Descubrí que mi cuerpo era un manuscrito cuando dejé de tratarlo como una máquina. No fui al laboratorio; abrí la libreta. Había leído Supernatural de Joe Dispenza con la sospecha del agnóstico y el apetito del narrador. No quise convertir sus páginas en dogma, pero me sirvieron de brújula para un experimento íntimo: ¿puede un escritor editar sus propios “capítulos biológicos” sin recurrir a milagros ni a charlatanes, solo con hábitos, atención y una imaginación disciplinada?

Empiezo por el piso firme: la neuroplasticidad. El cerebro cambia con lo que repetimos. Eso no es mística: es aprendizaje, nuevas conexiones sinápticas que se refuerzan si las usamos y se podan si las olvidamos. Cuando reescribo un párrafo diez veces, no solo arreglo una frase; entreno un circuito. Lo mismo hago con el ánimo: si practico la gratitud como quien hace escalas al piano, mi corteza prefrontal toma el mando sobre el miedo y el nervio vago desciende el volumen de la alarma. En las noches difíciles, respiro largo, exhalo más lento, y dejo que ese cable maestro dialogue con el hipotálamo para desmontar el viejo teatro del estrés. Nada de magia, pura fisiología poética.

Sigo con la epigenética, ese arte de las comillas en el ADN. Los genes no son sentencias, son partituras con indicaciones de volumen. El ambiente —sueño, alimentos, afectos, tóxicos, pensamiento rumiado— sube o baja perillas: metilaciones, histonas, mensajeros. No reescribimos la secuencia, modulamos su interpretación. Aquí la literatura me salva: si un trauma fue el narrador omnisciente de mi infancia, hoy elijo narradores alternos. Cambio el encuadre de la memoria, adopto hábitos que bajan la inflamación, y con el tiempo esa orquesta molecular responde. No prometo curaciones; celebro matices. La épica, si llega, será consecuencia, no consigna.

Dispenza habla de glándula pineal, osciladores cuánticos y biofotones; yo, por prudencia, los trato como símbolos fructíferos. La pineal, faro mitológico, me sirve para recordar que la oscuridad y el silencio son nutrientes. Apagar pantallas dos horas antes de dormir es mi “activación” real: melatonina que ajusta relojes, reparación que no admite atajos. Los biofotones —esa sospecha de luz celular— los invoco como imagen creativa: cuando entro en patrón alfa con ojos cerrados, imagino un cuarto interior encendiéndose. ¿Efecto placebo? Bendito placebo si con él apago incendios de cortisol y vuelvo útil mi mañana.

Luego está la “disolución del yo”, ese mantra que escandaliza a quien nunca ha sentido fluir al escribir. Para mí no es desaparecer; es quitarle el micrófono al comentarista interno y dejar que la página respire. Hay sesiones en las que sostengo ondas alfa o ráfagas gamma —concentración y coherencia— y entonces la frase no sale: sucede. No lo atribuyo a seres de luz ni a portales; lo llamo hipercoherencia cerebral, sincronías funcionales que cualquier pianista conoce. Si alguien quiere nombrar “campo unificado” a esa concordia, no me ofende: sé que el lenguaje intenta capturar lo inefable y a veces se queda corto.

Me preguntan si la mente prepara el cuerpo para una nueva realidad. Respondo como librepensador: puede prepararlo para nuevas conductas. Si durante veinte minutos visualizo —con detalle sensorial— una caminata que aún no hago, priming que llama la psicología, aumento la probabilidad de calzarme las zapatillas por la tarde. ¿Transfusión biogenética? Prefiero hablar de transferencia de estados: del mapa mental al músculo. Cuando esa práctica se acompaña de actos (sueño, comida decente, movimiento, vínculo), el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal reduce su ruido y hasta la inmunoglobulina A agradece la tregua. No es milagro; es ecología personal.

La “apertura del campo cuántico” la traduzco a mi idioma: visión expandida. En la mesa de trabajo, dejo de mirar el cursor y amplio el foco a la periferia. Siento el espacio, el ruido de la calle, el latido. Ese ensanchamiento desactiva la rumiación estrecha. Es un truco sencillo con efecto hondo: la atención ancha baja la reactividad del sistema simpático, eleva el tono parasimpático y permite que vuelva el ingenio. Si además acompaño con música binaural, entro en una especie de “holograma de frecuencias” que, más allá del misticismo, mejora mi higiene de atención. Escribir, al final, es administrar estados.

¿Y la famosa “reprogramación de creencias”? Aquí no me pierdo: el subconsciente es la biblioteca de hábitos. Lo reprogramo con repetición, evidencia y lenguaje. Si cada mañana digo “soy salud” y luego desayuno ceniza, pierdo el juicio del jurado. En cambio, si me digo “estoy practicando cuidarme” y cumplo pequeñas pruebas (agua, paseo, límite al móvil), el bibliotecario interior registra coherencia y suelta resistencia. Ese “idioma de la creación” no son códigos herméticos: son verbos conjugados en presente con pruebas visibles.

Escribir también es emitir luz interna. No un resplandor místico, sino claridad. Cuando logro un estado de amor sin objeto —una gratitud libre de deuda— todo se ordena: la frase, el pulso, la postura. Es el “éxtasis” sobrio: química amable bañando sin euforia ciega. Tal vez algunos lo llamen comunicación con la Fuente; yo lo vivo como la rara coincidencia entre lo que pienso, siento, digo y hago. Entonces comprendo la consigna “momento eterno del ahora”: no dura mucho, pero basta para reorientar la brújula.

Como autor que convive con lectores sensibles y escépticos, me cuido de prometer lo que no sé. No afirmo que activar la pineal te convierta en lámpara ni que un mantra cambie tu metiloma en quince días. Digo, eso sí, que la imaginación disciplinada puede convertirse en programa de entrenamiento: respiración para el vago, sueño para la pineal, hábitos para la epigenética, atención para la plasticidad, vínculos para la inmunidad. Digo que el “campo unificado” es, al menos, ese tejido invisible que nos mejora cuando cuidamos de otros. Y digo que el misticismo honesto acepta la auditoría del cuerpo: si no te ayuda a vivir mejor, es retórica.

Cierro con mi protocolo de cronista-cobaya, por si a alguien le sirve: al amanecer, cinco minutos de visión expandida; luego, media hora de lectura lenta (cualquier clásico que me saque del yo); después, una página de gratitud concreta —nombres, gestos, fechas— para que el cerebro deje pistas claras; caminar sintiendo la planta del pie como metrónomo; elegir una creencia-puerta y desobedecerla con una acción diminuta; al anochecer, pantallas fuera, cuaderno dentro. No sé si eso emite biofotones, pero ilumina mis días lo suficiente como para creer que el cuerpo, sí, es un libro reescribible. Y que la ciencia, la poesía y la prudencia pueden firmar juntas esa edición corregida sin traicionar la verdad ni secuestrar el misterio.


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