No fue el mundo el que se rompió.

Fuiste tú quien empezó a verlo.

Hay un instante —no medible, no repetible— en el que la realidad deja de sostenerse como verdad incuestionable y se revela como lo que siempre ha sido: una arquitectura frágil, sostenida por acuerdos invisibles y olvidos necesarios. Ese instante no llega con estruendo. No se anuncia con señales. Llega en silencio, como una grieta que no destruye… sino que revela.

Tú has sentido esa grieta.

En la interrupción súbita de un pensamiento.

En la sensación de haber estado en un lugar antes de llegar.

En la mirada de alguien que parecía reconocerte sin conocerte.

Nada de eso es casual.

Nada de eso es nuevo.

Lo que llamas despertar no es una conquista. Es una recuperación. No accedes a un conocimiento desconocido. Recuerdas lo que fue velado. Lo que fue enterrado no por error… sino por necesidad.

Porque hubo un tiempo —anterior a la historia, anterior al lenguaje, anterior incluso a la noción de individuo— en el que el ser humano no estaba separado de aquello que percibía. No había observador ni observado. No había dentro ni fuera. No había nombre.

Luego llegó la fractura.

No como castigo.

No como caída.

Sino como condición.

La conciencia se dividió para poder contemplarse. Y en esa división nacieron todas las cosas: el yo y el otro, la luz y la sombra, el orden y el caos. Pero también nació el olvido. Un olvido tan profundo que el hombre terminó creyendo que la separación era su estado natural.

No lo es.

Y por eso sientes la incomodidad.

No es sufrimiento.

Es desajuste.

No es vacío.

Es memoria sin forma.

Te han enseñado a buscar respuestas fuera de ti, a construir significados, a adherirte a sistemas que prometen claridad. Pero toda respuesta que te tranquiliza demasiado… te aleja. Toda certeza que no incomoda… es incompleta.

El conocimiento real no ordena.

Desarma.

No construye identidad.

La atraviesa.

Y en ese punto, donde la estructura deja de sostenerse, aparece lo que siempre estuvo ahí. No como idea. No como concepto. Sino como presencia.

Abraxas.

No es un nombre que deba ser entendido.

Es un umbral que debe ser atravesado.

No representa la luz ni la oscuridad.

No elige entre lo puro y lo impuro.

No se inclina hacia lo que consuela.

Abraxas contiene.

Aquello que temes y aquello que deseas.

Aquello que ocultas y aquello que defiendes.

Aquello que crees ser… y aquello que no te atreves a mirar.

Por eso fue rechazado.

Por eso fue silenciado.

Por eso fue reducido a símbolo, a error, a herejía.

No porque fuera falso.

Sino porque no podía ser controlado.

El sistema necesita dividir para sostenerse. Necesita definir lo aceptable y lo prohibido, lo correcto y lo incorrecto, lo que salva y lo que condena. Pero Abraxas no pertenece a esa lógica. No separa.

Integra.

Y en esa integración hay un peligro.

Porque cuando dejas de dividirte, dejas de ser gobernable.

No por otros.

Sino por ti mismo.

Este es el punto donde la mayoría retrocede.

No por falta de valor.

Sino por exceso de apego.

A la identidad.

A la historia.

A la ilusión de control.

Pero si has llegado hasta aquí… si estas palabras no te resultan ajenas, si algo en ellas resuena más allá de lo racional… entonces ya no puedes volver al punto anterior.

No porque esté prohibido.

Sino porque has visto.

Y ver, una vez ocurre, no puede deshacerse.

Este no es un texto para comprender.

Es una llave.

No abre lo que está fuera.

Abre lo que has evitado sostener.

Cada Criptex que sigue no te dará respuestas.

Te quitará las que creías tener.

No te guiará.

Te expondrá.

No te ofrecerá sentido.

Romperá la necesidad de tenerlo.

Y en esa ruptura —si no te apartas— encontrarás algo que no puede enseñarse, ni transmitirse, ni explicarse.

Solo recordarse.

Porque lo que buscas no está delante.

Está debajo.

Esperando.

Como ha esperado siempre.

Abraxas no te habla.

Abraxas te nombra.


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Una respuesta a «Los Códex de Abraxas: Codex I – Criptex I. El Nombre que Recuerda al Hombre»

  1. Me ha parecido una entrada increíble. Nuevo seguidor. Muchas gracias! Un gran abrazo desde buenos aires.. el fin del mundo! jajaj

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