Leí a Jacques Lacan (heredero heterodoxo de Sigmund Freud) como quien abre un botiquín en mitad de un incendio. No buscaba teorías, buscaba aire. Y encontré tres palabras que, desde entonces, se han vuelto mis herramientas de escritor y mi brújula de conciencia: Imaginario, Simbólico y Real. No son categorías de museo; son fuerzas que atraviesan la página y el pecho. Este artículo no quiere explicar a Lacan, quiere usarlo. Quiere ponerlo al servicio de una literatura que despierta, de una comunidad de lectores que ya no se conforma con entender: desea transformarse.
Lo Imaginario es el territorio del espejo, el reino de la imagen que nos promete plenitud mientras nos separa de lo que somos. Aquí nace la máscara que todos aprendimos a sostener para que nos quieran. En lo espiritual, esa máscara adopta nombres nobles: personaje iluminado, devoto perfecto, buscador ejemplar. Podemos convertir el espejo en laboratorio. Lo Imaginario no desaparece; se domestica cuando lo exponemos a la luz.
Lo Simbólico es la ley del lenguaje, el entramado de normas y vínculos que nos dan pertenencia a cambio de una renuncia. En él habita el Nombre-del-Padre, esa instancia que ordena, prohíbe, habilita y, a veces, asfixia. Sin lo Simbólico necesitamos reglas de respiración, puntuación, estructura. También el despertar requiere ritos, promesas, comunidad. El riesgo es confundir el mapa con el territorio, la gramática con la vida. La literatura crítica de esta nueva era debe ejercitar una desobediencia fina: no dinamitar la ley, sino hackearla. Hackear la ley no es destruirla: es recordarle que nos sirve cuando sirve a la vida.
Lo Real es la grieta que no entra en la foto ni en la oración. Es lo que se escapa, lo que no se deja nombrar, lo que irrumpe como silencio denso en mitad de un discurso brillante. Todo despertar serio atraviesa esa zona: allí no hay promesas, hay vértigo; no hay imagen, hay cuerpo; no hay consuelo, hay verdad. Lo Real no se produce, se hospeda.
Las consecuencias de esta tríada para el crecimiento espiritual y la crítica literaria son inmediatas. Primero, desmonta el narcisismo devocional: si sé nombrar mi Imaginario, puedo soltar la pose del iluminado y, por tanto, escribir sin impostura. Segundo, reubica la disciplina: el Simbólico deja de ser una cárcel y se vuelve una escalera de mano; subo y bajo con criterio, sin fetichizar ni las reglas ni su ruptura. Tercero, legitima el límite: cuando acepto que hay un núcleo de experiencia que resiste al lenguaje. Esta ética estilística es, a la vez, una práctica de conciencia.
Escribimos y leemos para dejar de dormir con los ojos abiertos. Lacan, leído con humildad y oficio, no es un tótem críptico: es una caja de herramientas. Si el espejo se vuelve aliado, si la ley se convierte en soporte y si la grieta es cuidada, la literatura recupera su función más antigua y más nueva: despertar. Ahí está la promesa de Escritos para una nueva era, no como eslogan, sino como praxis diaria. Quemar el espejo sin quemarnos, hackear la ley sin perder la música, abrazar la grieta sin caer por ella. Todo lo demás es ruido. Aquí empieza la vigilia.






Deja un comentario