Cada vez que un Papa visita un país se pone en marcha una maquinaria gigantesca que moviliza recursos públicos y privados, despliega dispositivos de seguridad descomunales, levanta escenarios monumentales, ocupa portadas durante semanas y convierte un acontecimiento religioso en un fenómeno mediático de dimensiones casi planetarias. España no es una excepción. Las imágenes suelen repetirse: multitudes, pantallas gigantes, ceremonias multitudinarias, autoridades compitiendo por aparecer en la fotografía oficial, retransmisiones especiales, campañas institucionales y una escenografía cuidadosamente diseñada para proyectar grandeza.
Sin embargo, más allá de las convicciones religiosas de cada persona, existe una pregunta incómoda que merece ser formulada: ¿qué pensaría el humilde predicador de Galilea ante semejante despliegue?
Resulta difícil no percibir una contradicción entre el mensaje esencial atribuido a Jesús de Nazaret y la monumentalidad actual, más propia de la Roma de los Césares, que suele rodear muchos actos oficiales de la Iglesia contemporánea. El hombre que habló de los pobres, que caminó entre pescadores, enfermos y marginados, que no poseía riquezas ni palacios, aparece representado hoy mediante ceremonias que en ocasiones recuerdan más a la lógica del espectáculo cartón-piedra que a la espiritualidad de la sencillez.
No se trata de cuestionar la fe de millones de creyentes, ni tampoco de negar la importancia cultural, histórica y espiritual que la Iglesia ha tenido y sigue teniendo para una parte significativa de la humanidad. Se trata de reflexionar sobre la forma. Sobre la distancia creciente entre el símbolo y la realidad. Sobre la tendencia de nuestro tiempo a convertir cualquier acontecimiento en un producto mediático.
Mientras se preparan escenarios de millones de euros, mientras se levantan infraestructuras temporales destinadas a durar apenas unas horas, mientras los focos iluminan tribunas y ceremonias cuidadosamente coreografiadas, más de setecientos millones de personas sobreviven en condiciones de pobreza extrema. Millones de niños siguen sin acceso a agua potable. Millones de familias continúan viviendo en asentamientos precarios. Millones de ancianos afrontan la soledad y el abandono. Millones de refugiados vagan por el planeta huyendo de guerras, hambrunas o persecuciones.
La pregunta no es si la Iglesia debe estar presente en el mundo. La pregunta es si la mejor forma de hacerlo consiste en reproducir la estética del poder.
Vivimos una época extraña. Las instituciones políticas, económicas, deportivas y religiosas parecen atrapadas en una carrera permanente por captar atención. Todo debe ser más grande. Más visible. Más espectacular. Más viral. El riesgo es que la forma termine devorando el contenido.
La espiritualidad auténtica rara vez necesita megafonía.
La compasión no requiere escenarios monumentales.
La conciencia no necesita pantallas gigantes.
Las grandes transformaciones humanas suelen ocurrir en silencio, lejos de los focos, en el interior de una habitación humilde, junto a una cama de hospital, en una conversación sincera, en el gesto anónimo de quien ayuda a otro ser humano sin esperar reconocimiento alguno.
Quizá por eso resulta legítimo preguntarse si parte de los recursos materiales, humanos y simbólicos destinados a estos acontecimientos no podrían orientarse hacia objetivos más coherentes con el mensaje que se pretende transmitir. ¿Cuántos comedores sociales podrían sostenerse? ¿Cuántas escuelas podrían financiarse? ¿Cuántos proyectos sanitarios podrían impulsarse? ¿Cuántas familias podrían recuperar la esperanza?
No se trata de caer en la simplificación fácil. Las instituciones necesitan organización. Los eventos multitudinarios requieren logística. La seguridad de un jefe de Estado, además de líder religioso, es una responsabilidad ineludible. Pero entre la necesidad y el exceso existe una diferencia considerable.
La historia demuestra que las religiones alcanzan su máxima grandeza cuando se acercan a la humildad y comienzan a perder su alma cuando se enamoran de la pompa. Lo mismo ocurre con los gobiernos, las corporaciones, los movimientos sociales y cualquier estructura de poder. La ostentación suele ser una señal de alejamiento respecto a aquello que inicialmente dio sentido a su existencia.
Quizá el verdadero desafío para las grandes instituciones religiosas del siglo XXI no consista en reunir más personas en una plaza ni en generar más titulares. Tal vez el reto sea mucho más profundo y mucho más difícil: recuperar la credibilidad moral en un mundo cansado de discursos y necesitado de ejemplos.
Porque el planeta no necesita más ceremonias grandiosas. Necesita más justicia.
No necesita más decorados de cartón piedra. Necesita más humanidad.
No necesita más imágenes de poder. Necesita más compasión.
Y quizá la pregunta más importante no sea cuántas personas acudirán a ver al Papa durante una visita oficial, sino cuántas personas pobres, invisibles y olvidadas sentirán realmente que alguien ha acudido a verlas a ellas.
Tal vez ahí, precisamente ahí, lejos de las cámaras, de las tribunas y de los aplausos, siga esperando el verdadero corazón del Evangelio que predicó Jesús hace más de dos mil años, hoy olvidado.






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