Encontré El Libro de la Ley una noche de viento, en una librería vieja que olía a madera mojada y tinta pasada. No lo busqué: me encontró. Lo abrí donde el azar manda y el primer latigazo fue la frase que tantos citan para justificar cualquier capricho: «Haced lo que queráis será toda la Ley«. Cerré el volumen, respiré y sentí el viejo temblor que produce un texto vivo cuando atraviesa la piel de los años. Si de verdad este libro es un portal, no conduce al libertinaje sino a un umbral más exigente: «haz lo que eres«. Desde entonces, cada relectura me ha servido para desmontar malentendidos, para arriesgar una ética en la que la libertad no es coartada sino forma de gravedad interior. Y hoy, en la era del ruido infinito, me atrevo a darle a esa frase un filo que corte la niebla de nuestra época.
Thelema habla de Verdadera Voluntad, no de deseo. El deseo vocifera; la Voluntad susurra. El deseo quiere añadir; la Voluntad elimina lo que sobra. El deseo quema rápido; la Voluntad arde lento y sin humo. He aprendido que la Voluntad no se decide, se descubre: es una geografía íntima que uno reconoce como se reconoce el olor del propio hogar al volver de un viaje muy largo. Hay señales: el tiempo se dilata cuando la sigues; la alegría no es euforia sino reposo; el cuerpo coopera en vez de sabotear. Nada de esto se compra con manuales. Se gana con una práctica sobria: escuchar sin prisa, decir no a lo accesorio, honrar la rareza que nos distingue y obedecer a la belleza como si fuera ley natural.
El episodio de El Cairo de 1904, con Aiwass dictando a Crowley, puede leerse de varias maneras. Algunos ven un mensajero literal; otros, como yo, vemos el viejo daimon de Sócrates vestido con ropajes modernos: una inteligencia interior que nos habla cuando los filtros del ego se agrietan. Me conmueve Nuit, ese cielo femenino que abraza y no encierra, esa deidad que afirma la expansión sin dueño y convierte cada criatura en una estrella con órbita propia. Cada hombre y cada mujer es una estrella no significa que todo gire a mi alrededor, sino que nadie debe invadir la órbita de nadie y que el firmamento se sostiene por el acuerdo silencioso de trayectorias libres. El primer mandamiento, entonces, es astronómico: no colisionar por ignorancia.
Amor es la ley; amor bajo voluntad. Esta segunda cláusula es la que hiere y salva. Amar bajo voluntad es amar sin apropiación, sin esa hambre que confunde al otro con una prótesis de nuestras carencias. Es un amor que no se postula como emoción perpetua, sino como disciplina: un jardín cuidado, una forma de exactitud. Bajo voluntad, el amor deja de ser una marea que sube y baja según la luna del ánimo y se convierte en una tarea de lucidez, con poda y aguacero, con descanso y cosecha. Nunca he conocido un acto más contracultural que elegir la sobriedad en tiempos de vértigo o la ternura en tiempos de sarcasmo. Amar bajo voluntad no es romanticismo: es ingeniería espiritual.
Los rituales de Thelema —el pentagrama trazado en el aire, las invocaciones, la dramaturgia simbólica— no son teatro hueco si se practican sin superstición. Operan como gimnasia de la atención. Uno encuadra el espacio, nombra los elementos, corta distractores, y el sistema nervioso aprende una gramática nueva. El Tarot meditado con paciencia despliega su enseñanza: no es cartomancia sino sintaxis del alma. La Cábala, con su árbol del mundo, no conduce a laberintos de erudición si uno la utiliza como mapa para subir y bajar por los estados de conciencia sin perder la dirección. Hay, sin embargo, una trampa siempre acechando: confundir el poder con la realización. El poder sin amor bajo voluntad es pirotecnia. Y en una cultura fascinada por el brillo, sostener la llama sin espectáculo es un acto revolucionario.
Cuando llega el mundo con sus notificaciones, procuro no reaccionar como un perro de Pávlov. Actúo en ráfagas completas que cierren lo empezado y no multipliquen trabajos a medias. Si aparece el miedo —que aparece— lo nombro en voz baja como quien enumera una tormenta: está, pero no manda. En mitad del día practico la justicia mínima: reviso si mis decisiones invaden la órbita de alguien. Al anochecer agradezco por lo concreto —un olor, una frase, un gesto— y quemo en una caja simbólica lo acumulado de más. Esta liturgia discreta produce una alquimia menor que, repetida, se vuelve mayor.
Alister Crowley fue un hombre ambiguo, de genio y sombras. Thelema ha atraído a artistas, místicos, oportunistas y buscadores sinceros. No idolatro al fundador ni denigro su legado: separo la veta de oro de la ganga. Me quedo con la intuición central —cada ser tiene una obra necesaria— y rechazo la caricatura adolescente del “todo vale”. Nada vale si daña la órbita de otra estrella. Esa es mi interpretación adulta. Y la someto a prueba con hechos medibles: ¿mis relaciones ganan en paz?, ¿mi trabajo mejora la vida de quien lo lee?, ¿mi economía honra la dignidad y no el trucaje?, ¿mi cuerpo está menos crispado? La metafísica que no baja al dato se pudre en autocomplacencia.
Ellema —permitidme la licencia—, esa mezcla de Thelema y alma, puede ofrecer una ética para un presente exhausto de obediencias ciegas y de libertades sin responsabilidad. Vivimos en la caverna más sofisticada de la historia: pantallas que imitan mundo, algoritmos que succionan deseo, tribus que exigen adhesiones totales. En ese contexto, «Haced lo que queráis» se convierte en dinamita o en anestesia. Prefiero dinamita para romper las hipnosis y abrir ventanas al aire frío de la verdad. Una sociedad de voluntades despiertas no sería un enjambre de egos chillones, sino una constelación de oficios bien hechos, vínculos honestos y cuerpos menos enfermos. La nueva era —si ha de merecer ese nombre— no será un parque temático de espiritualidades exprés, sino un tiempo de artesanos del sentido.
Thelema propone una relectura del libre albedrío: no es una carta blanca, es una cita con lo que has venido a traer. Para algunos será música; para otros, ciencia, cuidado, pan, justicia, silencio. Cada Voluntad verdadera sirve a lo real. La prueba es sencilla: lo que haces, incluso cuando cansa, deja un resto de serenidad. Lo que no es para ti, aunque ruja el aplauso, deja un regusto metálico. La mente puede justificar cualquier cosa; el cuerpo, no. Por eso me fío de la respiración como juez: si se abre, voy bien; si se encoge, me he traicionado.
El Libro de la Ley propone también un músculo decisivo para nuestra época: la responsabilidad radical. Nada me sucede sin que yo esté; no todo lo provoco, pero todo me implica. Esta mirada pulveriza la industria de la queja. Y, paradójicamente, nos vuelve más compasivos: sabemos por dentro lo difícil que es alinearse. A quien aún anda perdido no le grito metáforas de universo; le ofrezco un vaso de agua y una silla. A veces el primer ritual mágico es dejar que el otro descanse.
No puedo cerrar sin nombrar la sombra. Toda ley viva engendra fanatismos, toda libertad puede degenerar en capricho, toda mística genera mercado. He visto a buscadores entregarse a gurús de cartón; he visto a artistas confundir autenticidad con falta de higiene; me he visto a mí mismo llamando “Voluntad” a lo que era miedo disfrazado. Por eso defiendo una práctica de verificación: preguntar a quienes nos aman si nos ven más honestos, más ecuánimes, más alegres; revisar si pagamos nuestras deudas; comprobar si sabemos detenernos cuando erramos. La Voluntad verdadera no elimina el error: lo convierte en maestro.
He aquí, pues, mi voto para esta nueva era: renuncio al ruido; elijo la precisión. Renuncio a dominar; elijo servir cada uno con su don. Renuncio a la pirotecnia; elijo el fuego que calienta. Renuncio a la identidad que colecciona máscaras; elijo la que sabe quedarse a solas. Y, sobre todo, renuncio a desear lo que no me corresponde; elijo descubrir a fondo lo que ya soy. Si Thelema quiere decir algo hoy, en un mundo exhausto de consignas, es esto que repito como una oración laica: haz lo que seas, ama con exactitud, cuida tu órbita, no invadas la del otro. El resto es literatura. Y, a veces, cuando la literatura nace de esa ley, también es salvación.






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