lector comprenda que la batalla final se libra dentro del pecho.

Luego aparece la quimera, híbrida y contradictoria, perfecta para dramatizar nuestros dilemas identitarios. Cabeza de león que ruge ambición, cuerpo de cabra que balbucea inseguridad, cola de serpiente que inocula culpa. Cuando introduzco una quimera en un relato, no busco el exotismo mitológico: busco la confesión de que jamás seremos entes coherentes. Un co-protagonista mío, dividido entre su vocación espiritual y su adicción al aplauso, sueña que monta una quimera y acaba siendo arrastrado por cabezas que tiran en direcciones opuestas. Ese sueño lo precipita a aceptar su propia complejidad –y al lector lo obliga a admitir la suya– porque la quimera no se cura exterminándola, sino negociando con cada una de sus partes. De ahí la potencia narrativa: el monstruo híbrido nos revela que, para avanzar, hay que dejar de boicotear al fragmento interno que consideramos “indigno”.

En contrapunto, llega el fénix, con sus plumas ígneas y su manía de inmolarse para nacer más joven. He descubierto que escribir sobre un fénix es el modo más breve de explicar un duelo. Cuando muere un ser querido, el lenguaje racional se quiebra; incluir un fénix en la trama actúa como atajo simbólico: la destrucción total se vuelve preludio de la gracia. Compuse una vez un monólogo donde la narradora arroja al fuego todos sus diarios y, mirando las cenizas, ve desplegarse un pájaro ígneo que le dicta frases nuevas –las mismas memorias, pero ya sin dolor crudo. Los lectores confesaron haber sentido alivio, como si la figura ardiente legitimara su necesidad de quemar etapas. El fénix funciona porque promete que la pérdida no es final sino fermento, y esa promesa, en literatura, se convierte en bálsamo colectivo.

No puedo omitir al unicornio, tantas veces degradado a símbolo kitsch. Para mí, su cuerno espiral es la aguja que cose la dualidad cuerpo-espíritu. Cuando diseño un personaje que ansía pureza pero lidia con pulsiones terrenales, dejo aparecer un unicornio imposible, blanco y lleno de barro, para recordarle que la inocencia no es castidad de granito, sino voluntad de atravesar el fango sin perder la fe en la luz. El inconsciente lector capta la paradoja –porque todos alguna vez fuimos niños embarrados– y descubre que el mito, lejos de ser cursi, puede servir de faro a los adultos que tienen vergüenza de su propia vulnerabilidad.

Vuelvo, sin embargo, a la función nodal de todo bestiario: ser un espejo de sombras y anhelos que la cultura dominante prefiere censurar. En la era del algoritmo, donde las identidades se mascullan en 280 caracteres, reivindicar criaturas simbólicas es un acto de contracultura literaria: nos obliga a bucear en el subconsciente colectivo, ese territorio subterráneo que la mercadotecnia no logra domesticar. Cuando las editoriales me sugieren “humanizar” más a mis personajes fantásticos, sé que, en realidad, me piden restarles ambigüedad para que encajen en la lógica de consumo. Me niego. Prefiero que el minotauro siga rumiando en su laberinto y que el lector, al rondarlo, sienta la incomodidad de sus propios impulsos laberínticos.

Aquí nace la propuesta para Ubertnia.org: abrir una serie de ensayos–relato donde cada entrega diseccione una criatura mítica y la relacione con un arquetipo psíquico. No quiero erudición muerta; quiero biopsias de fuego. Un número dedicado al dragón revelaría cómo la civilización temía al caos creativo y lo demonizó; otro, consagrado al fénix, indagaría en la pulsión de renacimiento que subyace a cada crisis personal; un tercero diseccionaría a sirenas y tritones para hablar del erotismo como canto que atrae y devora. Concluiría cada pieza narrando cómo, al escribir cierto cuento, invoqué ese símbolo y lo convertí en personaje, y cómo ese proceso me obligó a confrontar la emoción subyacente –ira, lujuria, anhelo de pureza– hasta parir un texto catártico.

Invitaría al lector a cerrar cada entrega con un ejercicio: sentarse a recordar qué criatura fantástica lo ha fascinado siempre y preguntarse qué conflicto interior podría encarnar. Animarlo a escribir un microcuento donde dialogue con su monstruo favorito, no para aniquilarlo, sino para pactar con él. Porque esa es la tarea final del bestiario: enseñarnos a domesticar sin suprimir, a nombrar sin encerrar, a convivir con el animal mitológico que cabalga bajo nuestra piel.

Quizás, si logramos que un puñado de lectores acepten la invitación y compartan sus textos, generemos una constelación de voces que demuestre que los dragones no murieron: emigraron a las cloacas del inconsciente colectivo y aguardan a que un escritor valiente les devuelva el vuelo. Yo me ofrezco de domador improvisado, de cronista de ese zoológico invisible, con la convicción de que cada escama y cada pluma legendaria palpita al ritmo de nuestro corazón más antiguo.

Y es que, cuando cierro los ojos, aún siento al dragón del inicio rozándome la nuca. Ya no me asusta: sé que custodia el tesoro verdadero, la chispa de la imaginación. Mientras siga escribiendo, conviviremos. Él con su fuego, yo con mis letras, los dos conspirando para que la realidad, de vez en cuando, vuelva a oler a azufre, a ceniza y a promesa de renacimiento. Así sea.


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