La súplica desesperada de un héroe que quiere ser liberado y, a la vez, salvado de sí mismo
<<El mar estaba quieto, como si una mano divina hubiera detenido su respiración. No soplaba brisa alguna, y sin embargo el barco avanzaba con un murmullo paciente, empujado por los brazos incansables de los remeros. Todos ellos, con la cera endurecida sellando sus oídos, parecían estatuas vivientes entregadas a una tarea ritual.
Yo era el único que podía escuchar.
Atado al mástil, con las cuerdas hundiéndose en mis muñecas, aguardé el sonido que Circe me había descrito con palabras que no eran advertencia, sino profecía. Sabía que ningún hombre era capaz de oírlo sin perderse para siempre; y aun así, lo deseaba como se desea la visión de una verdad oculta.
Entonces, comenzaron ellas.
No eran voces humanas. Tampoco divinas. Era un sonido que nacía del horizonte mismo, como si el mundo —las olas, el viento que no soplaba, las piedras ocultas bajo el agua— hubiera encontrado por fin un lenguaje.
Su canto llevaba mi nombre.
Ulises… Ulises…
Las Sirenas no prometieron placeres. Prometieron sentido. Dijeron que conocían cada hilo que tejió y deshizo la guerra de Troya, cada acto de mis enemigos, cada duda de mis aliados. Que podían narrar mi vida entera, y también su desenlace. Que podían decirme qué esperan los dioses, y qué precio tendría mi retorno.
Me prometieron saber.
Y yo, que había visto morir a reyes y monstruos, que había tocado la arena de los infiernos y la piel de la gloria, supe que ninguna tentación era mayor que esa.
Quise zafarme.
Quise nadar hacia ellas.
Quise desaparecer.
Grité. Maldije. Supliqué a mis hombres que me desataran. Y ellos, fieles a mi mandato previo, tiraron de las sogas con más fuerza, sin escuchar ni una sílaba del hechizo que me devoraba.
El canto se volvió más dulce, más preciso. No hablaba a un hombre, sino a mi alma. Era la voz que uno no escucha jamás en vida: la que revela todo lo que podríamos haber sido.
Y de repente, se extinguió.
Como un viento que no llega a nacer.
El barco había cruzado la línea invisible de su reino. El mar recuperó su respiración. Mis fuerzas regresaron, aunque no del todo: una parte de mí se quedó en aquella isla, en aquella pradera donde ellas, sin nombre en los versos de Homero, custodian los secretos que ningún mortal puede poseer sin perderlo todo.>>
Hay escenas en la literatura que no pertenecen solo a un libro, sino a la memoria profunda de la humanidad. Una de ellas es la de Ulises atado al mástil, escuchando el canto de las Sirenas. Cuando vuelvo a ese pasaje, no lo hago como quien relee un poema antiguo, sino como quien se asoma a un espejo primigenio que refleja algo íntimo, algo que Jung llamaría el eco de un arquetipo alojado en la psique colectiva. Porque en la tensión de ese mástil, en la súplica desesperada de un héroe que quiere ser liberado y, a la vez, salvado de sí mismo, late una verdad que me concierne, que nos concierne: esa lucha secreta entre deseo, límite y conciencia, siempre presente en el viaje interior de cada uno de nosotros.
Homero no dio nombre a las Sirenas, aunque se conoce: Parténope, Leucosia y Ligea. Tal vez porque nombrarlas habría sido reducirlas. En su silencio bautismal reside su poder: son figuras del inconsciente, energías sin contorno, voces sin rostro que llaman desde un territorio liminal. Campbell diría que representan la tentación del conocimiento absoluto, aquello que interrumpe el curso del héroe y lo seduce prometiéndole revelaciones que ningún mortal puede sostener sin quebrarse. Freud, por su parte, vería en ellas la irrupción del deseo primordial, el retorno de lo reprimido, aquello que emerge siempre con una potencia tan dulce como peligrosa cuando la vigilancia del yo se relaja. Lacan, quizás con una media sonrisa, añadiría que no es el canto en sí lo que seduce, sino el deseo del Otro; que el héroe no quiere a las Sirenas, sino lo que supone que ellas saben sobre él. Y ahí, precisamente, se abre la grieta del narciso interior.
Circe le advierte del peligro, pero también le revela la clave. No le pide que huya. Le pide que se prepare. Y esa preparación es, en realidad, una aceptación de su propia vulnerabilidad. Ulises no es menos héroe por temer al canto; es más héroe porque lo reconoce y diseña una estrategia lúcida para atravesarlo sin sucumbir. A mí siempre me ha conmovido ese gesto: el héroe que se ata voluntariamente, que se somete a un límite impuesto por él mismo. Lacan hablaría aquí del acto ético: no renunciar al deseo, pero tampoco dejarse arrastrar por él hacia la disolución. Freud lo llamaría sublimación: orientar la pulsión hacia un propósito superior sin negarla. Jung lo reconocería como integración: el yo consciente enfrentando a la sombra sin violencia, pero sin capitular. Y Campbell lo vería como un momento crucial del monomito: la prueba que confirma si el héroe está preparado para regresar al mundo con una sabiduría mayor.
Y entonces ocurre lo inevitable: las Sirenas comienzan a cantar. Y lo que Homero describe no es un canto sensual, como la tradición posterior insistió en imaginar, sino algo mucho más profundo y terrible: la promesa del sentido total. Las Sirenas no ofrecen placer; ofrecen conocimiento. Ofrecen la respuesta al enigma de la existencia, al porqué de la guerra de Troya, al destino del héroe, al misterio de los dioses. Ofrecen, en definitiva, aquello que un hombre como Ulises no puede evitar desear: comprenderlo todo. En ese punto, el mito se vuelve universal. Porque ¿quién, en el fondo, no ha sentido alguna vez la llamada de una verdad tan intensa que amenaza con devorarlo?
Ulises, mientras tanto, se desgarra contra las cuerdas. Pide que lo liberen. Ruega. Amenaza. Llora. La conciencia, enfrentada al deseo de lo ilimitado, se tambalea. Es uno de los momentos más humanos de toda la épica. Porque no hay héroe aquí: hay un hombre expuesto al hechizo de una verdad imposible. Pero los remeros —que no escuchan nada, que siguen su ritmo, que reman sin saber el drama que se está librando detrás de ellos— encarnan otra enseñanza. Son la parte de nosotros que avanza, que sostiene la vida mientras el alma atraviesa su tormenta. Son la fuerza de la costumbre, de la disciplina, del cuerpo que sigue su curso incluso cuando la mente se extravía. Freud los llamaría los guardianes del yo. Jung los vería como las funciones auxiliares de la conciencia. Lacan los señalaría como sujetos del deber simbólico. Y Campbell los entendería como los aliados silenciosos del héroe, esos que sostienen la travesía aunque nunca aparezcan en los cantares épicos.
Cuando el barco finalmente supera la zona encantada, el canto cesa. No se desvanece: se corta. Como si una puerta hubiera sido cerrada de golpe por manos invisibles. Y en ese silencio abrupto hay una revelación: el conocimiento que no podemos sostener no nos pertenece. La sabiduría que destruye no es sabiduría, sino fascinación. Jung escribiría que aquello que no se integra se vuelve sombra. Freud añadiría que el deseo que no se admite se repite como compulsión. Lacan diría que la verdad no-toda es la única que un sujeto puede habitar sin perderse. Campbell concluiría que el héroe regresa no porque haya vencido a las Sirenas, sino porque ha sobrevivido a su propio deseo de detenerse junto a ellas.
Yo, cada vez que releo esta escena, siento que Homero escribió el primer tratado de psicología profunda sin saberlo. El mástil es nuestra columna interior, el punto donde restringimos nuestros impulsos para no traicionarnos. Las cuerdas son los pactos que hacemos con nosotros mismos cuando intuimos que podemos perder el rumbo. Las Sirenas son nuestras voces internas —visiones, tentaciones, recuerdos— que prometen una claridad imposible. Los remeros son la vida que sigue remando aunque el alma tiemble.
Y Ulises somos nosotros, siempre nosotros, avanzando entre revelaciones que podrían destruirnos y silencios que nos devuelven a la orilla del mundo.






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