La postura piensa y la hormona recuerda
Amanecí con la mandíbula apretada como si hubiese masticado la noche entera. No hizo falta un tratado de neurofisiología para saber que había soñado con discusiones pendientes: el cuerpo ya había redactado el acta en forma de cervicales tensas y una electricidad fina en la piel, esa microcaricia conductiva que los aparatos registran cuando la ira se asoma. Me bastó abrir la ventana para oír cómo la materia —esta carne suya y mía— reclamaba su sitio en la mesa de la conciencia. Se nos olvida que toda emoción firma contrato con glándulas; que el miedo cita al cortisol, la impaciencia convoca a las catecolaminas y el estrés fabrica armaduras de músculo que, si se prolongan, terminan sellando dolencias con su cera oscura. Lo sabemos y, sin embargo, seguimos buscando alivios exóticos fuera de casa: más pantallas, más azúcar, más promesas de felicidad con packaging. La noticia no es esa. La noticia es que todavía infravaloramos hasta qué punto una postura, un gesto, una minucia material pueden inclinar el timón de la mente.
Recuerdo mi primer hatha yoga no como una clase, sino como una frase dicha al revés. Llegué con la expectativa atlética del gimnasio y encontré ideogramas para el silencio: cada asana era un signo de puntuación para una gramática que no veía. Al principio forcé —la soberbia siempre llega puntual—, hasta que entendí que el propósito original no era lucir músculo sino construir las condiciones del pensar sin ruido. Cuando una postura se afina con respeto, la respiración encuentra un corredor despejado, el diafragma baja como un ancla y, de pronto, aparece ese estado raro en el que el yo deja de narrarse a gritos. No hizo falta un mantra: bastó una columna alineada y una lengua reposando en el paladar como quien apoya un barco en su muelle. Ahí supe que la materia no es cárcel: es tecnología espiritual. O, si se prefiere menos grandilocuencia, es un artefacto para despejar el escenario donde la atención hace su función.
Entonces recordé la frase antigua atribuida al Buddha: “Un buddha se comporta como un ser común y corriente; y un ser ordinario se comporta como un buddha”. La entendí del revés y del derecho. El realizado honra el detalle —come cuando el cuerpo lo pide, duerme cuando el sueño lo llama, escucha el clima, el humor del día, los límites de los otros—; el ordinario, en cambio, finge estar por encima de la física: priva de agua al cuerpo como prueba de disciplina, medita con dolor de espalda para publicar la hazaña, ignora señales con la arrogancia del que cree haber vencido al hambre. He sido ese ordinario disfrazado de iluminado: escribí horas sin levantarme de la silla, confundí inspiración con dopaje de cafeína, tomé la tensión muscular como mérito. Cada vez que lo hice, la conciencia se me volvió una sala de espejos deformantes.
He aprendido, a fuerza de retrocesos, que la puerta es más humilde. Si entro en un estado de ira y atiendo la escápula que se enciende, si coloco los hombros como un artesano coloca su herramienta, la electricidad baja un punto. Si camino y permito que la planta del pie escriba un haiku —talón, metatarso, dedos—, la cabeza se desinfla. No es poesía: es cableado. La piel, los tendones, los ritmos, envían telegramas hacia dentro, y la mente, que presume de soberana, responde al dictado. A la inversa, si sostengo una imagen de gratitud concreta —no un concepto, un rostro, un gesto recibido—, los latidos ceden y el músculo cree. Esa es la intimidad profunda entre materia y conciencia: un matrimonio que no necesita juramentos, solo microgestos hechos a tiempo.
Podría vestirlo de mística —y a veces la metáfora ayuda—, pero prefiero la precisión del lenguaje cotidiano: cuando el estrés me encierra, dejo de negociar con ideales y negocio con sillas. Ajusto la altura, apoyo los isquiones, libero el abdomen, busco la anchura de la espalda, dejo que la respiración se expanda lateral. En minutos, el pensamiento abandona la tribuna del juicio y baja al taller. Esta es la otra cara del hatha yoga que la industria convirtió en coreografía: no es una colección de poses, es un manual de ingeniería suave para inducir, o al menos facilitar, el estado meditativo. No hace falta creer: basta probar la diferencia entre leer una página con los hombros en las orejas o con el esternón respirando.
También he visto el reverso: la materia impacta en nosotros con sus reclamos legítimos. La falta de luz se vuelve melancolía, el ruido se vuelve alarma, la mala comida se vuelve niebla. La tentación es perseguir un placer que tape, no que ajuste. Pero el alivio honesto es más simple y menos heroico: beber agua como quien pide perdón, salir a caminar sin auriculares para que el horizonte haga su oficio, masticar sin pantallas para recordarle al cerebro que hay mundo. La espiritualidad adulta no desprecia estas obviedades: las consagra. Y en esa consagración el cuerpo deja de ser enemigo para volverse aliado lucidérrimo.
A veces me preguntan si no hay riesgo de caer en el materialismo. Sonrío: no conozco atajo más directo al misterio que el respeto por la forma. Quien desprecia la postura suele perseguir visiones; quien honra el detalle, a veces tropieza con la claridad. Un día, en mitad de una torsión mínima, sentí que el resentimiento antiguo se había diluido medio grado. No fue un milagro; fue el resultado de no forzar, de colocar el hueso donde la anatomía lo soñó, de permitir que la respiración barriera el rincón donde yo guardaba el agravio. ¿Era psicología? ¿Biología? ¿Consciencia? Era un cuerpo bien atendido abriendo la puerta a una mente menos defensiva. Y con eso basta.
He decidido —esta semana, esta primera lección— que mi disciplina será lo contrario del gesto grandilocuente: levantarme cada hora a respirar de pie junto a la ventana, sentarme como si mi columna fuese un faro que otros necesitan, comer cuando el hambre es real y no cuando el aburrimiento me visita, decir “basta” antes de que la voz se quiebre. No hay premio místico, hay paz utilizable. Y cuando la escritura me capture, recordaré que el buddha verdadero no hace alarde de victoria: atiende la necesidad, los ritmos de la naturaleza, la expectativa razonable del otro. El ordinario —yo— se disfraza de vencedor del mundo y luego se rompe al primer tirón.
Si me piden una consigna, diré esta: la materia es la primera maestra de la conciencia. Y si me exigen un gesto revolucionario, propongo un acto diminuto: colocar la lengua en el paladar, cerrar los ojos cinco respiraciones, notar cómo la pelvis pesa y cómo el aire entra con menos prisa. Ahí comienza un tipo de libertad que no necesita escapar de nada. El resto —las grandes palabras, los altares, los relatos— será siempre secundaria literatura. Y yo, que escribo por oficio y por necesidad, prefiero desde hoy que mi prosa huela a hueso bien colocado y a pulmón agradecido. Porque sólo así —con respeto por los detalles— el ser común y corriente que soy deja de actuar como un buddha de cartón y empieza, sin anunciarlo, a comportarse como alguien que comprendió la realidad sin violencia.






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