En lo más alto de los Cárpatos, donde la noche no cae sino que se posa como un animal antiguo sobre la piedra, se alzaba el castillo.

Allí habitaba aquello que los hombres habían intentado nombrar sin comprender.

Nosferatu.

No era un hombre.

Ni una bestia.

Era el eco de todos los hombres que habían vencido a la muerte… y habían perdido todo lo demás.

Aquella noche, la nieve cubría el mundo con una pureza insoportable.

Los aldeanos habían cerrado sus puertas.

Las velas temblaban en las ventanas.

Y, sin embargo, alguien había sido llevado.

Ella.

La encontraron —o la perdieron— en el umbral entre el bosque y el pueblo, donde la niebla comienza a pensar.

Cuando despertó, estaba en el castillo.

En una sala de piedra, iluminada por candelabros que no ardían, sino que respiraban.

Nosferatu la observaba.

No se acercaba.

No todavía.

Ella no gritó.

Eso fue lo primero que lo desconcertó.

—¿Dónde estoy? —preguntó con una voz que no temblaba.

El silencio respondió por él.

Luego, lentamente, avanzó desde la sombra.

Su figura era alargada, imposible. Sus manos, más cercanas a las raíces que a los dedos. Sus ojos… sus ojos eran pozos donde la noche llevaba siglos cayendo.

—En el lugar donde todo termina —dijo.

Ella lo miró.

Y no apartó la mirada.

Fue entonces cuando ocurrió.

Algo que no había sucedido en siglos.

Nosferatu dudó.

No fue su belleza —aunque lo era, con una precisión casi cruel—. Fue la proporción. La armonía. La manera en que su rostro parecía obedecer una geometría secreta que el universo sólo concede a lo irrepetible.

Su piel.

Su respiración.

La forma en que la luz inexistente encontraba aún cómo posarse sobre ella.

Era perfecta.

No en el sentido humano.

En el sentido antiguo.

En el sentido de aquello que no debería existir en un mundo condenado.

—¿Vas a matarme? —preguntó ella.

Nosferatu inclinó ligeramente la cabeza.

Había matado a miles.

No recordaba a ninguno.

Pero ahora…

Ahora no podía.

—No —susurró.

Ella sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Humana.

—Entonces tienes miedo.

Las palabras atravesaron el aire como una herida.

Nosferatu se acercó.

El frío descendió con él.

—No temo nada —dijo.

—Temes perderme —respondió ella.

Y por primera vez en siglos…

Nosferatu sintió algo parecido al vértigo.

No la tocó.

No la mordió.

No la reclamó.

La llevó.

No a una celda.

No a una tumba.

Sino a la estancia más oculta del castillo.

Allí, en el corazón de piedra donde el tiempo no se atrevía a entrar, mandó construir una urna de cristal.

Transparente.

Perfecta.

Eterna.

La depositó dentro como quien deposita una reliquia.

Ni viva.

Ni dormida.

Suspendida en ese punto donde la vida aún respira, pero ya no pertenece al mundo.

Cada noche descendía hasta ella.

No para alimentarse.

Sino para mirar.

Durante horas.

Durante siglos.

La observaba.

La estudiaba.

La memorizaba.

—Eres imposible —susurraba.

—Y sin embargo estoy aquí —respondía ella a veces, con una voz que parecía surgir desde el sueño.

El castillo comenzó a cambiar.

Las sombras se volvieron más densas.

El silencio más profundo.

Porque Nosferatu ya no cazaba.

Ya no mataba.

Ya no bebía.

Se consumía en contemplación.

El hambre crecía.

Pero no podía tocarla.

No podía romperla.

No podía profanar aquella perfección que había interrumpido la eternidad de su monstruo.

Los siglos pasaron.

El mundo cambió.

Los pueblos desaparecieron.

Las lenguas se olvidaron.

Pero en el corazón del castillo, ella permanecía.

Intacta.

Perfecta.

Y él…

Cada vez más débil.

Cada vez más vacío.

Hasta que una noche comprendió la verdad.

No era su belleza lo que lo había detenido.

Era su reflejo.

Ella era todo lo que él había perdido.

Todo lo que ya no podía ser.

Se acercó a la urna.

Sus manos temblaban por primera vez desde que recordaba existir.

—¿Qué eres? —susurró.

Y entonces ella abrió los ojos.

No lentamente.

No como quien despierta.

Sino como quien recuerda.

Sus pupilas eran oscuras.

Antiguas.

Profundas.

—Soy lo que queda cuando la belleza no se corrompe —dijo.

Nosferatu retrocedió.

—No… tú eres…

—Tu final.

El cristal se quebró.

No hacia fuera.

Hacia dentro.

Como si el mundo se plegara sobre sí mismo.

La estancia entera se deformó.

El aire gritó.

Y entonces ella se levantó.

No como una doncella.

No como una víctima.

Sino como algo que nunca había sido humano.

Su cuerpo seguía siendo perfecto.

Pero ya no era frágil.

Era absoluto.

—Me guardaste para no destruirme —dijo—. Pero olvidaste algo.

Se acercó.

Nosferatu no huyó.

No podía.

—La belleza también devora.

Sus manos tocaron su rostro.

Por primera vez en siglos, alguien tocaba a Nosferatu sin morir.

Y en ese instante ocurrió.

No un mordisco.

No un ataque.

Algo peor.

Ella lo miró.

Y él se vio.

No como era.

Sino como había sido.

Un hombre.

Un rostro olvidado.

Un latido.

Un amanecer.

El dolor fue insoportable.

No en la carne.

En el recuerdo.

Nosferatu cayó de rodillas.

—No… —susurró.

—Sí —respondió ella—. Este es tu castigo.

La belleza no lo mató.

Lo devolvió.

Y eso fue peor.

El castillo se derrumbó lentamente esa misma noche.

La nieve cubrió las ruinas.

Los hombres hablaron durante generaciones de un grito que se escuchó en las montañas.

Un grito que no era de muerte.

Era de humanidad recuperada demasiado tarde.

Y desde entonces, cuando la luna llena ilumina los restos del castillo…

algunos aseguran que puede verse una figura.

No la de un monstruo.

No la de un vampiro.

Sino la de un hombre arrodillado frente a algo que no puede volver a alcanzar.

Porque hay destinos peores que la muerte.

Y el de Nosferatu fue recordar lo que había perdido…

justo en el instante en que ya no podía recuperarlo.


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