Abrí una caja de zapatos en el altillo y encontré cartas que ya no recordaba haber escrito. Mi primera tentación fue clasificarlas con la precisión de un entomólogo: aquí la intimidad, allá la pasión, en este sobre el compromiso como promesa mal doblada. Llevaba días releyendo manuales y teorías, intentando decir algo sensato sobre eso que nos desvela y nos salva a la vez. Me confortaba el rigor de Robert Sternberg y su geometría: un triángulo limpio donde cada vértice —intimidad, pasión y compromiso— permite entender combinaciones y etapas, desde el flechazo que apenas sabe tu nombre hasta el amor consumado que dice “nosotros” sin temblar. Reconozco la utilidad del mapa: tuve amores de compañerismo que olían a cocina encendida y libros compartidos, pasiones insensatas que ardieron como gasolina, compromisos dignos que supieron sostener la casa cuando el resto se aflojó. Me digo a menudo que el triángulo es una herramienta honesta para no perderse entre impulsos y promesas.

Y sin embargo, cada vez que intento fijar el amor en una figura, el papel se me quema en las manos. Los modelos me ayudan a pensar, pero el amor no vive en los modelos. He leído neurociencia con la devoción del profano que busca pistas: en parejas de largo recorrido, a veces el cerebro conserva la chispa dopaminérgica de los comienzos y atenúa el circuito del miedo; la oxitocina y la vasopresina cosen vínculos que sobreviven a los inviernos; la pasión declina, sí, pero puede reavivarse con novedad, juego y cuidado; la intimidad madura y el compromiso gana hondura, como si la promesa encontrara músculos con los años. Me gusta que los datos desmientan el cinismo, que nos guiñara un ojo para decir que la llama puede seguir encendida sin trucos de feria. Pero tampoco ahí encuentro casa. Porque el amor, cuando llega de verdad, no se conforma con ser un fenómeno que describimos con neurotransmisores. Es como si el océano aceptara por cortesía llamarse “ola”.

He probado, como tantos, el amor romántico que mi época vende en alta definición. Fui fiel a su estética de exclusividad, sus celos estilizados, sus labios a contraluz, su promesa de eternidad recortada en una instantánea. Y también he aprendido a contemplarlo como un arnés útil que a veces nos protege y a veces nos impide respirar. El problema no es el romance: es la confusión entre medio y fin. Hay parejas que se aman con todo lo que el triángulo describe y, aun así, no encuentran el suelo último porque creen que el amor es un objeto que se da y se quita, una sustancia que el otro administra como un favor. Entonces aparece la economía del deseo: escasez, deuda, contabilidad moral. He vivido ahí; por eso escribo esto.

En mis mejores días —los que a veces me regala la escritura— he intuido otra cosa. No un sentimiento, no una suma de hormonas, no una figura geométrica: algo más parecido a un medio en el que todo flota. Si me obligan a nombrarlo, uso palabras grandes: CONCIENCIA, FUENTE, CAMPO. El amor no como emoción, sino como lenguaje del todo, la única realidad que no requiere objeto porque es el propio tejido de lo real. No digo que sea Dios para no encender alarmas; digo que cuando ocurre, lo que llamamos “yo” afloja, y el tú se vuelve irrelevante como frontera porque hay un nosotros anterior a cualquier nosotros que pueda escribirse. Suena grandilocuente, lo sé, pero es de una sobriedad pasmosa: no te exalta ni te posee; te deja en paz. Allí, la intimidad no es confidencia, la pasión no es incendio, el compromiso no es contrato: todo eso aparece como formas de un mismo latido que no cambia porque no depende de circunstancias. He leído formulaciones tajantes que afirman que el amor es uno, sin grados ni clases, una ley sin opuesto. Cuando, muy de tanto en tanto, la experiencia me permitió rozar ese estado, comprendí que no era una frase mística para camisetas: era la descripción sobria de algo que el intelecto no abraza pero el cuerpo reconoce.

Me dirán, con razón, que la vida no se sostiene en vuelos perpetuos. Estoy de acuerdo: igual que la alegría y la rabia cumplen funciones, el amor cotidiano necesita formas. Por eso aprecio el triángulo y la química; por eso, si convivo contigo, te digo a qué hora vuelvo, quién soy cuando no me miras, qué parte vulnerable de mí se asusta cuando te vas. Pero si olvido que esas formas deben su eficacia a un fondo más amplio, el amor se reduce a una coreografía de buena educación. Y entonces llega el malentendido: creemos que amar consiste en negociar intereses sin hacernos daño. Es necesario; no es suficiente. Quien haya sostenido en silencio la mano de un enfermo, quien haya ayudado a un desconocido sin saber su nombre, quien haya sentido ternura por su propia torpeza, sabe de qué hablo: hay un amor que no pregunta si conviene, que no calcula si vuelve, que no necesita audiencia. A veces lo practicamos sin darnos cuenta y, al terminar, el mundo parece, sin más, en orden.

No me interesa maldecir la psicología; me interesa liberar a la experiencia del secuestro conceptual. Cuando Sternberg describe el cariño sin pasión ni compromiso, el encaprichamiento fulminante, el amor vacío que sostiene por respeto una estructura, el romántico de los amantes sin pacto, el compañero sin deseo, el loco que se disfraza de intensidad para no mirarse, el consumado que reúne vértices en equilibrio… reconozco habitaciones de una casa que todos hemos habitado. Lo que propongo es abrir las ventanas. En el consumado, por ejemplo, se vislumbra un vestigio del Uno: cuando de verdad intimamos, deseamos y decidimos, el yo se expande hasta alojar al otro sin tragárselo. Si además ambas personas tocan, aunque sea fugazmente, ese fondo inmutable, el triángulo deja de ser una cárcel con tres esquinas y se vuelve una puerta: no estás conmigo para completar carencias ni yo contigo para que me justifiques; estamos porque el amor —ese que no depende de nosotros— se reconoce mejor cuando tú y yo jugamos a ser tú y yo.

He aprendido algunos trucos que no son trucos, apenas pequeñas artesanías para despejar la interferencia. Primero, llamar a las cosas por su nombre. Si siento celos, lo digo; si me atrapa el miedo, lo nombro; si necesito distancia, la pido. El amor no se debilita por la verdad; se derrumba por el teatro. Segundo, practicar la novedad sin teatralidad: salir a caminar por una calle que ninguno de los dos ha transitado, leer en voz alta una página que nos incomode, cocinar algo que no domine ninguno. La pasión no muere: se duerme cuando el mundo se repite. Tercero, cuidar el acto de ver. Mirar de veras a quien tienes enfrente, no a tu idea de esa persona. Cuando lo haces, la intimidad deja de ser contabilidad de secretos y pasa a ser hospitalidad. Cuarto, comprometerse no con una forma, sino con la verdad del vínculo: habrá épocas de silencio, epidemias, pobreza, desiertos; si el compromiso es con la forma, la forma se rompe; si es con la verdad, encontramos la forma que hace falta. Quinto, cultivar el amor que no necesita objeto: dedicar diez minutos al día a atender la vida sin intención de poseerla. A algunos les sirve rezar, a otros meditar, a otros fregar platos como si de ello dependiera la belleza. Ese clima favorece que el amor en pareja no sea asfixiado por la demanda.

He visto cómo el lenguaje pervierte lo que nombra: “para siempre” como amenaza, “tú eres mi todo” como secuestro, “sin ti no soy nada” como sentencia. Prefiero palabras más humildes: “gracias por el día de hoy”, “no sé quién seré mañana, pero hoy te elijo”, “si me pierdo, recuérdame”. El amor que es campo no se ofende con estas prudencias; el amor que es contrato exige hipérboles. También he comprobado que juntar la épica con el cuidado cotidiano produce una música rara: decir “te amo” mientras recoges un vaso del suelo, ajustar la manta de quien duerme, apagar el móvil a la hora de cenar, sostener una conversación incómoda sin elevar el tono. Ahí, de pronto, el triángulo canta.

Cuando pienso en la frase tajante —no hay más amor que el Uno— me asomo al abismo del lenguaje y sonrío. No porque crea tener razón, sino porque sus efectos prácticos son liberadores. Si el amor es uno, no compito con nadie por su porción; si el amor es uno, mis gestos son maneras de acordarme de lo que ya es, y no proezas para conquistar lo que falta; si el amor es uno, lo que cambia son mis ojos, no la fuente. En esa lógica, el amor romántico deja de ser el altar de la vida y se vuelve un ritual hermoso entre otros, un laboratorio donde aprender a no confundir mi historia con la realidad. La neurociencia me dice que el cerebro puede sostener la llama si lo hago bien; la psicología me recuerda que cuidar intimidad, pasión y compromiso es sabio; mi experiencia me susurra que, cuando todo eso se alinea con el silencio del fondo, entonces por fin entiendo. Entiendo, sobre todo, que lo opuesto al amor no es el odio: es el miedo. Y el miedo se cura como se curan las sombras: abriendo una ventana.

Vuelvo a las cartas de la caja de zapatos. Leo una que escribí a los veinticinco y sonrío con ternura por mi solemnidad. Quisiera contestarme desde aquí, desde esta mesa en la que soy más viejo y, espero, más honrado. Me diría: no te preocupes por definirlo; preocúpate por no traicionarlo. Si te pide exclusividad, dásela sin convertirla en encierro. Si te pide distancia, concédesela sin lanzar bombas. Si te pide que te vayas, vete con dignidad. Si te pide que te quedes, quédate con alegría. Y cuando no te pida nada, quédate quieto y ama como ama el campo: sin mirar a quién, sin exigir recompensa, como si la vida se bastara sola. Que es lo que hace.

Es tarde. Cierro la caja. Antes de apagar la luz, me regalo una definición que no sirve para un diccionario, pero sí para vivir un día más con decencia: amor es la inteligencia del mundo cuando la dejamos trabajar en nosotros. A veces toma forma de triángulo; otras, de mano tendida; casi siempre, de silencio que no amenaza. Cuando lo olvido, me sobra teoría; cuando lo recuerdo, me sobran palabras. Y sin embargo escribo, porque escribir es mi manera de agradecerle al Uno que alguna vez me haya permitido medir lo inmedible sin traicionarlo. Si esta página consigue que un lector se ahorre una pelea y se regale un gesto limpio, habrá cumplido su propósito. Si, además, a media noche, alguien abraza a quien tiene al lado sin pedirle nada, entonces sí, por un instante, el amor habrá dejado de caber en un triángulo para ser lo que siempre fue: el aire en que respiramos.


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