Me desperté antes de que el alba rompiera por completo, con los primeros destellos dorados dibujando un sendero tembloroso sobre la superficie marina. Llevaba tiempo planeando mi partida hacia ese confín de tierra y agua que, según se me había dicho, contenía toda la esencia de lo que fui, de lo que soy y de lo que podría llegar a ser. No es la primera vez que piso esta orilla, pero cada llegada se siente distinta, como si el paisaje se recreara una y otra vez en mi mente para mostrarse con un fulgor renovado. Avancé descalzo por la arena mientras me repetía en voz baja que este lugar era un regalo para quien supiera mirar con humildad, y un castigo para quien se atreviera a subestimarlo.
Cada grano de arena se prendía de mis pasos, intentando que no siguiera adelante, casi reclamándome atención. Dejé que la suave brisa marina impregnara mi ropa con su salitre y que mis ojos se acostumbraran a la penumbra que precede al amanecer. Allí, junto a la orilla, escuché un rumor tenue, como si el mar murmurara su propia historia. Me detuve y no pude evitar formularle una pregunta: “¿Qué me contarás hoy de ti?” Nadie respondería en apariencia, pero me aferré a la idea de que el murmullo de las olas era la voz de algo ancestral, una consciencia primigenia que se remonta más allá de la memoria humana. Aunque el silencio reinaba entre mis palabras y el agua, percibía un diálogo subterráneo. Me pareció sentir un susurro: “Te mostraré quién fuiste y quién serás si no temes sumergirte en mis profundidades.”
Con la primera claridad, me dispuse a subir a un pequeño peñasco para divisar mejor el horizonte. El perfil del amanecer, ese astro que implacable decide la cadencia de la vida, se alzaba con el porte de un monarca que todo lo gobierna. El mar, en un instante, cambió de un tono pizarra a un azul dulce y perlado, como si le diera la bienvenida al día con una reverencia solemne. En ese cruce de luz y penumbra, sentí que la tierra bajo mis pies se rendía, casi sin protestar, al dominio del agua. A veces se enrabieta con violencia, es cierto, pero hoy había optado por la mansedumbre. Y esa mansedumbre se traducía en un vaivén hipnótico, un latido pausado que se convertía en espejo, reflejando la silueta de mi propia figura, multiplicada por la vibración de la primera luz.
Mientras contemplaba aquel espectáculo, pensé en otras historias que se confunden con la mía. Recordé cómo, en mis épocas de lectura compulsiva, solía imaginar reinos fantásticos donde convivían seres irreales. Me venía a la mente, por ejemplo, la fascinación que siempre me produjeron los relatos del Doncel del Mar, Amadís de Gaula, que dicen cabalgó por playas escondidas y libró batallas contra seres feéricos. Cuando era niño, creía que toda costa protegida por acantilados podía servir de escondite a duendes y ondinas. Más tarde, supe de gobelines que danzaban en las profundidades de grutas marinas, de gnomos que se apostaban tras rocas cubiertas de líquenes y de silfos y salamandras que emergían en la bruma si uno sabía observar con atención. Ahora, aquí en esta tierra bañada por un mar que reclama su reinado con soberana tranquilidad, me descubro buscando alguna señal que me confirme que esas leyendas no pertenecen solo a los libros.
El día se abría paso y yo continuaba mi camino paralelo a la orilla, aspirando el aroma salado que siempre asocio con la libertad, cuando unos pasos se acercaron a mí. Era un hombre mayor, de barba rala y cabellos blancos, que sonreía con una cordialidad desinteresada. Me saludó con un ademán y me dijo, acercándose lo suficiente para que pudiera oírlo por encima del rumor de las olas:
—Has venido a tiempo para el milagro —susurró con voz calmada—. Y no hablo solo de este amanecer.
—¿Milagro? —le pregunté con curiosidad, sintiendo una ligera expectación.
—La mayoría viene a contemplar la salida del Sol, pero pocos perciben lo que sucede cuando la luz se funde con el agua. No hace falta que te explique, tú sabrás reconocerlo.
Y se alejó mientras yo seguía con la mirada su figura encorvada que desaparecía tras un recodo. Me quedé preguntándome a qué milagro se refería, hasta que mis ojos se posaron en el reflejo del cielo que parecía hundirse en el mar, tiñéndose de un naranja insólito, tan radiante que, por un momento, sentí la necesidad de entrecerrar los párpados. En ese instante me sentí como parte del espectáculo, no como un espectador. El aire tibio sobre mi rostro me decía que era cómplice y testigo de un ritual que llevaba produciéndose cada mañana desde el inicio de los tiempos.
Mi país, pensé, atesora en ciertos momentos del año una particular atmósfera que me recuerda a historias antiguas. Confieso que en mi juventud llegué a confundir leyendas con realidades, y tal vez por eso cada vez que recorro esta región no puedo evitar creer que, en cualquier curva del camino, aparecerá una dama a caballo, como Lady Godiva, galopando sin ataduras, envuelta por la bruma de esta costa que tiene vocación de misterio. He imaginado más de una vez esa silueta avanzando por playas que yacen dormidas, envuelta en un silencio expectante. Y aunque sé que esa escena pertenece a otra latitud y otro siglo, la fuerza evocadora de la imaginación hace que se superpongan universos. Quizá, me digo, la magia consiste en no imponer límites temporales a lo que la mente puede construir.
Cuentan que en los periodos de mayor esplendor, cuando el sol cae a plomo y la tierra exhala un calor casi sobrenatural, se despierta algo similar a lo que en las leyendas llamaban el Jardín de las Hespérides. Recuerdo haber leído que la diosa Gea donó un jardín lleno de manzanas doradas como regalo de bodas a Hera. Y, en ocasiones, mientras recorro estas orillas inundadas de sol, me viene la idea de que podría tropezar con esos frutos maravillosos, plantados en algún recoveco. Entonces me detengo y miro las palmeras retorcidas por la brisa, los arbustos de flores rojas y amarillas que despuntan en senderos pedregosos, y pienso que la belleza puede adoptar múltiples rostros. Hay en ciertos anocheceres una luz rojiza que nos hace sentir como si estuviéramos en un lugar sagrado. A esa hora, las ninfas que custodiaban los secretos del atardecer, según cuenta la mitología, podrían pasearse en silencio por la playa, susurrando promesas de dicha eterna a quien se atreviera a escucharlas.
De vez en cuando, cuando me adentro en rutas menos frecuentadas, descubro una cueva labrada por siglos de erosión. Dicen los lugareños que en una de esas grutas, escondida tras un saliente rocoso, habita el recuerdo de Calipso, la bella hija de Titanes que ofrecía la inmortalidad a los marineros extraviados. Sé que es solo un eco literario, pero no por ello deja de fascinarme la idea de que exista un hueco en la realidad donde las promesas de la eternidad susurren al oído de los viajeros. Muchas veces me he preguntado si mi pasión por la escritura no será un intento de descender a esa gruta simbólica, para retener el tiempo y transformarlo en palabras. El influjo del mito, por muy remoto que parezca, sigue ejerciendo su poder: cada vez que entro en una cavidad marina y escucho el goteo constante del agua filtrándose entre las rocas, siento que el mundo exterior se hace lejano, que mi conciencia se expande y que la realidad adopta un contorno menos rígido.
La transición entre el mundo real y ese ámbito de leyenda, me dije al seguir caminando, tal vez se simbolice en el túnel que conecta esta tierra con lo desconocido. Hay quienes creen que, para cruzar ese pasaje, uno debe despojarse de toda certidumbre y entregarse a la bruma. Confieso que yo, en mi afán por explorar y por contar historias, he fantaseado con la imagen de una larga galería subterránea, bordeada por luces mortecinas, que al final conduzca a un paraje deslumbrante, una especie de postal que nos deje sin aliento. Desde fuera, parece absurdo, porque cada lugar, por muy fascinante que sea, pertenece a un mapa concreto, con sus fronteras y su clima. Pero, si bien soy partidario de la razón, admito que hay instantes en que la razón cede ante la poesía. Y este es uno de esos lugares donde la poesía reina con una convicción absoluta, invitándonos a creer en mundos paralelos.
Si uno avanza hacia el interior, dejándose llevar por la curiosidad, descubre que dos enormes cordilleras se levantan a los flancos de la región. Me he detenido muchas veces en los valles que se forman entre esos montes, imaginando que el viento del norte, habitualmente helado y cortante, se topa ahí con un muro natural que lo obliga a replegarse. Por eso, este rincón que tanto amo tiene el privilegio de una climatología benévola, abierta y sosegada. Las montañas se curvan de tal forma que parecen dibujar una U gigantesca que los antiguos nombraron Ubertnia, en alusión, tal vez, a la abundancia o a la hospitalidad del terreno. Al erguirme sobre una de sus cumbres y mirar en redondo, me impresiona ver cómo esa forma abierta abraza un mar que no se cansa de renovarse, un mar que reverbera con tonalidades cambiantes a lo largo del día.
En el centro de ese anfiteatro natural, destaca una mole de roca granítica que, desde la distancia, se perfila como una campana gigantesca. He subido varias veces a su cima y siempre experimento la misma sensación: la de hallarme en un santuario donde confluyen fuerzas ignotas. Subir allí es más que una excursión; es un rito de paso en el que uno siente que se acerca al corazón mismo de la tierra. Las gentes que he encontrado en ese ascenso relatan historias increíbles de peregrinaciones, de manantiales que brotan con una pureza casi mística y de sueños que se cumplen si te lavas el rostro con esas aguas heladas. Recuerdo la primera vez que bebí de uno de esos manantiales: me temblaron las manos al sujetar la jícara de barro que un lugareño me ofrecía. Se llamaba Eladio y me dijo entre risas:
—No temas, que si es tu primera vez, quizás veas lo que no quieres ver, pero también entenderás lo que no sabías que existía.
Tomé ese trago y sentí un frío que me atravesó el pecho. En ese momento, tuve una visión fugaz de todas las palabras que aún no había escrito, de todas las historias que estaban aguardando en un rincón de mi conciencia, deseando nacer. Por eso, cada vez que vuelvo a ese lugar, experimento una especie de vértigo; siento que allí se condensa la energía que mueve mi impulso creador. Y cuando desciendo, tengo la impresión de que el mundo entero se ensancha, como si ese monte sagrado me hubiera regalado su perspectiva.
El mar que se extiende ante Ubertnia esconde mil secretos. Sus tonalidades varían del turquesa pálido al azul profundo, y en ocasiones vira a un verde esmeralda luminoso. Hay horas del día en que la superficie parece un manto de lapislázuli, casi sagrado, y resulta fácil entender por qué los pueblos antiguos lo consideraban un lugar bendito, una vía de conexión entre culturas lejanas. Imagino cómo, en tiempos remotos, navegantes valientes surcaban estas aguas con ánforas, cofres, vasijas y toda suerte de mercancías que intercambiaban en puertos improvisados. A menudo, al pasear por la playa, me fijo en pedazos de cerámica que el oleaje arrastra a la orilla. Aunque la mayoría son fragmentos recientes, me gusta pensar que quizá alguno pertenezca a un alfarero de siglos pasados, cuyos dedos dejaron un rastro de memoria.
Me fascina la posibilidad de que la herencia de tantas civilizaciones se haya ido depositando en los genes de quienes habitamos estos contornos. No es raro ver aquí rostros de rasgos diversos, voces que entonan palabras con acentos muy distintos, y sin embargo, todos conviven con una misma admiración por la línea que separa la tierra del mar. He tenido el gusto de conversar con viajeros provenientes de distintos continentes que acaban quedándose más tiempo del previsto, prendados de esa atmósfera que combina serenidad y fuerza.
Las casas blancas que asoman tras cortinas de lino ondeando al viento reflejan la luz de un modo casi místico, como si en esos muros encalados se concentrara la pureza solar. A veces, al caminar por un barrio costero al mediodía, me ciega ese fulgor que rebota en las paredes, y debo entornar los ojos para apreciar el contorno de las puertas y ventanas. Es una arquitectura que no grita, que no pretende imponerse, pero que ejerce una atracción callada. Me acerca a un tiempo suspendido, donde el refinamiento no se basa en la ostentación, sino en la sencillez. Siento que pasear por esas calles silenciosas es una forma de meditar, de conectarme con un pasado que todavía late en cada piedra, en cada cal, en cada trazo de sombra.
Cada vez que levanto la vista, el cielo me asombra con sus matices. De un lado, al norte, se extienden albuferas y humedales que, al calor del mediodía, despiden un vaho casi irrespirable. En esas zonas, la vida fluye de manera distinta: hay aves de un plumaje multicolor que se alimentan de peces diminutos en esteros y lagunas, juncos que crujen al paso de cualquier visitante y un silencio tan denso que parece sagrado. Al sur, sin embargo, el panorama cambia radicalmente, y uno se topa con parajes de sequedad casi extrema, donde la sal se acumula en capas blanquecinas, dejando un rastro en el aire que se clava en la garganta. Al oeste, se extienden llanuras áridas y mesetas inmensas que parecen no tener fin, y sobre ese horizonte desolado, el atardecer adquiere una paleta de rojos y naranjas tan intensos que uno se siente insignificante ante la amplitud del firmamento.
Pero si vuelvo la mirada hacia el este, todo se transforma. Ahí se halla el mar antiguo, imperturbable, y es como contemplar un talismán que me recuerda la promesa de cada nuevo amanecer. La mañana se tiñe de una luz clara y casi maternal, como si ese astro que nos renueva día tras día derramara su bendición sobre las aguas, otorgándoles una vitalidad inextinguible. En algunos momentos, me siento tan sobrecogido que cierro los ojos y oigo mi propio corazón acompasado con el arrullo de las olas. Hay algo milagroso en esa sincronía, algo que me dice que no estoy separado de la naturaleza, sino que participo de su latir.
En mis andanzas, me topé con un joven llamado Simón, un trotamundos que se ganaba la vida tocando una flauta de pan. Lo encontré sentado en el umbral de una casa encalada, mirando hacia la cala que quedaba unos metros más abajo. Su expresión era la de un hombre que guarda un secreto, una certeza inquebrantable. Le pregunté qué le había traído a esta región, y me contestó con sencillez:
—Estuve en muchos lugares, pero nunca encontré la paz que siento aquí. En otros sitios, sentía que era un intruso; aquí, en cambio, todo me invita a quedarme.
—¿Y cuál crees que es la razón? —inquirí, genuinamente intrigado.
—Es como si la tierra y el mar hubiesen hecho un pacto para proteger al viajero. No encuentro otra explicación. Yo vengo de un país seco, con montañas desnudas que parecen sufrir a cada rayo de sol, y sin embargo, en este confín encontré el equilibrio. Tú también lo sientes, ¿no?
Asentí. Era imposible no percibir ese pacto silencioso, esa armonía que la naturaleza parecía manifestar a cada paso, como si un acuerdo ancestral garantizara la belleza de cada rincón. Incluso cuando sopla el viento fuerte y las olas se levantan con furia, hay un orden subyacente que lo gobierna todo.
Decidí entonces adentrarme un poco más en el interior, siguiendo un camino serpenteante que bordeaba campos de olivos y almendros. Allí el paisaje adquiría matices más secos, pero no por ello menos sugestivos. Los árboles, con sus troncos retorcidos, parecían guardianes centenarios que han visto pasar incontables generaciones. Había un silencio distinto al de la costa, un silencio donde resonaban cigarras y el crujir de la hojarasca. Cada tanto, me salían al paso campesinos que me saludaban con un gesto amable, y en alguna que otra ocasión, pude conversar con ellos sobre la dureza de la tierra y la generosidad de la misma. Uno de ellos, un hombre llamado Bartolomé, me relató sus impresiones sobre Ubertnia:
—Nací en estas laderas y siento que mis huesos están hechos del mismo mineral que las rocas que ves ahí arriba. Dicen que en lo alto de la campana de piedra hay un espíritu antiguo que vela por nosotros. Yo no sé si eso será cierto, pero cuando la noche es clara y veo la luna posarse sobre esa cumbre, me parece que el tiempo se detiene. Por eso, jamás me he planteado marcharme. Este lugar me pide que lo cuide, y a cambio, me cuida a mí.
Aquella explicación me conmovió. Entendí que el arraigo no se basa solo en la costumbre, sino en una comunión silenciosa con el entorno. Tal vez por eso muchos viajeros se dejan seducir y acaban quedándose. Sucede en cualquier época: hoy en día, lo vemos en los recién llegados que han conocido el lugar en fotos, y siglos atrás, sucedía con navegantes que venían desde islas lejanas en busca de nuevos horizontes. Esa vocación cosmopolita se siente todavía en las tabernas, en los mercados al aire libre, en las conversaciones que mezclan palabras de orígenes diversos.
Pasé varios días recorriendo la región, desde las calas recónditas hasta las faldas de las montañas protectoras. Me empapé de historias, de confidencias, de pequeños hallazgos que avivan la imaginación. Una noche, mientras bebía vino en la terraza de una posada, conocí a Ingrid, una fotógrafa alemana que me comentó su proyecto:
—He venido a retratar los espíritus de este lugar —me dijo con una sonrisa—. No me interesan los monumentos ni las panorámicas de siempre. Quiero capturar el aura que se percibe en cada rincón. Quizá sea una locura, pero tengo la impresión de que si uno sabe observar bien, puede ver seres que no están en la superficie.
—¿Te refieres a apariciones, fantasmas? —pregunté, con una curiosidad que mezclaba escepticismo y anhelo.
—Algo así. O a la memoria de las cosas. Como el castillo de Eilean Donan, donde los turistas buscan un fantasma para hacerse un selfie. Es gracioso pensar que algo tan legendario pueda convivir con nuestras vanidades modernas. Yo también busco algo, pero no es una selfie ni un espectro cinematográfico. Busco huellas de esa energía que dota de vida a esta costa, a este mar, a esta gente.
Le comenté que, en mis viajes, siempre he sentido un magnetismo en ciertos rincones, una vibración sutil que nos empuja a alargar la estancia sin tener claro el motivo. Ella asintió:
—Creo que en Ubertnia todo es más palpable. La cúpula del cielo, ese azul que se hace translúcido, la calidez del sol que todo lo unifica, la reminiscencia de tradiciones que se pierden en la noche de los tiempos. Es como si aquí tuviéramos permiso para soñar despiertos.
Aquellas palabras me acompañaron hasta que el sueño pudo más que mi determinación de permanecer en vela. A la mañana siguiente, me sorprendió un amanecer que no terminaba de definir si quería ser dorado o rosa, y salí a la costa. Me acerqué a una zona de rocas que se adentraban un trecho en el mar, y allí me senté a contemplar cómo las gaviotas revoloteaban en busca de su desayuno. De pronto, tuve la sensación de que alguien hablaba a mi espalda. Me giré y comprobé que no había nadie. Tal vez mi imaginación, excitada por tanto paisaje sugestivo, había querido regalarme un murmullo extrahumano. No me asusté; al contrario, cerré los ojos y escuché con más atención.
El rumor se hizo más nítido. Sentí que evocaba otras épocas y otros lugares. Vi, en mi interior, la sombra de un pasado remoto donde guerreros y comerciantes alzaban cúpulas de piedra caliza, templos para honrar dioses que se nutrían del salitre. Percibí cómo el tiempo fluía en oleadas, sin atenerse a la linealidad de nuestros calendarios. Tuve el impulso de escribirlo todo, pero me contuve; quería asimilar primero esas sensaciones para darles la forma adecuada cuando las plasmara en papel.
Después de un buen rato, volví a la posada y me encontré con la patrona, una mujer de rasgos dulces llamada Teresa, que me preguntó, sin rodeos:
—¿Has ido ya al saladar que está al sur? Dicen que cuando el sol pega fuerte, puede uno ver espejismos, como si el agua formara corredores imposibles sobre la arena.
—Aún no he estado allí —confesé—. Me dediqué a explorar las calas y parte de la montaña.
—Pues date prisa antes de que el sol cambie de posición. Ese lugar es traicionero, pero también hermoso.
Me puse en camino. El paisaje en esa dirección, conforme avanzaba, se hizo más austero. La vegetación disminuía, aparecían suelos quebradizos de un color blanquecino, y podía sentir cómo el aire se llenaba de partículas de sal que se pegaban a mis labios. Finalmente, llegué a una llanura de apariencia fantasmagórica. El calor distorsionaba el horizonte, creando ondulaciones que parecían un espejismo. Di unos pasos con cautela y, al mirar de reojo, vi que la tierra temblaba en la distancia, como si se fundiera con el cielo. Un sudor espeso me bajó por la frente. Allí la presencia del agua se reducía a charcas salobres, donde no se oían las risas de las gaviotas ni el murmullo de las olas, sino un silencio seco, roto solo por el crujir de mis pisadas. Sin embargo, de algún modo, me pareció que aquel ambiente desolado formaba parte del mismo todo armonioso que había contemplado en la costa. Me dije que no hay belleza completa sin un contrapunto áspero, sin una adversidad que realce lo que de otro modo se volvería monótono.
Al regresar, el atardecer cubría la región de un manto dorado. Me detuve a descansar en un viejo embarcadero que se adentraba en un pequeño estuario. Desde allí se veía la figura imponente de la campana granítica, recortada contra el cielo, y sentí una nostalgia repentina, como si temiera que el tiempo borrase todo lo que estaba viviendo. Me pregunté si las palabras que escribiría sobre este lugar llegarían a describir con justicia todo lo que mis ojos habían contemplado y todo lo que mi interior había sentido.
Un pescador se acercó en su barca y me invitó a subir. Era un hombre de rostro curtido y mirada clara. Sin mediar demasiadas explicaciones, acepté y nos adentramos en aguas tranquilas, donde el reflejo del crepúsculo parecía un óleo en movimiento. Tras unos minutos, rompió el silencio:
—No sé de dónde vienes, pero a veces, para entender este lugar, basta con cerrar los ojos y dejar que sea él quien te hable.
—He intentado escucharlo desde el primer día —contesté—. Y hay tanto que decir que a veces temo no llegar a asimilarlo todo.
—Lo asimilarás. Este paisaje te va a perseguir aunque te vayas lejos. Ya verás. —Guardó silencio un instante, antes de añadir—: Me llamo Paolo. Cada tarde lanzo mis redes en busca de peces, pero, al final, creo que lo que pesco de verdad son retazos de mi propia historia.
Lo observé desplegar sus redes con un gesto suave y acompasado. El crepúsculo tornaba el cielo en una acuarela de tonos malva y anaranjados. Sobre la costa, empezaban a encenderse luces tenues, mientras el faro al fondo marcaba un compás rítmico. Sentí que Ubertnia se despedía del día y que la noche le ofrecía su otro rostro, más enigmático aún. Pensé en todas las gentes que habría conocido este sitio a lo largo de los siglos, en las heridas que el tiempo deja en cada roca y en cada fragmento de cerámica sumergida. El mar arrulla y también devora, protege y en ocasiones reclama sus tributos. Y sin embargo, su abrazo es tan magnético que resulta imposible no rendirse a él.
Descendimos de la barca cuando el anochecer estaba ya bien avanzado. Me dirigí de nuevo a mi alojamiento y, al llegar, sentí un cansancio feliz, esa clase de fatiga que nace de la plenitud. Me di una ducha rápida, cené algo ligero y me senté junto a la ventana que daba a un patio interior decorado con jazmines. El perfume de esas flores se mezclaba con la brisa nocturna, y yo, sin poder remediarlo, me puse a escribir. Sentía que era urgente atrapar en palabras las imágenes, las sensaciones, las conversaciones. Cada frase que elaboraba me parecía insuficiente, y aun así, continuaba, impulsado por la certeza de que, si no escribía, algo se me escaparía para siempre.
Prolongué mi estancia mucho más de lo que había planeado. Durante esas jornadas, mi despertar era siempre un pequeño ritual: abría los ojos cuando el primer rayo de sol se filtraba por la cortina, bebía un vaso de agua para sentir el frescor en mi garganta y salía a la orilla para contemplar cómo la mar besaba la tierra con un rumor calmado. Me fijé en cómo, en las distintas horas del día, la arena cambiaba de color, pasando de un gris azulado al dorado más intenso. Me sumergí varias veces en el agua cuando aún estaba fría, sintiendo un estremecimiento que me reconectaba con mi infancia, con el asombro innato que uno tiene antes de acostumbrarse a la rutina.
Al volver, tomaba notas sobre los lugares que había recorrido, describiendo la topografía con precisión, pero también intentando reflejar esos matices emocionales que me asaltaban a cada paso. No quería dejar ningún rincón sin explorar, ninguna historia sin escuchar, ningún rumor sin interpretarlo a mi manera. Pensé entonces que describir un entorno con honestidad implica reconocer que uno mismo se va transformando en el proceso, que no se puede hablar del mar, de la tierra, del viento, sin admitir que cada uno de esos elementos va moldeando nuestro espíritu.
Y así, fui tejiendo un relato íntimo, a veces poético, a veces simplemente descriptivo, con anécdotas que parecían escaparse de un libro antiguo, con leyendas que se confundían con el presente. Cuando alguien me preguntaba por qué me había quedado tanto tiempo, respondía que quería contemplar cada amanecer desde un ángulo diferente, como si deseara reunir un catálogo de matices cromáticos imposibles de plasmar en una sola pintura. Y lo cierto es que en cada nuevo día surgían detalles inéditos: una nube de forma inusual, el vuelo de una bandada de aves que irradiaba una belleza conmovedora, el rumor de una tormenta cercana que teñía el aire de electricidad.
Ya cerca del final de mi estancia, volví a subir a la cumbre de la mole granítica. La senda era escarpada, y el sudor me corría por la frente, pero no me importaba. A mitad de camino, me crucé con una pareja de excursionistas que se detuvo para intercambiar unas palabras:
—Merece la pena el esfuerzo —dijo uno de ellos—. Arriba se siente algo que no sabemos describir.
—Tal vez sea la música del viento —aventuró su compañera—, o el pulso de las rocas.
Continué mi ascenso con la determinación de alguien que busca una revelación. Al llegar a la cima, me encontré con una vista inabarcable: a un lado, el mar extendía su manto azul hasta donde el horizonte se fundía con el cielo; al otro, las montañas levantaban su muralla protectora, como si defendieran un tesoro que se guardara en el centro de la U geográfica. Me senté sobre una roca plana y dejé que la brisa secara el sudor de mi piel. Cerré los ojos y respiré. Sentí un latido que provenía de la tierra misma, como si todo aquel espacio se comunicara en un lenguaje secreto. Recordé lo que me dijo aquel lugareño, Eladio, la primera vez que probé las aguas del manantial. Pensé en la advertencia: “Quizás veas lo que no quieres ver, pero también entenderás lo que no sabías que existía.”
En ese instante, comprendí al fin las palabras que el hombre mayor, el de la orilla, me había dicho aquel primer día: “Has venido a tiempo para el milagro.” Sí, lo había presenciado en múltiples formas y momentos: en la belleza de los amaneceres, en el azul casi irreal de la cúpula celeste, en la hospitalidad silenciosa de las casas blancas, en la fuerza mítica de las historias que se mezclaban con la vida cotidiana. El milagro era, en realidad, la unidad de todo aquello que me rodeaba y la manera en que cada elemento encontraba su propia armonía. Y también era el modo en que esa armonía penetraba en mí, haciéndome sentir parte de una danza cósmica.
Volví a abrir los ojos y contemplé el panorama, repasando mentalmente las imágenes que deseaba llevarme conmigo: las huellas en la arena, la claridad del sol filtrándose por la ventana al amanecer, las anécdotas de viajeros errantes, la quietud de las estepas, la seducción del mar, la musicalidad de nombres que evocan tierras legendarias. Me dije que todo aquello merecía ser contado con la mejor de mis palabras, con la devoción que uno pone al relatar un secreto largamente guardado.
Me dispuse a descender y, mientras bajaba con cuidado para no resbalar, sentía cómo cada paso me anclaba más a la realidad tangible: la dureza de las rocas, la irregularidad del camino, el sonido de mis propias pisadas. Sin embargo, al mismo tiempo, notaba que mi imaginación bullía con renovado fervor, como si un aliento divino me incitara a escribir sin descanso, a transmitir en forma de relato ese espacio en el que la geografía se torna un personaje vivo.
Llegué abajo y, tras una pausa para beber agua y recobrar el aliento, eché un último vistazo a la imponente campana de piedra. La luz del atardecer la teñía de un matiz rojizo, y pensé que, con cada variación lumínica, se multiplicaba la historia que podría contarse de ella. Volví al sendero que conducía al litoral y me pregunté cuántas veces más me haría falta regresar para sentir que conocía realmente este lugar. Al final, me dije que era imposible abarcarlo todo, y que esa imposibilidad constituía, a la vez, la gracia del asunto: la belleza que nunca se agota, la fuente inextinguible que inspira a los viajeros y a quienes buscan la palabra precisa.
Así, cuando por fin puse mis cosas en la maleta y emprendí el camino de vuelta, lo hice con la certeza de que me marchaba cargado de vivencias y, a la vez, consciente de que la esencia de esta tierra permanecería aquí, esperándome, reclamándome. Mientras el vehículo se alejaba de la costa y las últimas sombras del día se alargaban, sentí un nudo en la garganta, esa mezcla de gratitud y añoranza que uno experimenta cuando deja atrás algo que ya forma parte de su intimidad. Y comprendí, en un repentino instante de lucidez, que la escritura que brotaría de mi experiencia no sería simplemente la descripción de un lugar, sino un testimonio de cómo un entorno puede transformar la mirada de quien lo contempla.
Y me juré a mí mismo que, cada vez que mis recuerdos titubeasen, cada vez que mi mano flaqueara al deslizar la pluma sobre el papel, regresaría mentalmente a la orilla de aquel mar, para reencontrarme con el susurro que me interpeló el primer día. Ese susurro, pensé, es la voz de un hogar que se elige, la invitación a un viaje perpetuo hacia el conocimiento de uno mismo. Quizá por eso, cuando alguien me pregunte: “¿Cómo es el lugar del que has vuelto?”, responderé con la franqueza que da la nostalgia: “Es un reino de agua y sol donde la tierra se inclina reverente y el tiempo se despliega en cada esquina. Un refugio de mitos en el que el viento trae y lleva historias, un territorio que uno nunca termina de conocer del todo. Es la cuna de un milagro diario, el de la belleza que renace con cada amanecer.” Y, en mi interior, sabré que la verdadera respuesta se halla en todo lo que viví y que aún vivo, cada vez que dejo mi huella en aquella arena.






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