«Un anciano cherokee se sentó junto al fuego con su nieto mientras la noche descendía sobre la pradera. Las brasas respiraban como pequeños corazones encendidos. El niño, inquieto, miraba las chispas subir hacia el cielo.
—Abuelo —preguntó—, ¿por qué a veces me siento tan enfadado y otras tan bueno?
El anciano sonrió con una ternura antigua, de esas que no necesitan palabras apresuradas.
—Dentro de cada persona —dijo— hay una batalla. Una batalla entre dos lobos.
El niño abrió los ojos.
—¿Dos lobos?
—Sí. Uno es oscuro: representa la ira, la envidia, el miedo, el orgullo, la mentira, la culpa y el rencor.
El otro es luminoso: representa la paz, el amor, la esperanza, la humildad, la verdad, la compasión y la alegría.
El fuego crepitó como si aprobara aquellas palabras.
—Ambos lobos luchan dentro de ti… y dentro de cada ser humano.
El niño guardó silencio unos segundos. Luego preguntó, casi en un susurro:
—¿Y cuál de los dos gana, abuelo?
El anciano lo miró a los ojos, con la serenidad de quien ha caminado muchas tormentas.
—Gana el que tú alimentas.
El niño comprendió sin comprender del todo. Pero algo dentro de él, como una semilla, empezó a despertar.
Y el viejo cherokee, sin añadir nada más, arrojó un pequeño trozo de madera al fuego. La llama creció. No por violencia, sino por cuidado.
Porque también el fuego, como el alma, vive de aquello que se le ofrece.«

Cuando leí por primera vez el cuento del viejo cherokee y los dos lobos, no sentí que estuviera ante una fábula, sino ante un espejo. Un espejo antiguo, sin marco, que no juzga, pero tampoco permite huir.
Desde entonces regreso a este relato como quien vuelve a una fuente. Porque en su sencillez se esconde una verdad radical: no somos víctimas pasivas de lo que sentimos, pero tampoco dioses capaces de negarlo. Somos, sobre todo, jardineros de nuestra conciencia.
El anciano no habla de bien y mal. Habla de lobos. Fuerzas vivas: instintos, heridas, deseos. El lobo oscuro es nuestra parte herida y defensiva. El luminoso, nuestra capacidad real de amar, comprender, perdonar y confiar.
Ambos viven en mí.
Durante años intenté matar al lobo oscuro. Creí que crecer era negarlo. Me avergonzaba sentir rabia, envidia, resentimiento. Me exigía pureza. Y sin saberlo, así lo alimentaba más.
Porque el lobo oscuro no se nutre solo de emociones negativas, sino también del juicio, la culpa y la negación. Crece cuando fingimos que no existe.
El viejo cherokee no propone exterminar a ningún lobo. Propone elegir a cuál alimentar. Y esa diferencia lo cambia todo.
Alimentar es prestar atención. Decidir qué pensamientos repito, qué emociones cultivo, qué historias me cuento.
Cuando rumio agravios, alimento al lobo oscuro.
Cuando me juzgo sin compasión, lo alimento.
Cuando culpo al mundo de lo que no transformo, lo alimento.
Cuando comprendo en lugar de atacar, alimento al lobo luminoso.
Cuando acepto mi fragilidad, lo alimento.
Cuando agradezco, escucho y amo sin garantías, lo alimento.
Nadie alimenta mis lobos por mí. Todo influye, sí. Pero el cuenco está en mis manos.
El fuego del relato es un símbolo perfecto: no juzga lo que quema, lo transforma. Madera húmeda produce humo. Madera seca, luz. El fuego no es moral. Es coherente. Así es también la conciencia.
La espiritualidad no consiste en expulsar sombras, sino en iluminar elecciones. No en negar al lobo oscuro, sino en no dejarlo gobernar.
Cuando lidera el lobo oscuro, vivo a la defensiva. Me cierro. Me endurezo.
Cuando lidera el luminoso, el dolor no desaparece, pero deja de ser veneno.
El niño “comprende sin comprender del todo”. Así actúa la verdadera enseñanza: entra como semilla y florece con el tiempo.
Yo también he comprendido este cuento muchas veces. Primero como lucha moral. Luego como elección emocional. Hoy como un acto de amor hacia mi complejidad.
No soy un lobo. Soy la tierra donde los lobos caminan.
Si cada persona libra su propia batalla interior, el otro deja de ser enemigo y se convierte en espejo. Y esa comprensión no justifica el daño, pero lo humaniza.
El anciano no explica. Señala. Y en ese gesto reside su sabiduría.
No siempre alimento al lobo luminoso. Y está bien. No soy perfecto, pero soy consciente. Y la conciencia ya es alimento.
Cada pensamiento es un bocado.
Cada emoción sostenida es un bocado.
Cada palabra repetida es un bocado.
Mi vida es una ceremonia de alimentación.
Por eso ya no pregunto por qué a veces soy bueno y otras no. Pregunto qué he estado alimentando.
El cuento no me pide que sea bueno. Me pide que sea responsable. No me pide luz. Me pide conciencia.
Nadie gobierna tu alma más que aquello a lo que das de comer.
El anciano arroja un pequeño trozo de madera al fuego. No un tronco. Un gesto. Porque la transformación no nace del heroísmo, sino del cuidado.
Así quiero vivir: con gestos pequeños, palabras más limpias, silencios más honestos, elecciones más conscientes.
No para vencer al lobo oscuro,
sino para que el luminoso recuerde quién es.
Porque al final, como el fuego y como el alma, no somos lo que decimos ser.
Somos aquello que, cada día, elegimos alimentar.





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