Yo era apenas un muchacho cuando el siglo se quebraba por dentro. No llegaba a la veintena y ya caminaba por las avenidas inquietas de una Valencia que olía a pólvora y a imprenta clandestina, a café amargo y a libros prohibidos. Eran los años setenta. Franco agonizaba, pero el miedo seguía respirando en las esquinas. La ciudad, bajo su apariencia somnolienta, escondía una multitud de pulsos invisibles: la poesía subterránea, la teología que se hacía política, el anarquismo que renacía en los márgenes.

En ese hervidero espiritual y rebelde tuve la fortuna —o el destino— de encontrar a dos seres que marcarían para siempre mi vida: Otto Maduro y Federica Montseny.
El uno, teólogo venezolano, místico del pueblo y filósofo de la esperanza; la otra, la gran dama del anarquismo español, primera ministra del «ruedo ibérico» libertario y conciencia viva de una ética sin Dios pero con alma. Ambos llegaron a Valencia en momentos distintos, y cada uno trajo consigo una vibración distinta del universo.
Con ellos, el mundo se partió en dos hemisferios que, al rozarse, despertaron en mí una nueva forma de entender la libertad.

Conocí a Otto Maduro en una conferencia que no figuraba en ningún cartel oficial. Era 1972 o tal vez 1973. Un grupo de jóvenes inquietos —curas obreros, militantes de base, estudiantes (como yo) con el corazón lleno de preguntas— nos reunimos en un piso de la calle Sagunto de Valencia para escuchar hablar de algo que en España aún sonaba a herejía: la Teología de la Liberación.

Otto tenía treinta y pocos años, una larga y ancha barba oscura, un acento caribeño musical y una serenidad que desarmaba. Sus palabras eran una mezcla de análisis sociológico y fervor poético. Decía que el Evangelio debía leerse con los pies descalzos, que Dios no habitaba en los palacios ni en las catedrales sino en las casas humildes, en los talleres, en las cocinas donde el pan se reparte entre los que no tienen.

Aquel discurso no era solo una idea: era un estremecimiento. Nos hablaba de una fe encarnada, una teología que no bajaba del cielo sino que ascendía desde la tierra. Yo lo escuchaba fascinado. En su voz descubrí que la espiritualidad podía ser una forma de inteligencia política y que el amor, lejos de ser un refugio, podía convertirse en una herramienta revolucionaria. Después de la conferencia me acerqué a saludarlo. Caminamos durante horas por las calles húmedas de la ciudad. Recuerdo que al pasar por la plaza del Carmen me dijo, casi en un susurro: «La liberación, Enrique, no se predica: se vive. Y cuando se vive, se contagia».

Aquel encuentro fue el inicio de una amistad que me acompañaría durante años. Cuando Otto regresó a su residencia en Lovaina, en Suiza, comenzamos a escribirnos cartas. Cartas largas, de tinta azul, en las que compartíamos lecturas, dudas, intuiciones. Él me hablaba de la pobreza del Sur, de la arrogancia de las universidades europeas del Norte, de su necesidad de mantener encendida la fe en medio de la razón. Yo le respondía desde Valencia, contándole la efervescencia de los grupos de base, los círculos clandestinos, las noches de poesía y resistencia. Con el tiempo, su figura se convirtió para mí en algo más que un amigo: fue un espejo. Su vida, marcada por la búsqueda del equilibrio entre razón y compasión, entre análisis y ternura, se convirtió en mi primera escuela de pensamiento.

Otto Maduro (1945–2013) había nacido en Caracas, en el seno de una familia intelectual, y se había formado en sociología y filosofía. Su obra —“Religión y conflicto social” (1980), “Mapas para la fiesta” (1992)— era ya entonces un referente en América Latina. Pero lo que más me impresionaba no era su erudición sino su modo de mirar: esa mezcla de dulzura y lucidez que solo poseen los que han hecho las paces con su propio dolor. Otto encarnaba la espiritualidad de la contradicción: el teólogo que dudaba, el creyente que amaba a los ateos, el sociólogo que rezaba antes de escribir. Y fue precisamente esa contradicción lo que me reveló su verdad: que la autenticidad no consiste en la pureza sino en la coherencia entre lo que se siente y lo que se hace.

Pocos años después, cuando el país empezaba a despertar de su largo letargo uniformado, llegó a Valencia Federica Montseny. Yo tenía diecinueve años y formaba parte de los círculos anarcosindicalistas que intentaban resucitar la vieja CNT, destrozada por la dictadura y por el exilio. La noticia corrió como una chispa: Federica vuelve, Federica hablará en la plaza de toros. Era 1977. Aquel mitin fue un acontecimiento histórico. Miles de personas llenaban las gradas, ondeando banderas rojinegras. La voz de Montseny, ya anciana pero vibrante, resonó con la misma fuerza que cuarenta años antes: «El anarquismo no ha muerto —dijo—. Ha cambiado de forma, porque la libertad no se extingue: se transforma«.

Tuve el privilegio de recibirla con otros y acompañarla durante su estancia en la ciudad. La llevé a los lugares donde se reunían los viejos y nuevos militantes, a los cafés donde aún se hablaba de Durruti como de un mito viviente. Durante aquellos días la entrevisté en exclusiva, y entre nosotros nació una complicidad inmediata. Federica tenía la mirada transparente, el verbo fulgurante y una energía que parecía desafiar el tiempo.

Hija de los anarquistas Federico Urales y Soledad Gustavo, había crecido en un hogar donde la libertad era una práctica cotidiana. Fue escritora, editora y oradora incansable. Publicó más de cuarenta novelas sociales —entre ellas La indomable y El hijo de Clara—, y durante la Guerra Civil fue Ministra de Sanidad y Asistencia Social en el gobierno de Largo Caballero: la primera mujer ministra de Europa occidental. En ese breve periodo implantó políticas pioneras: legalizó el aborto en Cataluña, impulsó campañas de educación sexual y creó guarderías y hospitales para los hijos de los obreros.

Su vida había sido una novela épica: la revolución, el exilio, la cárcel, el retorno. Pero lo que más me impresionó fue su serenidad. Hablaba del pasado sin melancolía, del futuro sin ingenuidad. Cuando le pregunté si se consideraba una mujer de fe, sonrió y me dijo: «Creo en el ser humano, y eso es lo más parecido a creer en Dios». En ella encontré la ética del fuego. Si Otto representaba el misticismo de la escucha, Federica encarnaba la acción sin miedo. Su pensamiento era una sinfonía de contradicciones: una atea profundamente espiritual, una revolucionaria que defendía la ternura, una mujer que amaba la libertad más que la victoria.

Federica (1905–1994) fue todo lo que el siglo XX intentó domesticar y no pudo. Sus discursos encendían multitudes, pero su verdadera fuerza residía en la coherencia de su vida. Nunca se enriqueció, nunca pidió perdón por sus ideas; aunque fue una incomprendida, nunca traicionó su esencia.

A veces pienso que mi vida comenzó verdaderamente el día en que ellos dos —Otto y Federica— cruzaron sus huellas en mi conciencia. De uno aprendí la fe que se hace pensamiento; de la otra, la razón que se hace coraje. Ambos fueron mis mentores iniciáticos, los polos magnéticos de mi educación emocional y espiritual. Y, sin embargo, no podían ser más distintos.

Otto creía en el poder de lo invisible; Federica, en la claridad del acto. Él hablaba del amor como fuerza cósmica; ella, de la dignidad como deber humano.
Otto meditaba; Federica agitaba. Uno buscaba comprender el mal; la otra, erradicarlo. Él soñaba con una Iglesia purificada desde dentro; ella había hecho de su vida una guerra contra toda Iglesia. Pero en el fondo, ambos luchaban contra el mismo enemigo: la uniformidad. Esa tendencia del poder —ya sea político, religioso o mental— a convertir a los hombres en rebaños, en números, en dogmas.

En ellos descubrí que la verdadera libertad no consiste en elegir entre creer o no creer, entre obedecer o rebelarse, sino en pensar por uno mismo y hacerlo con compasión. Otto me enseñó a cuestionar la injusticia desde la ternura; Federica, a desafiar la hipocresía desde la lucidez. El uno me reveló la fe como resistencia interior; la otra, la rebeldía como forma de amor. Así nació en mí una doctrina que desde entonces me acompaña: la Contracultura, disidencia, insumisión, divergencia… Una ética que rechaza los moldes, los partidos, las ortodoxias. Una forma de vivir donde cada gesto es una declaración de autonomía espiritual.

Con Otto aprendí que la religión podía ser también un lenguaje de los pobres. Él la entendía como un territorio de lucha simbólica, donde los opresores y los oprimidos batallaban por el sentido del mundo. En sus clases y escritos —como en su célebre Religión y conflicto social— desmontó la idea de que la fe era solo un instrumento de dominación. Para él, los ritos populares, las procesiones, las oraciones campesinas eran expresiones de resistencia, estrategias de supervivencia cultural frente al poder. En su pensamiento se cruzaban Marx, Weber y San Juan de la Cruz. Veía en el Evangelio una poética del amor político, una ética de la empatía radical. Me enseñó a desconfiar del cinismo intelectual, a creer que el pensamiento más lúcido es aquel que no renuncia a la ternura. Decía que “la mística es la política del alma”, y cada vez que lo recuerdo entiendo que su teología era, en realidad, una antropología de la esperanza.

Con Federica descubrí el otro rostro de la libertad: el que nace de la desobediencia. Su anarquismo no era una doctrina de caos, sino de responsabilidad. Creía que la humanidad debía aprender a vivir sin tutela, sin dioses ni amos. Decía que “solo quien se gobierna a sí mismo está preparado para convivir con los demás”. Su feminismo, adelantado a su tiempo, no se limitaba a reclamar derechos: buscaba reconfigurar el alma humana. Defendía el amor libre, la maternidad consciente, la educación laica y la igualdad no como concesiones sino como formas de dignidad. Leía a Bakunin y a Kropotkin, pero también a Tolstói y a Ibsen; combinaba la pasión revolucionaria con una sensibilidad literaria excepcional. Y cuando hablaba de la mujer, no lo hacía como símbolo, sino como ser humano integral, capaz de pensar, desear, crear y decidir.

Federica Montseny me enseñó que la libertad es inseparable del amor; que la revolución sin ética se pudre; que la justicia sin belleza se vuelve tiranía. Durante años conservé sus cartas, sus palabras, sus gestos; aquella primera entrevista que sigue inédita junta a la única foto que existe de ella sin sus habituales gafas de culo de vaso. De Otto, aquella caligrafía serena donde cada frase parecía meditarse antes de existir. De Federica, su voz clara resonando en mis cintas de magnetófono.

En ellos veía reflejados los dos hemisferios del espíritu humano: el hemisferio contemplativo y el hemisferio activo, el de la fe que comprende y el de la acción que desafía. Y yo quedé en medio.

A veces me sentía dividido, como si dentro de mí convivieran dos almas en permanente discusión. La del joven que buscaba a Dios en los ojos del otro y la del rebelde que quería incendiar los templos del poder. Pero con los años entendí que esa contradicción era mi verdadera unidad. Que no hay libertad sin conflicto, ni identidad sin duda.

Otto y Federica me liberaron de la necesidad de elegir entre cuerpo y alma, entre razón y pasión, entre ciencia y poesía. Me enseñaron a pensar con el corazón y a sentir con la mente. A escribir no desde la certeza, sino desde la herida. Esa herida —la de haberlos conocido y haberlos perdido— es también mi fuente de vida.

Cuando Otto murió, en 2013, volví a leer nuestras cartas. Su última misiva hablaba de «la fragilidad como cuna de lo divino”. Decía que solo el que ha amado el mundo hasta llorarlo puede entender el misterio de la compasión. Al leerlo, sentí que me hablaba no solo como amigo, sino como maestro.

Cuando Federica falleció, en 1994, supe que moría una época, pero también que su palabra quedaba sembrada en quienes la habíamos escuchado. Su voz, grabada en la memoria colectiva, sigue siendo una brújula ética en tiempos de confusión.

Hoy, en este presente fragmentado donde la uniformidad se disfraza de modernidad y la libertad se reduce a consumo, sus enseñanzas cobran un sentido nuevo. Otto me recuerda que sin espiritualidad no hay justicia; Federica, que sin desobediencia no hay alma. Él me enseñó a dialogar; ella, a decir no. Y ambos me enseñaron a pensar sin miedo.

La Contracultura (antiuniformidad) que aprendí de ellos no es una consigna política, sino una forma de ser. Es la negativa a reducir la vida a etiquetas, a fronteras, a credos cerrados. Es el derecho a contradecirse, a evolucionar, a mantener la conciencia abierta como una herida luminosa. Otto y Federica eran, en apariencia, opuestos: un teólogo que rezaba entre marxistas y una anarquista que predicaba entre ateos. Pero ambos se rebelaron contra el mismo enemigo: la mentira institucional, el poder que se disfraza de verdad. Ambos fueron disidentes de la obediencia.

Y en esa disidencia encontré mi propio lugar: escribir. Porque la literatura, al igual que la fe o la revolución, es una forma de insumisión. Es el espacio donde la palabra vuelve a ser libre, donde las ideas respiran y se contradicen sin miedo a ser castigadas.

A veces, cuando paseo por Valencia al atardecer, me parece verlos aún. Otto caminando en 1973 por la calle Sagunto, con un cuaderno bajo el brazo, pensando en los pobres del mundo. Federica cruzando en 1937 por la plaza de la Revolución en dirección al Ateneo Libertario, altiva y serena, con la cabeza erguida como si aún se dirigiera a una multitud invisible. Me detengo, cierro los ojos, y siento que ambos me acompañan. Uno me recuerda que el alma se salva cuando comprende; la otra, que el mundo se salva cuando se ama.

Entre los dos trazaron el mapa de mi propia libertad. Otto me regaló la profundidad; Federica, la altura. Él me mostró el agua; ella, el fuego. Y en el punto donde se encontraron —en mi corazón de joven rebelde— nació el aire que desde entonces respiro: la fe en la libertad del ser humano.

El tiempo ha pasado, pero su lección permanece: no hay progreso sin compasión, ni rebeldía sin ternura, ni verdad sin contradicción. Ellos me enseñaron que el pensamiento más revolucionario es aquel que se atreve a amar. Y yo, que los conocí, que los acompañé, que fui su discípulo sin pertenecerles, sé que la verdadera herencia de un maestro no es lo que enseña, sino lo que despierta.

Otto despertó en mí la espiritualidad del otro. Federica, la ética de mí mismo. Entre ambos, aprendí a vivir en la frontera. Esa frontera —esa línea luminosa donde la fe y la razón se abrazan sin anularse— es el territorio donde hoy sigo escribiendo, buscando, respirando. Porque la libertad no tiene dogma. Y el pensamiento, cuando es verdadero, es siempre un acto de amor.


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