Entro en la umbría como quien atraviesa un templo sin campanas. No espero voces humanas, pero vengo a escuchar. El pinar exhala una fragancia áspera, casi cítrica, y yo, que crecí obedeciendo a los diccionarios, descubro que aquí las palabras no son letras: son moléculas que flotan, pulsos eléctricos que viajan, hebras de hongo que tejen susurros subterráneos. La ciencia lo llama compuestos orgánicos volátiles, potenciales de acción, redes micorrícicas. Mi abuela los habría llamado el carácter del monte. A mí me gusta decirle gramática del mundo vivo.

Aprendo primero a leer el aire. Cuando una planta es herida, libera señales químicas que no son metáforas, sino avisos medibles: metil jasmonato, metil salicilato, etileno. Ese alfabeto gaseoso prepara a los vecinos para fabricar defensas o convoca aliados que devoran al agresor. En campo y laboratorio lo han visto con la artemisa y el tabaco, con el maíz y las orugas: el verde, al ser mordido, perfuma la tarde de un modo que atrae avispas parasitoides, una defensa indirecta que suena a estrategia militar y a coreografía ancestral. Hace poco añadimos otra sílaba inaudible a esta lengua: plantas bajo estrés emiten clics ultrasónicos, pequeños chasquidos en el aire, diferentes si la causa es sequía o corte. No los oímos, pero pueden oírlos otros animales, y ya se sueñan micrófonos de granja que traduzcan esa fonética invisible en riego a tiempo.

El cuerpo de la planta también escribe hacia dentro. No tiene nervios, pero produce relámpagos: potenciales de acción que cruzan tallos y hojas cuando alguien las hiere o la sed aprieta. La dionea cierra su trampa al conteo de impulsos; la mimosa pliega su pudor vegetal con una mueca eléctrica. A la vez, el xilema cambia presiones, agua que avisa a distancia. No es “habla”, dirán los cautos; es transmisión de información fisiológica a toda velocidad. Para el narrador que soy, basta: la historia se propaga, el organismo se avisa.

Bajo mis botas ocurre otra literatura. Las raíces nudo a nudo se asocian con hongos que forman redes micorrícicas. Por ellas viaja carbono, nitrógeno, noticias. En ensayos controlados se han visto transferencias entre plántulas conectadas; hay señales que cruzan como telegramas de auxilio. Pero conviene desarmar el mito cómodo: no está demostrado que todo el bosque comparta altruistamente ni que una “madre” alimente a su prole como una campesina en el claro. Hay datos de intercambios puntuales, sí; extrapolarlos a una política universal de welfare forestal es, por ahora, una hermosa fábula. La foto actual es matizada, y el matiz —esa franja donde conviven lo cierto y lo posible— me resulta fascinante.

Mientras me siento en una roca, recuerdo que los humanos también recibimos mensajes. No simbólicos solamente: fisiológicos. Los fitoncidas del bosque —terpenos como el alfa-pineno— bajan el cortisol y la presión arterial; en Japón midieron, tras baños de bosque, un aumento de la actividad de células NK como si el sistema inmune celebrara una fiesta discreta. No es magia, pero tiene esa cadencia de conjuro antiguo: respirar bajo los árboles reorganiza algo más que el ánimo.

La conversación del bosque con el resto del mundo es una polifonía. Con insectos y aves, los árboles modulan mezclas de volátiles que atraen polinizadores o enemigos de sus herbívoros; cambian el perfume según quién los muerda, como un semáforo químico con memoria de agresores. Con otros árboles, esos velos olorosos pueden prealertar, y las raíces —con hongos como carteros— envían señales que no vemos. Con nosotros, además de los terpenos, nos hablan luz, sombra, el ritmo del viento en la copa, esa música que regula un sistema nervioso que se creía sólo urbano.

En mitad de este coro se alza una disputa que me interesa como escritor y como ciudadano. ¿Hay “inteligencia vegetal”? Algunos grupos hablan de neurobiología de plantas, de aprendizaje y memoria distribuidos; otros advierten de antropomorfismo y nos recuerdan que aquí no hay cerebro ni conciencia. Me quedo con la síntesis honesta: nadie discute que las plantas procesan información de forma compleja, que integran señales, que toman decisiones bioquímicas en tiempo real. Llamarlo mente quizá sea excesivo; negarle agencia, pereza.

Nada de esto es nuevo para el imaginario humano. En Dódona, los griegos interpretaban la voz de Zeus en el susurro de un roble sagrado; los celtas hicieron de sus nemeton, bosques rituales, una geografía de lo numinoso; los nórdicos colgaron los mundos de las ramas de Yggdrasil; los mayas alzaron la ceiba como eje del cosmos. Modernos santuarios en India o África protegen todavía biodiversidad por ley de respeto. La cultura supo escuchar antes de medir, y quizá por eso nos conmueve cuando la ciencia confirma que el árbol, de algún modo, “dice”.

La ficción reciente ha devuelto al gran público esta intuición. Tolkien dio voz literal a los Ents; Richard Powers, en The Overstory, tejió vidas humanas con la paciencia de los anillos; Peter Wohlleben popularizó la interconexión de los bosques con metáforas que han encendido la curiosidad y también la resistencia de científicos que piden separar seducción de evidencia. En el cine, los kodama de Miyazaki y la red de Eywa en Avatar encarnan una ecología que conversa, guarda memoria, nos observa. A mí me interesan más las preguntas que dejan: cómo contaremos el bosque sin traicionarlo con palabras demasiado humanas ni enfriarlo con tecnicismos que nadie recuerda al salir de la sala.

Para Ubertnia propongo, desde esta escucha, una serie de exploraciones que unan rigor y embrujo. Un diccionario de voces del bosque donde cada entrada sea un compuesto, un hongo, una señal eléctrica contada como microcuento y respaldada por lo que sabemos. Un atlas de bosques sagrados contemporáneos que rescate la ética comunitaria que salvó arboledas cuando no había satélite. Un laboratorio ciudadano con micrófonos y sensores de bajo coste para que los lectores experimenten con ultrasonidos de plantas sedientas y, al hacerlo, recuperen el sentido de responsabilidad que sólo da la experiencia. Un manual de baño de bosque que no sea postal zen, sino protocolo humilde de atención que explique cómo, por qué y para qué la fisiología humana agradece la compañía de un hayedo.

Cierro la libreta. Siento que el bosque me ha hablado y que, a mi manera, he sabido responder. Hay comunicación vegetal, sí: química por el aire, señales eléctricas e hidráulicas por el propio cuerpo, redes de hongos bajo tierra; hay clics ultrasónicos que apenas estamos aprendiendo a traducir. Y también hay una conversación con nosotros que sucede en la piel, en la sangre, en la memoria y en los mitos. Si existe un karma del bosque, quizás sea éste: cuanto más devolvemos cuidado y atención, más nítido se vuelve su idioma. Entonces la magia deja de ser truco y se convierte en gramática compartida; y el escritor que hay en mí —ese animal que siempre busca una voz— entiende, al fin, que aquí la voz es de todos y de nadie, como el viento entre las ramas. Gracias, Penélope, por inspirarme.


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One response to “Gramática Secreta del Bosque: Crónica de un Hereje que aprendió a leer el Aire, la Raíz y el Relámpago”

  1. Avatar de Penélope García Cruz
    Penélope García Cruz

    Enrique, gracias de corazón, por tus palabras que son luz para mí.

    Saber que mi manera de abrazar la naturaleza puede inspirarte es un regalo inmenso, porque me recuerda que la vida se multiplica cuando se comparte desde lo auténtico.

    Que gran belleza hay en tus letras donde descubro que la inspiración es un puente: yo respiro la tierra, y tú la conviertes en arte. 🌿✨

    Abrazo grande 🫂

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