Cuando contemplo el origen de mi obsesión por las letras, no puedo ignorar la impronta temprana que dejaron en mí ciertos autores consagrados a la exploración de lo oculto, lo sagrado y lo trascendente. Desde niño, fui un lector voraz, pero no fue hasta la adolescencia —esa etapa de curiosidad insaciable— que di con un volumen polvoriento de poesía sufí. En aquel libro, que dormitaba silencioso en un rincón de la biblioteca municipal, se escondían versos que parecían latir con un fuego distinto, tan distinto que me producía una mezcla de asombro y veneración. Recuerdo con nitidez la primera vez que, a la luz tenue de una lámpara, tropecé con un poema de Rumi. Fue como si una mano invisible me apartara de golpe la venda que cubría mis ojos, revelándome un universo palpitante de plenitud espiritual. Aquellos versos, bañados en metáforas de vino y anhelos divinos, me convidaban a un banquete cuyas delicias superaban cualquier expectativa terrena.
Con la ingenuidad de mis pocos años, interpreté aquella revelación como un destino a perseguir. Me propuse entonces emprender una búsqueda que me llevaría a intentar desentrañar, en muchos otros libros, ese aliento secreto de lo místico. Encontré en la poesía de Rumi un lenguaje capaz de unir el deseo humano con la anhelo de fundirse con lo divino. Cada estrofa lucía con un fulgor que me transportaba a otros reinos, como si las letras se convirtieran en puentes que conectaban mi realidad de adolescente con una corriente subterránea de sabiduría ancestral.
Sin embargo, no solo el misticismo de Oriente grabó su huella en mí. Pasó el tiempo, y en mis expediciones semanales a librerías y ferias de viejo tropecé con un ejemplar de Siddhartha, de Hermann Hesse. Ya había escuchado rumores de que se trataba de un relato iniciático, pero jamás pensé que aquella historia —aparentemente sencilla— calaría tan hondo en mi espíritu. Recuerdo que, al iniciar la lectura, me sentí como un viajero junto al joven protagonista, fascinado por el rumor del río que parecía contener todos los secretos de la existencia. Cada página me incitaba a seguir adelante, ansiando descubrir la metamorfosis interior de un personaje que, en cierta forma, se había convertido en un reflejo de mí mismo. Cuando cerré el libro por última vez, sentí que algo en mi interior se había reacomodado para siempre.
En esos años de búsqueda, todavía no era consciente de mi verdadera vocación literaria. Sentía un hervidero de ideas y sensaciones que bullían en mi interior, deseando hallar una forma de expresarse. Gradualmente, comprendí que la escritura podía brindarme un cauce para canalizar esa inquietud. Empezaron a fluir mis primeros intentos de prosa: relatos breves en los que, con inocente torpeza, pretendía reproducir la intensidad poética de los textos sagrados que tanto me atraían. No tardé en experimentar el vértigo de intuir que, al trazar palabras sobre el papel, podía, de algún modo, palpar un hilo conductor que enlazaba mi alma con la esencia del cosmos. Aún me faltaban técnicas, lecturas, disciplina; pero lo que no me faltaba, y sigue intacto hasta hoy, era ese ahínco por explorar los recovecos de lo místico y lo literario.
En mis épocas de estudiante universitario, la llama se avivó con lecturas más eclécticas: me introduje en la obra de Simone Weil, con su honda reflexión espiritual, y me sorprendí descubriendo que la filosofía cristiana medieval poseía perlas de misticismo no tan lejanas de los textos sufíes. Leí también a Tagore, cuyos versos destilaban un amor universal que escapaba a las fronteras de la mente. El contrapunto lo ofrecían mis estudios formales, anclados en la crítica literaria tradicional. Allí se ponderaba el análisis de la forma, la retórica, las estructuras narrativas, sin darle excesivo lugar a la dimensión sagrada del texto. Así, fui presenciando una suerte de choque entre mi anhelo de conectar con la esencia divina y la demanda académica de diseccionar los libros con precisión quirúrgica. Recuerdo tardes agitadas, donde, tras haber asistido a una clase que demandaba la enumeración de figuras estilísticas, corría a mi cuarto para sumergirme en la lectura de místicos medievales y, con un suspiro, olvidarme de las meticulosas hojas de apuntes.
Uno de los episodios más determinantes ocurrió cuando, por casualidad, en un mercadillo callejero, me topé con un manuscrito anónimo. Estaba ligeramente ajado y lo vendían a precio de saldo. Me sedujo su portada: un símbolo en forma de círculo con inscripciones que no supe descifrar. Sentí que el volumen me llamaba con una sutileza enigmática. Al llevármelo a casa, me dediqué a estudiarlo con atención. Era una recopilación de fragmentos de sabiduría oriental, comentarios sobre doctrinas gnósticas y algunos pasajes que, a juzgar por su tono, remitían a los misterios de la alquimia. El estilo variaba y se apreciaba la pluma de diferentes autores o copistas. No reconocí los nombres ni encontré referencias en ningún otro lugar. Aun así, me intrigó la forma en que aquellos textos parecen orbitar alrededor de una misma idea central: la unidad entre la materia y el espíritu, y la necesidad de un despertar interior para descubrir ese nexo. Fue entonces cuando empecé a ensayar en mis propios escritos una fusión de narración con reflexión espiritual, intentando que el lector viviera mis relatos como una revelación íntima.
Hubo un momento en que decidí acercarme a la poesía con la intención de robarle un poco de su hálito místico. Mi experiencia con Rumi —y más tarde con otros poetas sufíes como Hafiz— me había mostrado que el verso podía ser el vehículo perfecto para transmutar lo cotidiano en trascendencia. Durante semanas, compuse poemas breves que plasmaban escenas de la naturaleza, intercaladas con interpelaciones directas a una presencia suprema, una fuerza anónima que, en mi corazón, se asemejaba a la brisa silenciosa de la madrugada. Fueron tentativas tímidas, pero, al releerlas, reconocí un eco lejano de aquellos versos antiguos que me habían seducido en la adolescencia. Notaba que mis escarceos poéticos no alcanzaban su altura, y, sin embargo, avivaban mi ilusión de llegar algún día a ese grado de pureza espiritual. Me alentó pensar que, en el fondo, todo escritor que roza lo místico se deja inspirar por la fuerza inconmensurable que emana de lo desconocido. Fue una etapa de humildad y, a la vez, de osadía creativa.
Al progresar en esta senda, descubrí que muchos grandes autores que admiraba también se habían topado con la vertiente sagrada de la existencia. Algunos, como Herman Melville, disimulaban su búsqueda en símbolos y metáforas marinas; otros, como Emily Dickinson, se refugiaban en la aparente sencillez de sus versos para alcanzar intensidades insólitas. Me fascinaba comprobar que, incluso tras una primera lectura, esos textos poseían una resonancia interior que me acompañaba más allá de la última página. Era como si, de modo sutil, el escritor hubiera esparcido semillas que germinaban con el tiempo en mi interior, invitándome a cuestionar mis certezas y a sumergirme en el silencio reflexivo.
Aquella introspección constante me llevó a un periodo de aislamiento voluntario. No se trataba de un retiro formal ni de un viaje exótico en busca de gurús, sino de una decisión personal de limitar mis interacciones sociales y volcarme de lleno en la contemplación y en la escritura. Durante esas semanas —que se tornaron meses—, dediqué las mañanas a leer fragmentos de la Bhagavad Gita, salmos bíblicos, escritos herméticos y diálogos platónicos. Sentía la necesidad de descubrir los hilos que unen tradiciones aparentemente contrarias, buscando una epifanía que me explicase mi propia condición humana. Por la tarde, me sumergía en la escritura: relataba sueños, esbozaba cuentos cortos, componía reflexiones sobre la convivencia entre la materia y el espíritu. Y, para mi sorpresa, empecé a vislumbrar en mis páginas un hilo conductor que unificaba todas esas inquietudes: una suerte de esperanza en la capacidad del ser humano de iluminar su vida a través de la palabra.
En esa fase, resonó con fuerza la obra de Hermann Hesse. No solo acudí a Siddhartha; también me cautivaron otras novelas suyas donde se vislumbraba su simpatía por lo oriental y su convicción de que la identidad humana tiene matices más profundos de los que aparenta. Encontré un Hesse que, en cada relato, se debatía entre la razón y el misterio, como si no quisiera abdicar de su educación occidental, pero tampoco desease ignorar el influjo del conocimiento oriental. Esa tensión me resultó sumamente cercana a mi propia vivencia. A veces, me internaba en mis cuadernos y desgranaba las escenas de Hesse para extraer de ellas la lógica interna que las sostenía. Veía, por ejemplo, cómo la figura del río en Siddhartha no solo simbolizaba la vida que fluye, sino que contenía la clave del tiempo simultáneo, de la unidad de todos los seres. Esa alegoría, que tan simple parecía en un primer vistazo, encerraba en realidad un compendio de enseñanzas difíciles de aprehender. Decidí incorporar recursos similares en mis propios escritos, procurando que los elementos naturales se vistieran de un aura que reflejara lo sagrado.
Fue curioso advertir que, mientras me dejaba impregnar por la espiritualidad de autores como Hesse, Rumi o Tagore, en el contexto literario más convencional apenas se hablaba de la mística como elemento esencial de la narrativa. Predominaban los debates sobre estilos, escuelas, técnicas narrativas. Parecía que el impulso espiritual era un tema menor, algo casi anacrónico o poco serio. Pero a mí me resultaba imposible ignorar aquella sed interior que se había convertido en mi motor para escribir. Empecé a comprender que, quizá, mi vocación se orientaba hacia esos territorios, hacia una literatura que no temiese abordar lo trascendente, aunque quedara fuera de los cánones más aceptados. Fue un camino arriesgado, porque, a medida que hacía públicas mis intenciones, algunos me consideraban un idealista ingenuo. Pero me mantuve firme, convencido de que no había labor más honesta que intentar retratar, con la mayor belleza posible, ese anhelo de comunión con lo divino que late en lo profundo del ser humano.
Conservo nítido el recuerdo de ciertas madrugadas, en las que la inspiración me asaltaba casi con violencia. Tomaba la pluma —prefería la estilográfica a pesar de la inmediatez que ofrecía el ordenador— y me perdía en las palabras. Escritas a media luz, resonaban como un salmo profano, como una letanía en la que se fundían mis ansias personales y la memoria impalpable de culturas ancestrales. Al releerlas al día siguiente, me sorprendía el tono de mis propias frases, cargadas de un misticismo que no me reconocía capaz de generar voluntariamente. Comprendí que, más que un acto intelectual, escribir sobre la espiritualidad era una forma de rendirse, de abandonarse a un impulso que provenía de algo mayor. En esos instantes, vislumbré lo que imaginaba podría ser un éxtasis literario: la fusión entre la voz interna y un fulgor exterior que la alentaba a abrirse.
El proceso me llevó a nuevos derroteros. Comencé a investigar no solo a Hesse o a Rumi, sino a escritores que, sin adscribirse a una mística evidente, habían experimentado la vida como un sendero de revelaciones sucesivas. Redescubrí a Walt Whitman, quien, sin declarar creencias específicas, pareciera encontrar la divinidad en la hierba, en las multitudes, en sí mismo. Esa exaltación de lo cotidiano y la glorificación de cada partícula vital me conmovió de tal forma que, durante un tiempo, orienté mis escritos hacia la exaltación de la naturaleza cercana: describía con detalle el canto lejano de un pájaro, el susurro del viento, el silencio del amanecer. Me parecía que cada uno de esos elementos —al ser contemplado con la atención suficiente— se convertía en un espejo del misterio primordial.
También me impresionó la poesía de San Juan de la Cruz, con su canto a la noche oscura del alma y su sed de unión con lo Absoluto. Aunque el contexto religioso que lo inspiró se alejaba de mi propia perspectiva, no dejé de sentir que sus estrofas, henchidas de pasión, trasladaban la pugna interna de un espíritu en busca de su fuente original. Esa poesía me impulsó a escribir pequeños monólogos teatrales, donde los personajes se debatían en una tempestad de deseos y abismos, al tiempo que experimentaban vislumbres de gracia. Ya no me bastaba con la mera descripción: necesitaba que la dramaturgia, el conflicto entre voces, reflejara la lucha interior que había percibido en tantas obras de corte espiritual.
Durante un verano que pasé en una casa de campo, me sumergí de lleno en el estudio de la sabiduría oriental, con especial énfasis en el budismo zen y el taoísmo. Allí encontré reflexiones tan sutiles y profundas que me dejaron atónito. El relato breve se convirtió en el medio ideal para plasmar historias que no se cierran en un final redondo, sino que invitan a una contemplación posterior. A menudo, citaba anécdotas zen, las reescribía a mi manera y agregaba un desenlace ambiguo para empujar al lector —y a mí mismo— a la meditación. Fue un periodo fértil, casi febril, en el que, al cabo de las semanas, contaba con un puñado de relatos disímiles, pero unidos por la evocación de un silencio que se insinuaba entre las líneas.
Aprendí, sin duda, que explorar el ámbito espiritual no se reduce a copiar fórmulas de otras tradiciones, sino que implica abrirse a una experiencia personal que, a su vez, se nutre de la herencia colectiva. Al estructurar mis trabajos, intentaba conjugar las enseñanzas que descubría con mis vivencias, temores y euforias. Me esmeraba en que cada personaje o imagen literaria no fuera un mero calco de doctrinas, sino un ente viviente, con dudas y paradojas propias. Intuí que la magia de la literatura reside precisamente en la manera en que lo sagrado se hace tangible en lo cotidiano, en cómo una taza de té, una lluvia repentina o la mirada de un extraño pueden tornarse detonantes de un fenómeno espiritual. Esa fue, quizá, mi gran lección de la época: no necesitaba situar a mis personajes en templos exóticos ni envolverlos en ritos ostentosos; bastaba con otorgar a la vida de todos los días un matiz sagrado que impregnara cada escena.
Con el tiempo, me arriesgué a publicar algunos de estos textos que, en cierto sentido, se habían convertido en un diario de mi evolución espiritual. Recibí reacciones diversas: algunos lectores se conmovieron y me escribieron, confesándome que, en mis historias, habían hallado ecos de sus propias búsquedas. Otros consideraron que me había sumido en el éter de lo místico y que mis relatos carecían de rigor narrativo. Ambas reacciones me sirvieron de impulso para refinar mi enfoque. Aprendí que no pretendía agradar a todos ni convertirme en un gurú literario, sino tan solo abrir una ventana a la dimensión espiritual que, a mi entender, late detrás de cada palabra.
La madurez me encontró ya irremediablemente ligado a ese matiz de escritura, una escritura que quisiera brindar al lector la posibilidad de plantearse la vida con una lente distinta. Aunque las corrientes literarias se sucedieron, con sus modas y sus criterios, mantuve ese corazón anhelante por capturar el rastro de la divinidad en la experiencia humana. Y confieso que todavía, de tarde en tarde, releo a Hesse para reencontrarme con la melancolía luminosa de sus personajes, o abro un libro de Rumi para sumergirme en el éxtasis incomparable de su poesía. En ellos detecto, hoy como ayer, la vibración de un lenguaje que no se conforma con describir el mundo, sino que aspira a trascenderlo.
En última instancia, lo espiritual en la literatura me parece una ofrenda. Se ofrece al lector un vislumbre de lo sublime que, a veces, parece esconderse tras una cortina de aparente normalidad. Se le invita a recordar que, bajo la corteza de lo evidente, arde un sol secreto que alimenta el universo. Quizá yo mismo haya convertido mi trayecto literario en una peregrinación hacia ese sol oculto. Si es así, no tengo reparos en confesarlo: la escritura se me ha vuelto una disciplina interior, algo que rebasa mi ego y que me reconduce, una y otra vez, al silencio donde laten todas las historias posibles. Precisamente en ese silencio, antes de que el bolígrafo o el teclado entren en acción, percibo el rumor de un río tan antiguo como la voz de Siddhartha, un río que me pide que la literatura sea más que un entretenimiento, que sea un acto de comunión.
Hoy miro atrás y veo a aquel muchacho que descubría, maravillado, los versos de Rumi y que no entendía por qué esa sed inextinguible le ardía en el pecho. Con la perspectiva que dan los años, no veo un final para esta búsqueda, sino un inicio perpetuo de ciclos donde, con cada lectura y cada texto creado, vuelvo a sumergirme en el asombro. Acepto que la esencia espiritual de la literatura está en perpetuo movimiento, como el viento que recorre las praderas sin amarras. Entiendo también que muchos pueden considerar estas reflexiones como un desvarío romántico, sin relevancia real en el circuito literario más práctico. No obstante, yo prefiero pensar que, sin este matiz interior, la literatura se atrofia en su intención más profunda: la de rasgar el velo de lo obvio para que el lector entre en un territorio inefable.
La confesión que puedo hacer a mis lectores es esta: no aspiré nunca a predicar una doctrina ni a imponer una teología. Mi deseo es compartir, en cada narración o ensayo, la extraña certeza de que, detrás de la pluma, se encuentra la posibilidad de un encuentro con lo divino. Poco importa el nombre que le demos —Dios, el Uno, el Vacío, la Verdad—. Lo fundamental es la experiencia de sentir en la propia sangre ese pulso que hermana a todos los seres, ese nudo luminoso que llamamos inspiración y que, por instantes, nos hace trascender nuestras limitaciones. Quisiera que, al leer mis páginas, alguien recordara que la belleza de la vida no se agota en lo inmediato, sino que encuentra su plenitud en un trasfondo inexplorado al que, por fortuna, podemos acceder con la palabra bien intencionada.
Si me preguntaran cuál es la meta última de este afán, respondería que no la conozco. Tal vez no haya una meta, sino una danza incesante que teje y desteje ilusiones, símbolos, metáforas y realidades. Lo que sí sé es que, cada vez que retomo un libro de esos grandes autores que transitaron los caminos espirituales, siento la misma vibración profunda que me hechizó en mis primeras lecturas. Es como si ellos, a través del tiempo, me recordaran que la existencia es, en gran parte, un vasto misterio que clamamos por comprender a través de nuestras pequeñas narraciones. Y no se me ocurre propósito más digno para un escritor que prestar su voz a ese misterio, abrirle un sendero por el que se cuele en la cotidianidad de los demás.
He aquí, pues, mi testimonio: soy un escritor marcado por la huella de lo sagrado, un artista que confía en la posibilidad de la palabra para tender puentes entre el ser humano y el infinito. Y, a pesar de los vaivenes y la crítica, persisto en la convicción de que existen lectores que también desean verse reflejados en esta faceta espiritual. Para ellos, seguiré ideando historias, bordando poemas, urdiendo reflexiones que sean, en esencia, balizas de luz en un océano existencial a menudo oscuro. Tal vez sea esa mi humilde manera de honrar a los maestros, conocidos o anónimos, que abrieron el camino. Y en las noches de insomnio, cuando el silencio me reclama, aún puedo escuchar el lejano eco de aquellos versos primeros que, en mi juventud, me asaltaron como un rayo. Sé que, en ese eco, persiste la promesa de una realidad más vasta que cualquier explicación. Y, mientras siga escribiendo, no permitiré que ese fulgor se extinga en mi interior.






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