Me disponía a terminar un cuento sobre alquimistas errantes cuando el teléfono sonó con la urgencia de quien trae presagios. Al otro lado, un viejo camarada del subsuelo cultural confesaba su pasmo: una editorial lustrosa, de esas que antes olían a biblioteca y hoy huelen a algoritmo, acababa de ofrecerle un adelanto para que escribiera una novela cuyo asunto, extensión y estilo les resultaban indiferentes. Bastaba con que su nombre —pulido en redes, rentable en la pasarela mediática— apareciese en la sobrecubierta. Mi amigo, pintor de murales clandestinos y fotógrafo de espíritus urbanos, no había escrito jamás un cuento. Tampoco lo pretendía. Pero tres mil euros sonaban a tentación y a síntoma. Colgué y, sin poder eludir la náusea, abrí la página de novedades de una cadena nacional: youtubers que debutan en la ficción, actrices televisivas convertidas en plumas de supuesta profundidad, tertulianos metamorfoseados en analistas literarios, influencers que compilan tuits y los bautizan como ensayo, bramido de Pérez-Reverte contra sigo mismo. Comprendí entonces que algo más grave que la mediocridad amenazaba al oficio: la industria había decretado que la visibilidad importaba más que la verdad de la palabra, y el escaparate, más que el taller. No era la primera vez que lo intuía, pero aquella llamada me obligó a mirar el monstruo sin filtros.
No pretendo pontificar desde un púlpito de purismo. Entiendo que las editoriales son negocios y que el lector, libre, decide cómo gastar el dinero. Sin embargo, cuando la maquinaria publicitaria se apropia del término novela para catalogar cualquier objeto de papel que lleve un nombre célebre en relieve, la palabra regresa mutilada a los escritores que aún creemos en el sudor de la sintaxis. Y cuando el mercado legitima la escritura asistida por negros invisibles que firman contratos de silencio, la noción misma de autoría se vuelve un espejismo rentable. Al final, no se expende literatura: se expende la sensación de pertenecer a una conversación mediática. El libro deviene souvenir de un famoso, una versión tangible del selfie. Si en otra época las estanterías cumplían la función de oráculo doméstico, hoy se asemejan a un photocall impreso: portadas brillantes, títulos vacíos, tipografías que gritan mientras las palabras interiores susurran lugares comunes.
El fenómeno no es anecdótico. Tiene consecuencias tangibles en las trincheras donde germina la verdadera creación. He conversado con narradores jóvenes, lúcidos, condenados a dormir sus manuscritos en cajones porque el departamento de marketing no encuentra un dato cuantificable con el que avalarles. Les piden comunidad previa, viralidad potencial, un perfil fotogénico que luzca en stories, una tragedia personal convertible en clics. El talento, si no trae consigo audiencia encapsulada, se alista en la cola de los expedientes pendientes. El editor que antaño arriesgaba olfato y prestigio por una voz nueva se ha reeducado: ahora coteja métricas, seguidores, analítica de tendencias. El manuscrito se evalúa después, a veces nunca.
No culpo solo a los sellos. Parte de la degeneración reside en nosotros, los lectores. Ansiamos la inmediatez de sentirnos cómplices del fulgor de turno, confundimos cercanía con calidad y convertimos al autor en avatar. ¿Cuántos compran el libro para leerlo y cuántos para exhibir la dedicatoria en Instagram? ¿Cuántos entrevistan a un novelista televisivo preguntándole por la trama y cuántos celebran el chascarrillo sobre maquillaje entre bambalinas? La feria gira porque hay público para la función. Y, sin embargo, sé que bajo la costra de la moda late una multitud silenciosa que sospecha el fraude: lectores que, tras devorar una obra prefabricada, cierran la tapa con la frustración de haber comido espuma. A ellos me dirijo, a ti que presientes otra literatura posible.
Planteo, pues, una rebelión íntima pero contumaz. Primero, como escritor, me niego a competir en la carrera del ruido. Reivindico la lentitud, la frase que madura, el borrador que se arruga, la lectura que duele. No admitiré adelantos basados en mi número de seguidores ni aceptaré que un comité de mercadotecnia me dicte temas. Prefiero vender veinte ejemplares y dormir tranquilo que despachar veinte mil portadas huecas. Segundo, como lector, ejerzo el voto más radical: compro voces que no se promocionan con selfies, subrayo a los que se ausentan de los platós. Recomiendo, con la misma pasión con la que otros viralizan un meme, las novelas que exigen paciencia, los ensayos que incomodan, la poesía que no cabe en frase motivacional.
Propongo, además, que en Ubertnia.com abramos un observatorio de la trastienda editorial: una serie de crónicas donde diseccionemos contratos leoninos, hablemos con correctores silenciados, demos espacio a autores que autopublican no por capricho, sino porque nadie quiso leerles sin un trending topic de aval. Podríamos entrevistar a los llamados escritores fantasma —bajo anonimato, si es preciso— para que narren cómo elaboran una trama que luego firmará un presentador de prime time. Y ofrecer talleres que enseñen a los nuevos narradores la artesanía de la prosa, no los atajos del algoritmo: cómo cincelar una voz propia en un océano de voces prestadas.
Al mismo tiempo, la crítica debe afilar su colmillo. No vale la tibieza del “no está mal para ser su primera novela” cuando la primera novela se promociona con el estruendo de un premio anticipado. Urge reseñar con rigor, exponer incongruencias de estilo, señalar la superficialidad disfrazada de cercano realismo. Muchos medios callan por temor a perder exclusivas o publicidad institucional; nosotros hemos de alzar la pluma donde ellos bajan la cabeza. No se trata de linchar, sino de recordar que la complacencia crítica legitima la mediocridad rentable.
Ahora bien, no todo es devastación. En los márgenes de la industria crecen iniciativas vigorosas: editoriales mínimas que publican tiradas de quinientos ejemplares e inventan estrategias artesanales para llegar a lectores dispuestos; clubs de lectura que rescatan joyas descatalogadas y las comentan en foros libres de postureo; plataformas cooperativas donde escritores se asesoran sin competir en vanidad. Ese ecosistema paralelo necesita visibilidad. Ubertnia.org puede convertirse en su altavoz: reseñas, coloquios, ferias híbridas que mezclen poesía, música y filosofía. Hagamos del sitio no un púlpito elitista, sino una plaza de intercambio donde el lector descubra que hay vida más allá del hype.
Quizá me acusen de quijotesco, pero llevo años comprobando que la literatura, cuando nace de la entraña y no del contrato, conserva un poder revolucionario que asusta a los contables de la fama. Una sola novela sincera puede sacudir la visión del mundo de un lector y sembrar preguntas que ninguna campaña publicitaria había previsto. Y si ese lector contagia su hallazgo a otro, se enciende una cadena subterránea que, con el tiempo, obliga al mercado a admitir que algo valioso acontece en la penumbra. No olvidemos que muchas de las obras hoy canonizadas fueron rechazadas en su momento por su falta de “potencial comercial”.
Vuelvo, para cerrar, al gesto inicial de mi amigo fotógrafo. Le aconsejé que aceptara el adelanto solo si se comprometía a sudar cada página, a encerrarse con los fantasmas de la lengua y salir con un texto que lo desnude. De otro modo, le advertí, el dinero sabrá a celofán y su nombre quedará asociado a mercancía caduca. Ignoro qué decidirá. Yo, por mi parte, seguiré escribiendo a contraluz, cultivando la herejía de la exigencia, dispuesto a perder aplausos en favor de la fidelidad a la música interna. Invito al lector a la misma insurrección: que exija calidad aunque tenga que excavar bajo toneladas de marketing, que celebre la rareza, que difunda la honestidad narrativa como un acto político. Cada compra reflexiva, cada recomendación apasionada de una obra injustamente invisibilizada, erosiona el imperio del brillo vacío.
Puede que la feria de las firmas huecas no se derrumbe mañana. Pero si bastan cien lectores comprometidos para sostener a un autor íntegro, bastará una generación de lectores insumisos para obligar a la industria a recordar que la literatura fue, es y será un pacto secreto entre la soledad que escribe y la soledad que lee. Ese pacto no lo rompen ni los influencers meteóricos ni las portadas fluorescentes. Sobrevive, tercamente, en la penumbra de las bibliotecas personales, donde los libros se eligen por hambre y no por moda. Allí nos encontraremos, tú y yo, reconocidos por la cicatriz luminosa que nos deja cada página verdadera. Allí —y no en el escaparate— se librará la auténtica batalla por el futuro de la palabra.






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