Conozco bien la sensación: es tarde, me recuesto, los labios del sueño se entreabren y, de pronto, la habitación gira hacia un ángulo imposible. El cuerpo pesa como plomo y, al mismo tiempo, parece hincharse de helio; una vibración sorda recorre la nuca, la piel hormiguea como si alguien hubiese encendido un enjambre en el esternón. Entonces surge la tentación del salto: esa intuición de que bastaría un pequeño gesto —no muscular, sino de intención— para atravesar la sábana, el techo, la ciudad entera. He vivido ese umbral varias veces, y lo cuento con la honestidad del escritor que toma notas en su propia frontera: hay noches en que la mente se despega del mapa del cuerpo como una sombra que decide madrugar. ¿Proyección astral? ¿Experiencia fuera del cuerpo? ¿Un episodio hipnagógico con traje de mito? Puedo llamarlo de mil formas, pero lo que me importa es su potencia narrativa y la quieta lección que trae: la conciencia es un teatro más amplio de lo que nos contamos a plena luz.

Mi biblioteca, cómplice, ha ido creciendo alrededor de ese umbral. Robert Monroe me abrió la puerta con su Viajes fuera del cuerpo y su instituto consagrado a cartografiar la conciencia con sonidos; Sylvan Muldoon y Hereward Carrington acudieron con su vehemencia de pioneros; Oliver Fox dejó registros que hoy leen los onironautas; William Buhlman y Robert Bruce llegaron con manuales de vuelo para curiosos disciplinados; Castaneda, más allá de controversias, empapó de brujería el imaginario de Occidente. Todo ese coro se suma a una música más antigua: los Upanishad con su sutil sharira, el bardo tibetano como pasillo entre mundos, las ascensiones proféticas en tradiciones abrahámicas, el viaje chamánico como oficio. No vine a canonizar ni a abolir nada: vine a reconocer que, de Grecia a Mesoamérica, de los místicos sufíes a los hesicastas, el humano ha narrado la posibilidad de salir de sí para comprenderse mejor.

Con los años aprendí a traducir mi fervor en preguntas sobrias. ¿Qué sabemos, sin el perfume de la fábula? Que el cerebro, en el entreacto entre la vigilia y el sueño, entra en estados hipnagógicos y hipnopómpicos capaces de producir alucinaciones táctiles, auditivas y visuales vívidas; que la unión temporoparietal integra información corporal y espacial, y que cambios en su actividad pueden generar la sensación de “verse desde afuera”; que la parálisis del sueño, lejos de demonios, es un fenómeno en el que la atonía REM llega antes o se va después de la conciencia, y de ahí el pánico y la vivencia de presencias. Sabemos, también, que la imaginación disciplinada modula la experiencia: lo que espero condiciona lo que obtengo. Y, sin embargo, hay algo irreductible en ciertas travesías, un realismo subjetivo que conmueve incluso al escéptico más entrenado. ¿Lo vuelve objetivo? No. ¿Lo vuelve inútil? Tampoco. He salido de esas noches con intuiciones éticas, con un perdón que no hallaba sentado a plena tarde, con tramas literarias que no habría encontrado en Google.

Tal vez la única salida honesta sea caminar con dos bastones. Con el primero, el de la ciencia, acepto que la proyección astral carece de evidencia empírica que certifique un “afuera” material separable; que muchos relatos pueden explicarse por neurofisiología, sugestión o sueño lúcido avanzado; que conviene prudencia, higiene mental y descartar siempre causas médicas si el insomnio o la ansiedad se vuelven compañeros fijos. Con el segundo bastón, el de la poesía y la hermenéutica, admito que hay experiencias que, más allá de su ontología, operan como pedagogía interior: enseñan desapego, afinan la atención, curan la relación con el miedo. Yo no pido a la noche comprobación de laboratorio; le pido sentido. Y el sentido, aunque suene modesto, es un sol más fiable que cualquier dogma.

He conocido lectores y amigos o amigas que aseguran haber viajado a ciudades lejanas, y otros que dicen conversar con “seres de luz” o “maestros ascendidos”. No ridiculizo ni canonizo esos relatos. Secretamente, los leo como leería un sueño: como mensajes del inconsciente que adoptan el ropaje simbólico que cada tradición ofrece. Si alguien crio su imaginación en la teosofía, llamará Maestro a lo que yo llamo figura de guía; si viene del sufismo, lo nombrará wali; si es de escuela tibetana, verá bodhisattvas o dakini. Al final, la pregunta es siempre la misma: ¿te volvió más compasivo? ¿Te desarmó la soberbia? ¿Te dio herramientas sobrias para no dañar a otros? Si la respuesta es sí, el encuentro fue fértil, aunque ningún espectrómetro lo detecte. Si la respuesta es no, quizá fue solo pirotecnia interior.

Cuando hablo de “plano astral”, prefiero imaginar un teatro intermedio donde las formas psíquicas se vuelven contiguas, una zona de creatividad pura que no obedece a la gravedad de la costumbre. De ese teatro han salido, para mí, mapas de reconciliación: cartas que por fin pude escribir, capítulos que se destrabaron, hábitos que se desprendieron con el mismo gesto delicado con que uno se quita un abrigo mojado. No es casual que muchas técnicas recomienden el umbral del sueño, ni que se sugieran sonidos binaurales o respiraciones que alteran el ensamble habitual de redes cerebrales. La conciencia ama los intersticios; se ilumina en los pasillos.

He aprendido, también, a poner límites. Si la noche se torna agitada, regreso al cuerpo como quien vuelve a casa con un pan caliente; muevo dedos de los pies, respiro hacia el vientre, abro los ojos. Si la práctica empieza a colonizar mi vida diurna con obsesión, la guardo una temporada. Si arrastra ansiedad, busco ayuda profesional. Y si alguien intenta convertir mi curiosidad en mercancía esotérica, sonrío y me alejo: hay una industria del “viaje astral” que explota la sed de lo numinoso con promesas grandilocuentes. No necesito más que un cuarto oscuro, una respiración decente y un deseo honesto de comprender.

A quienes me leen, les propongo un pacto narrativo más que una receta. Tomad un cuaderno y nombrad vuestras noches con la precisión de un notario poético. Anotad si apareció el zumbido, si hubo presión en el pecho, si sentisteis flotar; registrad el color de la habitación onírica, el ángulo de la ventana, cualquier detalle que la mente diurna pueda contrastar. Con el tiempo, veréis patrones: qué cenas os sientan bien, qué lecturas abren umbrales, qué días conviene no intentar nada. La bitácora es más fiable que cualquier gurú: es vuestra meteorología. Y si alguna madrugada sentís que os alejáis, recordad el consejo que me dio un viejo meditador en una estación de tren: “No quieras ver Roma la primera noche. Aprende primero a salir al pasillo”.

Me preguntan, por último, para qué sirve todo esto. Sirve para escribir con un sentido de amplitud que la oficina no concede. Sirve para morir un poco cada noche y así perderle miedo al último hospedaje. Sirve para saber que el yo es un excelente secretario, pero un mal dictador; que el cuerpo es casa y ancla, y que la atención —ese lujo— puede aprender lenguajes que no se conjugan con verbos. Sirve para desmontar la arrogancia materialista y la credulidad mística al mismo tiempo: ninguna nos deja ver el ancho del mundo. Y sirve, sobre todo, para practicar una ética simple: no hacer daño, agradecer lo que se nos muestra, regresar con algo útil para los demás. Por eso escribo. Porque sospecho que todo viaje, sea astral o de barrio, fracasa si no trae de vuelta una migaja de pan para la mesa común.

Esta noche volveré al cuarto oscuro sin expectativas. Si todo es silencio, dormiré. Si aparece la vibración, escucharé. Si la sombra se levanta y la habitación se me ofrece desde afuera, me sentaré al borde de la cama sin prisas, sabiendo que nada de lo que importa puede perderse. Luego, al amanecer, escribiré lo que recuerde con ese pulso nuevo que a veces llega tras el despegue: un pulso más lento, más nítido, más libre de mí. Y seguiré viviendo aquí, con los pies en el suelo y la cabeza clara, sabiendo que el mundo tiene doble fondo y que la literatura —cuando se deja— es la mejor nave para atravesarlo sin quemarse las alas. Y recordaré que no afirmo nada de lo que he escrito, porque yo soy el primero en dudar de la lógica y de la razón; tras pasar por el «pilón del herrero» al experimentar una ECM en primera persona. Nadie es perfecto.


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