Hubo un tiempo en que la grandeza del deporte residía en una promesa sencilla y extraordinaria: cualquiera podía ganar. Bastaba con trabajar más, creer más, resistir más y jugar mejor. El dinero podía ayudar, pero no decidía el resultado antes de que comenzara el partido. Aquella incertidumbre era el verdadero corazón del deporte. Era la razón por la que millones de personas acudían a un estadio o se sentaban frente a un televisor con la ilusión intacta de que lo imposible podía suceder.

Hace tiempo que esa promesa se rompió.

No de forma violenta. No mediante un escándalo aislado ni una conspiración secreta. Desapareció lentamente, mientras todos aprendíamos a considerar normal aquello que jamás debimos aceptar.

Hemos convertido la desigualdad en espectáculo.

Y lo más preocupante es que casi nadie parece escandalizarse.

Cada temporada asistimos al mismo ritual perfectamente organizado. El ejemplo del fútbol es el más representativo. Los clubes más ricos compran a los mejores futbolistas, a los mejores entrenadores, a los mejores preparadores físicos, a los mejores analistas, a los mejores médicos, a las mejores instalaciones y, por supuesto, a las mayores promesas antes incluso de que tengan tiempo de crecer en sus equipos de origen.

Después comienza la competición.

¿Competición?

¿De verdad podemos seguir llamándola así?

Porque una competición exige, como condición mínima, que los participantes partan desde una cierta igualdad de oportunidades. No igualdad de resultados, naturalmente. Nadie pretende eso. El mérito consiste precisamente en que uno juega mejor que otro.

Pero jugar mejor no significa comprar mejor.

Y ahí reside la gran trampa que llevamos décadas aceptando.

Si un club dispone del doble, del triple o del cuádruple de presupuesto que sus rivales, posee una ventaja estructural antes de que ruede el balón. Esa superioridad económica le permite adquirir el talento que otros forman durante años, absorber a las jóvenes promesas antes de que maduren y construir plantillas con dos o tres futbolistas de primer nivel por cada puesto.

Cuando el dinero decide quién reúne el mejor talento, la competición comienza adulterada.

Después solo queda representar la obra.

Nos venden emoción donde existe una probabilidad estadística aplastante.

Nos hablan de épica donde existe planificación financiera.

Nos venden milagros cuidadosamente presupuestados.

Resulta llamativo comprobar cómo hemos llegado incluso a admirar ese modelo.

En España parece natural que el Real Madrid o el Barcelona comiencen cada temporada con una ventaja económica inmensa sobre la mayoría de sus rivales.

En Francia, el Paris Saint-Germain convierte prácticamente la liga en un trámite presupuestario.

En Alemania, el Bayern de Múnich lleva décadas absorbiendo a los mejores jugadores de los clubes que intentan disputarle el campeonato.

En Italia, Inter, Juventus y Milan siguen concentrando gran parte del poder histórico y económico.

En Inglaterra, los gigantes de la Premier (Manchester United, Manchester City, Liverpool, Arsenal, Chelsea..) manejan cifras que convierten el mercado de fichajes en una guerra de chequeras.

Chelseamanejan cifras que convierten el mercado de fichajes en una guerra de chequeras.

No se trata de cuestionar la historia, la afición o la calidad deportiva de estos clubes.

Se trata de denunciar un sistema que convierte esa superioridad económica en una ventaja competitiva casi permanente.

Porque el dinero no garantiza ganar todos los partidos.

Pero sí aumenta enormemente las probabilidades de ganar casi todos los campeonatos.

Y esa diferencia cambia por completo la naturaleza del deporte.

Imagino por un momento unos Juegos Olímpicos donde algunos corredores pudieran salir veinte metros por delante porque poseen más patrocinadores.

O una maratón donde determinados atletas comenzaran con la mitad del recorrido ya completado.

La indignación sería inmediata.

Sin embargo, eso mismo ocurre cada temporada en numerosos deportes profesionales.

Solo que hemos aprendido a no verlo.

Peor aún.

Hemos llegado a celebrarlo.

Mientras tanto, repetimos a los niños una de las frases más hermosas del deporte:

“Lo importante es esforzarse.”

Pero ellos observan otra realidad.

Ven que los mejores jugadores terminan siempre concentrándose en los clubes más ricos.

Ven que el éxito económico atrae más éxito económico.

Ven que ganar genera más ingresos, esos ingresos permiten comprar más talento y ese nuevo talento produce todavía más victorias.

El círculo perfecto.

No el círculo del mérito.

El círculo del capital.

Después esos mismos niños colocan en la pared de su habitación el póster del futbolista de moda. Sueñan con vestir la camiseta del club más poderoso. No porque represente unos valores determinados, sino porque simboliza riqueza, fama, contratos multimillonarios, coches imposibles y una vida convertida en escaparate permanente.

Ya no aspiran solamente a ser grandes deportistas.

Aspiran a convertirse en celebridades.

El deporte deja de ser una escuela de superación para transformarse en una industria del deseo.

Y ese cambio resulta devastador.

Porque el verdadero espíritu deportivo nunca consistió en fabricar millonarios.

Consistía en demostrar que el talento, el sacrificio, la inteligencia colectiva y el esfuerzo podían desafiar cualquier pronóstico.

Hoy ocurre exactamente lo contrario.

El pronóstico suele depender, antes que nada, del presupuesto.

Por supuesto, siempre aparecen excepciones.

Algún equipo modesto conquista un campeonato inesperado.

Algún entrenador brillante logra construir un milagro.

Esas historias existen.

Precisamente por eso emocionan tanto.

Porque son excepcionales.

Y cuando una excepción se convierte en noticia mundial es porque confirma la regla.

Lo verdaderamente preocupante no es que existan clubes ricos.

Siempre los hubo.

Lo alarmante es que las instituciones deportivas parecen haber renunciado incluso a intentar equilibrar las competiciones.

Hablan constantemente de “fair play financiero”, pero los campeones económicos siguen acumulando una ventaja tras otra.

Los derechos televisivos se concentran.

Los patrocinadores buscan al ganador.

Las grandes marcas invierten donde ya existe éxito.

Los premios deportivos aumentan todavía más la distancia.

Los fichajes vuelven a reforzar a quienes ya dominan.

El sistema entero produce concentración de riqueza.

Exactamente igual que ocurre en otros ámbitos de nuestra sociedad.

Tal vez el deporte profesional no sea ya un deporte.

Tal vez sea simplemente un mercado.

Y si es un mercado, dejemos de utilizar palabras como igualdad, mérito o espíritu deportivo.

Porque estaremos engañándonos.

No propongo castigar el éxito.

Ni limitar artificialmente el talento.

Propongo recuperar la esencia de la competición.

Repartos económicos mucho más equilibrados.

Límites salariales verdaderamente eficaces.

Controles reales sobre el gasto.

Protección de las canteras.

Mecanismos que impidan que unos pocos gigantes acaparen sistemáticamente el mejor talento disponible.

No para garantizar campeones diferentes cada año.

Sino para garantizar que el campeón tenga que conquistar realmente su victoria.

Porque solo existe gloria cuando también existe incertidumbre.

Solo existe mérito cuando todos pueden intentarlo.

Solo existe deporte cuando nadie compra el punto de partida.

Quizá el mayor triunfo del sistema actual haya sido convencernos de que todo esto es inevitable.

Que siempre fue así.

Que no existe alternativa.

Yo me niego a aceptarlo.

El deporte nació para demostrar que el ser humano podía superar sus límites.

No para recordarnos, una vez más, que quien posee más dinero también puede comprar más posibilidades de vencer.

Cuando la victoria tiene precio, deja de ser una conquista.

Se convierte simplemente en una inversión rentable.

Y el día en que confundimos ambas cosas dejamos de competir.

Empezamos únicamente a consumir un espectáculo extraordinariamente caro, cuidadosamente maquillado de justicia, al que seguimos llamando deporte por pura costumbre.

Quizá haya llegado el momento de dejar de aplaudir la trampa y empezar, al menos, a nombrarla.


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