Una noche de verano, en la terraza de un edificio anónimo, encendí una vela dentro de un cuenco de barro y me di un lujo insólito: escuchar el viento como si fuera un bardo. He aprendido a desconfiar de la nostalgia que petrifica las leyendas. Las viejas islas de bruma no regresarán como postal, pero sus brújulas siguen afinadas. Los celtas no fueron una marca ni un marketing del verde; fueron una manera de disponer el alma en el mundo. Lo primero que me enseñan es que la pertenencia no es un uniforme, sino una práctica cotidiana: cultivar la tierra del vínculo, moderar la violencia del deseo de poseer, volver sagradas las cuatro cosas que salvan un día —el pan, el fuego, la palabra, el agua—. Aquello que sus druidas hacían en los círculos de piedra, podemos hacerlo en nuestras plazas, patios y balcones: convertir el espacio en relación y la relación en consciencia despierta.
Trasládalo a nuestra época y obtendrás el antídoto contra la soledad masiva: cada edificio como tuath, una pequeña tribu que comparte una cena al mes, una caja de emergencias, una red de favores. No necesitaremos discursos identitarios si reaprendemos a ofrecernos pan y silla. Llamo a esto economía de Brigid, la diosa que custodia el fuego del hogar y la palabra poética: menos exhibiciones en pantallas, más artesanía de cercanía. Un barrio con hornos encendidos y versos en las ventanas es más seguro que un barrio con cámaras.
La política celta no era un parlamento de mármol; era consejo, círculo y bardo. De esa mezcla me interesa la mecánica: la palabra como herramienta, la memoria como control, la música como vínculo. Sin memoria compartida, nuestra inteligencia colectiva es espuma. Cernunnos me dicta esta parte: el dios de los bosques nos recordaría que la electricidad que enciende nuestras noches no es enemiga del misterio, siempre que la honremos con mesura. Los celos de la Tierra se apaciguan con límites. Energía de proximidad, microredes solares de barrio, autoconsumo cooperativo; y a la vez, una liturgia simple que devuelva el asombro para sentir que, sin pantallas, seguimos siendo tribu.
Ahora la parte difícil: convivir con la sombra. Morrigan, la que sobrevuela los campos de batalla, no es una diosa para la vitrina; es una pedagoga. Nos enseña a mirar la violencia que administramos en voz baja: el sarcasmo que humilla, el rumor que mata sin sangre, la aceleración que desnutre el alma. La sombra no se exorciza con pancartas, sino con microactos de valentía. Esa limpieza —que en la mitología se canta con cuervos y presagios— en mi vida adopta la forma de una llamada difícil, un “no” sin excusas, un “perdóname” sin folclore. La supraconciencia no es una nube; es un músculo que se entrena diciendo la verdad.
A Lugh le reservo el laboratorio del oficio. En un mundo que idolatra el ruido, Lugh nos devuelve la liturgia de la maestría. El Maestro de todas las Artes diría: domina una herramienta y no serás dominado por el mercado. Mi propuesta para los despiertos de hoy es concreta: elegir un arte a tres niveles, uno manual, uno intelectual y uno social. Manual puede ser cerámica, huerto, luthería; intelectual, lógica, lenguas, geometría; social, mediación, docencia, cuidado. Esta triple maestría crea libertad real: te da manos para sostenerte, cabeza para comprender y lengua para tejer comunidad. La vieja estética celta —espiral, trenza, nudo— puede inspirar además un diseño de aprendizaje no lineal. Aprender así es un acto de insurrección contra el olvido.
El Dagda me susurra la economía. En su caldero nunca faltaba comida: abundancia como servicio, no como ostentación. Hoy, esa ética se traduce en una riqueza que circula. Se audita en consejo estacional, con música y pan, para que el dinero no se pudra en secretos. La espiritualidad sin cuentas transparentes es superstición; la economía sin ritual es barbarie. Este equilibrio, feroz en su sencillez, produce lo que persigo: libertad y responsabilidad a la vez.
Danu, la madre, me entrega el mapa sistémico. Ella no impone, subterráneamente sostiene. Me enseña a pensar como río: decisiones que favorecen al conjunto, no al capricho del instante. Si cada grupo humano adoptara tres indicadores de salud —energía, relaciones, aprendizaje— y los midiera con honestidad, sabríamos cuándo un proyecto respira y cuándo se nos muere entre las manos. La supraconciencia se parece menos a un trance que a esta gimnasia de medir sin obsesión y ajustar sin dramatismo. Con el tiempo, la comunidad aprende a escucharse sola, como un bosque que regula su sombra.
Y Brigid, de nuevo, me pide literatura. Sin artes del decir, la tribu se disuelve. Recupero al bardo con un oficio contemporáneo: curadores de memoria que registren lo que sí funciona, lo canten en voz alta y lo publiquen en mapas y fábulas. En una empresa, puede ser un equipo de comunicación que abandone la propaganda y abrace la crónica. En una escuela, un coro de estudiantes que narre el curso como epopeya de aprendizaje. En un barrio, una emisora comunitaria sin estridencias. Quien archiva la belleza útil vacuna a la comunidad contra la desesperación.
No olvido a Nuada, el rey con brazo de plata. Su mito me reconcilia con la técnica: la prótesis que devuelve el gobierno. En mi filosofía de vida, Nuada legitima la alianza con lo artificial cuando amplía la dignidad. Tecnología sí, pero con tres filtros: que reduzca daño, que aumente autonomía, que fortalezca la trama común. Una app que atenúa ansiedad comunitaria vale más que un feed que la explota; una prótesis que devuelve escritura vale más que un artilugio que roba atención. Nuada nos recuerda que el liderazgo no consiste en brillar, sino en sostener sin exhibición. Un brazo de plata es humilde y eficaz: así quiero mis herramientas.
Aengus sonríe al oírme: el amor y los sueños. En cultura despierta, la intimidad no es espectáculo ni contabilidad, sino rito de verdad. Un círculo celta contemporáneo cuida el eros sin convertirlo en mercancía: pactos explícitos, deseo como arte, ternura como disciplina. Es un bardo íntimo: guarda el relato de lo que sí supimos. En los sueños, Aengus pide respeto: apagar el teléfono una hora antes de dormir, porque la tribu onírica también necesita silencio. Yo envío a mis discípulos de vida una consigna: cuidar el sueño es cuidar la polis.
“¿Y los rituales?”, me preguntan cuando hablo de supraconciencia. El solsticio de verano no exige Stonehenge; exige un claro común, aunque sea sobre azulejos. En la azotea donde encendí mi vela, tracé el contorno de un círculo con tiza, dispuse pan, agua y sal, e invité a cuatro amigos a decir en voz alta aquello que decidíamos dejar atrás. No bailamos por folklore; bailamos para metabolizar. El fuego —aunque sea una llama de alcohol en un recipiente de barro— nos recordó la ecuación antigua: alegría sin ingenuidad, gravedad sin tristeza. No buscábamos otra cosa que ajustar el cuerpo a la estación y la mente al cuerpo. Al despedirnos, cada cual llevó una brasa simbólica: un objetivo pequeño, medible y hermoso. Esa continuidad —no la foto en redes— define la calidad de un rito.
Si estos dioses y diosas te parecen demasiado, cámbiales el nombre y quédate con el gesto: hospitalidad, consejo, memoria, energía sobria, sombra trabajada, maestría, abundancia distribuida, sistema vivo, técnica digna, amor con artesanía, sueño guardado, fiestas con sentido. Ese es mi círculo de piedra en la terraza. Esa es mi supraconciencia: no levitación, sino mirada amplia; no dogma, sino pacto. Si mañana me preguntas dónde encontrar el bosque, te diré que empieces por tu azotea. Allí, con un cuenco de barro, un pan caliente y dos o tres voces, puedes fundar el clan que te falta. Cuando la llama prenda, verás que no estás solo: escucharás a tus vecinos hablar como si por fin se reconocieran en la misma tribu. Ese día, sin aspavientos, será solsticio. Y habremos ganado, por fin, una página de futuro.






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