Escribo de noche, con la ventana abierta de par en par para que el aire de Valencia me recuerde que la conciencia, si es algo, respira con el mundo. Me acompaña un fantasma luminoso: Jacobo Grinberg. No el mito difuso, sino el investigador testarudo que un día decidió que la ciencia debía mirarse al espejo de lo sagrado sin parpadear. Su legado late en dos intuiciones incendiarias: la teoría del potencial transferido y la teoría sintérgica. Podría contarlas como quien reseña un tratado, pero prefiero decirlo como lo entendí en mi propio cuerpo: ambas hipótesis apuntan a una posibilidad que el siglo XXI necesita con urgencia —la de una mente que no termina en el cráneo, un tejido de presencia que nos enlaza y nos crea.
La primera escena pertenece a un laboratorio. Dos personas, en silencio, con electrodos en el cuero cabelludo. A una de ellas le aplican destellos luminosos que producen, como es sabido, un potencial evocado en la corteza visual: una firma eléctrica repetible. La otra, aislada sensorialmente y sin estímulo, registra a veces un trazado correlacionado, como si hubiese recibido la misma luz. Grinberg lo llamó potencial transferido. La hipótesis no era telepatía de salón, ni magia con capa y sombrero, sino una pregunta técnica: ¿es posible que vínculos previos de atención, empatía o meditación generen un acoplamiento no local entre dos sistemas nerviosos, de modo que el patrón de uno reverbere en el otro? Las veces que el fenómeno apareció —no siempre, y ahí empezó la polémica—, lo hizo cuando los participantes habían entrenado una coherencia emocional previa. Cuando había relación, escucha, una forma de amor sin relato. Me resulta decisivo ese matiz: no es el estímulo lo que “salta” de un cerebro a otro, sino el patrón que deja en el campo compartido por dos presencias sincronizadas.
Lo que fascinaba a Grinberg no era el truco, sino la ontología que exigía. Si el potencial evocado del primero hace eco en el segundo, entonces hay —o podría haber— un medio de acoplamiento que no son cables ni aire. Un medio sutil, susceptible de ser modulado por la atención. Llamémosle, por ahora, campo. La teoría sintérgica es el intento más audaz de describir ese medio. A ese proceso de ordenamiento lo llamó sintérgia. Si la coherencia es alta, el mundo aparece nítido, pleno, con significado; si es baja, el mundo se dispersa, se vacía de sentido. No “vemos” las cosas como son, sino lo que nuestra coherencia permite convocar de la matriz. Ver es cocrear.
No es casual que, paralela a sus aparatos, Grinberg caminara con chamanes. Quiso medir lo que esas tradiciones decían desde hace milenios: que la realidad no es un bloque sino una membrana que cede ante la intención, y que hay estados de conciencia donde esa membrana se vuelve dúctil. En el cuarto de Pachita —Barbara Guerrero, la cirujana psíquica—, Grinberg no se limitó a mirar: midió ritmos, consignó voces, observó el modo en que la vieja mujer entraba en trance invocando al Hermanito. Vio bisturís comunes y vio cortes que cicatrizaban con la lógica de otro mundo. Vio a un equipo de asistentes sostener la escena, vio el miedo y la fe en los ojos de los pacientes, vio lo imposible reclinado sobre una camilla como un animal que se deja tocar. A veces, de vuelta al laboratorio, encontraba en los registros eléctricos patrones de coherencia fuera de lo habitual, como si la intensidad ritual hubiese tallado otra geometría en la actividad cortical.
Acompañó también a marakames que velan la noche del desierto y a curanderas que rezan sobre el maíz. Lo que buscaba no era folclore sino método: ¿qué condiciones subjetivas repiten estas gentes para que el mundo responda? Encuentro tres constantes. La primera, la alineación corporal: respiración rítmica, postura estable, una especie de hatha secreto que prepara la neurofisiología para entrar en coherencia. La segunda, la intención nítida: no deseo ansioso, sino propósito asentado, sin ruido. La tercera, la relación: nunca se obra a solas; un grupo sostenido por confianza multiplica la fuerza del campo. Y entonces la palabra poder deja de significar dominio y empieza a significar densidad de presencia.
El cerebro, cuando entra en hipercoherencia —patrones sostenidos de alfa y gamma; silencio muscular; respiración que afina el nervio vago—, actúa como un prisma que ordena la matriz fundamental. El resultado es una percepción más rica, una plasticidad psíquica que permite resignificar el dolor y, en casos límite, modificar funciones que creíamos rígidas. De ahí el corazón terapéutico de la propuesta: si atención, emoción y cuerpo entran en fase, el sistema inmunitario escucha; si la percepción se reordena, la biografía empieza a obedecer a otro mapa. He visto algo de esto en mi propia vida cuando, después de sesiones de danza profunda o de meditación radical, una vieja herida dejó de dictar mis horas. No sé si aquello fue milagro o neuroplasticidad, pero funcionó como si hubiese cambiado el algoritmo que fabrica mi mundo.
Grinberg empujó la puerta más allá del marco académico y pagó el precio. Se convirtió en un transfronterizo: demasiado chamán para los científicos, demasiado científico para los chamanes. Su desaparición en 1994 añade a la historia un pliegue mítico. Una mañana dejó de estar. Hay versiones encontradas, sospechas, silencios. En lo personal, me importa menos qué ocurrió que lo que su ausencia produce: el hueco funciona como metáfora exacta del campo que defendía. Falta el cuerpo, permanece la interferencia. Falta el hombre, persiste la pregunta. Y esa pregunta —¿hasta dónde llega de verdad una mente humana cuando se sabe vinculada?— es dinamita para este tiempo.
A ratos me permito imaginar a Grinberg leyendo a Bohm y a Pribram con una sonrisa de artesano. El primero, con su orden implicado; el segundo, con su cerebro holográfico. La sintérgica podría dialogar con ambos como lo hace un río con sus orillas: no los niega, no los imita; los erosiona hasta crear un cauce propio. Aquí el romanticismo místico sería un error; también lo es el cinismo. Urge una tercera vía: rigor sin miedo y asombro sin credulidad. La ciencia no es un templo; es una conversación. Y los chamanes, cuando no caen en el teatro, son cartógrafos de estados que la ciencia aún no sabe nombrar. Lo más revolucionario hoy no es negar ni tragar, sino cruzar puentes.
Vuelvo al potencial transferido, porque ahí late una ética. Si de veras la mente puede acoplarse con otra a través de la coherencia, entonces cada gesto de atención es una intervención cuántica en lo colectivo. Un insulto reordena el campo hacia la fragmentación; una escucha amorosa aumenta la resolución del mundo compartido. Esto tiene consecuencias muy concretas: equipos de trabajo que comienzan sus reuniones con respiración y silencio producen decisiones más lúcidas; parejas que sincronizan su latido —literalmente, con la mano sobre el corazón del otro— amortiguan la violencia de los malentendidos; comunidades que se reúnen a cantar generan resiliencia inmunitaria.
Pienso en su figura última como un mito necesario de esta nueva era que ansío. El mito del científico que entró en el laberinto y no volvió, para que los demás nos atreviéramos a entrar con una cuerda más larga, con una lámpara más limpia. Su muerte no confirmada es una parábola: cuando alguien atraviesa límites, la cultura reacciona con borrado. El mejor homenaje no es la hagiografía, sino el trabajo. Lo llamaré, con toda la pretensión del mundo, política sintérgica.
Quisiera terminar con una imagen que heredé de los viejos textos: dos cuerdas vibran sobre una mesa; cuando una encuentra la frecuencia de la otra, empiezan a resonar juntas y el aire se llena de un tercer sonido, algo que no estaba en ninguna por separado. Eso es para mí la lección profunda de Grinberg, más allá de su laboratorio, más allá de Pachita, más allá del expediente de su desaparición. Somos cuerdas que pueden entrar en resonancia. Cada gesto, cada palabra, cada silencio, modula el campo que nos piensa. Y tal vez la nueva era no consista en épicas apoteósicas, sino en una acumulación de pequeñas coherencias que, sumadas, abran una grieta en el cinismo. Cuando nos pregunten qué hicimos con el misterio que nos fue dado, podremos responder sin vergüenza: aprendimos a respirar juntos.






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