Durante años, me perdí en la superficie del mito. Recorría los pasajes clásicos como quien pasea por un museo de sombras: Minos, Dédalo, Pasífae, el toro, la Reina. Todo estaba ahí, en los libros, como vitrinas polvorientas de un relato que parecía ajeno. Hasta que, una noche —de esas donde el alma se inquieta y el silencio se vuelve espejo—, comprendí que el Minotauro no era un personaje: era una parte de mí. Desde entonces, el mito dejó de ser historia para volverse iniciación. Y todo cambió.
Porque el Minotauro no es una bestia. Es la herida.

El monstruo encerrado en el centro del laberinto no es sino el símbolo más nítido de aquello que hemos negado: la pulsión salvaje, el deseo no admitido, la furia que brota cuando el alma se siente traicionada. El Minotauro es la criatura nacida de una transgresión, sí, pero también del abandono. Es el niño que nunca fue abrazado, la parte animal que nunca se integró, el eco del exilio que llevamos dentro.
Comprenderlo así fue doloroso. Porque ya no podía mirar el mito desde la distancia. Tuve que bajar. Tuve que entrar.
Y entonces el Laberinto se reveló. No como castigo, sino como camino. Un camino interior, que serpentea entre memorias, traumas, voces heredadas. Desde Jung hasta Platón, desde Blavatsky hasta los maestros herméticos, todos lo sabían: el Laberinto es el inconsciente. Y nadie lo recorre indemne. No se trata de buscar la salida. Se trata de encontrar el centro. Allí donde habita la sombra.
Teseo, el héroe, nunca fue para mí un guerrero. Fue un espejo. El yo que decide mirar. No huir, no aplastar, no racionalizar, sino simplemente atreverse. Atreverse a bajar al sótano del alma y encender la luz. Y ese encender, esa espada simbólica, no es violencia: es conciencia.
Pero Teseo no lo logra solo. Nunca lo hizo. Y ahí reside la clave más olvidada: Ariadna.
Ella, la hija del laberinto, es quien ofrece el hilo. Y ese hilo —lo he sentido muchas veces en sueños, meditaciones, danzas silenciosas— es la memoria del alma. Es la voz interior que no grita, pero insiste. El principio lunar, lo femenino sagrado, lo intuitivo que recuerda el camino aunque la mente olvide. Ariadna es la Sophia, la sabiduría profunda, la parte de nosotros que ya sabe, aunque lo hayamos olvidado.
Cuando comprendí esto, entendí también mi fracaso. Porque como Teseo, tantas veces me alejé de Ariadna. Olvidé la intuición. Creí que la claridad bastaba. Me alejé del corazón.
Y fue entonces cuando el Laberinto se cerró sobre mí de nuevo.
Porque no basta con vencer al Minotauro. Hay que quedarse. Hay que danzar con él. Hay que reconocerlo como parte del todo. Hay que amarlo. Sólo así se libera. Sólo así el centro deja de estar custodiado por el dolor.
Desde la Teosofía, desde el Hermetismo, desde la Tradición Antigua, lo supe después: el Minotauro es el Guardián del Umbral. La primera gran prueba. La personalidad inferior, lo no transmutado. Teseo somos nosotros en la primera iniciación. Ariadna es nuestra alma superior. El Hilo, la fidelidad al propósito. Y el Laberinto, la caverna invertida donde no buscamos escapar de la sombra, sino abrazarla.
Desde la Alquimia, los símbolos también encajan:
Minotauro = Plomo Ariadna = Mercurio Teseo = Oro en potencia
Y toda la operación es interna. Solve et coagula. Disolver el ego, coagular el alma. La materia bruta transformada en conciencia. El héroe convertido en sabio.
Pero si hay una clave —una sola— que quisiera dejar en estas líneas, es esta:
El Minotauro no se mata. Se reconoce. Se ama. Y se libera.
El monstruo solo es monstruo mientras permanece oculto. En el momento en que lo abrazas, se convierte en guía. En hermano. En guardián de tu centro. Y el Laberinto, que parecía prisión, se vuelve templo.
Ese es el giro iniciático. El salto cuántico de la conciencia despierta.
Y por eso, ahora, cada vez que regreso al mito —que no es un cuento, sino una cartografía sagrada—, lo hago desde el corazón. Sé que no se trata de vencer, sino de recordar. Sé que no hay enemigos, sólo fragmentos olvidados de mí mismo. Sé que Ariadna no debe ser abandonada. Que su hilo es lo más valioso que poseo.
Y sé, por fin, que no salgo del Laberinto. Porque ya no necesito escapar.
He hecho las paces con el centro. Y el centro… me ha devuelto la mirada.
Ese es, para mí, el verdadero sentido del Mito del Minotauro. No un relato antiguo, sino una llave eterna. No un monstruo, sino una oportunidad. Y no una hazaña, sino un renacimiento.
Y tú que me lees, si algún día desciendes a tu propio Laberinto, llévate luz. Llévate ternura. Y no temas al Minotauro.
Él también quiere ser libre.






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