Desde 2024-2026— el fenómeno therian ha crecido de forma visible entre adolescentes y jóvenes debido principalmente a las redes sociales. Plataformas como TikTok, Instagram o YouTube han multiplicado los vídeos de jóvenes que comparten su identificación simbólica o espiritual con animales, lo que ha viralizado la comunidad y la ha llevado a debates públicos sobre identidad y pertenencia. 

Aunque la identidad therian existe desde los años noventa en foros de internet, la hiperconectividad actual permite que jóvenes que antes se sentían aislados encuentren rápidamente comunidades globales que comparten su experiencia. En parques de ciudades europeas o latinoamericanas pueden verse jóvenes que corren a cuatro patas, llevan máscaras de lobo o felino, o graban vídeos en los que explican que sienten una conexión profunda con un animal.

Para algunos observadores se trata de una extravagancia pasajera; para otros, de un síntoma cultural de una generación desorientada. Sin embargo, si uno observa el fenómeno con atención, descubre algo mucho más profundo. Los therians no están hablando de animales. Están hablando de identidad. Y la identidad, en el siglo XXI, se ha convertido en el territorio más incierto del ser humano.

¿Por qué miles de jóvenes necesitan identificarse con un animal para sentirse auténticos? Cuando una generación entera empieza a buscar símbolos fuera del lenguaje habitual, suele significar que el lenguaje anterior ya no sirve. El fenómeno therian puede ser leído, entonces, como un síntoma cultural. Un síntoma de tres crisis simultáneas. La crisis de identidad. La crisis de comunidad. La crisis de sentido.

Las generaciones nacidas después del año 2000 han crecido en un mundo radicalmente distinto al de sus padres. Su identidad no se forma en el barrio, ni en la escuela, ni en la familia. Se forma en internet. Un adolescente hoy puede tener simultáneamente: una identidad en Instagram, otra en TikTok, otra en videojuegos y otra en comunidades online.

En este contexto, la identidad deja de ser algo estable y se convierte en algo mutable. El yo se vuelve experimental. El fenómeno therian encaja perfectamente en este proceso. Identificarse con un animal no es necesariamente creer que uno lo es. Es explorar una dimensión simbólica del yo.

Un joven que dice sentirse lobo quizá no está hablando de biología. Quizá está hablando de: instinto, libertad, pertenencia a una manada, protección del territorio, independencia emocional. Es decir, está usando un símbolo antiguo para explicar una experiencia moderna.

En ese sentido, el fenómeno therian podría interpretarse como una reaparición digital de antiguos arquetipos chamánicos. Una forma torpe, quizá confusa, pero profundamente humana de reconectar con la naturaleza interior.

Hay otra dimensión que raramente se menciona. La dimensión comunitaria. La adolescencia siempre ha sido la edad de la tribu. Pero las tribus tradicionales han desaparecido. Las generaciones actuales crecen en un mundo donde: las familias son más pequeñas, los barrios son más impersonales, las relaciones son más digitales. El resultado es una soledad silenciosa. Y el reconocimiento es una necesidad humana básica.

Para comprenderlo conviene recordar una intuición que el psicólogo suizo Carl Gustav Jung formuló hace casi un siglo. Jung sostenía que bajo la superficie de nuestra conciencia individual existe una capa mucho más antigua y profunda de la psique humana: el inconsciente colectivo. En ese territorio habitan los arquetipos, formas simbólicas universales que acompañan a la humanidad desde tiempos remotos. El lobo, el águila, el oso, la serpiente… no son solo animales. Son imágenes primordiales que encarnan energías psíquicas ancestrales.

Durante milenios, las culturas humanas convivieron con esos símbolos de manera natural. El chamanismo de Siberia, las tradiciones indígenas de América o los mitos europeos de hombres lobo y guerreros berserker reflejan una misma intuición: el ser humano comparte con los animales una dimensión profunda de su identidad. La modernidad racionalista intentó borrar esa memoria. El animal dejó de ser un espejo del alma y pasó a ser un objeto biológico.

Sin embargo, los arquetipos no desaparecen cuando se los ignora. Permanecen latentes en el inconsciente colectivo, esperando el momento de reaparecer. Y quizá ese momento esté llegando ahora. Muchos jóvenes sienten que su identidad digital es superficial, efímera, frágil. Pueden cambiar de estilo, de comunidad o de discurso en cuestión de semanas. Sin embargo, en algún lugar de su interior existe una necesidad más antigua: la necesidad de sentir que uno pertenece a algo profundo, algo que no depende de algoritmos ni de tendencias.

Pero existe también una interpretación más inquietante. Porque toda época distópica produce sus propios mitos. El ser humano empieza a sentir que su naturaleza original está siendo desplazada. La paradoja es fascinante. Mientras la tecnología empuja a la humanidad hacia un futuro cada vez más postbiológico, una parte de las nuevas generaciones parece sentir el impulso contrario: regresar a lo instintivo, a lo salvaje, a lo animal.

Es como si el inconsciente colectivo estuviera reaccionando ante la artificialización de la vida. Desde esta perspectiva, el fenómeno therian podría interpretarse como una especie de síntoma arquetípico de resistencia psicológica. Un recordatorio de que, bajo las capas de cultura y tecnología, seguimos siendo criaturas biológicas conectadas con la tierra.

Pero la distopía aparece cuando esa conexión se vuelve puramente simbólica. Muchos jóvenes que se identifican con animales viven en entornos completamente urbanos, alejados de cualquier contacto real con la naturaleza. Su relación con el lobo o el zorro no nace de la experiencia directa del mundo salvaje, sino de imágenes digitales, narrativas de internet y comunidades virtuales.

El animal interior se convierte entonces en un AVATAR más. La pregunta que se abre ante nosotros es inquietante. ¿Estamos asistiendo al renacimiento de una conciencia arquetípica olvidada… o al nacimiento de nuevas identidades virtuales que sustituyen la experiencia real de la naturaleza? Tal vez ambas cosas estén ocurriendo al mismo tiempo.

La historia humana está llena de momentos en los que los símbolos regresan para advertirnos de algo. Cuando los mitos reaparecen en el imaginario colectivo, suele significar que una civilización está atravesando un punto de inflexión. Los jóvenes therians podrían estar señalando, de manera inconsciente, una crisis profunda de nuestra relación con lo humano.

Quizá su gesto sea torpe, confuso o exagerado. Pero bajo esa máscara de lobo o de gato se esconde una intuición poderosa. La intuición de que el ser humano no puede vivir únicamente como una conciencia abstracta flotando en redes digitales. Necesita cuerpo. Necesita instinto. Necesita naturaleza.

La verdadera pregunta que este fenómeno plantea no es si los therians tienen razón. La pregunta es otra: En un mundo cada vez más artificial, ¿qué parte de nosotros seguirá siendo verdaderamente humana?

Tal vez la respuesta se encuentre, precisamente, en ese animal interior que durante siglos intentamos domesticar y que ahora parece despertar de nuevo, aullando desde las profundidades del inconsciente colectivo.


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