Creo que fue al principio de otoño, uno de esos días inciertos en los que el horizonte se difumina entre la neblina y uno desconoce si habrá sol o lluvia, cuando por primera vez me detuve a contemplar la silenciosa conmoción que precede a la palabra. Había llenado cuadernos y cuadernos con frases que me urgía vomitar, historias que reclamaban su espacio a empujones, ideas incontables que pugnaban por salir al exterior, tal vez para darse a entender, o tal vez para no convertirse en un sedimento que asfixiara mi mente. Sin embargo, en ese instante de aquella tarde lechosa, experimenté la súbita sensación de que las palabras me sabían secas, excesivas, como si pretendieran suplir un vacío cuyo nombre ignoraba. Me dominaba una especie de melancolía difusa, que no terminaba de enraizarse, pero que me punzaba con la certeza de que, en mi afán de explicarlo todo, en realidad no estaba diciendo nada.

De manera casi intuitiva, salí al jardín que circundaba mi vivienda, un espacio de tierra algo descuidado, salpicado de hierbajos, con un par de bancos gastados y un silencio que, por la hora, se antojaba milagroso. Me senté sin saber muy bien qué hacer y cerré los ojos. Durante varios minutos no hubo otra cosa que el rumor de mi propia respiración y el latido acompasado de un corazón que insistía en querer contar historias. Pero, con el transcurrir de los minutos, algo dentro de mí empezó a aquietarse. Me nació una suerte de confianza en el silencio, una confianza que desconocía poseer. Como si, al fin, pudiese suspender el parloteo constante de mi cabeza. No era un ejercicio de meditación formal, ni respondía a método alguno, pero bastaba con dejarme abrazar por la quietud que, en el fondo, siempre había estado ahí, aguardando como un leve manto tras las palabras.

Aquel fue el germen de un hábito que, con el tiempo, se volvió imprescindible en mi proceso creativo. Descubrí que, antes de sentarme a escribir, mi mayor aliada no era la urgencia que me empujaba a vomitar verbos y adjetivos, sino la calma que me regalaba la nada. De pronto, me levantaba al alba, me colocaba junto a la ventana para observar la penumbra diluirse, y procuraba no pensar en nada, no juzgar, no anticipar. Ese lapso de quietud, de silencio consciente, me revolucionó la manera de encarar la página. Era como si, en vez de un acceso de verborrea, me estuviese preparando a escuchar un murmullo sutil: el de las historias que anhelaban ser contadas sin forzarlas, el de los personajes que aguardaban su turno para emerger con autenticidad. Comprendí, entonces, que nuestro lenguaje gana una cualidad mística y poética cuando se modula desde la contención. Fue la primera vez que asocié la escritura con un acto semejante a la oración, no en un sentido religioso, sino como una comunión con algo que trasciende mi ego. Si, antes de hilvanar palabras, entro en sintonía con ese silencio inicial, se obra un milagro: la frase que escribo se presenta con la naturalidad de la lluvia que cae, sin esfuerzo ni adorno superfluo.

No tardé en comprobar que este descubrimiento alteraba la textura de mis textos de un modo casi imperceptible, pero innegablemente potente. Lo que antes se me antojaba abarrotado de adjetivos, de descripciones recargadas, de precisiones exhaustivas que aspiraban a aturdir al lector, empezó a ceder ante giros más pausados, imágenes menos evidentes. La palabra conservaba un eco que invitaba a releerla, a habitarla con calma, pues en su interior latía un silencio que no quería delatarse al primer golpe de vista. Varios de mis lectores, sin saber el cambio que yo había operado, me comentaron que sentían una placidez nueva en mis páginas, una cercanía a algo indefinible, como si los párrafos respiraran con su propio ritmo. Esa reacción me confirmó la valía de un silencio sustentado en la contemplación, en la renuncia a querer abarcar todo con la voz.

Sin embargo, hubo un período en que dudé de esta senda. Temía, lo confieso, que mi prosa se adelgazara en exceso, que la ausencia de palabrería volviera inane el contenido, que la gente interpretara mi contención como falta de pasión. Me debatía con la noción de que la literatura, en tantos casos, se alimenta del ímpetu, de la elocuencia, de la magnitud verbal. ¿No estaría, en cierto modo, renunciando a uno de los placeres intrínsecos del escribir: la posibilidad de expandir la imaginación hasta la hipérbole? Para resolver estas inseguridades, emprendí lecturas en las que el uso inteligente de la pausa y la omisión me resultaba cautivador. Hallé en ciertos poetas orientales —de la tradición zen, por ejemplo— la prueba de que la fuerza de un poema podía residir tanto en sus palabras como en los vacíos que dejaban entre ellas. También me asomé a cuentistas occidentales que hacían del silencio una de las piezas fundamentales de su atmósfera. Vi que no se trataba de escribir poco, sino de escribir con conciencia de lo que se calla. Así sentí que la palabra y el silencio no eran opuestos, sino socios en un baile cuyas armonías podían resultar infinitas.

Con el tiempo, comprendí que este acercamiento no era solo una técnica estilística: respondía también a una visión más amplia de la vida y la creatividad. Empecé a sumergirme en corrientes contraculturales que, a su manera, reivindicaban la necesidad de volver a lo esencial, de replegarse ante la saturación de estímulos y reencontrar la trascendencia en los gestos mínimos. Me dejé arrastrar por la curiosidad hacia la espiritualidad, las ciencias ocultas, incluso el estudio de prácticas esotéricas que, al contrario de lo que muchos piensan, no siempre proponen una verborragia de rituales, sino que a menudo invitan a la introspección, a la contemplación del vacío interior como medio para revelar la luz que nos habita. La contracultura, la mística, la alquimia del silencio: me di cuenta de que, lejos de ser incompatibles, estas corrientes podían confluir en la escritura que yo anhelaba, una escritura que no intenta complacer a la moda imperante, sino que se rebela con delicadeza y firmeza ante el exceso de ruido.

Fue entonces cuando, desde mi rol de escritor, me propuse hacer de estas reflexiones un manifiesto, un canto abierto a cualquiera que sintiera el mismo hartazgo ante la saturación de voces y la necesidad de encontrar un camino a través de la quietud. Muchas veces en nuestra cultura se asocia el silencio con el vacío, con la cobardía de no hablar, o con la falta de ideas. Pero para mí, el silencio es la matriz de todas las historias verdaderas. Cuando uno se sienta a conjugar el verbo, puede gastar energías en exhibir la propia vanidad, en deslumbrar con una retórica de fuegos artificiales, o puede enraizar su voz en un silencio previo, que le regale un poso de sabiduría y pureza. No hablo de un silencio de resignación o apatía, sino de una pausa interior que escuche antes de hablar, que reciba antes de ofrecer. Creo que la literatura gana en profundidad cuando la palabra emerge así, sostenida por la mudez que la antecede, como si brotara de una cueva luminosa.

Por eso, mi apuesta literaria se ha visto atravesada por la contracultura, la espiritualidad y las ciencias ocultas, a veces de manera evidente, a veces en el trasfondo. Amo la contracultura porque me permite dinamitar las fórmulas anquilosadas y romper con la obediencia sumisa a lo que se espera de un escritor. Me fascina la espiritualidad porque me incita a buscar, en cada frase, la dimensión sagrada que puede anidar en lo cotidiano. Y me intrigan las ciencias ocultas —no como superstición ingenua, sino como recorrido simbólico— porque me recuerdan que la realidad es más vasta que lo que vemos a simple vista, y que el lenguaje, con su eterno contoneo, a veces se queda corto para expresar lo inefable. Si uno combina estas corrientes, creo que se abre un horizonte literario más rico, en el cual la palabra no es solo un instrumento de comunicación, sino un puente hacia aquello que, de tan esencial, a menudo no se deja nombrar fácilmente.

Esta convicción me ha llevado a proponer, en mi web y mis redes sociales, un espacio de encuentro donde podamos compartir estas ideas con honestidad. Me encantaría que mis lectores se sintieran invitados a narrar sus propias experiencias con el silencio. ¿Acaso no han vivido, en algún instante, esa revelación silenciosa que, de pronto, les cambia la perspectiva? ¿No han notado que, a veces, un mutismo a tiempo salva un conflicto o abre una comprensión que las palabras no alcanzaban a rasguñar? Me seduce la idea de construir entre todos un futuro literario que apueste por no decirlo todo, por no exhibirlo todo, sino por dejar latir un núcleo intangible que se insinúa con poder. Imagino que, si cada vez más creadores optáramos por esa senda, el acto de escribir se volvería un ritual de escucha, un juego delicado en el que la palabra no intenta saturar al lector, sino abrirle el apetito de lo que no se ha dicho.

He soñado con un día en que, en lugar de debatir de manera frenética en foros o redes, la gente se reúna para contemplar un momento de silencio y, a partir de ahí, tejer diálogos más conscientes. Sería hermoso que esa misma actitud penetrara la literatura, y que el lector, al tomar un libro, sintiera que cada página le deja un espacio para resonar, para pensarse sin prisas, para cuestionar lo que oculta en su interior. De manera algo quijotesca, creo que el silencio literario puede ser una forma de revolución, de contrariedad ante la estridencia dominante. No se trataría de volver a una estética minimalista por capricho, sino de recobrar lo sagrado del lenguaje y, sobre todo, la densidad de lo no formulado.

Por supuesto, no propongo que abandonemos la expresividad, ni que el silencio se trague por completo la literatura. Sería absurdo negar la maravilla de la elocuencia, la poesía que brota de un adjetivo preciso o de un párrafo que hiere como un dardo. Pero sí defiendo la necesidad de una pausa, una suspensión que recuerde que la palabra es un instrumento afilado y que conviene usarlo con veneración, no con derroche irresponsable. Ese matiz es lo que he aprendido de mis tiempos de contemplación antes de sentarme a teclear: la espera amorosa, la escucha profunda, la devoción a un vacío fértil que, en lugar de restar, multiplica la fuerza del texto.

Algunos amigos me preguntan por la dimensión práctica de este hábito. Me dicen: “Suena bien, pero ¿cómo lo incorporas realmente a tu disciplina literaria?” Entonces, sonrío y explico mi sencillo ritual: guardo un espacio, el que sea necesario, aunque no supere los quince o veinte minutos, para desconectar de cualquier estímulo externo y abandonarme a la quietud. Procuro que las respiraciones se sucedan con lentitud, intento aflojar la tensión de los hombros, la presión en el entrecejo. Con la práctica, incluso mis oídos se habitúan a escuchar el latido leve de mi pulso. Hay ocasiones en que un pensamiento me asalta, ansioso por definirse en palabras. Pero, si tengo paciencia y no cedo al impulso inmediato de anotarlo, ese pensamiento o bien se disuelve en el aire, o bien se condensa en una síntesis que, cuando finalmente la escribo, se presenta con una claridad mayor de la que habría tenido si la hubiera apresurado. Es una manera de decirle a la mente: “Tranquila, no vamos a excluirte, pero primero hundámonos en el silencio.” Y, desde esa perspectiva, me siento artífice de un lenguaje más denso y honesto, como si un sol invisible entrara por las grietas de mi conciencia y bañara mi escritura de una luz más pura.

No pretendo, con todo esto, erigirme en gurú de la quietud. Sería ingenuo desconocer la belleza que tiene también la verborragia cuando es genuina, la explosión lingüística que expresa pasión desbordada. Sin embargo, me parece que el mundo editorial, las redes sociales y nuestra modernidad han magnificado tanto la necesidad de gritar, de lanzar contenido sin descanso, que la apuesta por el silencio adquiere una fuerza subversiva, una cualidad contracultural que me apasiona. Es como si, ante la bulla incesante, levantáramos la mano para declarar: “Hay otra forma de crear, de comunicar, que no pasa por aturdir, sino por inspirar desde lo callado.” Y esa forma, curiosamente, puede albergar una dimensión espiritual profunda, aunque no seamos devotos de ningún dogma en particular. A veces, he encontrado en mis lectores, incluso en los más escépticos, la resonancia de esta necesidad de sosegar la lengua y, con ella, la mente que no cesa de confabular argumentos.

Llegados a este punto, siento que debo concluir (o quizá iniciar, quién sabe) mi manifiesto, un texto personal que reúna mis anhelos creativos. Aquí declaro mi convicción de que la literatura, como toda gran fuerza transformadora, procede de un impulso que brota en el silencio. Sostengo que apostar por la contracultura, la espiritualidad y las ciencias ocultas no es una extravagancia, sino un gesto de libertad que reconoce en lo invisible, en lo sutil, una dimensión capaz de renovar nuestra visión del mundo. Me aferro a la idea de que las palabras, cuando surgen de la contemplación, no son meros signos, sino llaves que pueden abrir puertas secretas en el lector. Y por eso me comprometo, cada vez que me acerque a un manuscrito nuevo, a recordar ese silencio primero, a no abusar de la tinta si no está justificada, y a dejar, entre frase y frase, un hueco por el que el lector pueda asomar la mirada a lo que no se nombra.

Finalmente, invito a quien me lea a tomar parte activa en esta apuesta. Quizá bastará con un comentario en redes sociales, un mensaje privado, o el envío de una historia personal sobre el poder del silencio en su vida. Me encantaría que surgiera un intercambio en torno a cómo cada uno de nosotros experimenta esa pausa interior, ya sea antes de escribir, de pintar, de bailar o de tomar una decisión crucial. Que no nos dé pudor confesar que, a veces, no se trata de añadir más información, sino de restarla, para que lo esencial emerja sin ruido. Yo, por mi parte, seguiré cultivando ese silencio y me nutriré de los testimonios que quieran compartirme. Quizá, entre todos, construyamos un futuro literario donde los libros dejen de ser un mero alud de letras y se conviertan en un acto de comunión, un canto a la presencia invisible que anida en cada uno de nosotros.

He ahí mi plegaria, mi declaración de intenciones y mi humilde conjura contra la saturación del lenguaje. He aprendido que, en la blancura previa a la palabra, el escritor se desnuda y descubre su pulso más genuino. Podría decir que esa desnudez me ha transformado para siempre, y ahora siento que, al transitar por el camino de la escritura, ya no me rige el ansia de demostrar, sino la dicha de compartir un pedazo de silencio convertido en verbo. Si acaso, no conozco mejor manera de honrar la magia de estar vivos, de ser seres parlantes y pensantes que, al callar, recuperan la música inaudible de la existencia. Y si, por ventura, alguna mañana contemplamos el cielo, en perfecto mutismo, y sentimos que las palabras nos nacen sin violencia, quizá habremos comprendido que, en esa aparente contradicción —la del silencio y el texto—, se esconde el misterio que nos hace verdaderamente humanos: la capacidad de acoger lo no dicho y ofrecerlo, transfigurado, en un párrafo que hable del amor, de la belleza y de todo aquello que nunca podremos abarcar por completo con la voz.


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