Hay una idea que me persigue desde hace tiempo. A veces miro el mar, observo cómo la luz se rompe sobre el agua y pienso que pocas cosas pueden parecer más reales. El viento sobre la piel. La arena bajo los pies. El sonido de las olas. Mi propio cuerpo caminando por la orilla.

Todo está ahí. Y, sin embargo, ¿qué significa exactamente «estar ahí»? ¿Y si aquello que llamamos realidad no fuera la realidad?

No hablo necesariamente de que estemos encerrados dentro de un gigantesco ordenador, ni de una civilización extraterrestre ejecutando nuestro universo como quien inicia una partida. La cuestión que plantea el científico cognitivo Donald Hoffman es, a mi juicio, todavía más inquietante: quizá el mundo que vemos no se parece en absoluto al mundo que existe.

La realidad podría ser una interfaz

Hoffman, profesor de Ciencias Cognitivas en la Universidad de California, Irvine, lleva años desarrollando una teoría profundamente provocadora sobre la percepción. Sus modelos evolutivos cuestionan que nuestros sentidos hayan evolucionado para mostrarnos la realidad tal como es. Su propuesta es que la evolución habría favorecido percepciones útiles para sobrevivir y reproducirnos, no necesariamente percepciones verdaderas. Y utiliza una metáfora extraordinariamente sencilla.

El escritorio de un ordenador. Cuando vemos el icono azul de una carpeta en la pantalla, sabemos que dentro del ordenador no existe realmente una pequeña carpeta azul. El icono es una representación. Una interfaz.

Nos permite interactuar con una realidad tecnológica extraordinariamente compleja sin necesidad de conocer transistores, voltajes, circuitos, código binario o arquitectura informática.

Hoffman propone que nuestra percepción podría funcionar de una manera semejante.

La mesa que tengo delante. Mi mano. La taza de manzanilla. La Luna. Mi cuerpo. Incluso el espacio y el tiempo. Todo ello podría formar parte de una extraordinaria interfaz de usuario cósmica.

No serían necesariamente ilusiones en el sentido de que «no existen». Serían símbolos útiles que nos permiten relacionarnos con algo cuya auténtica naturaleza permanece oculta. Y entonces aparece una pregunta fascinante: ¿qué existe detrás de los iconos?

Quizá nunca vimos el mundo

Desde niños aprendemos algo sin que nadie tenga que explicárnoslo: que abrimos los ojos y vemos el mundo. Pero eso quizá sea una de nuestras mayores equivocaciones.

Nuestros ojos reciben una pequeña fracción de la radiación electromagnética. Nuestro cerebro procesa determinadas señales, descarta innumerables estímulos y construye una experiencia coherente. Lo que finalmente aparece ante nosotros es nuestro mundo. Pero una representación del mundo no tiene por qué ser el mundo.

Y aquí la teoría de Hoffman se vuelve vertiginosa. Si la evolución privilegió la adaptación sobre la verdad, entonces nuestros sentidos podrían estar ocultándonos precisamente aquello que creemos estar contemplando.

No vemos la realidad. Vemos aquello que necesitamos ver para desenvolvernos dentro de ella.

¿Vivimos entonces en una simulación?

Aquí conviene detenerse. La teoría de Hoffman no equivale exactamente a la conocida hipótesis de la simulación. No está afirmando simplemente que exista un ordenador gigantesco fuera del universo ejecutando nuestro mundo.

Su planteamiento es diferente. La realidad que experimentamos podría ser una representación construida por nuestros sistemas perceptivos.

El espacio, el tiempo y los objetos físicos pertenecerían a esa interfaz. Y Hoffman va todavía más lejos: explora matemáticamente la posibilidad de que la conciencia sea fundamental, en lugar de considerarla simplemente un producto tardío del cerebro. En sus modelos de «agentes conscientes», incluso espacio, tiempo y física podrían emerger de dinámicas más profundas entre esos agentes. Es una propuesta audaz y todavía especulativa, no una conclusión establecida por la ciencia.

La pregunta cambia entonces por completo. Durante siglos hemos preguntado: ¿cómo produce el cerebro la conciencia? Hoffman nos invita a considerar casi la pregunta inversa: ¿y si la conciencia participa en la aparición de aquello que llamamos mundo físico?

Cuando desaparece el espacio-tiempo

Hay además algo extraordinariamente sugerente ocurriendo en las fronteras de la física. El propio espacio-tiempo podría no ser el nivel más profundo de la realidad. Hoffman ha relacionado su propuesta con líneas de investigación de la física fundamental que buscan estructuras matemáticas más profundas que nuestra descripción ordinaria del espacio y el tiempo.

Eso no demuestra que la conciencia cree el universo. Tampoco demuestra que vivamos dentro de una simulación. Pero abre una grieta gigantesca en nuestra concepción cotidiana del mundo.

Porque si el espacio y el tiempo no fueran fundamentales, entonces prácticamente todo aquello que consideramos sólido —distancias, cuerpos, objetos, nacimiento, muerte, aquí, allí, antes, después— pertenecería a un determinado nivel de descripción de la realidad.

No necesariamente al último. Y detrás podría existir algo que nuestra imaginación ni siquiera está preparada para representar.

El pez que intenta imaginar el océano

Tal vez nuestro verdadero problema sea que intentamos comprender la realidad utilizando herramientas que evolucionaron dentro de ella. Somos como un personaje de una novela intentando descubrir la naturaleza del papel sobre el que está escrito. O como un pez intentando imaginar qué significa vivir fuera del agua.

Podemos elaborar ecuaciones, telescopios, aceleradores de partículas y teorías extraordinarias. Podemos penetrar cada vez más profundamente en la estructura de la materia. Pero siempre aparece una nueva puerta. Y detrás de ella, otra.

El propio Hoffman ha defendido recientemente una concepción de la ciencia en la que nuestras teorías son modelos provisionales susceptibles de ser sustituidos por teorías más profundas, no fotografías definitivas de una realidad última.

Quizá ahí resida una de las ideas más hermosas de todo este asunto. La realidad podría ser inagotable.

¿Quién está soñando?

Hay una vieja intuición humana que atraviesa culturas y milenios. Platón imaginó hombres contemplando sombras dentro de una caverna. La filosofía india habló de Māyā, el velo de las apariencias. El budismo cuestionó la solidez de aquello que llamamos yo. Descartes se preguntó si toda nuestra experiencia podría ser engañosa.

Y hoy la ciencia cognitiva y la física vuelven a encontrarse, desde caminos completamente diferentes, ante una pregunta que creíamos reservada a filósofos y místicos: ¿qué es realmente lo real?

No sabemos la respuesta. Y precisamente por eso la pregunta resulta tan poderosa. Tal vez este mundo sea una interfaz. Tal vez la materia sea una representación. Tal vez la conciencia sea mucho más profunda de lo que suponemos. O quizá descubramos que algunas de estas ideas estaban equivocadas.

Pero después de asomarnos a esta posibilidad resulta difícil volver a mirar nuestra realidad cotidiana exactamente de la misma manera.

Esta noche volveremos a cerrar los ojos. Dormiremos. Soñaremos mundos que, mientras estamos dentro de ellos, parecerán absolutamente reales. Y mañana despertaremos convencidos de haber regresado a la realidad.

Aunque queda una última pregunta. Una pregunta que prefiero dejar abierta: ¿y si despertar cada mañana fuera simplemente entrar en otro sueño mucho más estable?


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