Me cuesta precisar el instante exacto en que descubrí la influencia del silencio sobre la palabra. Tal vez se gestó en algún amanecer encapotado, cuando me dispuse a teclear y no surgió de mis dedos ni una sola letra. Me quedé allí, contemplando un teclado inerte, sintiendo que la historia que anhelaba contar se resistía a ser forzada. Durante mucho tiempo, viví con la idea de que la escritura debía ser un flujo constante, un rito inquebrantable que no tolerase demoras, y, sin embargo, aquella mañana advertí una verdad que me estremeció: a veces, la palabra solo florece de forma auténtica si la precede un silencio total, casi sagrado. Fue entonces cuando comprendí que, lejos de ser incompatible con la literatura, la contemplación muda podía llegar a conferir una belleza y una profundidad que, de otro modo, no hubiera alcanzado jamás.

Comenzaré confesando que, en mis inicios, resultaba imposible para mí asimilar la noción de callar voluntariamente. Acudía a cursos de escritura, escuchaba consejos sobre planificar la trama, definir personajes con claridad, redactar diálogos ágiles. Poco se hablaba, en cambio, de los momentos en que el escritor necesitaba hacer un alto. Me parecía que detener el torrente creativo no tendría sentido. Pero con el paso de los años, el trajín incesante de la vida y la presión por ser prolífico generaron en mi interior un ruido mental que me bloqueaba cada cierto tiempo. Como si, en medio de un pandemónium constante, mis ideas se perdieran o salieran demasiado atropelladas. En una de esas crisis, movido por el hastío y la curiosidad, me arriesgué a probar el consejo de un viejo amigo que practicaba meditación. Me dijo con tono enigmático: “Antes de asaltar la página, siéntate y siéntete.”

En aquel entonces sonreí, sarcástico, porque no concebía que el acto de “no hacer nada” me condujera a una literatura más poderosa. Aun así, una noche de frustración, acabé por ceder a la recomendación. Apagué todas las luces, dejé la habitación a oscuras y me senté en el suelo. No puse música, no recité mantras. Me limité a cerrar los ojos e intentar relajarme en la quietud. Al principio, mi mente gritaba. Desfilaban listas de tareas, diálogos inconclusos de mis personajes, la memoria de un acontecimiento sin resolver. Luego, transcurrido un tiempo que no supe medir, mi ansiedad empezó a calmarse. Fue como si mi interior se ensanchara, como si, de pronto, entendiera que no necesitaba correr tras cada impulso. Cuando regresé a la mesa y abrí mi cuaderno, escribí unas líneas suaves, sin la ansiedad de forzar nada. Lo curioso fue que, al releerlo, sentí un temblor inaudito: la fuerza de aquellas frases, aparentemente sencillas, me superaba. Había emergido sin aparatosidad, con un tono casi íntimo, y sin embargo encerraba una potencia poética que antes no solía hallar tan fácilmente. Fue una señal que cambió mi relación con la página.

Desde esa noche de epifanía, he convertido la contemplación en una rutina que precede la escritura. Sea al amanecer o en algún receso a media tarde, me concedo un lapso para escuchar los latidos de mi cuerpo, para notar cómo el aire entra y sale por mi nariz, e intento que mi mente deje de corretear entre los matorrales de las preocupaciones cotidianas. No digo que sea fácil: la inercia del pensamiento es un potro desbocado. En ocasiones me lleva al descuido, y vuelvo a sentir esa urgencia por rellenar páginas. Pero cada vez que estoy en ese trance de quietud y logro sostenerlo, emergen en mi interior imágenes o intuiciones que nunca hubieran aparecido si me hubiese lanzado sin más a escribir. Por ejemplo, una vez me ocurrió que, mientras meditaba, me vino a la cabeza el perfil difuso de un anciano cargando una jaula vacía. No tenía idea de quién era ni para qué llevaba esa jaula, pero la imagen poseía algo hipnótico. Al cabo de unos minutos, cuando me senté a narrar, nació un relato sobre un hombre que liberaba pájaros inexistentes, convencido de que el mundo estaba repleto de fantasmas con alas que solo la gente con fe lograba percibir. Fue un relato breve, pero muchos lectores me comentaron que les resultaba conmovedor, como si recogiera un anhelo profundo de liberación. Yo ni siquiera había planeado aquella historia: fue el silencio el que se la susurró a mi mente.

A menudo me preguntan cómo describiría la diferencia entre el escritor que brota de la prisa y el que germina en la pausa. Diría que la pausa permite una escucha más honda a lo que subyace tras el tumulto habitual. Es como si cada uno llevase dentro un manantial, pero el ruido constante lo enturbia y nos impide captar su rumor. Cuando me limito a callar, como parte de un rito que antecede al acto de crear, empiezo a percibir hilos narrativos que no había detectado: a veces, la solución a un desenlace, la voz de un personaje que creía que no encajaba o una atmósfera que sintetiza el espíritu de la historia entera. No es que surja siempre, ni de inmediato, pero las veces que sucede, me produce un asombro casi sagrado. Y es entonces cuando me doy cuenta de que la palabra, en cierto sentido, nace del silencio, y no solo en un sentido metafórico: cuando escribimos, cada vocablo emerge de un territorio de no-palabras que lo antecede, y ese espacio intangible resulta mucho más fértil de lo que solemos creer.

De hecho, he comprobado que esta búsqueda de la quietud no solo beneficia mis escritos, sino también mi propia manera de entender el lenguaje. Antes, devoraba el diccionario buscando sinónimos rimbombantes, acumulaba adjetivos, temía parecer escueto. Pero a raíz de este diálogo íntimo con el silencio, mi prosa ha evolucionado hacia la precisión, la alusión delicada. Es como si, en lugar de vomitar todo lo que podría decir, ahora prefiriese dejar huecos, espacios a medio sugerir para que el lector participe. Al reflexionar sobre esa paradoja —la de hablar más a través de callar—, me descubro en sintonía con algunas corrientes poéticas que exaltan la ausencia, la falta, el hueco como fuente de significado. A fin de cuentas, una sugerencia puede resultar mucho más evocadora que un párrafo exhaustivo. Y todo eso viene de haber entendido que no necesito saturar de sonido la página, que el vacío o la respiración entre las líneas también forman parte del discurso.

He explorado ciertos escritores o pensadores que comparten mi fascinación por esa dialéctica entre la voz y el silencio. Uno de los autores que me iluminó fue un poeta místico que describía el silencio como la matriz de la creación, el punto de partida donde lo inaudible se hace música. A su manera, manifestaba que, sin el recogimiento previo, la belleza de las palabras quedaba en un plano superficial. Me conmovió constatar que, a lo largo de la historia, diversas tradiciones espirituales han elogiado la contemplación silenciosa como preludio para la expresión más pura. Es casi como si las culturas ancestrales hubiesen intuido que, a veces, es mejor vaciar la mente para que el espíritu hable. Ahora que se me ha vuelto un hábito, miro con otros ojos ese legado milenario, reconociendo su vigencia en un tiempo como el nuestro, tan dado a la hiperconexión y a la incontinencia verbal.

En ocasiones, amigos escritores me preguntan si no temo que tanto silencio acabe por anular la pasión. Les respondo que, muy al contrario, lo que hace es dirigir la pasión hacia un cauce más franco. Porque la pasión que mana sin regulación puede convertirse en ruido, en una prosa atiborrada de gestos que confunde al lector. En cambio, el silencio canaliza esa intensidad, permitiendo que, cuando la palabra al fin aflora, sea como un manantial clarificado. Pienso en ciertos pasajes que he redactado bajo esta nueva conciencia, pasajes dramáticos que, en otro tiempo, hubiera cargado con descripciones desmesuradas. Ahora, en cambio, hallan su fuerza en un par de metáforas escogidas con esmero y en el modo en que, después de cada una, se asoma una pausa como un latido suspendido. Curiosamente, el resultado es un impacto emocional mayor en quien lee, porque no se satura, sino que se le invita a rellenar con su propia vivencia lo que la escritura sugiere.

He llegado a pensar que reflexionar sobre el silencio en la escritura no es una mera ocurrencia, sino un imperativo casi revolucionario en un mundo saturado de información. Por todas partes, se nos exige producir más, publicar más, opinar más. Y en esa vorágine, corremos el riesgo de atropellar nuestras palabras, de ahogar nuestra sensibilidad bajo toneladas de datos irrelevantes. La literatura —y la creación artística en general— puede erigirse, entonces, en una resistencia, un acto contracultural que recuerda la dignidad de lo reposado. Dejar de gritar para escuchar. Dejar de volcar párrafos y párrafos para encontrar una imagen certera que conmueva sin estridencias. En ese sentido, mi experiencia de meditar antes de escribir se ha tornado una declaración de principios. No escribo para llenar el silencio, sino para revelar lo que el silencio tenía guardado. Y eso, en mi opinión, dota a los textos de un matiz casi místico, al conectar con una fuente que no nace de la urgencia, sino de la quietud fecunda.

A veces, mis lectores me preguntan si pueden imitar esta práctica y cómo empezar. Les relato mi propia rutina, sin pretender que sea la única vía. Suelo escoger un lugar tranquilo, apagar dispositivos, retirar cualquier objeto que me distraiga. Me siento con la columna erguida, y durante varios minutos observo mi respiración sin intentar modificarla. La mente se resiste, se dispara a temas pendientes, se queja o se aburre. Pero, si persevero, llega un momento en que una calma tenue me invade. No es un éxtasis ni una iluminación metafísica, sino más bien un sosiego que me permite observar mis pensamientos como si no fueran míos, verlos pasar igual que nubes. Y, al rato, oigo un silencio interior que me conmociona, como si dentro no hubiera nada y, a la vez, lo hubiera todo en potencia. Podría describirlo como un vacío grávido, una promesa sin forma que pugna por convertirse en palabras.

Tras ese lapso de contemplación, abro el cuaderno o la computadora. A menudo no escribo de inmediato, sino que me mantengo unos segundos en esa frontera entre la tranquilidad y la acción. Y después, simplemente, me dejo llevar. Descubro que las frases emergen con un aplomo sereno, como si hubieran esperado su turno con paciencia y ahora surgieran sin forzar. Entonces siento que la página no se puebla de grafías alocadas, sino de un pulso, una cadencia que me engancha. Cuando termino, no experimento la fatiga habitual de la escritura frenética, sino una satisfacción que viene de la coherencia profunda entre lo que callé y lo que expresé. Porque, al fin y al cabo, callar no es reprimir, sino hacer espacio a que algo superior brote. Y la palabra que nace de esa espera suele poseer un halo poético, una dimensión indescriptible que atrapa a quien la lee.

He querido, pues, compartir este testimonio para invitar a otros a considerar el silencio como parte esencial de su proceso creativo. Me parece que, como sociedad, necesitamos más espacios donde no se hable, donde no se discuta, para que el pensamiento madure en la penumbra y salga a la luz transformado. También en la literatura, no vendría mal abrazar la pausa. No se trata de renunciar a la palabra —al contrario, la palabra es nuestro tesoro—, sino de alumbrarla con un respeto sagrado. El lector, habituado a lecturas rápidas y al bombardeo de titulares, quizás agradezca encontrarse con textos que le concedan un reposo interior, en lugar de abrumarlo. Y, por supuesto, a uno, como autor, le devuelve una extraña paz constatar que no necesita una verbosidad sin fin para conmover, sino que, a veces, un par de líneas, nacidas de la calma, operan una conmoción muchísimo mayor.

En mi caso, el silencio se ha convertido en un aliado inseparable, y no solo en la escritura. He ido notando sus efectos en la forma en que vivo, en cómo escucho a los demás, en cómo percibo los matices de la realidad. Pero quizá lo más fascinante sea esa metamorfosis en la página: de pronto, donde antes habría estampado la palabra “tormenta” o una docena de adjetivos grandilocuentes, ahora elijo una frase que insinúa la furia del cielo con un leve temblor que sacude el horizonte. Un modo de hacer que el lector halle, por sí mismo, la tempestad, en lugar de recitarle yo cada gota de lluvia. Ese recurso deja huecos que el lector completa y, en esa interacción, se forja un lazo más íntimo y poderoso. Pienso que eso es la gran maravilla de la literatura: la comunión entre dos mentes que se encuentran a través de símbolos. Y si, en lugar de saturar la conexión, yo propicio un silencio que la haga más honda, entonces he logrado algo extraordinario.

Termino esta reflexión con una invitación, casi un reto: a ti que me lees, te propongo que lo pruebes. No importa si eres escritor de oficio o simplemente alguien que ansía comunicarse con más claridad. El silencio previo a la palabra puede revelarte regiones insospechadas de tu propia mente y de tu sensibilidad. Quizás descubras que, tras una breve meditación, aquello que necesitabas decir fluye con la nitidez de un manantial. O tal vez te des cuenta de que, en vez de soltar un discurso interminable, te basta una sola imagen para que tu interlocutor te entienda con total intensidad. Sea como sea, me parece innegable que la quietud acarrea una belleza casi indefinible. Y cuando esa belleza se funde con la creación literaria, nace un tipo de texto que emana sinceridad, contención y un halo misterioso, como si la historia latiese con un pulso secreto que se siente en cada renglón.

En un mundo que nos exige ruido, yo apuesto por la melodía del silencio. En un universo que nos reclama velocidad, yo elijo la paciencia, la parsimonia del que espera para hablar con fe en lo que va a pronunciar. Y si, en este viaje hacia la quietud, surge un nuevo paradigma de escritura —más poético, más místico, más verdadero— habré justificado mi elección de callar antes de escribir. Porque, al final del día, no busco ser el más prolífico ni el más grandilocuente, sino el que logra arrancar del lector un latido de reconocimiento, un suspiro, una lágrima o una sonrisa que exprese: “Esto me toca el alma.” Y es en la pausa, en ese latido suspendido, donde percibo la verdadera belleza que podemos alumbrar con las palabras. Una belleza que trasciende lo accesorio y se adentra en el corazón de lo que somos. Ojalá esta experiencia mía te inspire a hallar tu propia manera de invocar ese silencio creador, para que la literatura, o el arte en que te desenvuelvas, cobre un matiz tan puro y tan hondo que parezca un canto de libertad. Y entonces, en ese canto, todos recordemos que, antes de pronunciar la primera sílaba, hubo un vacío, un recinto de paz, que ya era poesía. Y comprenderemos que esa es la fuente más recóndita y sabia de la que emanan nuestras mejores historias.


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