No fue un milagro negro, fue un mecanismo. Lo que llamamos catástrofe empezó cinco días antes, cuando una vaguada de gran amplitud, aún lejos, escribía su carta de presentación sobre el Atlántico. El viernes se inclinó hacia el sur como una mano que tantea el mantel, el domingo descendió sobre la península y la atmósfera se cerró en sí misma: la vieja gota fría con nombre nuevo, DANA, aislada arriba, alimentada abajo por un Mediterráneo que había calentado sus venas hasta rozar los 23 grados. Dos días antes de la crecida, a las 11:33, llegaron los primeros avisos amarillos; por la noche se tiñeron de naranja; el 29 amaneció rojo. Esta es la liturgia técnica. Pero yo lo recuerdo de otra forma: como un zumbido que se instala en el pecho y avisa que algo antiguo va a despertarse.
A las cinco de la madrugada, un tren de tormentas nació sobre la Ribera y avanzó con una obstinación de animal prehistórico hacia Chiva, Buñol, Turís, Utiel. A las siete y media la predicción se hizo roja y el día, aunque ya estaba amaneciendo, perdió luz. El agua no caía: se mudaba. A media mañana vi el vídeo de Llombai, los coches rumiados por una calle que se volvió cauce, y escuché ese sonido que no se olvida, una mezcla de turbina y bramido que produce el agua cuando arrastra piedras, barro y objetos que hasta hace diez minutos eran nuestros. Luego vino la falsa tregua, esa pausa llena de insectos antes de la descarga. A las doce, el cielo volvió a apretar el puño justo en el mismo punto, y el levante empujó el cuerpo entero de la tormenta contra las cabeceras. Lo peor no estaba arriba: venía por abajo, disfrazado de memoria. Porque todo lo que llovió allí reclamó sus lechos aquí, y lo que hoy llamamos calles, rotondas, polígonos y jardines fueron, durante unas horas, lo que siempre han sido cuando el cielo decide volver a abrir el archivo. En oleadas sucesivas, l’Horteta, el Gallego y el Poyo nos recordaron sus nombres. La Albufera dejó de ser paisaje y volvió a ser destino.
Entre tanto, el Magro, ese río que algunos juzgan por su apariencia y ya lo dan por exiguo, se convirtió en un músculo. La presa de Forata hizo lo que pudo y más: laminar la tromba, amortiguar una avenida que, sin ese dique, habría doblado su catálogo de daños. Aun así, Algemesí sumó pérdidas que no se miden solo en euros: hay pérdidas que son tiempo, ritos que no pudieron celebrarse, cosechas que son biografías.
Aquella tarde fue también una coreografía de desconcierto y silencios. El Cecopi tardó en activarse, las fuentes oficiales llegaron a paso corto, las redes sociales se llenaron de vídeos que parecían mentira pero no lo eran. Costaba distinguir la espuma de la desinformación de la espuma literal que devoraba bajos y garajes. Cuando por fin sonó el Es Alert y compareció el president, la palabra ya corría detrás del agua, no delante. Y me prometí este texto para el aniversario: cuando todo se seca, tiende a olvidarse. La fidelidad con la que recuerde una ciudad es su primer plan de protección civil.
¿Por qué pasó lo que pasó? Porque funcionó la ecuación que los meteorólogos conocen y los mitos también: aire frío en altura, mar caliente, un río atmosférico cargado de humedad subtropical, un levante persistente que actuó como cinta transportadora y un bloqueo que inmovilizó la tormenta sobre la misma comarca durante más de doce horas. Pero esa es solo la mitad. La otra mitad somos nosotros: décadas de urbanización sobre lechos fósiles, rieras canalizadas como si fuesen tuberías, huertas y suelos que perdieron la capacidad de beber, lógicas de crecimiento que olvidaron que el agua, al final, vuelve a pedir paso a la tierra por donde aprendió a bajar durante milenios. Cambió el clima y cambió el territorio; la combinación, ya lo vemos, no cambia de opinión.
No escribo esto para flagelarnos, sino para fundar memoria útil. Permítanme un manual mínimo, sin solemnidad y sin ingenuidad, pensado para una Valencia que no quiere ser heroica otra vez, sino sensata por primera vez.
Primero, cartografiar la memoria del agua. No basta con los mapas de riesgo oficiales: propongo un atlas vecinal de puntos negros con marcas físicas en la calle a la vieja usanza —placas discretas con la altura que alcanzó la crecida— y un repositorio abierto con las rutas exactas que tomaron l’Horteta, el Gallego, el Poyo y cada rambla menor. El agua deja actas, hay que leerlas.
Segundo, alfabetizar en alerta. El día 29 aprendimos a empujones cómo suena un aviso rojo. Hacen falta simulacros de barrio, lenguaje llano para los boletines, vídeos de un minuto que expliquen con ejemplos locales qué significa “laminar”, “avenida”, “río atmosférico”, y a quién le atañe qué. No basta con instalar una app: hay que entrenar el reflejo. Un buen aviso es una coreografía: quién cierra sótanos, quién corta el paso, quién acompaña a quien no tiene coche, qué número no debe saturarse.
Tercero, políticas del suelo que reduzcan la ansiedad del agua. Permeabilizar el espacio público no es una moda verde: son millones de litros abriéndose paso hacia abajo en lugar de hacia la puerta del vecino. Parques inundables, barrancos con vegetación que frena, zanjas de infiltración en polígonos, techos que recogen y retardan. Lo llamamos adaptación; en realidad es modestia urbanística.
Cuarto, respeto sagrado a las huellas antiguas. Donde hubo cauce, habrá cauce. Que una calle se llame “Camí de la Rambleta” no es poesía toponímica: es un testamento. Cualquier licencia debería demostrar, con pruebas y no con promesas, que entiende esa frase. Y si no la entiende, que busque otro solar.
Quinto, reforzar la alianza campo-ciudad. Los agricultores son ingenieros del agua desde antes de que existiera la ingeniería. Incentivar márgenes vegetales, suelos con más materia orgánica, bancales que amortigüen, redes de acequias que, en episodios críticos, funcionen como articulación de drenaje y no como embudo. En las Comarcas Centrales y la Ribera hay sabiduría suficiente para una tesis doctoral; solo hay que invitarla al comité.
Sexto, un pacto de comunicación que priorice a los vulnerables. Si la primera noticia le llega por WhatsApp a quien vive solo en planta baja, ya vamos tarde. Protocolo de llamadas entre vecinos, radios locales preparadas, megafonías que no dependan de que el móvil tenga batería, voluntarios con formación que sepan distinguir una balsa de una trampa.
Séptimo, salud mental después del agua. Hay quien no volvió a dormir igual tras el 29-O. El barro se limpia con hidrolimpiadora, la angustia no. Equipos de atención psicológica de proximidad, espacios de escucha en centros cívicos, rituales laicos de cierre —sí, rituales— para quienes perdieron más que un colchón. Lo invisible también es infraestructura.
Octavo, ciencia cercana y abierta. El estudio del CEAM que ligó la DANA a un mar sobrecalentado y a un río atmosférico debe vivir en una web municipal traducido al castellano y al valenciano no técnico, con animaciones y preguntas frecuentes. Menos PDFs y más pedagogía. Que un adolescente de Catarroja pueda entender en diez minutos por qué su calle fue un torrente.
Noveno, una ética de la responsabilidad compartida. Es legítimo exigir explicaciones por los retrasos. Es imprescindible, además, revisar nuestros hábitos: ¿quién cimentó sobre un antiguo cauce?, ¿quién taponó patios con cemento?, ¿quién dejó basura en la rambla que luego se convierte en proyectil? En el Mediterráneo, la cultura del “después ya veremos” se ha vuelto peligrosa. Prefiramos la de “antes lo evitamos”.
Décimo, una promesa anual. Cada 29 de octubre, a las 11:33, hora del primer aviso de aquel año, propongo un minuto de sirenas suaves en l’Horta Sud y la Ribera, no para asustar, sino para recordar. Un minuto de memoria activa: revisar mochilas de emergencia, comprobar desagües, explicar a los niños por qué su barrio tiene ese nombre, agradecer a quien achicó en casas ajenas. Convertir el miedo en práctica.
Podría quedarme en la denuncia, pero sería injusto con lo que también trajo esa jornada: personas que se jugaron el tipo para sacar a desconocidos de un coche, agricultores abriendo a mano compuertas, técnicos durmiendo en el puesto de mando, vecinos que compartieron comida cuando se cortó el acceso, voluntarios que, al día siguiente, se presentaron con palas y guantes como si la ciudad fuese su casa, porque lo es. La épica que necesitamos no es la del agua desbocada, sino la del cuidado organizado.
He escuchado estos meses una tentación, comprensible pero dañina: asumir que “esto será lo normal” y resignarse. No es verdad que no podamos hacer nada. No es verdad que toda curva climática sea destino y no decisión. La atmósfera se ha vuelto más inestable, sí; el Mediterráneo calentado es una caldera, sí; veremos nuevos episodios, sí. Pero el salto entre lo meteorológico y lo catastrófico lo decide, en gran medida, el modo en que hemos construido y el modo en que nos preparamos. Hay un margen de mejora que no requiere milagros, solo continuidad y rigor.
Yo, que crecí en ciudades que se miran al mar como quien se mira en un espejo complaciente, aprendí aquel día que el Mediterráneo también es memoria y advertencia. Nos gusta escribirlo en versos; conviene leerlo en topografías. Nadie quiere otra portada que no llega a los quioscos porque las calles son canales. Nadie quiere otra noche de números sin rostro ni nombres con barro. Queremos una liturgia nueva: la de la prevención que no espera a que suene la trompeta.
Dentro de unos años, cuando alguien te pregunte qué recuerdas del 29-O, quizá no cites la vaguada, ni el río atmosférico, ni el Es Alert, ni siquiera el color del aviso. Tal vez digas: “Ese fue el día en que entendimos que el agua no nos odia, solo recuerda; y que nuestra obligación, si queremos honrar a quienes limpiaron, repararon y lloraron, es recordar con ella”. Ese es el pacto que propongo a mi ciudad en este aniversario: que cada uno haga su parte, que los poderes públicos la coordinen, que la ciencia la explique, que la escuela la herede y que el barrio la practique. Si lo cumplimos, la próxima vez el cielo podrá desplomarse un poco menos, y nosotros, en lugar de gritar, sabremos dónde poner los pies.






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