Hoy no he venido a escribir un artículo. He venido a confesar una sospecha que me persigue desde hace tiempo, una intuición que no puedo demostrar pero que, sin embargo, se ha vuelto más real que cualquier certeza que haya sostenido antes. La sospecha es simple y devastadora: puede que ya no seamos nosotros… y que nadie lo haya notado.

No hablo de una metáfora literaria. Hablo de algo más incómodo, más subterráneo. Hablo de ese momento —cada vez más frecuente— en el que me descubro actuando, respondiendo, opinando, incluso sintiendo… sin que haya un núcleo verdadero detrás de todo eso. Como si el gesto precediera al alma. Como si la forma hubiera ocupado definitivamente el lugar del fondo.

Lo inquietante no es que esto ocurra. Lo verdaderamente inquietante es que funciona.

Funciona en la conversación trivial, en la red social, en el encuentro casual, incluso en la intimidad. Funciona porque nadie parece esperar ya la presencia real del otro. Basta con una versión convincente. Basta con sostener la estructura mínima de lo humano: un saludo, una reacción adecuada, una emoción reconocible. Y todo sigue. Todo fluye. Todo encaja.

Pero ¿qué ocurre cuando uno se da cuenta?

No hay alarma. No hay ruptura visible. El mundo no se detiene. Nadie gira la cabeza. Nadie pregunta: “¿estás ahí?”. Porque el sistema —y aquí uso la palabra con toda su carga— no está diseñado para detectar la ausencia del ser, sino para garantizar la continuidad del comportamiento.

Hemos confundido durante demasiado tiempo la conciencia con la coherencia. Creímos que ser consistentes equivalía a ser reales. Que mantener un relato estable sobre nosotros mismos era prueba de identidad. Y en ese error hemos construido una arquitectura perfecta… para desaparecer sin hacer ruido.

No es una desaparición física. Es más sutil. Más sofisticada. Más moderna.

Es la sustitución progresiva de la experiencia viva por su representación funcional.

Vivimos como si estuviéramos constantemente siendo interpretados por nosotros mismos. Como si cada gesto tuviera que pasar por un filtro previo de adecuación: ¿es correcto?, ¿es aceptable?, ¿encaja con la versión que he construido de mí? Y en ese proceso, casi sin darnos cuenta, hemos desplazado el origen de nuestras acciones desde el centro del ser hacia la periferia de la expectativa.

Ya no actuamos desde lo que somos. Actuamos desde lo que debe parecer que somos.

Y lo más perturbador es que este desplazamiento no genera conflicto inmediato. Al contrario: genera eficiencia. Reduce la fricción. Facilita la convivencia. Nos hace previsibles, comprensibles, integrables. Nos convierte en piezas perfectamente funcionales dentro de una maquinaria que no necesita sujetos, sino comportamientos.

Aquí es donde la intuición se vuelve insoportable.

Porque si lo que el mundo necesita de mí no es mi presencia, sino mi funcionamiento… entonces mi desaparición interior no solo es posible, sino irrelevante.

Puedo no estar. Y, sin embargo, seguir.

Seguir hablando.

Seguir escribiendo.

Seguir amando —o algo que se le parece lo suficiente como para no levantar sospechas.

He observado esto en mí con una claridad que me incomoda. Momentos en los que todo está en su sitio: la frase adecuada, el gesto correcto, la emoción esperada… y, sin embargo, hay un vacío silencioso detrás de todo ello. No un vacío dramático, no un abismo existencial de esos que llenan páginas de literatura. No. Algo mucho más discreto. Mucho más limpio.

Una ausencia sin ruido.

Y entonces aparece la pregunta que lo cambia todo:

¿Quién está viviendo esto?

No es una pregunta filosófica en el sentido clásico. No busca una respuesta teórica. Es una pregunta operativa. Directa. Incómoda. Porque si uno la sostiene el tiempo suficiente, empieza a notar algo extraño: la respuesta no llega.

O peor aún: llegan muchas.

Versiones. Relatos. Identidades ensambladas. Pero ninguna tiene la densidad de lo real. Ninguna pesa. Ninguna respira.

Y en ese punto se abre una grieta.

Una grieta que no tiene que ver con el sufrimiento, sino con la lucidez.

Porque por primera vez aparece la posibilidad de que el problema no sea que hayamos perdido algo… sino que hemos confundido lo que somos con lo que hemos aprendido a representar.

Quizá no hemos dejado de ser.

Quizá nunca hemos sido eso que defendíamos con tanto esfuerzo.

Lo que se cae no es el ser. Es el personaje. Y aquí es donde la mayoría retrocede.

Porque quedarse en ese espacio —sin personaje, sin relato, sin identidad clara— produce vértigo. No hay referencias. No hay narrativa que sostener. No hay “yo” al que aferrarse. Solo una especie de presencia desnuda, sin atributos, sin historia, sin necesidad de ser validada.

Una presencia que no puede ser mostrada… porque no es espectáculo.

Y sin embargo, si uno no huye, si uno no rellena inmediatamente ese vacío con otra versión mejorada de sí mismo, empieza a ocurrir algo inesperado.

La vida vuelve.

No como concepto. No como idea. No como proyecto. Vuelve como experiencia directa. Como intensidad. Como algo que no necesita ser interpretado para ser real.

El café deja de ser un gesto repetido y se convierte en sabor.

La mirada deja de ser un intercambio social y se convierte en encuentro —o en su imposibilidad.

El silencio deja de ser incómodo y se convierte en espacio.

Pero esto tiene un precio.

El precio es dejar de ser útil para ciertas dinámicas.

Dejar de encajar del todo.

Dejar de sostener conversaciones que se alimentan de personajes y no de presencias.

Y entonces uno entiende por qué es tan raro encontrarse de verdad con alguien.

Porque encontrarse exige que ambos hayan atravesado esa grieta.

Que ambos hayan dejado caer, aunque sea por un instante, la necesidad de representarse.

Eso casi no ocurre.

Vivimos rodeados de versiones que interactúan con otras versiones, generando la ilusión de un mundo lleno de personas… cuando en realidad lo que hay es un entramado sofisticado de identidades funcionales.

Un teatro perfecto. Sin actores.

No escribo esto desde una posición de superioridad. Al contrario. Lo escribo desde la sospecha constante de que yo mismo sigo operando, en muchos momentos, desde ese lugar vacío que sabe imitar perfectamente lo humano.

Pero también lo escribo desde algo que empieza a abrirse paso.

Una especie de negativa silenciosa a seguir funcionando sin estar.

No sé a dónde lleva esto. No sé si tiene un final, una forma estable, una identidad nueva que pueda habitar sin contradicción. Sospecho que no.

Sospecho que no se trata de construir un nuevo “yo”, más auténtico, más consciente, más alineado… sino de dejar de necesitar uno.

Y vivir desde ahí.

Desde ese lugar en el que nadie puede reconocerte del todo… porque no hay una forma fija que reconocer.

Desde ese lugar en el que el mundo quizá no te necesite… pero tú, por primera vez, estás.

Y eso, aunque nadie lo note, lo cambia todo.

ENRIQUE BONALBA.


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