Aprendí a contar mi vida como quien edita una novela por entregas: cada día cierra un capítulo y, antes de dormir, decido si dejo el cliffhanger en manos del azar o si me atrevo a reescribir una línea. No es misticismo barato; es una praxis de taller. Si mi mente cambia, mi vida cambia: lo he visto ocurrir con la exactitud de una imprenta. Cambia la puntuación de las horas, el peso de las palabras y la luz con que amanece la página siguiente. La mente no es un altar, es un volante; y la historia no avanza por fe, sino por el ángulo con que giro ese volante cuando el camino se estrecha.
Vivo convencido de que todo acto emite una onda que no se disuelve en el aire. Llamadlo karma si os sirve, pero yo lo pienso como una acústica moral: lo que lanzas rebota con un timbre que, tarde o temprano, reconocerás como propio. La intención afina o desafina ese timbre. No es lo mismo dar para quedar bien que dar porque te desborda el vaso. En el primer caso, el gesto deja un regusto áspero, como una frase con adjetivos redundantes; en el segundo, el cuerpo respira hondo y la escena encaja en su sitio, sin ruido de engranajes. He aprendido a valorarlo, a preguntarme cada noche de qué estaba hecha la mano que tendí: si de cálculo o de buena fe. Una acción acumula deuda cuando nace de la escasez del ego; se disuelve cuando brota de una abundancia que no reclama recibos. Esa auditoría íntima no me vuelve santo, me vuelve responsable del tono con que resuena mi historia.
Las palabras pesan más que las espadas porque no cicatrizan con yodo. He herido con una frase seca y he tardado años en reparar el daño. Me salvó un ritual humilde: al final del día, abro el cuaderno y escribo dos columnas. En la primera, “lo que mereció la pena”; en la segunda, “lo que haré mejor mañana”. No me permito la crueldad con el yo de hace unas horas. Evaluar lo bueno sostiene el ánimo, y arrepentirse de lo malo con un plan concreto es el antídoto de la culpa. Si el error fue una pulla injusta, anoto la llamada que haré, la disculpa que formularé sin excusas, el silencio que practicaré si vuelve el impulso. La lucidez no consiste en fustigarse, sino en reconocer el fallo con la delicadeza con que un editor señala una coma fuera de lugar.
Hay días en que siento la competencia feroz entre quien fui y quien quiero ser. El pasado fabrica condiciones: hábitos, reflejos, guiones aprendidos. Pero no dicta el desenlace. El libre albedrío no es una bandera metafísica, es un músculo que se entrena con gestos minúsculos. Resistir la réplica automática, posponer diez segundos la respuesta, cambiar el tono, no buscar el último argumento. Así se tejen alternativas. He descubierto que cuanto más mejoro —no hacia la perfección, sino hacia la coherencia— más margen de elección aparece. La libertad no cae del cielo: florece cuando la intención y el acto se abrazan.
Como escritor, traslado esta ética a mis personajes. Rehúyo el determinismo cómodo del trauma que excusa toda vileza y del destino que exime toda responsabilidad. Quiero criaturas que puedan escoger contra sí mismas, como cualquiera de nosotros al borde de un mensaje hiriente que decide no enviar. La literatura que me importa no indulta ni condena: ilumina el instante en que la mente puede cambiar y la vida, en consecuencia, cambia. Un personaje que aprende a callar a tiempo, o a decir por fin lo que calló, es más revolucionario que cien persecuciones. La épica íntima multiplica su onda en el lector: lo empuja a probar otro gesto, a imaginarse capaz de una versión más alta de sí.
Me ayuda una práctica sencilla que llamo “diez respiraciones de insurrección”. Cuando noto que la vieja inercia gana terreno —el orgullo, la prisa, la necesidad de tener razón—, me aparto un momento, apoyo los pies, cierro los ojos y cuento diez respiraciones completas. No visualizo galaxias ni invoco oráculos; solo siento el aire entrando y saliendo, como si en ese vaivén se jugara la votación de mi destino. A la séptima, casi siempre, aparece una fisura. La frase que iba a lanzar pierde urgencia, el gesto que iba a herir se desarma. Estar presente es una forma de poder: el instante se vuelve habitable y la escena, reescribible.
Dejo aquí un inventario de herramientas que me han salvado más de una trama. La primera es la autoconciencia sin poesía: reconocer con nombres propios lo que hago cuando nadie me ve. La segunda, la economía emocional: no gastar palabras en guerras que no exigen victoria, reservar la vehemencia para lo que de verdad me importa. La tercera, la gratitud operativa: elegir tres cosas del día que no habría querido perderme y anotarlas con precisión. La cuarta, la rectificación en caliente: pedir perdón cuando aún hay tiempo de que el daño no cristalice. La quinta, la vigilancia del lenguaje interior: suprimir el insulto que me lanzo a mí mismo y sustituirlo por una instrucción concreta. Lo que me digo modela lo que haré; la mente prepara al cuerpo para una nueva realidad o lo esclaviza a la antigua.
¿Somos víctimas del destino? Solo cuando renunciamos a la lucidez. He visto repetir en mí la torpeza de mi padre y he decidido detenerla; he visto reproducirse una ternura que creí perdida y he decidido alimentarla. El pasado es una imprenta que no deja de trabajar: si no le entrego un original nuevo, seguirá tirando copias del mismo error. La responsabilidad es ese original. A veces basta con un gesto improbable: llamar a quien evito, empezar el libro que temo, sentarme cinco minutos en silencio en el pasillo de mi casa como si fuera una ermita. El efecto no es espectacular, pero cambia el compás del día siguiente. La vida se avanza de a medio tono.
He terminado por creer que el equilibrio no es una postura estática, sino una danza entre el juicio y la compasión. Ser lúcido sin ser cruel, exigente sin ser tirano, amable sin ser ingenuo. Mindfulness no es una moda, es la gimnasia de esa danza: volver una y otra vez a lo que hay, sin excusas y sin espectáculo. Allí, en el minuto exacto en que el orgullo quiere tomar el timón, puedo elegir otra cosa. Allí se decide si mañana despertaré bajo el mismo párrafo o bajo uno nuevo.
Hoy, antes de cerrar este artículo, repaso mis columnas de la noche. En lo que mereció la pena, escribo: escuché sin interrumpir, di sin contar, leí tres páginas despacio, dejé que una vieja rabia pasara como un tren, sin subirme. En lo que haré mejor mañana, anoto: responderé con menos prisa, dormiré una hora más, cuidaré la palabra que uso para nombrarme. No he cambiado el mundo, pero he cambiado el ángulo de una frase que sostiene mi vida. Esa ligera torsión, repetida, mueve montañas invisibles.
Si tu mente cambia, tu vida cambia: no como consigna en un póster, sino como un oficio. Las acciones conscientes tienen poder porque son editoriales: deciden qué historia seguirá imprimiéndose en nuestro nombre. Elijo, cada noche, ser autor y no mero personaje de mis inercias. Y cuando fallo —que fallo—, vuelvo al cuaderno, a las diez respiraciones, a la humildad de reescribir. En esa obstinación se cifra, quizá, toda mi fe: la de un escritor que confía en que el siguiente párrafo puede ser más verdadero que el anterior.






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