Hay canciones que funcionan como grietas en el tiempo. No pertenecen a una época concreta, sino a una zona más profunda, donde la emoción humana se repite con distintos rostros a lo largo de los siglos. La música que Queen compuso para Highlander habita exactamente ahí: en ese territorio donde la épica se vuelve íntima y la eternidad duele.
Highlander no es solo una película de espada y destino. Es una metáfora radical sobre la conciencia. Sobre lo que significa existir cuando el tiempo deja de ser un aliado y se convierte en un peso. Los inmortales no envejecen, pero tampoco descansan. Aman sabiendo que perderán. Se vinculan sabiendo que sobrevivirán a todo aquello que da sentido a la vida. Y en ese contexto, la voz de Freddie Mercury no acompaña la historia: la revela.
Cuando Queen canta que no hay tiempo para nosotros y que no hay lugar para nosotros, no está hablando únicamente de Connor MacLeod y su condena. Está hablando de nosotros. De la sensación contemporánea —cada vez más extendida— de vivir desfasados respecto a nuestros propios deseos. De correr sin llegar. De intuir que lo esencial siempre ocurre un segundo antes o un segundo después.
La letra insiste: lo que producen nuestros sueños se nos escapa. Y ahí aparece una verdad incómoda que atraviesa toda la obra: el conflicto entre el anhelo y la estructura. Soñamos con plenitud en un sistema que nos fragmenta. Soñamos con presencia en una cultura que nos acelera. Soñamos con profundidad en un mundo que premia la superficie. No es que falte talento o voluntad; es que muchas veces no hay espacio simbólico para que el sueño se encarne.
No hay oportunidad para nosotros.
Todo está decidido.
Estas frases podrían parecer derrotistas si se leen desde la lógica del éxito, pero adquieren otro significado cuando se leen desde la conciencia. No hablan de resignación, sino de lucidez. De reconocer que no controlamos el tablero completo. Que nacemos en un tiempo, un cuerpo, una historia y unas coordenadas que no hemos elegido. Como los inmortales, entramos en una partida ya empezada.
Y, sin embargo, Queen introduce un giro decisivo: la eternidad es nuestro presente.
Esta afirmación no promete salvación futura ni trascendencia edulcorada. Es una invitación radical a habitar el ahora con intensidad ontológica. Si no hay tiempo, entonces este instante lo contiene todo. Si no hay lugar, entonces el lugar se vuelve interior. Si no hay oportunidad, entonces la oportunidad no es algo que llega, sino algo que se encarna.
En Highlander, la inmortalidad no es un don, es una prueba. Obliga a vivir sin la anestesia del final. Y eso nos confronta con una pregunta esencial: ¿qué haríamos hoy si supiéramos que el tiempo no nos pertenece? ¿Cómo amaríamos si comprendiéramos que todo lo que toca el alma es, por definición, vulnerable?
Freddie Mercury canta estas líneas con una mezcla de grandeza y fragilidad que solo poseen quienes han mirado de frente a la finitud. No hay grandilocuencia vacía en su voz. Hay conciencia. Hay aceptación trágica. Y hay belleza. Porque cuando se acepta que no todo depende de uno, aparece algo más hondo: la dignidad de vivir con verdad.
La música de Queen en Highlander convierte la épica en filosofía encarnada. Nos recuerda que la eternidad no está en durar, sino en estar. Que el presente, vivido con plenitud, contiene más infinito que cualquier promesa de inmortalidad. Y que quizá el verdadero combate no sea contra otros, sino contra la tentación de vivir distraídos.
En un mundo obsesionado con ganar tiempo, acumular experiencias y asegurarse el futuro, esta canción nos susurra algo subversivo: no hay tiempo, no hay lugar, no hay garantías… y aun así, merece la pena amar, crear, resistir y decir la verdad.
Porque tal vez no se trate de vivir para siempre.
Tal vez se trate de vivir despiertos.
Aquí.
Ahora.






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