El sábado 22 de noviembre siento que algo decisivo va a ocurrir, aunque casi nadie parezca prestarle atención. Ese día, en silencio, la red SWIFT abandonará por fin los antiguos mensajes MT y adoptará de forma obligatoria el estándar ISO 20022 para los pagos internacionales. No veremos nuevos billetes ni anuncios urgentes en los informativos, pero yo percibo con claridad que se trata de una mutación profunda: una alteración discreta en la forma en que se describen, se siguen y se controlan las transacciones del mundo. Será como contemplar la superficie tranquila de un río sabiendo que, bajo ella, todo su cauce ha sido redirigido; una transformación que pasa desapercibida, pero que cambia la lógica misma del poder financiero global.

Por eso no pido permiso. Levanto la voz. Del otro lado de los discursos asépticos hay una maquinaria que no descansa: la red opaca de entidades bancarias y no bancarias que expande crédito con regulación laxa, datos defectuosos y apalancamiento camuflado. Fondos, aseguradoras, titulizadores, fintechs, prestamistas privados y calificadoras de bolsillo componen un perímetro en penumbra que ya maneja cerca de la mitad de los activos financieros del planeta. No toman depósitos; toman nuestras biografías como colateral. Cuando una economía tose, esas tuberías invisibles convierten la tos en neumonía. Lo llaman innovación; yo lo llamo delegar la libertad en algoritmos de riesgo.

El patrón se repite: años de dinero barato, préstamos peligrosos empaquetados en productos brillantes, valoraciones infladas, una chispa geopolítica o arancelaria, ventas forzosas, pánico programado, compras a precio de derribo por los mismos que crearon la escasez. En Estados Unidos, las entidades no bancarias ya concentran entre el 30% y el 35% del crédito; en Europa rozan una cuarta parte y crecen. Su interconexión con la banca tradicional asegura el contagio: la línea de crédito del banco al fondo, la exposición cruzada entre fondos, el uso masivo de derivados y financiación a plazos cortos sobre activos ilíquidos. Opacidad, desajuste de liquidez, pro-ciclicidad. No es una teoría, es arquitectura.

La llamada élite oscura no necesita capa ni consigna: es un conjunto de incentivos alineados para fabricar obediencia. La deuda es su argamasa. La precariedad, su pedagogía. La volatilidad, su método para recentralizar propiedad. En paralelo, el piloto automático digital moldea deseos y temores con la misma frialdad con que se reasignan carteras: optimización de clics, captura de atención, hiperestimulación y fatiga. El resultado no es un ciudadano: es un Hombre inexistente, deshabitado de interioridad, tercero ausente de sí mismo, dependiente de una renta que no llega y de una notificación que no descansa. La esclavitud contemporánea no necesita cadenas visibles; basta con contratos que nadie entiende y términos de uso que nadie leyó.

No hace falta más ruido ni otra capa de maquillaje informativo. Hace falta terminar con un régimen que ha convertido la vida en subproducto del rendimiento. Le llamamos ultracapitalismo algorítmico: una alianza entre la financiarización que fabrica dinero sin anclaje en la economía real, las plataformas que extraen rentas de nuestros datos y la ingeniería de la atención que coloniza el deseo. La consecuencia es conocida: sujetos endeudados, comunidades precarias y una cultura en piloto automático. La tarea no es conocer mejor la jaula, sino dejar de habitarla.

El diagnóstico exige frialdad. La máquina funciona con tres engranajes coordinados. Primero, la expansión del crédito en la sombra y los instrumentos derivados que multiplican riesgos con opacidad; cuando la rueda chirría, se socializan pérdidas y se privatizan beneficios. Segundo, la concentración tecnológica que convierte la interacción humana en materia prima: atención segmentada, perfiles de comportamiento, predicción y modulación de conductas. Tercero, la psicopolítica de la recompensa inmediata que reduce la voluntad a reflejo. El sistema no necesita conspiraciones espectaculares; le bastan incentivos bien alineados y ciudadanos distraídos.

Por qué transparencia no basta. Pedir “más datos” es necesario pero insuficiente por tres razones. La primera es el sesgo de complejidad: un entramado diseñado para el arbitraje regulatorio siempre encontrará zonas grises más rápido de lo que un regulador puede cartografiar. La segunda es la ley de Goodhart: cuando una métrica se convierte en objetivo, deja de medir lo que importa y se optimiza para sí misma. La tercera es la fatiga cognitiva: la saturación informativa desarma al ciudadano medio y delega de nuevo el juicio en intermediarios.

Cuando organizaciones y Estados anuncien nuevas rondas de control digital, monetario o conductual, la respuesta más eficaz es una combinación de presencia cívica y retiro de consentimiento. Presencia: auditoría ciudadana, exigencia de límites claros a la vigilancia y al crédito depredador, defensa jurídica de derechos y de bienes comunes. Retiro: apagar plataformas cuando se usen para manipular, no alimentar modelos de negocio que nos niegan rostro, no ceder datos más allá de lo imprescindible, no asumir deudas que comprometen el futuro por consumos que no necesitamos. El “no” informado es una palanca poderosa cuando se sostiene a la vez en miles de puntos. Silencio estratégico que rompa el ciclo de la sobreexcitación, asambleas que distribuyan responsabilidades, compromisos firmados que se puedan verificar un mes después.

Esta agenda no necesita héroes ni mártires, necesita adultos persistentes. Un adulto persistente elige horarios y fuentes de información, registra gastos y ahorros, pregunta dos veces antes de ceder su tiempo, decide con quién y para qué trabaja, se organiza con otros para cubrir lo que el mercado no quiere y el Estado no alcanza, sabe parar y sabe cuidar. Esta madurez es profundamente contracultural en un ecosistema que prefiere sujetos cansados y excitables. Por eso es revolucionaria sin estridencias.

Una sociedad justa e igualitaria no se decreta: se construye concentrando recursos y atención donde multiplican dignidad. Al terminar con el piloto automático, muchos rituales pierden encanto: las noticias que sobreactúan, las aplicaciones que agotan, las ofertas que prometen felicidad barata. En su lugar aparece una sobriedad gozosa: menos ruido, más conversación; menos prisa, más oficio; menos deuda, más proyectos reales; menos vigilancia, más confianza verificable. Si además exigimos cuentas y límites a escala institucional, reducimos su capacidad de recomposición. Si, por último, cuidamos el ánimo —porque esta tarea no es de semanas sino de años—, la transformación deja de ser consigna y se vuelve costumbre.

Despertar conciencias no es agitar emociones; es devolverle a cada persona la experiencia de su propio mando. La élite, que prefiere un ciudadano inexistente, pierde su ventaja cuando el sujeto recuerda que puede decir “basta” con inteligencia, y “sí” con rigor. Lo demás vendrá por añadidura: menos dependencia, más interioridad; menos sumisión, más cooperación; menos miedo, más criterio. Y entonces, sin fanfarrias, el estado de cosas habrá empezado a cambiar.


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