Siempre creí que la frontera entre lo real y lo imaginario era, en el fondo, una formalidad social. Podía aceptar la lógica, la cordura y los hábitos que nos mantienen en una normalidad aparente, pero desde muy joven me seducía el desfiladero de lo imposible. Con el tiempo, mientras me dedicaba a la escritura, sentí brotar la tentación de convocar a ciertos personajes —vivos, muertos, míticos— y sentarme con ellos en una suerte de conversación secreta. De hecho lo hice en mi novela «La Senda del Mestro». Al principio lo concebí como un juego personal, un recurso para reactivar mi inspiración o para liberarme de la rutina estilística, pero pronto descubrí que detrás de esas entrevistas ficticias palpitaba algo mucho más profundo: la posibilidad de explorar temas vitales, de rescatar la sabiduría que creía perdida y de saltar por encima de los siglos como si fueran charcos en un día de lluvia. Una noche, mientras releía anotaciones antiguas, comprendí que había llegado el momento de mostrar al mundo esas charlas imposibles que antes vivían en mi clandestinidad. Me pregunté qué pensaría un maestro griego si pudiera analizar nuestra obsesión tecnológica, o qué reflexiones me brindaría un místico del Lejano Oriente sobre la inmediatez digital. Así nació la idea de “Diálogos con Grandes Maestros Imaginarios”, una sección en mi trabajo que, contra todo pronóstico, terminó delineando un puente nuevo entre mi audiencia y la memoria universal.

La primera vez que me atreví a encarar esta forma de escritura estaba bloqueado, sumido en un período estéril. Aunque había escrito varias páginas de una novela, sentía que me repetía. Ansiaba introducir una discusión filosófica sin caer en el didactismo. Fue entonces cuando, en un arranque casi febril, decidí cerrar los ojos y preguntarme: “Si pudiera conversar con Sócrates, ¿cómo reaccionaría ante los conflictos morales de mi protagonista?” Fue un acto tan espontáneo que, en un principio, me avergoncé. ¿Acaso estaba delirando? Sin embargo, me dejé llevar. Imaginé los gestos de aquel filósofo que jamás conocí, su ironía socrática, su costumbre de responder con más preguntas. Escrupulosamente, redacté la charla en mi cuaderno, sin intención de publicarla. Pero al releer el texto, sentí un temblor: aquel diálogo improvisado alumbraba nuevas rutas para mi novela. De hecho, añadí un capítulo donde el protagonista soñaba que debatía con un viejo maestro en una calle polvorienta de la Atenas clásica, y las respuestas de ese sabio —aunque ficticias— parecían rezumar una agudeza innegable. La escena adquirió un brillo que mis páginas anteriores no tenían. Sorprendido por el resultado, empecé a sospechar que quizá esas entrevistas eran algo más que un pasatiempo.

Decidí sistematizar el método. Introduje un ritual que, sin llegar a la formalidad de un conjuro, consistía en aislarme durante la noche, bajar la intensidad de las luces y sentarme con la espalda recta, como quien se dispone a meditar. Me gustaba mantener la habitación en penumbra, de modo que lo único visible fueran el cuaderno, la pluma y el ligero resplandor de la lámpara. Cerraba los ojos un instante, respiraba hondo y permitía que mi mente llamara a algún personaje: a veces un místico sufí, otras un guerrero legendario, o incluso un poeta del que apenas conocía un par de versos. Si la evocación fluía, comenzaba a sentir la presencia de aquel invitado imaginario, percibía sus rasgos, su lenguaje corporal y, sobre todo, su voz. Entablaba con él o ella una conversación silenciosa que iba registrando en frases dispares. Al cabo de media hora, mi cuaderno se llenaba de preguntas y respuestas que, si bien no tenían la coherencia de una verdadera charla, me ofrecían un caudal de ideas insólitas. Más tarde, con calma, transcribía el material en un texto depurado. A menudo me veía obligado a recortar, a podar lo excesivo. Pero el núcleo se mantenía: una conversación imposible que abría espacios de reflexión tanto para mí como para mis eventuales lectores.

Al inicio, estos diálogos se limitaban a personajes del mundo occidental, tal vez por mi propia formación. Pero llegó el día en que mis lecturas me llevaron a apreciar los caminos de la sabiduría oriental. Fue un proceso paulatino: me encontré fascinado ante historias de monjes que renunciaban a todo para hallar la verdad, ante versos de un poeta chino que intuía la fugacidad de la vida en el rumor del viento. Entonces, en uno de mis experimentos nocturnos, me atreví a invocar la presencia de un místico del Lejano Oriente. No me basé en uno concreto: lo forjé de retazos de Lao Tsé, de la poesía de Li Po, de anécdotas de monjes zen y de cierta reminiscencia budista que flotaba en mi interior. De esa amalgama surgió un maestro apacible y a la vez enigmático que me sonreía con una serenidad inquebrantable mientras rebatía mis argumentos con sentencias deslumbrantes. Fue como si, en ese teatro de la mente, se integraran siglos de cultura china, japonesa e india, dando forma a una figura que, por supuesto, era mi creación literaria, pero que se expresaba con un fulgor que yo no podía atribuir a mi simple conciencia. Con aquella voz, escribí un texto en el que discutíamos sobre la ambición, la libertad y la nada, y lo compartí con un amigo que, sin conocer la procedencia de ese diálogo, afirmó que le parecía escuchar a un sabio real. Esa reacción me convenció de que la experiencia no sólo era divertida, sino que tenía un poder literario incuestionable.

Fue entonces cuando decidí, con cierto atrevimiento, mostrar estos ensayos en público. Uno de mis primeros diálogos inventados apareció en un texto breve que colgué en mis redes. Era la supuesta charla con un discípulo de Pitágoras acerca de la música y la proporción, mezclada con reflexiones sobre la soledad en la vida moderna. Al poco, recibí mensajes de lectores que confesaban sentirse conmovidos y sorprendidos a partes iguales, como si hubieran encontrado un archivo desclasificado de un sabio de la antigüedad, adaptado a las tribulaciones de nuestro siglo. Empecé a recibir peticiones: “¿Por qué no entrevistas a Leonardo da Vinci? ¿No te interesa imaginar una charla con un profeta egipcio?” Aquello me descolocó. Nunca pensé que un recurso tan íntimo, casi un rito personal de desbloqueo creativo, terminaría convertido en una sección celebrada por otros. En medio de mi desconcierto, supe que debía dar el siguiente paso y perfeccionar estas conversaciones imposibles. De ese modo, comencé a documentarme con más rigor, a leer biografías para empaparme de la voz real de estos personajes, a sumergirme en textos sagrados para captar la cadencia de los místicos. Sin embargo, no perdía de vista que lo esencial era permitir a la imaginación volar más allá de los datos históricos. Quería crear algo que no fuera ni una lección de erudición ni un simple juego de fantasía. Aspiraba a un diálogo auténtico, lo más cercano posible a la verdad poética, esa que no necesita comprobación científica para conmover.

En paralelo, empecé a reflexionar sobre la importancia de los sueños y los estados de conciencia alterados en mi proceso literario. Desde siempre he tenido una relación peculiar con el mundo onírico: me ocurre que, cuando me hallo atascado en una escena o un desenlace, esa misma noche sueño con una secuencia que, al despertar, se me presenta como la llave exacta para resolver mi embrollo. Podría relatar episodios asombrosos en los que un personaje, durante el sueño, me confesaba su secreto o me revelaba su verdadero nombre, y con ello se destrababa el nudo de la narración. En una ocasión, me obsesionaba el final de una novela de tintes fantásticos que giraba en torno a un objeto mágico que rompía las reglas del tiempo. Llevaba días borrando y reescribiendo, frustrado ante la imposibilidad de hallar un desenlace que hiciera justicia a mis ambiciones. De súbito, tuve un sueño en el que el propio objeto —un reloj roto que marcaba horas inexistentes— se disolvía en una bruma multicolor y, a través de esa disolución, los personajes entendían que sus vidas no estaban separadas. Al despertar, supe que ese era el final: la destrucción simbólica del elemento discordante que, en su agonía, revelaba la unidad de todos los seres. Lo más curioso es que, cuando lo plasmé en la historia, no pareció forzado; al contrario, los lectores me comentaron que era un desenlace natural y redondo. Así confirmaba mi convicción de que los sueños pueden reservarnos soluciones que el intelecto no atina a descubrir, quizás porque el inconsciente nos conecta con una red más vasta de significados.

Por otra parte, empecé a sentir una fuerte atracción por la literatura del realismo mágico y el surrealismo, que me recordaba a menudo el potencial de irrumpir en la realidad con elementos insólitos sin pedir permiso. Autoridades como Gabriel García Márquez habían demostrado que lo fantástico puede brotar en medio de la cotidianidad con la misma fluidez con que el aire penetra una habitación. También me deslumbraba el surrealismo más puro, aquel que, influido por la técnica de la escritura automática, exploraba el inconsciente sin censura, descubriendo paisajes que parecían provenir de otra dimensión. Me di cuenta de que mis entrevistas ficticias podrían adquirir, bajo este influjo, una atmósfera todavía más poderosa: ¿y si, en lugar de un simple intercambio de preguntas y respuestas, me atrevía a narrar una escena en la que un maestro antiguo apareciera en un café moderno, hablando de celular y redes sociales como si fuera lo más normal del mundo? ¿Y si, al cerrar la entrevista, algo en la descripción dejara la sospecha de que esa visita no había sido un mero sueño, sino una grieta temporal que se abría y cerraba sin explicación? Ese tipo de enfoques me entusiasmó, porque veía que dotaban al texto de un aura mágica y al lector de una experiencia inmersiva.

Así, me entregué a la tarea de crear diálogos en los que lo onírico y lo real se fundían sin barreras. En un experimento narrativo particularmente querido, imaginé que un viajero del tiempo se topaba con la mismísima Safo en mitad de un mercado repleto de hologramas publicitarios. La poetisa, con su lira, se asomaba con curiosidad a las vallas digitales y componía un improvisado verso acerca de la fugacidad de los píxeles. El viajero, confuso, intentaba explicarle la lógica de la tecnología, mientras ella lo interrumpía con la musicalidad de un dialecto griego que resonaba en la atmósfera como un cántico hipnótico. Aquella escena, que en otro contexto habría sido absurda, cobró sentido bajo el influjo del realismo mágico: el encuentro era real y metafórico a la vez, había una lógica íntima que unía a esos dos personajes a pesar de los siglos. Al final del texto, el viajero despertaba en su propia cama, sin saber si todo había sido un sueño, pero hallaba en su mano un pétalo con una frase en griego antiguo. Esa fusión de lo onírico, lo mágico y la entrevista imaginaria me permitió abordar temas de arte, poesía y modernidad sin recurrir a la mera disertación. Se convertía en un relato cargado de símbolo, y a la vez, en un diálogo ágil donde cada pregunta y respuesta iluminaba una arista distinta de la realidad.

En mis últimas publicaciones, he decidido, sin tapujos, presentar estas charlas imposibles bajo el título genérico de “Conversaciones con la Eternidad”. Lo hago a sabiendas de que la Eternidad es una palabra mayúscula que intimida, pero me parece la mejor forma de encapsular la experiencia de dialogar con mentes que, de haber existido de veras, se remontan a tiempos inabarcables, o que pertenecen a mundos ficticios tan antiguos como un mito. Algunos me preguntan si no temo que la gente me tache de delirio o de simple excentricidad. Les respondo que no busco su aprobación académica, sino un estremecimiento literario, un atrevimiento que libere la mente del encasillamiento habitual. Desde mi perspectiva, estas entrevistas son la prueba de la plasticidad de la escritura, de su capacidad para invocar voces y tiempos imposibles. ¿Por qué negarnos ese placer? Si la literatura existe para ensanchar los límites de lo posible, entonces no veo razón para no hacerlo.

Cuando me han pedido consejos para iniciar un experimento semejante, sugiero que no se reprima la imaginación, que se permita a uno mismo caer en un leve trance, quizá provocado por la música adecuada, la penumbra o la simple disposición mental. A veces, basta con formular una pregunta en voz baja: “Si pudieras hablarme, maestro, ¿qué me dirías sobre el sentido de este momento histórico?” y dejar que el silencio se llene de posibles respuestas. Esto puede sonar místico o incluso ridículo, pero si se practica sin prejuicios, pronto se advierte la fecundidad del método. En mi caso, me he sorprendido al crear réplicas que, en el momento de escribirlas, sentía ajenas a mi discurso habitual. Como si la mente inconsciente, rindiendo tributo a esa figura maestra, adoptara un tono o una sabiduría insospechados. Y es exactamente en esa frontera, donde no sabemos si somos nosotros o si es el personaje, donde la escritura alcanza un brío distinto. A menudo, los mejores pasajes nacen de esa ambigüedad creadora.

A día de hoy, sigo integrando estos diálogos en mis novelas, en artículos y en relatos independientes que publico en mi web. He observado que resultan sumamente atractivos para los lectores, quienes se ven envueltos en la atmósfera de un coloquio atemporal sin la barrera intimidante del ensayo filosófico. Al mismo tiempo, me permite abordar asuntos que me inquietan: la libertad, la soledad tecnológica, el arte, la muerte, el amor. Cada uno de esos temas se vuelve más vibrante cuando lo discuto con una voz narrativa que no se ciñe a las fronteras de mi propia perspectiva. Y cuando introduzco elementos surrealistas, cuando me decido a dejar que un personaje camine por el techo o que el maestro se transforme en ave al final de la conversación, estoy, en realidad, revindicando el valor de la fantasía como llave para la comprensión. A través de lo irracional, a veces se ilumina un punto que la razón por sí sola no alcanza.

En ese sentido, guardo como tesoro la experiencia de haber redactado un diálogo con un supuesto místico tibetano que, de pronto, se convertía en un árbol florido a mitad de la conversación, mientras me hablaba de la naturaleza transitoria de la forma. Esa escena, que compartí en redes, provocó reacciones inesperadas: algunos se maravillaron por la belleza de la imagen, otros me preguntaron si estaba adoptando sustancias psicodélicas para escribir, y hubo quien confesó que el texto le había inspirado un sueño muy vívido. Me di cuenta de que cada lector llenaba los huecos con su propia sensibilidad, y esa es, a fin de cuentas, una de las grandes virtudes de la literatura: la capacidad de generar resonancias distintas en cada mente receptora. Si por un azar llega a mis manos un comentario donde alguien me confiesa que, gracias a esa lectura, sintió un impulso de crear su propia entrevista imaginaria, considero la misión cumplida.

Para mí, este formato de diálogo ficticio con maestros inalcanzables no es solo un recurso retórico, sino un ejercicio espiritual, un anhelo de comprender desde ángulos que se me escapan. Me obliga a documentarme, a ejercer la empatía histórica y, a la vez, a romper las reglas del tiempo y el espacio. Y cuando mezclo ese ingrediente con la fuerza de los sueños o con la estética del realismo mágico, me descubro en una zona de la creación literaria donde todo es factible y la sorpresa está garantizada. Quizás la enseñanza más valiosa que he extraído es que no hay límites cuando la palabra se usa con valentía, y que, si nos atrevemos a expandir sus posibilidades, podemos alcanzar verdades profundas sin necesidad de perdernos en la solemnidad. La imaginación, unida a la curiosidad genuina, abre portales que ni siquiera sabíamos que existían. Al final, con estas charlas imposibles, no solo satisfago mi deseo de aprender de los supuestos grandes maestros, sino que, en cierto modo, me escucho a mí mismo hablar con voces distintas, descubrimiento que me renueva las ansias de seguir escribiendo.

En la actualidad, cada vez que entro en ese estado de evocación, me pregunto a quién llamaré hoy: ¿Será un profeta bíblico que me hable con la furia del desierto? ¿Un médico alquimista del Renacimiento que me relate la conversión del plomo en oro? ¿Un juglar medieval que recite coplas en un castellano arcaico? Me emociona no saber qué surgirá, porque cada nuevo encuentro me aporta visiones inéditas para mi siguiente texto. Y cuando llega la hora de compartir el resultado, experimento una dicha casi ceremonial: la sensación de que, pese a la brevedad de la vida y a los muros del tiempo, hay un hilo invisible que nos une con todas las voces que han existido y existirán. Quizá esa sea la verdadera magia de la literatura, su modo insólito de desafiar la muerte y la distancia, invitándonos a un festival de palabras sin fecha de caducidad. Entre las luces y las sombras, la literatura se erige como un escenario donde, si lo deseamos, los grandes maestros jamás se van del todo, pues viven en el eco que nosotros, los creadores, podemos evocar a voluntad. Tan solo necesitamos la audacia de creer que esa charla secreta, por irracional que parezca, encierra un destello de verdad que puede iluminar no solo la página, sino también nuestra forma de ver el mundo. Y con ese destello, la esperanza de que el futuro esté siempre abierto a un diálogo nuevo, a una sorpresa que rompa las fronteras de lo conocido, como un relámpago que anuncia, a la vez, la tempestad y la maravilla.


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