Los datos son tímidos, pero su música ya se oye: miles de empresarios chinos están plegando el toldo en Usera o Fuenlabrada, en Crevillente o en el Polígono de Manises y reservan billete de vuelta a Shanghái, a París o a quién sabe dónde. El INE contabiliza 3.600 salidas en un trimestre, el triple que un año antes. No parece un éxodo bíblico, pero conviene leer entre líneas: cuando el colectivo más pragmático del planeta declara que el tablero español ha perdido gracia, algo cruje en la trastienda económica y cultural del país. Y el crujido importa no solo por la nostalgia del “todo a cien” con olor a plástico y cilantro, sino porque la retirada anticipa el futuro laboral de cualquiera que dependa de márgenes estrechos en una nación que ha encarecido su metro cuadrado a ritmo de especulación olímpica.

Mi instinto literario me empuja a contemplar la escena como un cuento alegórico. Durante dos décadas, la presencia china simbolizó la época dorada del low-cost peninsular: alquileres ridículos, demanda en ascenso, globalización sin aduanas mentales. Bastaba importar palés de tazas fosforescentes y plegar empanadillas para generar cash flow. Hoy el mismo contenedor paga flete premium, el local cuesta el triple y el cliente compara precios en el móvil antes de girar la esquina. El dragón no huye por capricho; lee la presión arterial del barrio y actúa. Esa capacidad para olfatear oportunidades explica su auge en el 2000 y revela por qué su retirada merece una autopsia seria: si el comerciante más rápido detecta que la fiesta terminó, quizá los demás sigamos bailando con el DJ desenchufado.

¿Qué deja esta marcha? Primera consecuencia: desiertos comerciales en zonas obreras. Los bazares hacían de microanclas sociales, mantenían viva la calle y ofrecían empleo familiar. Su cierre acelera la desertificación que ya provocaron las apps de reparto y el turismo intensivo. Segunda: agujero fiscal discreto. Cada autónomo que se marcha equivale a cotizaciones perdidas y a IVA que se esfuma; si la tendencia se consolida, el impacto superará la anécdota estadística. Tercera: detección precoz de que la vivienda y el alquiler comercial han cruzado una línea roja insostenible para el pequeño emprendimiento, autóctono o foráneo. Cuando un bazar paga 2.500 euros por un bajo que en 2012 costaba 900, el problema no es cultural; es termodinámico.

A escala humana, la retirada indica que la llamada “escalera migratoria” se atasca: España fue puerto de entrada barato a la UE; hoy Alemania y Portugal ofrecen marcos fiscales o facilidades logísticas mejores. La globalización es nómada y, si no la seduces, se marcha. En clave planetaria, revela una paradoja: mientras Europa sermonea sobre cadenas de valor resilientes, no logra retener al minorista que la conectaba con Asia. Si no podemos competir ni en comercio de proximidad, ¿qué haremos cuando el hidrógeno verde exija inversiones aún más agresivas?

Pero no todo es ruina. En la retirada se esconden oportunidades de reinvención. Propongo cinco palancas:

Uno. Rehabilitar locales vacíos con alquileres modulados por facturación. El ayuntamiento pacta un mínimo y un variable; el comerciante asume menos riesgo y la calle gana diversidad. Ya funciona en Bolonia y en Seúl; importémoslo sin prejuicios.

Dos. Transformar parte de los bazares en nodos de economía circular. Los chinos dominaban la logística; aprovechemos su know-how para reconvertir viejos stocks en materia prima reciclada. El Consorcio Valencia Interior podría ceder subvenciones a cambio de kilogramos gestionados.

Tres. Laboratorios gastronómicos interculturales. Muchos restaurantes chinos cerraron o mutaron a sushi por modas pasajeras. Invitemos a la segunda generación a fusionar cocina cantonesa con producto de kilómetro cero. El turismo ya busca autenticidad sobre postureo.

Cuatro. Plataforma hispano-asiática de servicios digitales. Los jóvenes de la comunidad dominan e-commerce y pasarelas de pago chinas. España puede convertirse en hub bilingüe para vender aceite, moda sostenible o software educativo en mandarín. Basta una aceleradora público-privada que ponga mentores y visados exprés.

Cinco. Plan de retorno híbrido. Quien se marche podría quedar vinculado como embajador logístico. China necesita fruta premium; Valencia necesita exportar. Convertir emigrados en brokers culturales sería más barato que abrir oficinas comerciales en cada provincia de Sichuan.

Ninguna solución prenderá si no se resuelve el nudo inmobiliario. La burbuja del alquiler es el verdadero cuello de botella. Gravamen a viviendas vacías, agilidad urbanística para co-living productivo y fomento de tiendas-vivienda en cascos históricos son parches urgentes. Sin rentas razonables, ni chinos ni marcianos invertirán. Y mientras Amazon sigua regalando envíos, el comercio urbano debe contar con ventajas fiscales o logísticas. No se trata de proteccionismo, sino de compensar la asimetría: un bazar paga IBI, luces y limpieza; la web que lo devora solo tributa royalties en Irlanda.

Termino con un apunte poético: la diáspora inversa nos recuerda que las ciudades son textos vivos. Si el capítulo de los bazares concluye, no lo lloremos en clave xenófoba ni lo celebremos con chauvinismo. Leamos la metáfora: el modelo barato se agota, la clase media flota en arenas movedizas y el futuro exige creatividad sistémica. El comerciante chino partía de la nada y levantaba un negocio en una semana; su ausencia muestra que la flexibilidad fiscal y urbanística ha menguado. Imitar su resiliencia sin copiar la explotación es la tarea.

Yo, que escribo estas líneas desde un barrio donde los farolillos rojos se apagan, me atrevo a soñar un after-bazar consciente: locales compartidos con artesanos inmigrantes y diseñadores valencianos; librerías-café que vendan té oolong y poesía de Miguel Hernández; almacenes reconvertidos en talleres de reparación de móvil y bicicletas. Si lo nuevo emerge, no será por nostalgia de un dragón de plástico, sino por la convicción salvaje de que cada persiana bajada puede convertirse en puerta a otra economía, ni low-cost ni elitista: una economía justa, ágil y vecinal. O lo intentamos, o veremos marchar al siguiente colectivo visionario mientras seguimos buscando culpables en la niebla estadística.


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