Hay noticias que uno lee con distancia, como si pertenecieran a otra geografía emocional. Y hay otras que atraviesan la piel sin pedir permiso, porque llevan nombres, rostros y lugares que forman parte de tu propia vida. Desde que me lo contó mi hijo, vecino del matrimonio y los niños, llevo en el pecho esa mezcla amarga de incredulidad y dolor que uno siente cuando el desastre deja de ser un titular para convertirse en algo que ocurre a unos metros de tu casa, a personas que has visto crecer, a una familia que reconocías por su risa, por la luz que desprendían.
Las informaciones coinciden: en una embarcación turística que viajaba cerca de la isla de Padar, en el entorno del Parque Nacional de Komodo, al este de Bali, naufragaron Fernando Martín Carreras —44 años, exfutbolista y entrenador del equipo femenino B del Valencia CF— y tres de sus hijos pequeños. Con ellos iba Andrea Ortuño, la madre, y otra de las niñas, que consiguieron ser rescatadas junto a cuatro tripulantes y un guía turístico. Pero Fernando y los tres pequeños siguen desaparecidos.
Sé que a veces las palabras “desaparecidos” o “víctimas” invitan a un tipo de lejanía que protege. Pero en este caso no puedo –ni quiero– utilizar esa distancia. Esta familia vivía en la playa de la Pobla de Farnals, a pocos minutos de donde vivo yo. Mi familia les saludaban al cruzarse por la urbanización. Yo mismo he visto varias veces a los niños jugar en la arena, corretear con esa alegría despreocupada que solo tienen los hijos del Mediterráneo. Eran parte del paisaje humano de nuestras tardes, de esas vidas paralelas que acompañan silenciosamente la nuestra. Y ahora todo eso se ha quebrado.
Lo primero que surge es un nudo de irrealidad. ¿Cómo puede ser que alguien a quien has visto hace unas semanas, sonriente y lleno de planes, ya no esté? ¿Cómo puede una familia valenciana desaparecer en un mar tan remoto, tan ajeno, tan lejos de nuestro litoral amable? Es como si la tragedia hubiera abierto un agujero en el mapa y, de pronto, ese agujero nos recordara la fragilidad de todo y de todos.
He leído cada enlace que han compartido los medios. Distintos tonos, distintas aproximaciones, la misma desolación. Todos reconstruyen los hechos, intentan ordenar lo que es imposible ordenar: la travesía turística, el mal tiempo, el vuelco del barco, el rescate parcial, la angustia. Pero lo que no pueden —lo que ningún medio puede— es explicar lo que significa para una comunidad entera ver desaparecer a una familia a la que te cruzabas en el supermercado, en el paseo marítimo, en la calle, en la urbanización. Porque el dolor es siempre concreto. Y porque la ausencia, cuando es vecina, golpea el doble.
Hoy, en casa, el silencio sonaba de otra forma. Mi hijo que los recordaba, sobretodo a los niños, jugando con el balón o bañándose este verano en la piscina. Todos coincidían en un detalle: la sonrisa de uno de los pequeños, el gesto amable de Fernando, la compostura discreta de Andrea. No los conocíamos íntimamente, y sin embargo, su vida se entrelazaba con la nuestra en esos pequeños rituales cotidianos que crean un barrio, que crean un nosotros. Y quizá por eso duele tanto.
Decía Montaigne que la muerte de los otros siempre nos obliga a pensar en la nuestra, porque “cada hombre lleva la forma entera de la condición humana”. Y Paul Ricoeur añadía que la memoria no es solo un archivo de hechos, sino un acto ético: recordar es asumir que la vida del otro no nos es indiferente. Hoy, en la Pobla de Farnals, en Valencia, sentimos que este dolor es colectivo. No porque la tragedia busque compartirse —nadie desea exponer su herida— sino porque la comunidad tiene una antigua sabiduría: la de sostener lo insoportable acompañándolo.
Escribo esto con la certeza de que no hay conclusión posible. Solo una plegaria íntima, una esperanza humilde: que encuentren respuestas, que la familia pueda aferrarse a algo firme en medio del oleaje emocional. Y que nuestra comunidad, la de la costa norte de Valencia, no mire hacia otro lado. Que acompañe. Que abrace. Que sostenga. Porque cuando una familia vecina desaparece en un mar lejano, algo en toda la comunidad se queda sin aliento. Y ese aliento solo regresa cuando el dolor se nombra, se comparte y se transforma en memoria viva.
Hoy, desde esta orilla, desde esta casa, desde esta vida cotidiana que también podría haberse roto, envío luz, respeto y un abrazo sincero para Andrea, para sus hijas, para sus familias, y para todos quienes sienten esta tragedia como propia. Hay tristezas que no se curan. Pero sí pueden acompañarse. Y ese acompañamiento, a veces, es la forma más alta de humanidad.






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