Salgo al exterior con la vana intención de tomar aire fresco y me encuentro con un soplo de dragón que me chamusca las pestañas. Es principio de julio en Valencia y el mercurio ha decidido subirse a un globo aerostático: treinta y cuatro grados al mediodía (Sensación Térmica de 37), veinticinco a las tres de la madrugada (ST: 27). Y tenemos suerte, en el centro abrasa. Dos fallecidos recientes aquí por el impacto. La ola de calor se ha instalado como un okupa en la península, pero no es un fenómeno local ni culturalmente pintoresco; es el latido agónico de un Mediterráneo que se calienta 0,28 °C por década y se convierte en caldo primigenio para medusas y huracanes de diseño. Recojo datos, no dogmas: la temperatura superficial del mar balear ronda ya los 30 °C, cinco por encima de la media de los ochenta; en el Atlántico norte, las boyas reportan picos nunca vistos desde que existen registros satelitales. Algo se ha descuadrado, y sin embargo los informativos alternan el drama climático con recetas de gazpacho y recomendaciones para “evitar las horas centrales”. Como si el apocalipsis fuera una picadura de avispa que se calma con amoniaco.
Me resisto a las explicaciones binaristas. Ni el planeta arde porque encendamos cada lámpara de LED, ni el calentamiento es un cuento chino de burócratas verdes que planean estrangular nuestra libertad a impuestos. El mundo, como las buenas novelas, no soporta simplificaciones. A quien busque certezas monolíticas le sugiero leer prospectos de farmacéutica; la realidad climatológica se parece más a un policial con pistas contradictorias. El dióxido de carbono ha pasado de 280 ppm en la era preindustrial a más de 420 ppm este año. Esa curva coincide con una fiebre global de 1,2 °C. Correlación no garantiza causalidad, sentencia la lógica clásica, pero la termodinámica se declara agnóstica ante la semántica: mayor concentración de gases infrarrojos significa menor fuga de calor. La industria fósil inyecta 34 gigatoneladas de CO₂ al año; no poseo fe religiosa para creer que tal masa se disipe en rezos. De modo que, mientras discuten si el incendio existe, el suelo de Requena alcanza sesenta grados y las viñas se cuecen desde la raíz hasta las ramas.
Los políticos, como siempre, acuden con dos máscaras: la del mesías y la del pirómano negacionista. Unos se retratan plantando árboles ante fotógrafos mientras autorizan ampliaciones de autopistas para cruceros de contenedores; otros tuitean que “el clima siempre cambia” y luego financian diques porque su club náutico se hunde. Yo no soy verde pastoral ni gris “bussines as usual”; soy librepensador humanista, agnóstico del catecismo partidista y libertario por hartazgo de salvadores. Quiero datos sin maquillaje, soluciones negociadas sin moralina y, sobre todo, la humilde admisión de que ninguna tribu ideológica posee llave maestra para bajar los termostatos celestes. El dióxido no distingue izquierdas de derechas; se acumula como bilis en el hígado colectivo. Ignorarlo es suicida, pero convertirlo en religión coercitiva es amputar la imaginación ciudadana.
Frente a la avalancha de cifras y consignas, propongo un ejercicio literario: pensar el calor como metáfora política. El aire inmóvil que sofoca los pulmones se parece a la inercia institucional que aplasta cualquier reforma audaz. Nos quejamos de que la noche no refresca, pero seguimos amortajados en subsidios al diésel marítimo o en planes urbanísticos que asfaltan huertas centenarias. Somos las ranas que hierven lentamente. Para salir del cazo hace falta la frescura de lo improbable: techos verdes en polígonos industriales, hidrógeno obtenido con excedente fotovoltaico, trenes nocturnos que compitan con aviones low cost, autoconsumo compartido en cada barrio. Y hace falta, también, una reescritura del deseo. Mientras la publicidad asocie prosperidad a climatización perpetua y carne sin estacionalidad, seguiremos incubando megavatios como termitas. Ni Greta ni Trump: necesitamos poetas que seduzcan con otros imaginarios de confort. O «soltamos» los deseos para siempre.
Lo que no necesitamos es pánico místico. Cuando leo profecías que anuncian un Mediterráneo desértico en 2050, recuerdo que el catastrofismo paraliza igual que la negación. Sí, tenemos incendios en Canadá que funden el hielo ártico y olas de calor que matan ganado en Grecia. Pero también tenemos la tecnología para producir electricidad sin quemar carbón, y la curva de precio de la solar se desploma más rápido que la de cualquier commodity de la historia. El problema no es técnico; es narrativo. Falta un relato colectivo que ligue la épica de salvar un olivo milenario al placer de dormir sin aire acondicionado y sin pesadillas geopolíticas por gas ruso. Falta libro, falta película, falta metáfora. Ahí es donde los escritores podemos apuntar el dedo sin dogma: mostrar futuros deseables que no huelan a panfleto, sino a uva moscatel al atardecer.
Mientras tanto, la ola sigue. Aplasto con los dedos mi vieja persiana valenciana para dejar entrar un hilo de luz y me digo que esta habitación es laboratorio y altar. En la mesa, un vaso de horchata se calienta en diez minutos: experimento doméstico sobre la rapidez del entropía. Tomo notas: “La ciudad se ablanda como mantequilla, los turistas transpiran solvencia y los camareros se licúan bajo toldos rojos”. Pienso en García Márquez describiendo Macondo: calor que fermenta mariposas amarillas. Quizá la misión secreta de esta ola sea obligarnos a desacelerar, a recitar haikus en mitad de la espera del autobús. Pero el romanticismo se evapora cuando un anciano cae por golpe térmico. Sin hidromitos: necesitamos tramas tangibles.
Concluyo entre latidos de ventilador. No sé si la humanidad frenará la fiebre a tiempo; sí sé que la indiferencia nunca fue buena literatura. Propongo, pues, a quienes me leen desde Ubertnia que escribamos juntos una pragmática utopía. Empecemos por auditar nuestros termostatos mentales: ¿cuánto deseo importado en avión podríamos sustituir por gozo local? Sigamos con la política municipal: ¿por qué no exigir pérgolas solares en cada avenida en vez de rotondas faraónicas? Y terminemos con la economía del cuidado: fresqueras comunitarias, siestas reivindicadas como derecho laboral, talleres de cocina que rescaten sopas frías históricas. No es nostalgia; es supervivencia estilizada.
Quizá dentro de veinte años alguien recuerde este verano como el año en que la Malvarrosa o el Saler se convirtieron en sábanas humeantes y, sin embargo, germinó la semilla de un relato nuevo. Tal vez yo mismo, si la suerte y el bronceado lo permiten, siga escribiendo desde un porche cubierto de parras que abastecen un pequeño inversor de litio bajo mis pies descalzos. La temperatura seguirá bailando, porque el clima es un poema en revisión perpetua. Pero al menos sabré que no fue el calor quien me dictó la renuncia, sino la convicción de que cada frase puede ser un vaso de agua fresca en mitad del arcano incendio. Y brindaremos, entonces, porque el termómetro se vuelva testigo y ya no verdugo, y porque la literatura siga siendo ese aire clandestino que ninguna ola de calor logra calcinar.






Deja un comentario