Salí del cine con una certeza rara y a la vez serena: si esta nueva era llega, no vendrá con fanfarrias ni discursos, sino con el crujido de una puerta que se abre despacio y el temblor de un perro que reconoce a su dueño. «El regreso de Ulises», filmado por Uberto Pasolini con la sobriedad de quien confía en el silencio, me quitó la corona de laureles de la cabeza y me dejó en las manos algo mucho más útil: un cuenco para escuchar. La Odisea, por fin, sin fuegos artificiales. No el héroe que levanta ciudades con un grito, sino el hombre que intenta entrar en su casa sin romperla; no la épica del espadazo, sino la liturgia delicada del reencuentro. Fue entonces cuando entendí que la verdadera contracultura, hoy, consiste en «desheroizarse» a tiempo para no convertir la vida en un campo de batalla eterno.
En la pantalla, la guerra no es un prólogo espectacular: es una sombra que Ulises trae adherida, como un olor que no se va. No vuelve vencedor, vuelve marcado. Penélope no aparece como estatua de bronce, sino como inteligencia que aprendió a sobrevivir tejiendo y destejiendo, estrategia de resistencia que no humilla a nadie y sin embargo detiene a los depredadores. Telémaco no es el muchacho que espera instrucciones, sino el joven que aprende a mirar sin odio. Ítaca, por su parte, es un país cansado, más cercano a nuestras ciudades de ruido que a un decorado mitológico. Todo está ahí, pero en otro orden, y el orden cambia el sentido: la cámara se demora en los ojos, en los gestos mínimos, en el aire entre dos frases. El ritmo pausado no adorna: revela. Es incómodo para quienes quieren soluciones express; es imprescindible para quienes aún sospechan que la verdad necesita tiempo para asomar.
Si algo me sacudió fue la desmitificación del héroe. Ulises no regresa para reafirmar la ley del más fuerte, sino para interrogarse sobre la ley que lo sostuvo. El trauma, que la película no estetiza, es el precio atrasado de una épica que nos vendieron sin factura. Traje esa lectura a mi escritorio y vi desfilar, uno a uno, a los Ulises que conozco: la enfermera que vuelve de dos años de guardias y no sabe cómo volver a abrazar; el migrante que regresó sin papeles ni promesas, con la vergüenza oxidándole la voz; el padre que salió vencedor de un cáncer y no encuentra sitio en el salón de su casa; la profesora que terminó una huelga larga y vuelve a un aula donde el cinismo se sienta en primera fila. Son nuestros Ulises cotidianos, sin mar ni cíclopes, atravesando guerras de algoritmos, de precariedad, de soledades; y su épica es aprender a no romper lo que aman cuando vuelven.
Penélope, en la versión de Pasolini, me enseñó la ética que necesitamos: la de una paciencia activa que ni se resigna ni incendia. Esa mujer que aplaza la catástrofe con un telar no es una romántica antigua: es una estratega de la paz. En tiempos que confunden carácter con histeria pública, su sabiduría consiste en distinguir cuándo hay que decir no y cuándo hay que decir todavía no. No calla por miedo; aplaza por inteligencia. Si hoy necesitáramos un símbolo de ciudadanía consciente, yo elegiría esa trama: el tejido paciente de redes que impiden que los pretendientes —las formas modernas del expolio, del ruido, de la manipulación— se apoderen de la casa común.
Me dirán que todo esto es cine y metáfora. Yo respondo con una política del plano fijo. La película nos obliga a sostener la mirada: a escuchar una confesión sin interrumpirla, a dejar que un silencio se haga hueco, a soportar el pulso lento de una reconciliación que no puede acelerarse sin romperse. Esa estética es una ética; esa ética, una estrategia. Si queremos un despertar, habrá que entrenar el músculo de la demora. La velocidad con que consumimos indignaciones nos volvió estériles; el freno que propone Pasolini nos devuelve fertilidad. Un mundo despierto no es un mundo ruidoso, sino atento. Y la atención, hoy, es revolucionaria.
La memoria ocupa en el film un lugar central: no como museo, sino como herida que todavía sangra. El pasado no se anula con frases; se integra con trabajo. Esa integración, que en Ulises pasa por la culpa, el deseo y la vergüenza, en nosotros adoptará otros nombres: duelo, reparación, límites. He hecho del perdón una de mis obsesiones adultas. No el perdón ingenuo que borra el daño, sino el que cambia la gramática del recuerdo: del relato de víctima al relato de aprendiz. El regreso de Ulises me recuerda que perdonar no suprime la memoria, la educa; que no es amnesia, es artesanía; que cuando llega, no es un rayo, es un oficio. La reconciliación no es un milagro moral: es una técnica que se practica a varias manos, con penélopes que sostienen y ulises que se dejan trabajar.
Que el mito se vuelva doméstico no lo reduce: lo agranda. La prueba del arco —esa escena que tantas adaptaciones convirtieron en baño de sangre— aquí se resignifica en una pregunta: ¿qué significa tensar hoy el arco sin matar a nadie? Respondo con lo que veo. Tensar el arco de la verdad en el trabajo sin dinamitar a tus compañeros; tensar el arco de la coherencia en política sin deshumanizar al adversario; tensar el arco de la firmeza en casa sin convertir la cocina en tribunal. El arco es una metáfora del tono: hasta dónde puedo llevar una convicción sin romper la cuerda que me une al otro. No se trata de renunciar a la justicia, sino de impedir que la justicia pierda su humanidad. Esta frontera, fina como un hilo de telar, define el mundo que deseo.
Hay otra lección escondida en la película: la dignidad de la espera. La cultura del “todo ya” nos volvió incapaces de distinguir entre esperanza y ansiedad. Penélope espera, sí, pero no vegeta; convierte la espera en obra, y su obra protege. Telémaco espera, pero no se atrofia; aprende a preguntar, a sostener miradas, a no odiar antes de tiempo. Nosotros hemos olvidado que esperar es una forma de inteligencia política. Una comunidad despierta es la que sabe posponer respuestas rápidas para evitar daños irreversibles. El mundo pide urgencias: la tentación es obedecer con espasmos. La película nos invita a otra coreografía: respiración amplia, decisión precisa, compasión sin espectáculo.
No hay despertar sin duelo ni conciencia sin límites. El cine de Pasolini convierte el trauma en materia trabajable; eso me obliga a no romantizar la fragilidad y, a la vez, a no avergonzarla. Una nueva era no será un paraíso de invulnerables: será una civilización que reconoce el derecho a la vulnerabilidad sin convertirla en moneda de cambio. Quien vuelva de su guerra —literal o metafórica— tendrá derecho a no saber qué hacer con sus manos; nuestra tarea será construir espacios donde esa torpeza no se castigue sino que se acompañe. Una sociedad despierta sustituye el juicio instantáneo por la compañía exigente. La vergüenza, entonces, se deshace como sal en agua, y el presente deja de ser un pasillo de culpa para volverse una sala donde todavía pasa algo.
Hablo de Ulises y en realidad hablo de nosotros. Necesitamos cientos de miles de Ulises que practiquen el arte de volver sin venganza y millones de Penélopes que defiendan con astucia lo que amamos sin convertirlo en trincheras. Necesitamos Telémacos que aprendan a mirar la historia sin heredar los resentimientos de sus padres. Necesitamos Ítacas que no expulsen a los heridos, sino que les enseñen oficios, y supriman esa burocracia humillante que obliga a fingir fortaleza para merecer ayuda. Lo que está en juego no es un mito, es un modo de habitar el siglo.
El cine me dejó una brújula: si cada familia, cada barrio, cada oficio decide tensar su arco sin romper, tejer su telar sin fatiga y volver a casa sin devastar, el movimiento será imparable. La contracultura hoy no es gritar más fuerte, es reparar mejor. No es inventar enemigos, es construir futuro en presente. No es abolir la épica, es cambiarle el argumento: menos conquista, más vuelta; menos gloria, más cuidado; menos idolatría del pasado, más fidelidad a lo que todavía puede florecer.
Quise, al regresar del cine, preguntarme qué habría dicho Homero si hubiese visto la película. Creo que habría sonreído: reconocería su mito en los pliegues de una historia que ya no necesita dioses para ser grande. Y quise, también, preguntarme qué haría Ulises hoy al entrar en una Ítaca de alquileres imposibles, algoritmos devoradores y guerras que no salen en las noticias. Lo imaginé respirando antes de hablar, pidiendo perdón ante la primera torpeza, levantándose sin ruido para cocinar con su hijo, volviendo a escuchar a su esposa sin llevar la guerra a la mesa, bajando los ojos cuando la memoria se le atasca, pidiendo ayuda sin vergüenza, y tensando su arco solo cuando la verdad lo exige. Penélope, por su parte, no firmaría manifiestos, fundaría cooperativas; no haría discursos en plazas, abriría escuelas de telar para enseñar a diferir la violencia. Ítaca sería un taller. La revolución, una casa abierta.
He escrito estas líneas con la aspiración inútil de que una frase haga lo que hace un abrazo: aliviar sin infantilizar. No sé si lo he logrado. Sé que el film de Pasolini me devolvió un mito capaz de sostener la vida sin exigirme ser un héroe; sé que el mundo necesita menos epopeyas y más regresos; sé que la vigilia no consiste en estar despierto para ver más desastres, sino en mantener los ojos abiertos para reparar mejor. Si algo puedo prometer, es esto: me esforzaré por ser un Ulises sin pedestal y por merecer, cada noche, la mirada de Argos. Y cuando me toque esperar, tejeré con Penélope no una nostalgia, sino un porvenir. Porque de eso va esta nueva era que invocamos: de gente consciente que decidió, por fin, que la paz y el amor también se aprenden. Y que se aprenden juntos.






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