Ayer vi, reconozco que tarde, un capítulo de «The Chosen (Los Elegidos). 2019-2027» y, de pronto, el «Sermón de la Montaña», el mensaje más revolucionario de Jesús de Nazaret, dejó de ser vitral para convertirse en herramienta. No era un recuerdo de infancia ni una cita para funerales: era un software subversivo, ligero y preciso, capaz de actualizar el sistema operativo de una vida. Me sorprendió la escena: el viento entrando por la ladera, la multitud expectante, y esa voz que no gritaba para imponerse, sino para abrir espacio dentro. Sentí la punzada de una evidencia incómoda: el mensaje original de Jesús no envejeció; fuimos nosotros quienes lo cubrimos de barnices hasta dejarlo irreconocible. Si uno sopla el polvo, lo que aparece no es moralina, es dinamita ética. Y en tiempos de algoritmos de odio, de exhibicionismo moral y ansiedad sin orillas, dinamita es exactamente lo que necesitamos para despejar el terreno.
Comienzo por las «Bienaventuranzas», que no son promesas para un más allá remoto, sino un mapa de inversión de valores aquí y ahora. Dichosos los pobres en espíritu: no es una oda a la miseria, es la declaración de bancarrota del ego. En una cultura que confunde autoestima con narcisismo, la pobreza en espíritu es el antídoto que nos libra del mito del yo autosuficiente. La mansedumbre —esa palabra malentendida como docilidad— es otra dinamita: significa fuerza bajo control. Quien renuncia a devolver cada golpe en la misma moneda no capitula; decide no alquilar su sistema nervioso al agresor. Los limpios de corazón, los hambrientos de justicia, los que lloran sin vergüenza… no son perfiles de perdedores; son los únicos capaces de no convertir su dolor en dogma. Leyéndolas de mayor, entendí que estas frases son un manifiesto contra la brutalidad que nos habita a todos y una hoja de ruta para la revolución menos estridente y más eficaz: la que empieza en el interior y se contagia por imitación.
Me detuve en ese doble imperativo: sal y luz. Sal para evitar la corrupción, luz para no ocultarse. El equilibrio me parece asombroso: el mismo discurso que denuncia la ostentación de la limosna y la oración en público te exige ser visible cuando esconderte sería comodidad. Traduzco a mi época: menos “postureo” compasivo en redes y más presencia discreta donde el dolor es opaco a los likes; menos bandera en el avatar y más mano en la sombra. Ser sal es evitar que la convivencia se pudra en el ácido de la burla; ser luz es arriesgar el prestigio para que otro vea el camino. No hay contradicción: hay madurez.
La radicalización interior que propone el Sermón me resultó, por primera vez, de una lucidez feroz. “Oísteis que fue dicho… pero yo os digo”. No basta con no matar: hay que desactivar la fábrica de desprecios donde nace la violencia. No basta con no adulterar: hay que reeducar la mirada para que deje de convertir al otro en un trofeo. No basta con dirimir conflictos a martillazos de ley: hay que abrir la grieta de la misericordia. Aquí se juega la gran vigencia del mensaje: la política, la economía y hasta las terapias más sofisticadas fracasan si el corazón sigue emitiendo la misma señal. Jesús no cancela la ley; la lleva a su raíz. Y la raíz de todo homicidio es una palabra dicha con veneno; la raíz de toda infidelidad es una mirada que no sabe ver a la persona bajo la máscara del deseo.
El pasaje de la “mejilla” ha sido caricaturizado hasta el ridículo, convertido en excusa para el abuso o en prueba de ingenuidad. Entendí algo distinto: no resistir al mal no es dejarte aplastar, es negarte a replicar su gramática. La no violencia que propone el Sermón no es pasividad, es ingeniería de conflicto; requiere más coraje que el golpe. Es decirle al mal: “no vas a convertirme en tu imagen”. Esa desobediencia íntima, que Gandhi y King convirtieron en programa político, sigue siendo el gesto más revolucionario de nuestra época: donde triunfa la burla, cultivar respeto; donde reina la humillación, preservar la dignidad; donde manda la venganza, defender la justicia sin odio. Solo así la rueda deja de girar.
La crítica al exhibicionismo religioso me sacudió como una fábula contemporánea. Haz limosna en secreto, ora en secreto, ayuna en secreto. ¿Qué es, si no, una vacuna contra la economía de la atención? Vivimos atrapados en el panóptico de nuestros dispositivos, mendigando una confirmación que nunca sacia. El Sermón propone un gimnasio de anonimato: fortalecer el músculo de la integridad cuando nadie mira. Lo noto en mi oficio de escritor: cuando escribo para impresionar, la frase suena hueca; cuando escribo desde el cuarto cerrado, llega la música. El silencio no es un lujo: es la única atmósfera en la que puede crecer lo verdadero.
Pero quizá el bloque más contracultural sea el de los tesoros y la ansiedad. “Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”. Pocas frases han envejecido mejor. Si mi tesoro es la aprobación, viviré agotado por mantener mi máscara impecable; si es el dinero, todo problema se volverá contable; si es el prestigio, terminaré plebeyo del rumor. El Sermón no prohíbe bienes, prohíbe idolatrarlos. Y, en paralelo, destituye la preocupación crónica: mirad las aves, mirad los lirios. No es una invitación a la irresponsabilidad; es un recordatorio de estilo. Hacer lo que hay que hacer con espíritu desocupado. En un tiempo que convierte el futuro en amenaza de calendario, volver al día como unidad de sentido es una revolución psicológica.
“No juzguéis”. He aquí otro explosivo. No porque no haya que distinguir el bien del mal, sino porque el juicio que condena al otro a una identidad inmutable nos roba la posibilidad de su cambio y la humildad de nuestra propia ceguera. La cultura de la cancelación es el opuesto exacto de esta frase: cree purificar el espacio público cuando, en realidad, lo envenena de miedo. Juzgar menos no es relativismo; es precisión: medir con la medida con que quiero ser medido. Descubrí que la justicia más alta no borra estándares: borra la soberbia con que los esgrimimos.
El cierre del Sermón es una parábola que hoy leo como contrato de arquitectura existencial. Casa sobre roca, casa sobre arena. Roca: coherencia entre lo que digo y lo que hago, entre lo que proclamo y lo que practico cuando nadie me ve. Arena: discursos hermosos sin muros, proclamas sin cimientos. Las lluvias llegarán; el viento soplará; la economía, la salud o el amor se tambalearán. No se nos promete inmunidad, se nos entrega un método de construcción. Qué falta nos hace este método en la política, en la empresa, en la educación: menos gestos de inauguración y más albañilería silenciosa.
Todo esto, lo confieso, me llegó con renovada autoridad gracias a «The Chosen». La serie hizo lo que tantas catequesis no consiguieron: devolver carne al discurso, rostro al mito. Ver a Jesús sentado, viendo el gesto torpe de sus amigos, mirando a la multitud sin desprecio ni cinismo, me devolvió el nervio del mensaje. No un superhéroe edulcorado ni un moralista severo, sino un maestro con manos encallecidas que miraba la realidad sin anestesia y sin resentimiento. El cristianismo que heredamos —al menos el que yo vi en demasiados escaparates— hizo del Sermón una porcelana; la serie lo devuelve a la intemperie de la vida. Y la intemperie es el único lugar donde la palabra revela su estatura.
De este reencuentro saco una tesis que me atrevo a afirmar con una convicción poco habitual en mí: el mensaje originario de Jesús mantiene toda su vigencia y, además, conserva su filo. No necesitamos aggiornamentos que lo neutralicen, sino prácticas que lo vuelvan habitable. Si lo mutilamos para que encaje en nuestra agenda, lo traicionamos; si lo encerramos en un templo, lo desactivamos. El Sermón no pide afiliación; pide conversión del imaginario. No pregunta qué crees, sino cómo vives. Y deja una tarea que ninguna reforma institucional resolverá sin nosotros: ser sal en tu barrio, luz en tu trabajo, secreto en tu virtud, arquitectura en tu carácter.
Si sueño con una nueva era, no es de cristianismo de etiqueta ni de espiritualidad blandita. Sueño con una ciudadanía de espíritus despiertos que funcione aunque no compartamos credo. Gente capaz de amar enemigos sin hacerse cómplice del daño; de exigir justicia sin barnizarla con odio; de vivir con menos ansiedad porque su tesoro está bien situado; de no juzgar con saña porque no quiere ser devorada por su propio tribunal; de hablar menos de fe y practicar más el arte misterioso de no humillar. Eso, y no una utopía de slogans, sería la revolución que el Sermón llevaba escondida como pólvora fina.
Me gustaría decir que ya vivo así, pero mentiría. Lo que sí puedo decir es que, desde aquella tarde viendo «The Chosen», la ladera de Mateo me queda más cerca. Siento que la sal se me humedece menos, que la lámpara me pesa menos en el brazo, que mis frases —incluso estas— huelen un poco menos a exhibición. No sé cuánto durará. Sé que mañana tocará construir de nuevo, con la misma mezcla humilde de arena, agua y roca. Y que, si la tormenta llega, preferiré una casa pequeña bien fundada a un palacio de apariencias. Cuando eso ocurra, quizá las palabras “dichoso tú” ya no me suenen a promesa improbable, sino al elogio sobrio de quien decidió la insurrección mansa y, sin hacer ruido, cambió de época.






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