Escribo con el olor a resina quemada pegado a la lengua. Agosto ha dejado de ser un mes y se ha vuelto un dictado: 115.000 hectáreas en pocas semanas, casi todo lo que el año había querido gastar en ceniza comprimido en un único golpe. En Galicia, Ourense a la cabeza; en la raya de Zamora y León, Molezuelas convertido en cifra de récord con más de 37.000 hectáreas; otro perímetro monstruoso en Uña de Quintana superando lo que creíamos un límite histórico; Jarilla, en Cáceres, más de 6.000; incluso la periferia madrileña ha ardido entre mil y dos mil hectáreas con una víctima. Lo repito para creérmelo: no son titulares, son geografías. Y mientras el país habla de “incendios” en plural, yo percibo un solo incendio que cambia de nombre y de viento, un animal enorme que atravesó el mes con mandíbula de nube.
No escribo para alimentar el pánico, sino para entender qué nos está diciendo el monte, porque este verano la sierra ha hablado antes que nosotros. Las temperaturas han cruzado la barrera psicológica de los 44 y hasta los 46 °C; la humedad cayó por debajo del 30 %; el viento se instaló por encima de 30 km/h. La “regla del 30” dejó de ser un apunte técnico y se volvió una poética del peligro: si todo se seca, todo se encadena. El fuego corre con lógica propia —lo advirtieron investigadores y operativos—, se vuelve “mega”, imprevisible, capaz de saltar valles con la chulería de un dios menor. Y en medio, nosotros, que colocamos casas como cerillas en la interfaz urbano-forestal y luego nos sorprendemos de que la llama toque el timbre.
He visto entrar en escena a soldados, a hidroaviones, a brigadas que se dejan la piel en treinta horas seguidas; he leído que el mecanismo europeo ha zumbado como nunca, con aviones y manos de Alemania, Italia, Francia, Países Bajos, Eslovaquia, Portugal. También he leído nombres de voluntarios que no regresaron. Hay investigados, detenidos, carreteras cortadas, pueblos evacuados, trenes detenidos y un rosario de familias con el espejo ahumado y la maleta medio hecha. La máquina de extinción funciona; el paisaje que entrega a esa máquina no. Lo dijeron con crudeza varias voces autorizadas: por cada euro en prevención nos ahorramos cien en extinción. Y sin embargo insistimos en pagar la sirena en lugar del silencio bien gestionado.
Soy un escritor, no un ingeniero forestal, pero mi oficio me obliga a ordenar el caos en relatos manejables. Este es el mío: en las últimas décadas tratamos el mundo rural como si fuera una sala de espera vacía. Desapareció el pastoreo que mantenía a raya la biomasa, se abandonó el mosaico de cultivos que troceaba el combustible continuo, se relegó el oficio forestal a folclore administrativo, y la montaña —sin la mano paciente de quien la vive— acumuló pólvora vegetal a la sombra del cambio climático. Cuando llegaron las olas de calor, el paisaje ya estaba predispuesto a la combustión. No basta culpar a una cerilla o a un rayo: el bosque llevaba meses escribiendo la novela que ahora nos abrasa.
¿Qué podemos hacer, desde esta trinchera de letras? Primero, dejar de nombrar el fuego solo en agosto. Nuestra sección —Escritos para una nueva era— debe convertirse en una biblioteca de prevención creativa. Propongo crónicas de Ourense y Zamora contadas por los últimos pastores; manuales literarios de “mosaico” que expliquen cómo se construye un paisaje con discontinuidades: pasto, frutal, retazo de cereal, franja de cortafuego vivo. Propongo entrevistas con quienes, como los analistas de incendios, hablan de “sexta generación” para divulgar sin morbo y sin tecnocracia. Propongo relatos sobre casas que sobrevivieron por una franja de cinco metros limpia de combustible, para que la épica cambie de héroe: menos hidroavión, más azada a tiempo.
Segundo, exigir —con la música de las palabras— que el pacto climático no sea un titular de septiembre. Un pacto serio se traduce en presupuestos y en oficios: quema prescrita con ventanas seguras; rebaños subvencionados por hectárea desbrozada a diente; consorcios comarcales que paguen a las cuadrillas también en invierno; formación a propietarios dispersos; seguros que bonifiquen la autoprotección; urbanismo que prohíba construir chimeneas en medio de la pólvora. La política tiene el altavoz y el BOE; nosotros, la insistencia. Hagámosla valer.
Tercero, educar el deseo. Porque la raíz del problema, como casi siempre, no es técnica sino estética: hemos romantizado el bosque continuo, esa alfombra verde sin interrupción, como si fuera un cuadro. El monte mediterráneo sano es un patchwork humilde: claros, manchas, caminos, bancales, ignifugado por usos. Se ve menos “salvaje” en Instagram, pero resiste mejor al dragón. Debemos cambiar la postal interior, y la literatura sirve de cincel invisible para tallar imaginarios. Escribir contra el monocultivo de pino no es atacar al árbol, sino defender al bosque.
Cuarto, escuchar a quienes ya viven la adaptación. Hay aldeas que han hecho del “vecino bombero” una figura organizada; hay cooperativas que comercializan biomasa residual; hay escuelas que dibujan “la regla del 30” en su mural de ciencias; hay técnicos que han logrado hipercoherencia operativa entre ayuntamientos, cuadrillas y Protección Civil. Contemos esas historias con la belleza que merecen, sin paternalismo, para que puedan replicarse. La emoción bien narrada también es infraestructura.
Quinto, aprender a convivir con el fuego sin miedo y sin frivolidad. El fuego es parte del Mediterráneo; el megaincendio no. En esa distinción está nuestra madurez. Habrá veranos con humo, atardeceres naranja y ceniza en los alféizares. El objetivo es que lo excepcional vuelva a serlo. Para eso, además de ciencia, nos corresponde una ética de los veranos: no entrar al monte en alerta roja aunque el atajo sea tentador; no abrir una senda sin revisar el parte; no mirar el helicóptero como espectáculo, sino como factura.
Cuando cierro el cuaderno, el aire huele un poco a mar y un poco a carbón. Pienso en los libros que deberíamos escribir este otoño: un atlas del mosaico agroforestal, un poemario de cortafuegos, un ensayo breve titulado La belleza de la discontinuidad, una novela que empiece con una evacuación a medianoche y termine con la restitución de un pueblo que aprendió a pactar con su monte. No son caprichos estéticos: son herramientas de conciencia. La ceniza, cuando se piensa bien, es abono. Si ponemos manos, presupuestos y palabras donde ahora ponemos parches, quizá dentro de unos años agosto vuelva a ser mes y no dictado. Y cuando el monte quiera escribir primero, lo hará con hojas verdes y no con humo. Entonces, por fin, habremos aprendido a leerlo.






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