Llego a la terraza del Atenea Sky cuando el sol apenas se inclina y descubro un paisaje que desobedece los viejos relojes. Son las seis de la tarde y, allí donde esperaba turistas somnolientos, encuentro a centenares de cuarentones y cincuentones marcando un compás relajado con los himnos de los ochenta. Sus zapatos son cómodos, sus camisetas no exhiben marcas, pero la energía recuerda a la liturgia electrónica de mis veinte años en Barraca. He venido a ver por qué la generación Gen X que creció con walkman y divorcios ha cambiado el ritual nocturno por esta liturgia vespertina llamada “tardeo”. Lo que descubro es más que moda: un síntoma económico, un ajuste psicobiológico y, quizá, un acto de resistencia frente al neoliberalismo crónico del ocio.

El trasfondo se cifra en un dato brutal: la mayoría de los asistentes madrugará mañana para abrir hojas de cálculo o llevar hijos al instituto. El cuerpo no tolera la épica de las cinco a.m. y, sin embargo, el deseo de pista no se apaga. Así se gesta el acuerdo tácito: adelantamos la fiesta y la abrevamos. De cinco a diez p.m. basta para lubricar las neuronas con vodka y remendar la nostalgia con “Enjoy the Silence”. El sistema endocrino agradece la tregua; la economía urbana, también. Hoteles y rooftops ocupan una franja que antes languidecía entre el brunch y la cena. Se redibujan los turnos de camareros, se amplía el espectro del DJ local que ya no compite por la madrugada; la ciudad gana doble vida sin extender la jornada laboral.

¿A quién afecta? A nosotros, cuarentones y cincuentones clonados entre hipotecas, pensiones en vilo y padres octogenarios que demandan cuidados. La noche tradicional exige energía bruta, una moneda que la edad y el cortisol retiran de la circulación. El “tardeo” ofrece cambio exacto: un shot de euforia dosificado, que cabe entre la paella y la serie de las once. Quienes están separados —y València acumula divorcios como naranjas— encuentran aquí un mercado afectivo fuera del algoritmo de Tinder, porque la luz del crepúsculo favorece la charla sin filtros y destierra el aire predatorio de la discoteca clásica.

Los motivos se bifurcan. Motivación hormonal: la caída de melatonina a media tarde produce un pico de sociabilidad que antaño se engullía delante de Excel; ahora se exhala en un gin-tonic premium. Motivación cultural: necesitamos volver a escuchar la banda sonora de nuestra pubertad sin compartir pista con universitarios que googlean “Pet Shop Boys”. Motivación sistémica: la precariedad cronifica ansiedad; bailar antes del anochecer es una meditación dinámica que no exige mindfulness ni coach. La ciudad mediterránea —pavimento, brisa, luz oblicua— redondea la fórmula.

Consecuencias. Positivas: revitaliza zonas centro en horarios seguros, reduce borracheras extremas y optimiza la conciliación; los taxistas obtienen viajes de ida y vuelta en horarios escalonados. Negativas: eleva el ruido vespertino en barrios gentrificados y refuerza el consumo alcohol-dependiente como atajo emocional. Además, al desplazar la fiesta al espacio premium (rooftops, terrazas), puede excluir rentas bajas, ensanchando la brecha hedonista.

¿Qué solución alternativa cabría? Primero, ritualizar sin automatizar: convertir el “tardeo” en celebración quincenal, no en liturgia diaria que emule la cervecita post-curro. Segundo, diversificar estímulos: si la música es ancla emotiva, añadamos poesía slam o jam de relato; que el afterwork erótico-nostálgico incluya también narrativas que oxigenen la mente. Tercero, detox digital: un “tardeo” con móvil en modo avión potencia la atención plena que los gurús venden a precio de retiro. Cuarto, equilibrio metabólico: alternar cócteles con mocktails de aloe y yuzu; el hígado de los cuarenta no es el de los veinte y la mañana siguiente agradecerá la alquimia.

A las nueve y media, la terraza arde en dorado y comprendo el núcleo de la tendencia: es la revancha contra la tiranía del despertador sin renunciar al placer tribal. La generación X perdió certezas (pensiones, estabilidad, dogmas religiosos) y ha decidido rescatar al menos el pulso rítmico, pero con la sensatez de quien debe firmar un contrato a las nueve. Yo, que escribo para inhalar todos los mundos, alzo mi copa imaginaria y brindo por este atajo lúcido: que la fiesta no devore la salud ni la salud arrase el deseo. Que el “tardeo” permanezca como puente entre la juventud que fuimos y la vejez que ya asoma, y que la música de los 80-90 siga empujando los cuerpos —ligeramente más anchos, sí— a creer que todavía cabe libertad en un compás de cinco a diez. El que no se consuela es porque no quiere.


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