De la solidaridad nacida entre el barro de la DANA a las acampadas por una vivienda digna y las luchas de la enseñanza por salarios justos: una nueva cultura de movilización, apoyo mutuo y organización desde abajo comienza a recorrer España
Algo está sucediendo en España.
Todavía es demasiado pronto para ponerle un nombre definitivo. Sería precipitado confundir una sucesión de protestas sociales con el nacimiento de un movimiento político organizado. Pero también sería un error contemplar lo que está ocurriendo en nuestras calles, centros educativos, barrios y plazas como acontecimientos completamente aislados.
Hay un malestar que comienza a conectarlos. Primero fue el barro. Después llegaron las tiendas de campaña.
Mientras tanto, profesores, maestros y trabajadores de la enseñanza vuelven a levantar la voz reclamando salarios dignos, reconocimiento profesional y unos servicios públicos capaces de sostener aquello que una sociedad dice considerar esencial.
Vivienda. Trabajo. Educación. Dignidad.
Problemas diferentes, ciertamente, pero atravesados por una sensación común: una parte de la ciudadanía comienza a considerar insuficientes los mecanismos políticos tradicionales para responder a problemas que afectan directamente a su vida cotidiana.
Y entre todos esos acontecimientos resuena una frase nacida con extraordinaria fuerza durante la tragedia valenciana: EL PUEBLO SALVA AL PUEBLO.
LA SEMILLA NACIÓ ENTRE EL BARRO
Durante la DANA que devastó numerosas poblaciones valencianas, miles de ciudadanos se organizaron espontáneamente para acudir a ayudar.
Llegaron jóvenes cargados con escobas, cubos, alimentos, agua y herramientas. Llegaron agricultores con tractores y maquinaria. Llegaron asociaciones, pequeños colectivos, vecinos y voluntarios que comenzaron a actuar antes incluso de disponer de estructuras organizativas formales.
No preguntaban a quién votaba quien necesitaba ayuda. Preguntaban: ¿Qué hace falta?
Aquella reacción ciudadana mostró algo que las sociedades modernas quizá habían comenzado a olvidar: la extraordinaria capacidad de organización espontánea que aparece cuando las personas reconocen al otro como parte de una misma comunidad.
«El pueblo salva al pueblo» dejó entonces de ser únicamente una consigna. Se convirtió en una experiencia colectiva. Pero aquella frase admite dos interpretaciones muy diferentes.
Una podría conducir hacia una desconfianza absoluta en las instituciones, como si una sociedad compleja pudiera funcionar sin administraciones, servicios públicos, hospitales, escuelas, justicia o estructuras democráticas. No comparto esa interpretación.
La otra resulta mucho más interesante. Significa comprender que las instituciones no sustituyen a la sociedad.
Una democracia saludable necesita ciudadanos capaces de organizarse, asociarse, protestar, cooperar, fiscalizar al poder y defender colectivamente aquello que consideran justo. Eso fue lo que vimos entre el barro. Y quizá sea eso lo que estamos volviendo a contemplar ahora.
DEL BARRO A LAS TIENDAS DE CAMPAÑA
Esta vez la emergencia no llegó en forma de agua. Llegó en forma de alquiler. La vivienda se ha convertido en uno de los grandes conflictos sociales de la España contemporánea.
Para numerosos jóvenes, trabajadores y familias, aquello que durante décadas representó seguridad, intimidad y proyecto vital se ha convertido en una fuente permanente de incertidumbre.
Trabajar ya no garantiza necesariamente poder independizarse. Tener un salario ya no garantiza necesariamente poder alquilar una vivienda. Y tener una vivienda alquilada tampoco garantiza necesariamente poder permanecer en ella durante muchos años.
La indignación ha terminado saliendo a las calles.
Durante estos últimos días, las movilizaciones por el derecho a la vivienda se han extendido por numerosas ciudades españolas. En Madrid, la Puerta del Sol se ha convertido nuevamente en espacio de acampada, organización y asamblea. Las movilizaciones del primer fin de semana de octubre han alcanzado decenas de ciudades españolas y han situado nuevamente la vivienda en el centro del debate nacional.
Pero lo verdaderamente significativo no es solamente la cantidad de personas movilizadas. Es cómo comienzan a organizarse. Asambleas. Comisiones. Redes de ayuda. Cocinas colectivas. Espacios de cuidados. Asesoramiento. Organización horizontal. Decisiones compartidas.
Una plaza deja entonces de ser únicamente el lugar donde se protesta. Comienza a convertirse temporalmente en una pequeña comunidad.
CUANDO UNA PLAZA SE CONVIERTE EN CIUDAD
Lo sucedido en Sol resulta especialmente interesante. La acampada ha desarrollado una estructura propia con comisiones, servicios, espacios de atención y mecanismos de organización interna.
No estamos simplemente ante personas sosteniendo pancartas durante unas horas. Estamos ante ciudadanos experimentando formas de convivencia y organización colectiva. Y ahí aparece uno de los elementos que considero más interesantes de cuanto está ocurriendo.
Porque quizá estemos contemplando el regreso de una cultura libertaria sin que necesariamente quienes participan en ella se definan como libertarios.
Conviene hacer esta distinción. No existen datos suficientes para afirmar que España esté viviendo un crecimiento masivo del anarquismo organizado, ni que los jóvenes españoles estén abrazando colectivamente una determinada ideología.
Pero sí podemos observar algo distinto. Una recuperación de determinados comportamientos políticos y sociales: horizontalidad, autonomía, apoyo mutuo, asamblea, cooperación, acción colectiva y desconfianza hacia la intermediación política tradicional. Y eso merece nuestra atención.
LA ENSEÑANZA TAMBIÉN DICE BASTA
Pero el malestar no termina en la vivienda. Existe otro territorio especialmente significativo porque afecta directamente al futuro de cualquier sociedad: la educación.
Profesores, maestros y trabajadores de la enseñanza llevan años denunciando problemas que van mucho más allá de una nómina. Reclaman salarios acordes con su responsabilidad. Reclaman estabilidad. Reclaman reconocimiento profesional. Reclaman recursos. Reclaman plantillas suficientes. Reclaman poder enseñar en condiciones dignas.
La reivindicación salarial del profesorado puede parecer, a primera vista, muy diferente de una acampada por la vivienda. Pero existe un punto donde ambas luchas terminan encontrándose. La dignidad.
Porque detrás de muchas movilizaciones contemporáneas aparece una pregunta elemental: ¿puede una persona que trabaja sostener dignamente su vida?
El profesor que reclama un salario justo. El joven que dedica una parte insoportable de su sueldo al alquiler. La familia amenazada por un desahucio. El sanitario agotado. El trabajador precario. El jubilado preocupado por el coste de la vida.
Son situaciones diferentes y no debemos convertirlas artificialmente en una misma causa política. Pero comparten algo. La percepción de que existe una distancia creciente entre la vida real de los ciudadanos y determinados centros donde se toman las decisiones.
Cuando quienes viven esos problemas comienzan a encontrarse, organizarse y reclamar soluciones colectivamente, aparece una nueva dimensión política.
EL MOVIMIENTO LIBERTARIO DEL SIGLO XXI
Tal vez debamos abandonar por un momento las imágenes históricas que asociamos automáticamente a la palabra «libertario». El movimiento libertario contemporáneo podría no regresar vestido con los símbolos del pasado. Quizá regrese como una manera de relacionarse. Como una cultura. Como una actitud ante el poder. Una generación puede practicar formas libertarias sin haber leído jamás un tratado de filosofía política.
Cuando una comunidad se organiza sin esperar instrucciones de un partido, aparece la autonomía.
Cuando una plaza decide mediante asambleas, aparece la horizontalidad.
Cuando ciudadanos desconocidos se ayudan durante una catástrofe, aparece el apoyo mutuo.
Cuando trabajadores se organizan para defender colectivamente salarios y condiciones dignas, aparece la solidaridad.
Cuando vecinos defienden a una familia amenazada con perder su vivienda, aparece la comunidad.
Cuando profesores, familias y alumnos defienden conjuntamente una educación pública digna, aparece una conciencia de responsabilidad compartida.
Nada de ello convierte automáticamente a esas personas en anarquistas. Pero todas esas experiencias contienen elementos que históricamente han pertenecido a la cultura libertaria. Y quizá ahí esté naciendo algo nuevo.
UNA TRADICIÓN MUCHO MÁS ANTIGUA
España mantiene desde hace más de siglo y medio una relación singular con el pensamiento libertario. Sus raíces contemporáneas pueden rastrearse hasta el siglo XIX, cuando las ideas socialistas antiautoritarias, federalistas y anarquistas comenzaron a extenderse entre trabajadores, artesanos, intelectuales y campesinos.
Pero el fenómeno trascendió pronto la estricta política. Se convirtió también en una cultura. Surgieron ateneos populares. Escuelas racionalistas. Bibliotecas. Periódicos. Cooperativas. Sociedades obreras. Proyectos educativos. Experiencias comunitarias. Movimientos vecinales.
Aquella tradición defendía una idea radicalmente sencilla: las personas pueden organizar una parte importante de su existencia mediante cooperación, responsabilidad y ayuda mutua sin esperar permanentemente órdenes procedentes de estructuras superiores.
España conoció experiencias extraordinarias y también episodios oscuros, enfrentamientos, radicalizaciones, violencia y profundas contradicciones.
No debemos romantizar aquella historia. Pero tampoco deberíamos olvidarla. Porque una parte fundamental de aquella tradición no consistía simplemente en enfrentarse al poder. Consistía en construir comunidad.
EL ANARQUISMO QUE PODRÍA REGRESAR SIN LLAMARSE ANARQUISMO
Ésta es, para mí, la gran paradoja. Quizá muchos jóvenes jamás se llamen anarquistas. Quizá ni siquiera quieran identificarse políticamente. Pero pueden estar recuperando intuitivamente algunos principios que pertenecen a esa tradición.
Cuando una comunidad se organiza, aparece la autogestión.
Cuando las decisiones se toman colectivamente, aparece la asamblea.
Cuando una persona ayuda directamente a otra, aparece el apoyo mutuo.
Cuando una reivindicación abandona la resignación y ocupa pacíficamente el espacio público, aparece la acción colectiva.
Cuando colectivos diferentes colaboran conservando su autonomía, aparece una organización horizontal.
Y cuando una sociedad comienza a comprender que la democracia no termina introduciendo una papeleta en una urna cada cuatro años, comienza algo todavía más importante: la ciudadanía activa. La acción directa.
DEL «NO NOS REPRESENTAN» AL «NOS ORGANIZAMOS»
El 15-M dejó una de las frases políticas más poderosas de nuestra historia reciente: «No nos representan». Quizá estemos asistiendo ahora a un pequeño desplazamiento.
De: «No nos representan». A: «Nos organizamos». La diferencia es extraordinaria.
La primera frase expresa indignación. La segunda construye comunidad.
Porque el verdadero desafío para cualquier sistema político no aparece cuando los ciudadanos protestan durante unas horas. Aparece cuando comienzan a organizar estructuras sociales duraderas.
Asambleas vecinales. Cooperativas. Plataformas ciudadanas. Comunidades educativas. Redes de apoyo mutuo. Organizaciones de vivienda. Colectivos profesionales. Espacios culturales. Grupos de consumo. Proyectos comunitarios.
Entonces la protesta deja de ser solamente una multitud. Comienza a convertirse en tejido social.
VIVIENDA, EDUCACIÓN, TRABAJO: LA MISMA PREGUNTA
No quiero caer en la tentación de convertir cualquier protesta social en «movimiento libertario». Sería intelectualmente deshonesto.
Quien reclama una mejora salarial no se convierte automáticamente en libertario. Quien protesta por el precio de su alquiler tampoco. Pero cuando observamos simultáneamente numerosas movilizaciones descubrimos una pregunta común. ¿Quién decide las condiciones materiales de nuestras vidas?
Quién decide cuánto cuesta vivir.
Quién decide cuánto vale nuestro trabajo.
Quién decide qué recursos recibe una escuela.
Quién decide qué ciudad queremos.
Quién decide cómo cuidamos nuestros barrios.
Quién decide qué consideramos digno.
Durante demasiado tiempo hemos delegado esas preguntas casi exclusivamente en gobiernos, parlamentos, administraciones, grandes empresas y estructuras económicas. Ahora algunos ciudadanos parecen responder: Nosotros también queremos participar en esas decisiones.
Ahí encuentro el verdadero impulso libertario de nuestro tiempo. No en una bandera. No en unas siglas. No en la nostalgia. En la recuperación de la capacidad ciudadana para intervenir en la construcción de la propia vida.
NI CONTRA LA DEMOCRACIA NI CONTRA LAS INSTITUCIONES
Hay aquí una frontera fundamental. Defender una sociedad civil fuerte no significa defender instituciones débiles. Todo lo contrario. Necesitamos instituciones democráticas extraordinariamente fuertes.
Pero fuertes significa eficaces, transparentes, próximas y responsables ante los ciudadanos. Necesitamos buenos servicios públicos. Buenos profesores. Buenos hospitales. Una administración eficiente. Una justicia independiente. Una vivienda accesible. Representantes políticos capaces de escuchar.
La autoorganización ciudadana no debería sustituir al Estado cuando éste tiene responsabilidades esenciales. Debería impedir que el Estado olvide para quién existe.
Por eso «El pueblo salva al pueblo» no debería interpretarse como: «El Estado no sirve». Prefiero interpretarlo de otra manera: «El ciudadano no es un espectador».
UNA SEMILLA ENTRE EL BARRO
Y por eso vuelvo finalmente a València. A aquellos días posteriores a la DANA. A las calles cubiertas de barro. A miles de personas caminando durante kilómetros cargadas con escobas, cubos, agua y alimentos.
Probablemente ninguna de ellas estaba pensando en construir una teoría política. Estaban pensando en ayudar. Ahí reside precisamente la enorme fuerza de aquella experiencia. Antes de convertirse en filosofía, el apoyo mutuo consiste simplemente en un ser humano tendiendo la mano a otro.
Después llegaron otras manos. Las de quienes defienden una vivienda digna. Las de quienes levantan una tienda de campaña en una plaza. Las de profesores que reclaman salarios y condiciones acordes con la importancia de su trabajo. Las de vecinos que se organizan. Las de ciudadanos que comienzan a preguntarse si votar es suficiente para construir una democracia verdaderamente viva.
No sé si estamos asistiendo al regreso del movimiento libertario. Todavía es demasiado pronto para afirmarlo. Pero sí creo que estamos contemplando algo que merece ser observado. El regreso de la comunidad organizada.
Una ciudadanía que comienza a descubrir nuevamente el valor de la solidaridad, la cooperación, la horizontalidad, la responsabilidad compartida y la acción colectiva.
Tal vez el movimiento libertario del siglo XXI no llegue proclamándose libertario. Tal vez no tenga una organización central. Tal vez ni siquiera tenga un nombre.
Puede que esté naciendo simultáneamente en muchos lugares. En una escuela. En un barrio. En una manifestación. En una asamblea. En una acampada. En una comunidad que decide ayudarse.
España ya conoció esa pregunta hace más de un siglo. Hoy vuelve a formularse. Y desde el barro de València hasta las tiendas levantadas en nuestras plazas, desde quienes luchan por conservar una vivienda hasta quienes educan a nuestros hijos y reclaman poder vivir dignamente de su trabajo, parece extenderse un hilo invisible.
Solidaridad.
Apoyo mutuo.
Autonomía.
Dignidad.
Participación.
Comunidad.
Quizá ahí esté la verdadera revolución. No esperar siempre que alguien venga a salvarnos. Sino comprender que una democracia alcanza su mayor profundidad cuando ciudadanos e instituciones cumplen cada uno su responsabilidad y la sociedad recupera la capacidad de organizarse, ayudarse y hacerse escuchar.
Porque aquella frase nacida entre el barro continúa interpelándonos: EL PUEBLO SALVA AL PUEBLO.





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