Hay títulos recientes que uno empieza con entusiasmo y concluye con gratitud, aunque no por las razones que el autor habría deseado. Me ocurrió con Sobre la libertad, de Timothy Snyder, un volumen tan ambicioso como errático que, al intentar dinamitar el concepto de libertad negativa, terminó empujándome a mi biblioteca a buscar a John Stuart Mill, a Isaiah Berlin, a Arendt e incluso a Baudrillard. Recordé entonces aquella frase de Borges según la cual todo escritor crea sin saberlo la tradición que lo condenará: algunos libros sirven de trampolín para regresarnos a los clásicos, revelando por contraste su propia anemia. El fenómeno no es menor. En tiempos de saturación editorial y urgencias de pantalla, aceptar que un ensayo imperfecto nos reencuentre con la densidad perdida puede ser una estrategia de supervivencia intelectual, la forma más exquisita de venganza contra un mercado que presume de novedad mientras recicla ideas mal digeridas.
Snyder se presenta como historiador de los totalitarismos y su propósito declarado es desmontar el “autoengaño liberal” que, según él, confunde la ausencia de trabas con la experiencia real de la libertad. Hasta ahí, la empresa podría ser legítima: Berlin ya advirtió que un énfasis exclusivo en la libertad negativa —la que reduce la interferencia ajena— podría cegar a la sociedad ante desigualdades estructurales que impiden ejercerla. El problema estalla cuando el autor confunde la caricatura con el concepto. Al equiparar la libertad negativa con la consigna “basta con eliminar al otro”, desliza al lector a la falacia de que Hitler o Stalin practicaban un libertarismo extremo. Berlin, que había padecido los totalitarismos en carne propia, habría sonreído con ironía; sabía que la libertad negativa, lejos de justificar limpiezas étnicas, solo exige que el Estado garantice un ámbito inviolable donde la persona actúe sin coacción. Si alguien recurre al exterminio para “liberarse”, no está aplicando libertad negativa; está destruyendo la esfera de libertad de los demás. Confundir las categorías no es transgresión académica sino pereza conceptual.
Nada de esto sería grave si el libro ofreciera a cambio un andamiaje filosófico sólido. Pero Snyder opta por el patchwork autobiográfico: anécdotas de su infancia, digresiones sobre Putin, saltos al Euromaidán, incursiones sentimentales. El lector salta de Kiev a Harvard sin hilo argumental, como si la libertad consistiera en divagar. A mitad de camino, el cuerpo pide rigor; entonces uno cierra el texto y, como un sediento que descubre un pozo al lado de un refresco aguado, abre Sobre la libertad de Mill para releer el capítulo sobre la tiranía de la mayoría. ¡Qué prodigio de claridad! Mill advierte que la sociedad, y no solo el Estado, puede convertirse en un déspota moral si impone costumbres y prejuicios que sofocan la individualidad. Dos siglos después, su diagnóstico resuena en un entorno de redes que modelan deseo y opinión con algoritmos invisibles. Allí, la libertad negativa —proteger la rareza contra la masa— recobra una urgencia que Snyder ni sospecha.
Pero detengámonos: ¿qué sentido tiene confrontar a un historiador contemporáneo con pensadores decimonónicos? El sentido está en el eco. Las ideas no envejecen por la fecha de impresión sino por su capacidad de interpelar. Berlin, a mediados del siglo XX, deslindó dos concepciones de la libertad —negativa y positiva— para alertar contra la tentación de sacrificar el individuo al bien común abstracto. Su tono era escéptico, casi burlón: intuía que la historia se carga de utopías libertadoras que desembocan en cárceles. ¿No recuerda esto a los populismos de izquierda y derecha que hoy prometen devolvernos la soberanía perdida? Releer a Berlin mientras se desploman democracias constitucionales nos arma contra la nostalgia autoritaria que vende seguridad a cambio de obediencia.
Hace décadas, Hannah Arendt señaló otra trampa: confundir la libertad con la mera liberación de necesidades. Para ella, la verdadera libertad era el espacio público donde los ciudadanos podían iniciar algo impredecible. Arendt habría mirado con ironía la obsesión actual por “sentirse libre” en términos de consumo personalizado. Su advertencia es crucial cuando plataformas digitales nos confieren una ilusión de elección infinita mientras perfilan nuestras preferencias hasta la claustrofobia. El ensayo de Snyder evita esta complejidad y, al hacerlo, nos empuja de nuevo a Arendt para restituir el ángulo que falta: la libertad no es solo tener opciones, sino la facultad de actuar juntos en un mundo común.
Si avanzamos hacia el presente, Byung-Chul Han diagnostica la sociedad del rendimiento, donde el sujeto se autoexplota en nombre de una libertad autocentrada que exige hiperproductividad constante. Es el reverso patológico del ideal liberal. Aquí, la distinción de Berlin importa: una noción negativa de libertad que no dialogue con la fraternidad corre el riesgo de degenerar en narcisismo competitivo. Pero Han no por eso reniega del concepto: lo radicaliza al denunciar que la presión procede ahora de dentro, no de un tirano externo. De nuevo, Snyder se queda en la superficie, y eso nos obliga a buscar al filósofo surcoreano para entender por qué la libertad contemporánea se ha convertido en una autopista donde el ciudadano conduce sin límites hacia el agotamiento.
También Zygmunt Bauman, con su liquidez, ilumina este debate. En su perspectiva, la libertad posmoderna se vive como posibilidad de cambio perpetuo, pero esa fluidez se transforma en ansiedad cuando las estructuras de apoyo se disuelven. La solución no es suprimir la libertad negativa, sino complementarla con redes de seguridad que no asfixien. El Estado social europeo, tan vilipendiado, encarnó durante décadas esa síntesis. Hoy vemos cómo la precariedad resucita instintos iliberales: si el mercado te deja caer, buscas un caudillo que te dé protección. Precisamente lo que Berlin temía: la libertad positiva mal entendida deviniendo coartada autoritaria.
Frente a este panorama, ¿qué puede hacer quien escribe? Mi respuesta es doble. Primero, desenmascarar la pereza intelectual: cuando un ensayo confunde conceptos, conviene diseccionarlo en público para que el lector no trague humo. Segundo, agradecer que esos errores activen nuestra brújula y nos devuelvan a los maestros. A veces el valor de un libro mediocre es su poder de recordatorio, su capacidad de hacernos correr hacia bibliotecas olvidadas. Lejos de lamentarlo, celebrémoslo: en la era de la sobreproducción, cualquier excusa para volver a los clásicos es un acto de higiene mental.
Propongo, pues, una sección fija en esta web: Lecturas boomerang. Tomaremos un título reciente que aspire a revolucionar un concepto y lo enfrentaremos con una obra clásica que ya lo examinó con más hondura. Analizaremos punto por punto, no para ridiculizar al autor moderno, sino para evidenciar las capas históricas del debate y devolver al lector una perspectiva crítica. Empezaremos, naturalmente, con Mill y Berlin frente a Snyder, pero podríamos seguir con Mary Wollstonecraft versus ciertos feminismos de consumo rápido, o con Thoreau frente a los manuales de mindfulness corporativo. La consigna será clara: cada libro nuevo se coteja con un antepasado incómodo que le exige rigor.
Al concluir este artículo, vuelvo al despacho y repaso mis notas. Me encuentro subrayando los pasajes de Sobre la libertad que sí valen: anécdotas sobre la fragilidad de las democracias jóvenes, testimonios de la censura rusa, apuntes sobre la servidumbre digital. Podrían haber sido un buen ensayo si el autor hubiera hilado fino. No lo hizo. Aun así, su fracaso parcial me ha regalado un recorrido por tres siglos de pensamiento y la certeza de que la conversación sobre la libertad sigue abierta, siempre que los lectores no confundan la pirotecnia con el fuego. Esa distinción, en un mundo que confunde “trending” con “trascendente”, es nuestra obligación como escritores y como público. Atrevámonos a ejercerla, aunque duela, aunque huela a polvo de estantería. Porque tal vez la libertad más urgente en esta hora sea la de elegir a qué voces concedemos nuestro tiempo finito. Yo elijo, una vez más, a los muertos que aún se obstinan en respirarnos al oído.






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