Llevo semanas revisando testimonios de ECM (Experiencias Cercanas a la Muerte) con la obstinación de quien desmenuza un códice prohibido. Una mujer que flota sobre su quirófano y describe la marca de su propio marcapasos; un camionero ateo que atraviesa un túnel lumínico y regresa recitando versos sufíes; un adolescente que, tras una descarga eléctrica, asegura haber visto a su abuelo fallecido diciéndole «tranquilo, la broma todavía no termina». Mientras leo, oigo de fondo el crujido de un sistema político que se desmorona en titulares estériles. Y me pregunto si no será esa la ecuación secreta de nuestra época: cuando la economía apesta a cinismo y el debate público se degrada a reality show, buscamos el oxígeno en los corredores del más allá. Tal vez nunca hayamos estado tan vivos como ahora que coqueteamos con la muerte para escapar del tedio terrenal.
No estoy glorificando la evasión; constato un desplazamiento sísmico del interés colectivo. Hace veinte años, la conversación cultural orbitaba en torno a la estrategia de mercado, las ideologías de turno y el smartphone emergente. Hoy, en mis presentaciones de libros, la primera fila no pregunta por la trama sino por mi opinión sobre la glándula pineal y los patrones DMT del cerebro moribundo. Algo se agrietó. El ciudadano que antes debatía sobre urnas y PIB ahora googlea qué es la supraconsciencia y comparte podcasts sobre regresiones kármicas. Para los escépticos, es simple conspiranoia de la new age; para mí, es la evidencia de que el relato oficial –ese que limitaba lo real a lo mensurable– perdió la exclusividad de la ventana.
¿Por qué estas visiones de umbral seducen con tanta fuerza? Propongo tres palancas. La primera es la anorexia emocional del discurso político. De tanto convertir la polis en tablero de marketing, los líderes dejaron de ofrecer un porvenir trascendente. Nos repiten que el PIB subirá unas décimas, que la inflación bajará otras, que la próxima cumbre salvará al planeta en PowerPoint. Pero el alma, hambrienta de épica, bosteza. La ECM, en cambio, promete un backstage del cosmos donde la estadística carece de sentido y la subjetividad roza lo absoluto. Un solo relato de luz inefable derriba cien ruedas de prensa sobre presupuestos.
La segunda palanca es la ansiedad existencial potenciada por la obsolescencia acelerada. Nos despedimos de la estabilidad laboral, luego del amor romántico sin cláusulas, después de la atención sostenida, y ahora incluso del Yo cohesionado, pulverizado por identidades fluidas. En esa centrifugadora, la idea de que existe una conciencia que trasciende el cuerpo actúa como ancla, no por dogma sino por intuición: si la vida física es volátil, tal vez haya una región donde el vértigo se detiene. Que la ciencia médica registre pacientes declarados clínicamente muertos que recuerdan detalles imposibles de su reanimación sólo añade pólvora a la esperanza.
Tercera palanca: la democratización del testimonio. Antes, quien vivía una ECM lo contaba en círculos pequeños y era catalogado de visionario. Ahora graba un vídeo, lo sube a TikTok y, de pronto, acumula tres millones de reproducciones. El algoritmo, sin pretenderlo, se volvió chamán electrónico; amplifica el eco de esas narrativas y fabrica tribus globales que intercambian mapas del umbral. Se genera una literatura espontánea, un evangelio laico de la ultraconsciencia, escrito en hilos y reels que sortean al gatekeeper académico. Resultado: la experiencia límite se normaliza, pierde estigma y se transforma en imaginario compartido.
Llegados aquí, surge la pregunta: ¿existe realmente esa supraconsciencia o sólo es un espejismo neuroquímico? Como escritor, sospecho que la frontera entre fenómeno y metáfora es menos rígida de lo que queremos. Que la ECM sea el destello final de un cerebro ahogado en endorfinas no anula su valor simbólico. El inconsciente colectivo lleva milenios fabricando topografías post mortem: el Duat egipcio, el Bardo tibetano, los Campos Elíseos grecolatinos. Quizá la mente, al apagarse, recurre al archivo mítico para traducir lo inexpresable. Pero en esa traducción hay sentido: la visión funciona como antídoto contra la trivialidad, recordatorio de que algo más ancho que la nómina late al fondo.
La supraconsciencia, entonces, no necesita certificación laboratorio-friendly para inspirar una revolución interior. Si el relato de quien vio su vida en panorámica le sirve al lector para desactivar su rencor mezquino o reconciliarse con su propia mortalidad, el efecto es real, aunque la luz al final del túnel sea un glitch neuronal. La literatura puede y debe explorar ese filo sin pedir permiso ni al dogma religioso ni al empirismo reduccionista. Yo intento que mis novelas funcionen como ECM simbólicas: que el lector salga de ellas con la sensación de haber muerto un poco a su viejo yo y haber despertado en un mirador amplio, donde lo cotidiano se mira con ojos recién estrenados.
Pero la proliferación de espiritualidad no llega sin trampas. Las mismas editoriales que en los noventa vendían dieta milagro ahora venden iluminación exprés: cursos de ascensión en nueve pasos, manuales de decretos cuánticos que prometen crédito bancario. El peligro es convertir la trascendencia en un accesorio más del capitalismo ansioso. Contra esa banalización, la literatura —si conserva su vocación de disidencia— puede ofrecer profundidad. Un poema honesto sobre la finitud vale más que un best seller de autoayuda lleno de citas mal traducidas de Rumi.
También conviene evitar el escapismo cómodo. Desenchufarse del debate político porque “todo es ilusión” fortalece justamente al poder que se critica. La mística auténtica no manda desentenderse del barro: recuerda que el barro forma parte de la danza cósmica. Un ciudadano que ha olido la muerte y ha regresado con una perspectiva más amplia debería exigir gobernantes menos cínicos, no abdicar de la esfera pública. La espiritualidad que no se encarna degenera en narcótico. Por eso defiendo un humanismo cuántico: aceptar la relatividad última de la materia sin abdicar del compromiso con la justicia concreta.
Propongo, pues, a mis lectores tres rutas de exploración literaria que integren ECM, supraconsciencia y crítica social. Primero, la novela de umbral político: un diputado corrupto sufre paro cardíaco, experimenta una visión de conciencia interconectada y regresa decidido a dinamitar el sistema que lo sostenía. ¿Fracasa? ¿Lo desaparecen? Que la trama responda. Segundo, el diario poético del clínicamente muerto: fragmentos breves donde el narrador describe pasadizos de luz alternados con escenas ásperas del hospital público en crisis. El contraste sacude. Tercero, el ensayo-híbrido que entrelace estudios neurocientíficos con crónicas de activismo: mostrar cómo la comprensión de la muerte libera del miedo y, por tanto, del chantaje que el poder ejerce mediante la inseguridad.
Quizá sea demasiado ambicioso, pero sospecho que la nueva era literaria se gestará en ese cruce de estados alterados y análisis estructural. No basta con decir “somos conciencia infinita”; hay que preguntarse quién decide el precio del alquiler mientras meditamos. Tampoco basta con denunciar a las élites si no ofrecemos ventanas a la trascendencia que desarmen el cinismo.
Meses después de aquella inmersión en testimonios de ECM, releo mis notas y descubro esta línea: “El más allá como espejo, no como refugio”. Me sirve de brújula. Cada vez que la realidad política me indigna hasta la taquicardia, vuelvo a los relatos de túneles y campos luminosos, no para huir, sino para calibrar la magnitud del escenario. Somos polvo estelar jugando a la bolsa. Recordarlo no neutraliza la rabia, pero la afina. Y desde esa rabia afinada, la palabra gana filo.
Es posible que un físico riguroso se ría de mis analogías, o que un devoto me acuse de reducir lo sagrado a neurotransmisores. Perfecto. La literatura vive del desacuerdo fértil. Mi tarea consiste en cavar puentes entre disciplinas que se vigilan con recelo. Si logro que un lector político lea sobre supraconciencia sin sarcasmo, y que un místico examine las cifras del desempleo sin evasión, habré tejido un hilo insólito. Y ese hilo, querido lector, es la cuerda floja sobre la que caminaremos los próximos años: debajo, el abismo de la tecnocracia hueca; arriba, la tentación del nirvana de manual. En medio, la posibilidad provocadora de una sociedad madura que sepa mirar de frente a la muerte y, al mismo tiempo, exigir pan y belleza en el mismo acto respiratorio.
No sé si ganaremos. Pero conozco el vértigo luminoso de quien despide la vieja realidad con la misma serenidad con que el paciente extubado describe la luz al fondo de su ECG. Y te aseguro que merece la caída.






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