Conservo un recuerdo tan nítido que, incluso al evocarlo, me asalta el estremecimiento de quien se enfrenta a un descubrimiento personal ineludible. Ocurrió en un amanecer incierto, cuando me hallaba al filo de la extenuación, buscando sin tregua una voz que diera sentido a lo que escribía, pero que parecía negárseme entre las ruinas de mi propia confusión. Me había pasado la noche en vela, hojeando viejas libretas donde apuntaba retazos de sueños y confesiones demasiado íntimas para compartirlas con nadie. La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por la tenue lámpara que parecía sollozar una última chispa de claridad. Y allí, en el instante previo a que la desesperación terminara por rendirme, mis ojos se posaron en una frase subrayada con trazo inseguro. Había olvidado cuándo la había escrito, quizá en un arrebato de desvelo. Decía algo así como: “Eres tú quien escribe, y también quien se desnuda.” Me invadió una sacudida, porque me di cuenta de que, en ese breve apunte, albergaba una verdad demoledora que hasta entonces se me había escapado.
Aquella noche marcó el inicio de un sendero que desde entonces identifico como el camino del crecimiento personal a través de la escritura. No me refiero a escribir para publicar una novela exitosa, ni a componer versos de apariencia brillante. Hablo de la posibilidad de encontrar en la hoja en blanco un espejo implacable que nos devuelva la mirada y, sin piedad pero con un cariño ancestral, nos revele un fragmento de lo que somos. Tiempo después entendí que ese temblor inicial era algo más que una revelación casual: inauguraba un viaje de autoconocimiento que se convertiría en mi brújula existencial, un viaje en el que cada palabra que trazara –fuera en un simple diario, en un relato onírico o en un poema quebradizo– me abriría la puerta hacia una zona de mí que antes permanecía oculta. Y así, página tras página, me descubrí transitando el terreno movedizo de la propia interioridad, extrayendo tesoros o sombras que, de otro modo, jamás hubieran salido a la luz.
Ahora, cuando trato de sistematizar lo vivido, me viene a la mente la fuerza del journaling. En mi adolescencia, creía que escribir un diario era asunto de gente ingenua, un pasatiempo casi infantil que no conducía a nada trascendente. Sin embargo, al adentrarme en lecturas que exaltaban la honestidad absoluta con uno mismo, comprendí que el journaling constituía una técnica potentísima para plasmar en palabras el fárrago emocional que nos embarga. En aquel periodo, decidí que cada mañana, apenas abriera los ojos, dejaría fluir en mi libreta todo cuanto bullía en mi mente: temores, anhelos imposibles, resentimientos que se negaban a disiparse. No me impuse reglas estilísticas, ni me preocupé por la belleza de las frases. Sólo lo volqué todo con la sinceridad de quien escribe como si nadie fuera a leerlo jamás. Recuerdo la sorpresa de descubrir, al cabo de unas semanas, que aquellas páginas crudas y dispersas se habían convertido en un mapa que me señalaba de forma clara mis obsesiones, los patrones que se repetían en mis relaciones personales, las actitudes que me hacían tropezar una y otra vez en la misma piedra. Fue como si el diario me dijera: “En esta ruta te has perdido, mira cómo se repite el motivo de la huida o del abandono.” Podía parecer un juego, pero su efecto liberador era rotundo. A medida que constataba esas revelaciones, tuve el impulso de introducir ciertos cambios en mi vida, en mi manera de reaccionar o de abordar mis desafíos. Fue gracias a la escritura, a ese testimonio íntimo que exige una valentía a veces descarnada, que descubrí la posibilidad de la metamorfosis personal.
Al poco tiempo, me di cuenta de que no podía conformarme con el mero desahogo. Ansiaba explorar registros más creativos que trascendieran la crónica de mis días y me conectaran con impulsos más profundos. Fue entonces cuando apareció la puerta de la autobiografía. Al principio, me sonaba presuntuoso pensar que alguien como yo, sin experiencias estrafalarias ni logros heroicos, pudiera elaborar una autobiografía digna de interés. Pero pronto descubrí un secreto encantador: no era necesario haber vivido azañas épicas para dotar de valor a un texto autobiográfico. Bastaba con desmenuzar las vivencias cotidianas en busca de la chispa esencial que las configuraba. Así, decidí relatar pasajes aparentemente banales, como mis recuerdos de infancia en una casa llena de recovecos, o la vez que, en mitad de una mudanza familiar, comprendí la fragilidad del apego material. Al reescribirlos, al recrearlos en un lenguaje que honrara la emoción latente, me topé con resonancias ocultas que me hacían ver esas vivencias bajo una luz totalmente nueva. Descubrí que cada capítulo de mi propia historia albergaba un conflicto que se repetía en el presente y que, al darle forma narrativa, encajaba con la estructura de un cuento o una novela breve. Fue catártico, y al mismo tiempo me reveló la naturaleza sanadora de la autobiografía: mientras volqué mis sucesos íntimos en la página, me sentí por primera vez dueño de ellos, en lugar de víctima de un pasado confuso. Fue un acto de apropiación de mi propia existencia, un abrazo a mis heridas y mis pequeñas gestas personales que, al quedar plasmadas en el papel, se sublimaban en algo parecido a la esperanza.
Con el tiempo, me adentré en otras zonas un tanto más escurridizas del proceso creativo, en especial la importancia de los sueños y de los estados de conciencia alterados para desbloquear la imaginación. Tuve la fortuna de experimentar, en más de una ocasión, sueños que se erigieron en una fuente inagotable de inspiración, como si me llegaran desde un lugar en el que la mente racional se rendía y abría paso a símbolos arquetípicos. A veces, se me revelaban imágenes imposibles de traducir de forma directa, pero que guardaban el germen de una idea fascinante para un relato o un poema. Otras, me regalaban finales inesperados para novelas que me mantenían atrapado en un callejón sin salida. Hubo un episodio especialmente sobrecogedor cuando, tras noches de incertidumbre, soñé con un personaje que se hallaba en una habitación con ventanas circulares abiertas a un cielo púrpura. Esa imagen, sin lógica aparente, me develó el carácter definitivo del protagonista de una historia que venía intentando perfilar desde hacía meses. Comprendí que esa ventana circular encerraba un significado peculiar: se asemejaba a un símbolo cíclico, como si el personaje viviera atrapado en un destino giratorio del que sólo podría escapar al reconocer sus propios miedos. Sentí un escalofrío al transcribir esa visión, porque supe al instante que había resuelto el enigma que me paralizaba. Decidí que, a partir de ese momento, la transcripción de sueños formaría parte de mi rutina. Incluso si, en apariencia, no aportaban nada al proyecto en el que trabajaba, anotarlos era una manera de nutrirme de su atmósfera y permitir que aquello que mi mente dormida expresaba encontrara un cauce consciente. No pocas veces, esos apuntes se convertían en el germen de escenas que ni siquiera sabía que necesitaba.
Confieso que, en cierta época, llegué a experimentar con inducción de estados de conciencia alterados de forma suave y controlada, ya fuera mediante ejercicios de respiración profunda, música hipnótica o simples paseos nocturnos en soledad. Aprendí que la mente, cuando se encuentra en el tenue umbral que separa la vigilia del ensueño, produce conexiones más espontáneas, menos censuradas por la lógica, y por ende más ricas en hallazgos narrativos. Muchas páginas que luego fueron elogiadas por su realismo mágico nacieron de esa casi ensoñación que me permitía entrever el mundo con los ojos de un niño alucinado. Fue entonces cuando me sumergí con más determinación en la literatura del realismo mágico y del surrealismo, fascinado por la forma en que estos estilos permiten explorar dimensiones sutiles de la existencia sin ataduras ni explicaciones forzadas. En obras como las de Alejo Carpentier o Leonora Carrington, sentí la chispa de lo prodigioso integrándose con el tejido de lo cotidiano, como si el universo se hubiera cansado de nuestras normas y decidiera mostrarse con toda su extrañeza. Me influyó especialmente la capacidad de ciertos autores para describir lo onírico con la misma naturalidad con que se habla de la lluvia tras la ventana. Leí pasajes en los que los objetos cobraban vida o los personajes se movían en planos simultáneos sin que ello generara escándalo alguno dentro del relato. Era una subversión deliciosa que me impulsaba a cuestionar la rigidez de mi propia percepción, como si escribir no fuera otra cosa que escoger qué parte de lo invisible se hace visible en cada frase.
Pronto me di cuenta de que ese realismo mágico, que algunos descartan como una simple corriente literaria exótica, no era más que la punta del iceberg de una actitud interior que busca reconciliar la imaginación con la realidad, la vigilia con el ensueño, la razón con la intuición. Decidí, pues, que si deseaba ahondar en mi propia transformación personal a través de la escritura, debía permitirme experimentar con la hibridez de los géneros, con saltos temporales, con personajes que rozaran la frontera entre lo humano y lo fantástico. En un arranque de audacia, me atreví a componer un relato en primera persona en el que no quedaba claro si la narradora era una mujer en un estado de delirio febril, o una presencia espectral suspendida en la casa en la que había vivido. Al final, el lector se quedaba con la sensación de que tal vez no hubiera ninguna diferencia entre una posibilidad y la otra. Mientras elaboraba ese texto, me di cuenta de que me sentía más vivo que nunca, empujado por un fuego creador que, a su vez, me interpelaba acerca de mi propio modo de concebir el mundo. ¿Y si mis límites mentales sobre lo que es posible no eran más que un hábito cultural que se podía desmantelar al igual que se abren las ventanas para ventilar una habitación? Esa pregunta latía en cada frase que escribía, y el resultado final, aunque extraño y deslumbrante, me regaló la certeza de que había logrado plasmar en el relato mi duda más honda: la de un individuo que no sabe dónde termina la realidad y dónde comienza el tejido mutante de sus sueños.
Gracias a esas exploraciones, me animé a proponer talleres sobre el poder sanador de la escritura. Invité a otras personas a compartir sus historias, sus duelos, sus anhelos inconfesables, y a volcar todo ello en narraciones o poesías que, a la postre, se convertían en medicina para el alma. Se generaba una dinámica conmovedora: unos se atrevían a contar cómo rescataron un recuerdo doloroso de la infancia y lo transformaron en un breve relato donde el niño perdido encontraba su voz, otros descubrían que un sueño recurrente –apuntado con meticulosidad en un cuaderno al borde de la cama– se convertía en una metáfora perfecta para contar la lucha que estaban librando en su vida adulta. Veía sus rostros y comprendía que ese temblor, ese brillo en los ojos, no era otra cosa que la luz de quien acaba de desenterrar un tesoro enterrado en la arena de su conciencia. Al terminar esos talleres, la sensación era de hermandad, de compartir la fragilidad humana convertida en un acto creador. Por dentro, me invadía la emoción de saber que todos, en mayor o menor grado, somos llamados al mismo sendero: el de convertir la palabra en un espejo que, lejos de juzgarnos, nos acompañe en nuestras esquinas más olvidadas. A veces, esa palabra era un estallido de furia, otras veces era una súplica o una reconciliación con las propias sombras, pero invariablemente se traducía en un paso más hacia la autenticidad.
En mi caso, ese proceso de autodescubrimiento a través de la escritura no ha terminado, y sospecho que no terminará jamás. Cada proyecto literario que emprendo constituye una nueva espiral en la que me sumerjo para ver qué parte de mí emerge esta vez. He aprendido que no siempre será dulce ni sencillo: a veces la palabra me enfrenta con traumas que creía superados, con carencias que preferiría silenciar, con contradicciones que me desgarran. Pero sé, por experiencia, que al plasmarlas en una historia o en un poema, les doy un cauce y las reconozco. A menudo, ese acto sirve de catarsis y me libera, o, como mínimo, me empuja a mirarme con mayor compasión. Puedo sostener que, tras cada obra, me descubro un poco más entero, un poco más consciente de las luces y tinieblas que me habitan. No haría falta explicarle a nadie lo valioso que resulta, pero confío en que quienes también busquen un crecimiento interior –lectores, amigos, desconocidos que se topen con mis páginas– sientan el latido de esa travesía compartida.
Me gusta pensar que, en esa misión, cada uno puede hallar su forma preferida de expresarse. Alguien dirá que no sabe contar historias, pero tal vez un sencillo poema o un ejercicio de journaling sea suficiente para abrirle las puertas a la introspección. Otros descubrirán que los sueños son su mina de oro, y que, al anotarlos, aparecen personajes y tramas que los llevan a narrar una novela híbrida en la que la frontera entre la vigilia y lo onírico se diluye. Al final, todos nos nutrimos del mismo manantial: la mente humana, con sus recodos inesperados, su caudal de memorias, su angustia que pugna por resolverse, su sed de trascendencia. La escritura se transforma, así, en un altar donde ofrendamos lo que somos a la mirada de un lector invisible, que puede ser un amigo, un desconocido, o nosotros mismos. Y en esa ceremonia, alguna gracia misteriosa nos toca y nos cambia.
A lo largo de este trayecto, he aprendido que, en realidad, no estamos solos. La historia de la literatura está plagada de autores que vislumbraron la escritura como un instrumento de transformación personal: desde los poetas confesionales que abrían su intimidad al filo de la navaja, hasta los narradores del realismo mágico que transmutaban sus dudas en criaturas fantásticas, o los surrealistas que, en un rapto de libertad, se aventuraban en la escritura automática para aflorar el inconsciente. Me he sentido heredero de todos ellos, un aprendiz que, apoyado en sus huellas, compone su propia melodía interior. Por eso, cuando alguien me pregunta por qué escribo, no dudo en responder que escribo para comprenderme y para abrir un portal hacia aquello que, en mi mente, aún no tiene nombre. Y si, en ese proceso, logro encender una chispa en el corazón de quien lee, siento que hemos compartido un íntimo acto de comunión, aunque estemos separados por el tiempo y la geografía.
En definitiva, el crecimiento personal a través de la escritura no es un truco ni una técnica mecánica: es un compromiso sincero de exponer las entrañas al filo de la palabra, de dejar que la hoja en blanco nos interrogue y, en lugar de huir, permanecer ahí, contemplando el reflejo que nos devuelve. A veces nos reconoceremos, otras veces nos quedaremos atónitos ante lo que vemos, pero en cualquier caso no podremos engañarnos si la sinceridad nos guía. Y, al final de ese forcejeo, siempre llega la recompensa de sentirnos más dueños de nosotros mismos, menos fragmentados, con una dosis de valentía renovada para enfrentar la vida. En mi caso, ha sido un motor que no se apaga y que me impulsa cada mañana a tratar de descubrir, en un nuevo párrafo, una faceta de mi historia que aún no había entendido. Pienso que cualquier escritor, todo lector, es a su manera un caminante que vaga por un sendero interior, y que la palabra es el farol que ilumina los recodos.
Si alguien me hubiera dicho, en aquella noche inicial, cuando me topé con la frase subrayada en mi diario, que aquel hallazgo marcaría un antes y un después en mi vocación, quizá lo hubiera tomado por un exceso poético. Sin embargo, hoy entiendo que ese apunte –“Eres tú quien escribe, y también quien se desnuda”– contenía la semilla de toda mi filosofía creativa: una fe inquebrantable en que la escritura no es mero ornamento, sino una llave al santuario del alma. Y sí, la palabra “santuario” me parece justa, porque en cada página se ventilan los secretos, se confiesan los miedos, y se erige una forma de belleza que brota del coraje de afrontar lo que somos. Me atrevería a decir que no hay disciplina espiritual que supere el acto de escribir con verdad, pues en él reside algo sagrado y profano a la vez, algo que nos acerca a nuestra esencia más desnuda. Por eso continúo, cada día, buscando nuevas maneras de narrar, aguardando ese instante irrepetible en el que el texto me susurra una verdad que desconocía y, al hacerlo, me reconcilia un poco más con el misterio de mi propia existencia. Y no puedo pedir nada más grande: el resto es, a fin de cuentas, un espejismo destinado a disolverse en la noche de los tiempos, mientras las palabras, como huellas en el polvo estelar, siguen marcando el rastro de nuestro peregrinaje interior.






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