Mañana, durante unos instantes, sucederá algo extraordinario: la Luna se interpondrá entre nosotros y el Sol y una parte de España verá desaparecer completamente nuestra estrella. Será el primer eclipse total de Sol visible desde la Península Ibérica en más de un siglo. La franja de totalidad atravesará España de oeste a este y alcanzará también Canet de Berenguer y Valencia cuando el Sol se encuentre ya muy próximo al horizonte.

La astronomía explica perfectamente lo que ocurrirá. No necesitamos atribuir al eclipse poderes sobrenaturales para sentirnos sobrecogidos ante él. Tal vez su verdadero poder sea otro: el significado que nosotros decidamos darle. Porque hay acontecimientos que, sin cambiar las leyes del universo, pueden cambiar nuestra manera de mirarlo. Y este eclipse puede ser uno de ellos.

Vivimos demasiado deprisa. Acumulamos días, obligaciones, preocupaciones, proyectos, conversaciones, heridas, deseos. Vamos pasando de una cosa a otra como si la vida fuese una carretera interminable y nosotros tuviéramos la obligación de continuar conduciendo. Casi nunca nos preguntamos hacia dónde. Mucho menos por qué. Quizá por eso necesitamos detenernos.

Un eclipse es una interrupción. Durante unos instantes, aquello que parecía permanente deja de serlo. El Sol continúa allí, naturalmente, pero desaparece de nuestra mirada. La luz disminuye. El paisaje cambia. Algo tan cotidiano como el día deja repentinamente de comportarse como esperamos. Y precisamente ahí comienza la metáfora. También nosotros atravesamos eclipses.

Momentos en los que perdemos certezas. Personas que desaparecen. Relaciones que terminan. Sueños que no llegaron a cumplirse. Caminos que abandonamos. Decisiones que todavía nos preguntamos si fueron acertadas. Hay épocas en las que la vida parece oscurecerse y pensamos que hemos perdido nuestra luz. Pero la luz permanece.

Quizá una de las enseñanzas más hermosas que podemos extraer simbólicamente de un eclipse sea precisamente esa: que no debemos confundir la oscuridad con la desaparición de la luz.

HACER INVENTARIO

Podríamos convertir el eclipse del 12 de agosto en algo más que un acontecimiento astronómico. Podríamos convertirlo en una cita con nosotros mismos. Mientras la Luna vaya cubriendo lentamente el Sol, podemos hacer algo que rara vez hacemos: mirar hacia atrás sin nostalgia y hacia delante sin miedo.

Hacer inventario. No un inventario de propiedades, éxitos o fracasos. Otro mucho más difícil. Preguntarnos qué hemos aprendido.

Qué personas han sido verdaderamente importantes.

A quién hemos amado. A quién hemos herido.

Quién nos hirió y todavía continúa viviendo dentro de nosotros.

Qué sueños hemos abandonado simplemente porque alguien nos convenció de que eran imposibles.

Qué estamos haciendo por costumbre y qué hacemos porque realmente lo deseamos.

La conciencia comienza muchas veces con una pregunta incómoda: ¿estoy viviendo la vida que quiero vivir?

No significa despreciar lo construido ni comenzar de nuevo. Despertar no consiste necesariamente en abandonar nuestra existencia, sino en dejar de atravesarla dormidos.

LA SOMBRA TAMBIÉN SOMOS NOSOTROS

Hay otra imagen poderosa en un eclipse: para recuperar plenamente la luz debemos atravesar primero la sombra.

Nuestra cultura nos ha enseñado muchas veces a esconder aquello que no nos gusta de nosotros mismos: nuestros miedos, contradicciones, errores, vulnerabilidades. Construimos personajes para que los demás nos acepten y terminamos olvidando quién existía debajo de ellos. Pero despertar la conciencia significa también mirar nuestra sombra. Sin condenarnos. Sin justificarnos. Simplemente reconocerla.

Somos aquello que hicimos bien y aquello que hicimos mal. Somos nuestras victorias y nuestros errores. Somos quienes permanecieron y quienes se marcharon. Somos las decisiones acertadas y también aquellas que tomaríamos de manera diferente si pudiéramos regresar. Pero no podemos regresar.

Y quizá ahí se encuentre una de las grandes verdades de la existencia: la vida solamente puede comprenderse mirando hacia atrás, pero únicamente puede vivirse hacia delante.

CUANDO REGRESE LA LUZ

Habrá un instante especialmente hermoso. Después de la oscuridad, aparecerá nuevamente la luz. El Sol nunca se habrá marchado. Habremos sido nosotros quienes, durante unos momentos, dejamos de verlo. Entonces podríamos preguntarnos qué queremos hacer con el tiempo que todavía tenemos.

Porque ese es nuestro verdadero patrimonio. No el dinero. No las posesiones. Ni siquiera nuestros éxitos. Nuestro patrimonio es el tiempo que nos queda. Y nadie conoce su cantidad.

Por eso el eclipse puede convertirse en un pequeño intermedio en nuestra existencia. Como cuando, durante una representación teatral, se cierra el telón y permanecemos unos minutos en silencio antes de que comience el siguiente acto. Hasta aquí hemos escrito una parte de nuestra historia. La siguiente todavía está en blanco.

Mañana, cuando el Sol comience a desaparecer, quizá no necesitemos pedir nada al universo. Tal vez sea suficiente con guardar silencio.

Respirar. Mirar. Recordar. Perdonar. Agradecer. Y cuando vuelva la luz, comprender que nosotros también podemos regresar diferentes. No porque el eclipse nos haya transformado. Sino porque, durante unos minutos, nos hemos detenido lo suficiente para escucharnos.

Y entonces, mientras el Sol reaparece sobre el horizonte, quizá solo queden las preguntas verdaderamente importantes:

¿Quién soy después de todo lo que he vivido?

¿Qué necesito dejar atrás para continuar mi camino más ligero?

Y si el tiempo que todavía me queda fuese mucho más breve de lo que imagino, ¿estoy viviendo realmente la vida que deseo vivir?


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